Read Septiembre zombie Online

Authors: David Moody

Tags: #Terror

Septiembre zombie

BOOK: Septiembre zombie
9.24Mb size Format: txt, pdf, ePub
ads

 

Fría, oscura, implacable e incómodamente plausible,
Septiembre zombie
ofrece una nueva perspectiva sobre la historia de zombies tradicional y recupera el espíritu del clásico de Romero. Una Noche de los muertos vivientes para el siglo XXI. En menos de veinticuatro horas una virulenta y agresiva enfermedad acaba con la práctica totalidad de la población humana.

Miles de millones han muerto. Cientos mueren cada segundo. No hay síntomas ni avisos. Las víctimas de la infección sufren una violenta y dolorosa agonía. Sólo un puñado de personas sobreviven. Pero al final del primer día, estos supervivientes también desearán haber muerto. Porque entonces la enfermedad golpea de nuevo y comienza la verdadera pesadilla.

David Moody

Septiembre zombie

ePUB v1.1

GONZALEZ
09.02.12

Corrección de erratas por Breo

Título original:
Autumn

Primera edición: febrero de 2010

© David Moody, 2002

© de la traducción, Francisco García Lorenzana, 2010

© Editorial Planeta, S. A., 2010

Avda. Diagonal, 662-664. 08034 Barcelona

www.edicionesminotauro.com

www.scyla.com

ISBN: 978-84-450-7772-6

Depósito legal: B. 5.472-2010

Prólogo

Miles de millones murieron en menos de veinticuatro horas.

William Price fue uno de los primeros.

Hacía menos de un minuto que se había levantado de la cama cuando empezó todo. Mientras bajaba la escalera sintió las primeras y dolorosas punzadas en el interior de la boca y en el fondo de la garganta. Cuando llegó junto a su esposa en la sala de estar ya no podía respirar.

El virus le provocó que los tejidos de la garganta se le hinchasen con una rapidez sorprendente. Menos de cuarenta segundos después de la infección inicial, la hinchazón casi le había bloqueado por completo la tráquea. Mientras trataba de tomar aire, los tejidos hinchados empezaron a romperse y a sangrar. Comenzó a ahogarse con la sangre que le bajaba por el interior de la tráquea.

Su esposa intentó ayudarlo, pero lo único que pudo hacer fue cogerlo mientras él caía al suelo. Durante una fracción de segundo, ella fue consciente de que el cuerpo de su esposo empezaba a contorsionarse y sacudirse pero para entonces ella también estaba infectada.

Menos de cuatro minutos después de la infección, William Price estaba muerto. Treinta segundos más y su esposa también estaba muerta. Otro minuto y toda la calle quedó en silencio.

1

Carl Henshawe había recorrido tres cuartas partes del camino a casa antes de darse cuenta de que ocurría algo.

El sol de primera hora de la mañana aún estaba bajo en el horizonte mientras Carl conducía de regreso de la fábrica de Carter & Jameson, al norte de Billhampton. Había llegado allí poco después de las cuatro de la mañana, para arreglar una avería insignificante que difícilmente justificaba que lo hubieran llamado en mitad de la noche. Simpson, el astuto cabrón que mandaba en el turno de noche, era demasiado agarrado para comprar maquinaria nueva y demasiado listo para hacer que sus hombres arreglaran el problema cuando podía llamar a otro para que lo hiciera. Se conocía el contrato de mantenimiento del derecho y del revés, incluso mejor que los jefes de Carl.

«No importa», pensó para sí mismo mientras intentaba beber el café con una mano, sintonizar la radio con la otra y mantener la furgoneta en la carretera; estar de servicio las veinticuatro horas se pagaba bien, y ¡Dios Santo, cómo necesitaban el dinero! Amaba a su familia más que a nada en el mundo, pero ni él ni Sarah estaban preparados para los gastos adicionales que significaba tener otra boca que alimentar. Gemma, su niñita perfecta, les estaba costando una fortuna.

«Maldita radio. Debe de tener algún problema», decidió.

Un momento emitía la música habitual interrumpida por charlas insustanciales y tonterías, y al siguiente, sólo silencio. Ni siquiera estática. Las notas finales de la última canción se apagaron y fueron reemplazadas por nada.

El sol brillaba a través de las copas de los árboles, deslumbrando a Carl intermitentemente. Sabía que debía ir más despacio, pero quería llegar a casa y ver a Gemma antes de que Sarah la llevase a la guardería. Se protegió los ojos mientras tomaba una curva cerrada a demasiada velocidad y tuvo que pisar a fondo el freno al ver que un coche pequeño de color amarillo mostaza se dirigía hacia él a toda velocidad, ocupando el centro de la calzada. Carl giró bruscamente el volante hacia la derecha para evitar el impacto y se sujetó cuando la furgoneta chocó contra el bordillo al lado de la carretera. Vio por el retrovisor que el otro coche seguía adelante, sin disminuir la velocidad, se subía ruidosamente al bordillo y se estrellaba contra el tronco de un gran roble.

Carl estaba sentado inmóvil en su asiento y miraba a través del retrovisor, incapaz por el momento de comprender del todo lo que acababa de ocurrir. El silencio repentino resultaba insoportable. Entonces, cuando empezó a recuperarse de la sorpresa y se dio cuenta de la realidad de la situación, salió de la furgoneta y corrió hacia el coche accidentado. La cabeza le iba a toda pastilla; completamente centrada en sí mismo.

«Será su palabra contra la mía —pensó angustiado—. No me estaba fijando. Si me denuncia y me condenan, probablemente perderé mi empleo. En las circunstancias actuales, tendré que explicar por qué...»

Carl estaba en medio de la carretera y miraba el cuerpo del conductor del coche, que estaba caído hacia delante con la cara empotrada en el volante. Con las piernas agarrotadas, Carl se acercó un par de nerviosos pasos más. El coche había chocado contra el árbol a una velocidad increíble, sin que, al parecer, el conductor hubiera hecho ningún intento de frenar o de esquivarlo. El capó había recibido tal golpe que prácticamente se había plegado alrededor del tronco.

Carl abrió la puerta y se agachó hasta situarse a la altura de la cara del conductor. Supo inmediatamente que el hombre estaba muerto. Sus ojos vacíos lo miraban, de alguna manera acusando a Carl de lo que acababa de ocurrir. La sangre le manaba de un profundo corte en el puente de la nariz y de la boca, que tenía abierta. No goteaba; la sangre espesa y carmesí literalmente salía a borbotones y formaba un charco en la alfombrilla bajo los pedales. De repente, Carl sintió náuseas; se inclinó por encima del capó destrozado del coche y vació el contenido del estómago sobre la hierba.

«Haz algo. Llama para pedir ayuda.»

Corrió de vuelta a la furgoneta y cogió el móvil, que se encontraba en el soporte del salpicadero.

«Será más fácil sabiendo que está muerto —intentaba convencerse a sí mismo, aunque se sentía culpable incluso por atreverse a tener semejantes pensamientos—. Puedo decirle a la policía que pasaba por aquí y me he encontrado el coche empotrado contra el árbol. No hace falta que sepan que estaba aquí cuando ocurrió. No hace falta que sepan que probablemente lo provoqué yo.»

No contestaba nadie. Miró la pantalla del teléfono y marcó el 999.
[1]
Extraño. Tenía la batería casi a tope y la señal de cobertura era buena. Colgó y volvió a intentarlo. Después otra vez. Y otra. Después otro número. Después a la oficina. Después al número de la fábrica de la que acababa de salir. Después al número de su casa... el móvil de Sarah... la casa de su padre... su mejor amigo... nada. Nadie contestaba.

«Contrólate», se dijo a sí mismo, intentando no caer en el pánico. No había habido más tráfico en la carretera desde el accidente.

«Si nadie te ha visto aquí —le dictó su lógica asustada y errónea—, entonces, no hace falta que nadie sepa que has estado aquí en absoluto.» Antes de que pudiera convencerse de lo contrario, volvió a subir a la furgoneta y siguió su camino. Quizá podría llamar anónimamente a la policía más tarde, decidió, intentando sofocar su culpabilidad.

«Ni siquiera tengo que decirles nada del cuerpo. Sólo tengo que decirles que he visto un accidente en la carretera.»

Un par de kilómetros más adelante, Carl vio otro coche. Su conciencia sacó lo mejor de él, y Carl decidió cambiar de planes: pararía y le explicaría al conductor lo que había visto.

«La seguridad se encuentra en la cantidad», pensó.

Podían volver a la escena del accidente y después informar juntos. Al acercarse al coche, vio que estaba parado en un ángulo extraño sobre la línea blanca discontinua, ocupando los dos lados de la calzada. El asiento del conductor estaba vacío, y la puerta completamente abierta. Se detuvo junto al coche y vio que había tres personas dentro; una mujer delante y dos niños detrás. Los rostros rígidos estaban cargados de agonía y pánico. Tenían la piel gris, y pudo ver hilos de sangre que le bajaban por la barbilla al chico más cercano a él. No necesitó acercarse más para saber que estaban muertos. Encontró el cuerpo sin vida del conductor a unos pocos metros por delante en la carretera, despatarrado sobre el asfalto.

Carl pisó a fondo el acelerador y se alejó a toda velocidad; la cabeza le daba vueltas, y al tomar cada curva esperaba encontrar a alguien vivo que le pudiera ayudar o que al menos le explicara qué había ocurrido. Sin embargo, mientras más avanzaba sin ver a nadie, le fue resultando cada vez más evidente que, en el espacio de unos pocos kilómetros, todo había cambiado para siempre.

* * *

Carl estaba en tal estado de pánico y terror que ya había visto más de cincuenta cuerpos sin vida, cuerpos que parecían haberse desplomado y muerto sin más allí donde se encontraban, antes de ocurrírsele que lo que hubiera pasado ahí probablemente también le habría pasado a su familia. Condujo de regreso a casa a una velocidad suicida, virando bruscamente para esquivar los cadáveres en las calles. Al llegar aparcó la furgoneta frente a su casa y corrió hacia la entrada. Con las manos temblorosas, metió como pudo la llave en la cerradura y abrió la puerta de par en par. Llamó a gritos a Sarah, pero no hubo respuesta; la casa estaba fría y silenciosa. Subió lentamente la escalera, casi demasiado asustado para abrir la puerta del dormitorio, atormentándose con preguntas que no tenían respuesta.

«Si hubiera conducido más rápido, ¿habría estado en casa a tiempo para ayudarlas? Si hubiera perdido menos tiempo con los cadáveres de la carretera, ¿habría estado allí para ayudarlas cuando más me necesitaban?»

Con el corazón desbocado y las piernas temblándole, entró en el dormitorio. Encontró a su esposa y a su hija juntas, muertas. La cabeza de Gemma colgaba del borde de la cama, con la boca muy abierta en medio de un grito silencioso. Había sangre en el camisón blanco de Sarah, y también en las sábanas de la cama y en el suelo. Con los ojos cargados de lágrimas, les pidió a las dos que se despertaran, les suplicó que respondieran, las sacudió y les gritó para que se movieran.

Carl no podía irse, pero tampoco podía soportar quedarse allí. Besó a Sarah y a Gemma como despedida, y las cubrió con una sábana antes de cerrar la puerta y alejarse de su casa. Pasó horas sorteando los cientos de cuerpos de las calles, demasiado asustado incluso para gritar pidiendo ayuda.

2

Michael Collins se encontraba de pie frente a una clase de treinta y cinco chicos y chicas de entre quince y dieciséis años, con un nudo en la garganta y aterrorizado. Por lo bajo, maldijo a Steve Wilkins, el idiota de su jefe, que le había obligado a hacer eso. Odiaba hablar en público y odiaba a los niños, en especial a los adolescentes. Recordaba que había tenido que soportar cosas como ésa cuando estaba en la escuela. Los solían llamar los días de «la industria en las escuelas». Días en los cuales, en lugar de oír el zumbido del profesor durante horas, obligaban a los chicos a escuchar a voluntarios forzosos como él, que les explicaban lo maravilloso que era el empleo que en realidad despreciaban. Michael odiaba comprometerse de esa manera, pero no tenía elección. Wilkins le había dejado perfectamente claro que su actuación de ese día estaba directamente relacionada con el bono trimestral que debía recibir al final de ese mes. Wilkins le había salido con alguna mierda sobre que los mandos intermedios eran «figuras principales de la empresa». Michael sabía que, en realidad, los mandos intermedios estaban ahí sólo para que él pudiera esconderse detrás de ellos.

BOOK: Septiembre zombie
9.24Mb size Format: txt, pdf, ePub
ads

Other books

Cain's Blood by Geoffrey Girard
Vamps And The City by Sparks, Kerrelyn
Hear the Wind Sing by Haruki Murakami
The Box Garden by Carol Shields
A Brush With Death by Joan Smith