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Authors: Jack McDevitt

Un talento para la guerra

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Christopher Sim fue el legendario comandante de la Resistencia que resistió el ataque alienígena Ashiyyur que amenazaba a toda la humanidad.

Después de años de lucha contra un enemigo que era más fuerte, fue abandonado por su tripulación, ya que consideraban que la guerra era una causa perdida. Sim, sin embargo, recogió un puñado de voluntarios y ganó una gran batalla cerca de Rigel, deteniendo así el ataque y animando a otros mundos terrestres a unirse a la lucha en defensa de la humanidad. A pesar del éxito, él y su nave legendaria, Corsarius, y los voluntarios, conocidos historicamente como los Siete, perdieron en la batalla final.

Doscientos años más tarde, un barco de exploración, descubre algo enormemente extraño en La Dama Velada, una nebulosa lejana. Gabriel Benedict, un arqueólogo, cree saber lo que han encontrado. Pero muere en un accidente durante un salto interestelar antes de revelar sus sospechas, y le toca al sobrino de Gabriel, Alex, un tranquilo comerciante de antigüedades, retomar su trabajo.

Lo único que sabe es que de alguna manera está relacionado con la guerra contra los extraterrestres. Alex Benedict reconstruirá poco a poco la vida de algunos de los principales personajes que rodearon a Sim en su heroica epopeya. Alex seguirá el oscuro camino de una leyenda hasta el corazón de una galaxia alienígena, donde descubrirá una verdad más extraña que cualquier ficción imaginable.

Jack McDevitt

Un talento para la guerra

ePUB v1.0

Rov
 
29.08.11

Título original:
A Talent for War

Traducción: Susana Cella

© 1989/01, Jack McDevitt

Ilustración de cubierta: John Harris via Agentur Schlück GmbH

© 2010, La Factoría de Ideas.

C/Pico Mulhacén, 24-26. Pol. Industrial «El Alquitón».

28500 Arganda del Rey. Madrid. Teléfono: 91 870 45 85

ISBN: 978-84-9800-631-5

Depósito legal: B-30410-2010

Impreso por Litografía Roses S. A.

Datos Edición NOVA

Traducción: Susana Cella

1ª edición: enero 1993

© Para la edición en castellano, Ediciones B, S.A., 1993

Colección NOVA nº 53

ISBN: 84-406-3280-0

Depósito legal: B. 790-1993

Impreso por PURESA, S.A.

Girona, 139 - 08203 Sabadell

Diseño cubierta: Estudio EDICIONES B

Versión en ePub: Rov, Agosto 2011

Presentación

(Esta presentación corresponde a la edición de la colección NOVA de 1993, de Ediciones B)

Jack McDevitt ha llegado a la ciencia ficción en su madurez. Su primer relato se publicó en 1981, cuando ya había superado ampliamente los cuarenta y tras obtener un máster en Literatura ala edad de 37 años. Sus planteamientos son pues los que corresponden a una visión adulta y madura de las posibilidades de la ciencia ficción.

En
E
L TEXTO DE
H
ÉRCULES
(NOVA ciencia ficción, número 26), McDevitt nos presentaba un caso de «primer contacto» con una civilización extraterrestre y elegía detenerse en las consecuencias que tal circunstancia puede produár en nuestra propia civilización. En un perfecto ejemplo de la ciencia ficción dedicada a especular sobre posibles futuros en torno a la clásica pregunta ¿qué sucedería si...?, McDevitt nos presentaba entonces, con mano maestra, las repercusiones de un inesperado mensaje extraterrestre. Una nueva comprensión del universo, nuevas fuentes de energía, la posibilidad de modificar el ADN para alcanzar prácticamente la inmortalidad, etc., eran los factores que determinaban interesantes especulaciones sobre el posible efecto de ese primer contacto en la política, la religión, la economía o en el papel de la ciencia y el compromiso de los científicos. Un tour de forcé realmente destacable.

En su siguiente novela, la que hoy presentamos, McDevitt se interesa por la gesta de un mítico héroe militar del futuro galáctico. Para algunos comentaristas y críticos,
U
N TALENTO PARA LA GUERRA
seria un ejemplo más de la ciencia ficción que toma la guerra como campo de especulación principal. En concreto, Michael Bishop, autor premiado y ya conocido por el lector español, dirá de esta novela:

Llena de suspense y colorido... La mejor novela de ciencia ficción sobre la guerra que he leído desde La guerra interminable, de Joe Haldeman.

Pero, en mi opinión, lo más interesante de
U
N TALENTO PARA LA GUERRA
no es precisamente el tema bélico, sino la vertiente histórica con que es contemplado.

En realidad la novela toma la forma de una curiosa investigación histórica en la que se embarca el protagonista, Alex fíe- ' nedict, para averiguar la realidad de unos hechos ocurridos doscientos años atrás.

La trama es engañosamente simple: en la época de Alex Be- nedict, todos conocen la aventura de Christopher Sim, el héroe interestelar con un raro talento para la guerra, el luchador que logró cambiar la historia cuando convocó y dirigió al grupo de marginados que inició la defensa de la humanidad ante la amenaza de los telépatas alienígenas del Ashiyyur. Pero, doscientos años después de esa gesta, Alex ha encontrado en un viejo ordenador retazos de información que, de ser ciertos, plantearían múltiples dudas sobre la gesta de Sim y sus míticos luchadores. La arriesgada búsqueda de la verdad llevará a Benedict a cuestionar la leyenda y la historia oficial, y le obligará a adentrarse en el corazón de un territorio alienígena, para encontrar una verdad tal vez más extraña de lo que pudiera imaginar cualquier ficción. La novela mantiene el suspense propio de una investigación, de una búsqueda de la verdad histórica, percibida a veces en retazos de información a los que ya no se da importancia ante la fuerza de la leyenda establecida. Con ello,
U
N TALENTO PARA LA GUERRA
resulta ser no sólo una brillante especulación sobre la guerra, sobre sus razones y sus tácticas y sobre los hombres que la hacen, sino también sobre la forma, a menudo interesada, en que se escribe la historia.

El tratamiento de los personajes, que tanto atrajo a Terry Carr —el famoso editor norteamericano de
E
L TEXTO DE
H
ÉRCULES
—, se traslada aquí al análisis de la compleja personalidad del héroe. Otros autores de ciencia ficción han apreciado también este interesante aspecto de la narrativa de McDevitt. En palabras de James Patrick Kelly, al referirse a
U
N TALENTO PARA LA GUERRA
:

McDevitt comprende a los héroes, su obsesión y su deber, y escribe sobre ellos con una tenaz inteligencia que brilla en cada frase.

Tal vez por ello, la gesta de Christopher Sim y sus Siete se rodea de citas y referencias al mundo clásico y Sim, el luchador, se une al Sim filósofo y estratega en sus estudios sobre la antigüedad helénica, para componer un complejo y curioso personaje, sobre el que gravita, además, el peso de la responsabilidad histórica.

Por si todo ello fuera poco, McDevitt, de nuevo sorprendente, destaca también en esta su última novela por la facilidad casi heinleniana con que muestra la forma de vida y los gadgets tecnológicos de que dispone la sociedad galáctica del futuro y su posible uso en una investigación histórica.

Obra interesante de un autor interesante,
U
N TALENTO PARA LA GUERRA
supone una amena narración que aúna la aventura y el misterio con intencionadas sugerencias sobre la manipulación del recuerdo histórico. Por todo ello me siento capaz de repetir las mismas palabras con que Terry Carr finalizaba la presentación de la edición norteamericana de
E
L TEXTO DE
H
ÉRCULES
.
Palabras que yo aplicaría igualmente a
U
N TALENTO PARA LA GUERRA
:

... es sobre todo una obra para ser disfrutada. Estoy convencido de que os gustará muchísimo, y, debo decirlo, es para mí un placer auspiciar esta edición.

M
IQUEL
B
ARCELÓ

A. Josepb H. Parroff,

Rvdo. L. Richard Casavant, m.s.,

y Rvdo. Robert E. Carson, O. Praem.,

por las deudas que nunca puedo pagarles.

Agradecimientos

Estoy en deuda con James H. Sharp, del Albert Einstein Planetarium en la Institución Smithsonian, por su asistencia técnica. También desearía expresar mi agradecimiento a Lewis Shiner por sus sugerencias y el tiempo que me dedicó; a Ginjer Buchanan por sus consejos respecto al manuscrito; y a Maureen McDevitt, cuya presencia se siente por todo el mundo de Christopher Sim.

Prólogo

El aire estaba cargado de incienso y del dulce olor de la cera caliente.

A Cam Chulohn le gustaba la sencilla capilla de piedra. Se arrodilló en el rústico banco y miró el goteo del agua cristalina por entre los dedos del padre Curry en el pote de plata que sostenía el monaguillo. El eterno símbolo del esfuerzo del hombre por evadir la responsabilidad siempre le había parecido a Chulohn el más significativo de todos los antiguos rituales.
Ahí se encuentra
, pensó,
la esencia de nuestra naturaleza, desplegada sin cesar a través de los tiempos para todos los que puedan verla.

Su mirada se demoró sucesivamente en la gruta de la Virgen (iluminada por algunas velas parpadeantes) y en las estaciones del vía crucis, en el altar, sobre el pulpito labrado y la pesada Biblia. Era modesto comparado con los opulentos modelos de Rimway, Rigel III y Taramingo. Pero de algún modo todo estaba bien: la magnificencia de la arquitectura de esas catedrales diseminadas, la exquisita calidad de las ventanas con vitrales, la solidez de las columnas de mármol, el puro poder angélico de los grandes órganos, el coro… Aquí, a mitad de camino de la cima, él podía contemplar el valle que los primeros padres, en su entusiasmo, le dedicaron a san Antonio de Toxicón. Solo estaban el río, las sierras y el Creador.

La visita de Chulohn a la abadía era la primera efectuada por un obispo (por lo menos hasta donde él sabía) en toda la existencia de la comunidad. Albacora, este mundo nevado y frío en el extremo más distante del dominio de la Confederación, tenía muy pocos habitantes además de los padres. Pero no era difícil (disfrutando de su silencio imponente, escuchando ocasionalmente el deslizarse de una roca en la distancia, llenándose los pulmones de ese aire frío y vigorizador) entender que ese lugar había albergado, en distintas ocasiones, a los intelectuales más importantes de la orden. Martin Brendois escribió sus grandiosas historias de los Tiempos Difíciles en un cubículo ubicado sobre la capilla. Albert Kale completó su celebrado estudio sobre las cuerdas transgalácticas; y Morgan Ki compuso los ensayos que ligarían irrevocablemente su nombre a la teoría económica clásica.

Sí, había algo en el lugar que llamaba a la grandeza.

Caminaba a lo largo del parapeto, detrás del grupo, con Mark Thasangales, el abad superior. Iban envueltos en sus abrigos. El aliento precedía sus pasos. Thasangales tenía mucho en común con el valle de San Antonio: nadie en la orden podía recordar cuándo había sido joven. Sus rasgos eran tan poco expresivos y tan delineados como los muros de piedra y los peñascos nevados. Inconmovible, le consideraban «un monumento a la fe». Chulohn no podía imaginarse esos oscuros ojos azules asaltados por las dudas que aquejaban a los hombres comunes.

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