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Authors: Irène Némirovsky

El ardor de la sangre

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La reciente publicación en Francia de esta nueva obra inédita de Irène Némirovsky ha vuelto a situar la obra y la azarosa biografía de esta gran autora en el primer plano de la actualidad. Descubierto en el IMEC (Institut Mémoires de l’Édition Contemporaine) por los actuales biógrafos de Némirovsky, el manuscrito había permanecido perdido y olvidado entre los papeles de su editor de la época. Novela intimista y conmovedora,
El ardor de la sangre
constituye todo un hallazgo que confirma a Irène Némirovsky entre los autores europeos más destacados del siglo XX.

Todo ocurre en una tranquila villa de provincias francesa, a principios de los años treinta. Silvio, el narrador, ha dilapidado su fortuna recorriendo mundo. A los sesenta años, sin mujer ni hijos, sólo le queda esperar la muerte mientras se dedica a observar la comedia humana en este rincón de Francia donde, aparentemente, nunca sucede nada. Un día, sin embargo, una muerte trágica quiebra la placidez de esa sociedad cerrada y hierática. A partir de allí, emergen uno tras otro los secretos del pasado, hechos ocultados cuidadosamente que demuestran cómo la pasión juvenil, ese ardor de la sangre, puede trastornar el curso de la vida. Como en el juego de las cajas chinas, las confesiones se suceden hasta llegar a una última y perturbadora revelación. Con un tono intenso y sosegado, Némirovsky utiliza el espejo sereno y frío de la edad madura para reflejar el impulso fogoso y los excesos de la juventud, en agudo contraste con el sofocante ambiente provinciano de sobreentendidos, sospechas y silencios que la autora describe con esa particular mezcla de lucidez y compasión que caracteriza su obra.

Irène Némirovsky

El ardor de la sangre

ePUB v1.1

gercachifo
11.09.12

Título original:
Chaleur du sang

Irène Némirovsky, 2007.

Traducción: José Antonio Soriano Marco

Retoque de portada: gercachifo

Editor original: gercachifo

Corrección de erratas: jugaor

ePub base v2.0

A Olivier Rubinstein, a los descubridores de esta última novela de mi madre,

Olivier Philipponnat y Patrick Lienhardt,

y a todos los que han arropado
El ardor de la sangre
.

DENISE EPSTEIN

Nota del editor

La reciente recuperación de dos obras inéditas de Irène Némirovsky,
Suite francesa
y
El ardor de la sangre
, con el clamoroso éxito que siguió a su publicación en Europa y América, es una prueba más de que el destino literario de los grandes escritores suele estar en manos de una misteriosa conjunción de los caprichos del azar y la voluntad de las personas próximas a su obra. En el caso de
El ardor de la sangre
, el minucioso trabajo de investigación emprendido por Olivier Philipponnat y Patrick Lienhardt, actuales biógrafos de Némirovsky, los condujo al hallazgo de unos ignotos manuscritos y borradores de la autora que se encontraban en los archivos del IMEC (Institut Mémoires de l’Édition Contemporaine), en París. Los documentos habían pertenecido a André Sabatier, antiguo editor y amigo de Némirovsky, a quien ésta había confiado sus papeles en 1942, acuciada por el fatal cerco que se cerraba en torno a su persona. Constatado el hecho de que entre aquellos papeles se encontraba una novela completa —treinta hojas de apretadas líneas escritas a mano alzada, sin apenas tachaduras—, cuyo principio se correspondía con las dos cuartillas mecanografiadas que estaban en poder de Denise Epstein, hija de Némirovsky, Philipponnat y Lienhardt anunciaron al mundo literario su pequeño gran descubrimiento, haciendo posible que los incontables admiradores de Irène Némirovsky puedan disfrutar de una muestra más de su extraordinario talento.

Bebíamos ponche suave, como en mi juventud, sentados ante el fuego, mis primos Érard, sus hijos y yo. Era un atardecer de otoño, muy rojo sobre las tierras de labor empapadas de lluvia. Las llamas del crepúsculo presagiaban fuerte viento para el día siguiente; los cuervos graznaban. En este frío caserón, el aire se cuela por todas partes, con el olor acre y afrutado propio de la estación. Mi prima Hélène y su hija Colette tiritaban bajo los chales de cachemir de mi madre que les había dejado. Como siempre que vienen a verme, me preguntaban cómo puedo vivir en esta ratonera, y Colette, que está a punto de casarse, me cantaba las alabanzas del Molino Nuevo, donde vivirá a partir de ahora y «donde espero verlo a menudo, primo Silvio».

Me miraba con pena. Soy viejo y pobre, y estoy soltero; vivo encerrado en una casa de labranza en medio del bosque. Saben que he viajado; que me comí la herencia; hijo pródigo, cuando volví a mi tierra natal, hasta el becerro cebado se había muerto de viejo, tras esperarme en vano tanto tiempo. Mis primos, comparando mentalmente su suerte con la mía, me perdonaban sin duda todo el dinero que me habían prestado y no habían vuelto a ver, y repetían con Colette:

—Aquí vives como un hurón, querido primo. Cuando la niña se instale, te vienes a su casa a pasar el buen tiempo.

Pero, aunque ellos no lo crean, tengo mis buenos momentos. Hoy estoy solo.

Han caído las primeras nieves. Esta región del centro de Francia es tan agreste como rica. La gente vive metida en casa, encerrada en su propiedad, desconfía del vecino, recoge su trigo, cuenta su dinero y no se ocupa de nada más. Ni palacios ni visitas.

Aquí reina una burguesía todavía muy cercana al pueblo, del que apenas ha salido, de sangre espesa y aficionada a todo lo que ofrece la tierra. Mi familia está extendida por toda la provincia como una enorme red de Érards, de Chapelins, de Benoîts, de Montrifauts; son granjeros ricos, notarios, funcionarios, terratenientes; viven en grandes casas aisladas, construidas lejos del pueblo, protegidas por hoscas y enormes puertas aseguradas con tres cerrojos, como las de una prisión, y precedidas por jardines llanos sin apenas flores: sólo verduras y árboles frutales plantados en espaldera para que produzcan más. Los salones están atestados de muebles y siempre cerrados; la vida se hace en la cocina, para ahorrar leña. No me refiero a François y Hélène Érard, por supuesto; no conozco casa más agradable y acogedora, hogar más íntimo, cálido y alegre que el suyo.

Sin embargo, para mí no hay nada comparable a una noche como ésta: la soledad es absoluta; mi criada, que vive en el pueblo, acaba de encerrar las gallinas y se va. Oigo el ruido de sus zuecos en el camino. Me quedo con mi pipa, mi perro entre los pies, el rumor de los ratones en el granero, el crepitar del fuego, y sin periódicos ni libros: sólo una botella de
Juliénas
que se calienta despacio junto al morillo.

—¿Por qué le llaman Silvio, primo? —me preguntó Colette.

Le respondí:

—Una hermosa mujer que se enamoró de mí me cambió el Sylvestre por Silvio; decía que parecía un gondolero, porque en esos tiempos, hace treinta años, tenía el pelo negro y llevaba bigotes con las puntas hacia arriba.

—Pues yo creo que se parece más a un fauno. Con esa frente tan grande, esa nariz respingona, esas orejas puntiagudas, esos ojos risueños… Sylvestre, el hombre de los bosques. Le va que ni pintado.

De todos los hijos de Hélène, Colette es mi preferida. No es bonita, pero tiene lo que yo más apreciaba en las mujeres cuando era joven: fuego. También sus ojos ríen, como su boca grande; sus cabellos negros y ligeros se escapan en pequeños bucles del chal, que se había echado sobre la cabeza, porque, según ella, la corriente le daba en el cuello. Dicen que se parece a Hélène de joven. Yo no me acuerdo. Desde que nació su cuarto hijo, el pequeño Loulou, que ahora tiene nueve años, ha engordado, y la mujer de cuarenta años y piel suave y ajada se superpone en mi memoria a la Hélène que conocí con veinte. Ahora tiene un aire de feliz placidez que relaja. Esa velada en mi casa era una visita de presentación oficial: tenía que conocer al novio de Colette. Es Jean Dorin, de los Dorin del Molino Nuevo, harineros de padres a hijos. Un hermoso río, verde y espumoso, pasa ante su molino. Yo iba allí a pescar truchas, cuando su padre aún vivía.

—Nos harás buenos platos de pescado, Colette —dije.

François no quería probar mi ponche: sólo bebía agua. Lleva una fina y puntiaguda perilla gris, que se acaricia suavemente.

—Cuando dejes este mundo, no tendrás que echarlo de menos, o más bien cuando el mundo te deje a ti, como ha hecho conmigo… —comenté, porque a veces tengo la sensación de que la vida me ha escupido como un mar encrespado y he ido a parar a una orilla triste, como una barca vieja aunque todavía resistente, pero con los colores desteñidos por el agua y corroídos por la sal—. Como no te gusta ni el vino, ni la caza ni las mujeres, no echarás nada de menos.

—Echaré de menos a mi mujer —dijo él sonriendo.

Fue entonces cuando Colette se sentó junto a su madre y le pidió:

—Mamá, cuéntame tu noviazgo con papá. Nunca me has hablado de vosotros. ¿Por qué? Sé que fue una historia novelesca, que os queríais desde hacía mucho tiempo… Nunca me lo has contado. ¿Por qué?

—Porque nunca me lo has preguntado.

—Pues te lo pregunto ahora.

Hélène se defendía riendo.

—Eso no es asunto tuyo —respondió.

—No quieres decirlo porque te da vergüenza. Por el primo Silvio no puede ser: seguro que lo sabe todo. ¿Es por Jean? Pero pronto será tu hijo, mamá, y tiene que conocerte como te conozco yo. ¡Cuánto me gustaría que él y yo viviéramos siempre como tú y papá! Estoy segura de que nunca os habéis peleado.

—No es por Jean —dijo Hélène—, sino por esos dos grandullones. —E indicó a sus hijos con una sonrisa.

Los chicos estaban sentados en el suelo, echando piñas al fuego.

Tenían los bolsillos llenos. Las piñas estallaban entre las llamas con un ruido fuerte y seco.

Georges y Henri, que tienen quince y trece años, respondieron:

—Si es por nosotros, adelante, no te apures. Vuestras historias de amor no nos interesan —añadió con desdén Georges, que ya está cambiando la voz.

En cuanto al pequeño Loulou, se había dormido. Pero Hélène meneaba la cabeza y no quería hablar. El novio de Colette intervino tímidamente:

—Forman ustedes una pareja modélica. Espero que nosotros… algún día… también…

Balbuceaba. Parece buen chico; tiene una cara delgada y agradable, y unos ojos bonitos e inquietos como los de una liebre. Es curioso que Hélène y Colette, madre e hija, hayan elegido como marido la misma clase de hombre, sensible, delicado, casi femenino, fácil de dominar y al mismo tiempo reservado, taciturno, casi pudibundo.

¡Qué distinto era yo, Dios mío! Los miraba a los siete. Estaba un poco aparte.

Habíamos cenado en la sala, que es el único lugar habitable de la casa, junto con la cocina. Duermo en una especie de buhardilla que hay en el granero. Aquella noche de noviembre, la sala, lóbrega de por sí, estaba tan oscura que, cuando disminuía el fuego, lo único que se veía eran los enormes calderos y esos viejos calentadores de cobre que cuelgan de la pared y captan hasta la menor claridad. Cuando las llamas se reanimaban, iluminaban rostros plácidos, sonrisas benévolas, la mano de Hélène, con su alianza de oro, acariciando los bucles del pequeño Loulou… Llevaba un vestido de fular azul con lunares blancos y el chal de cachemir rameado de mi madre le cubría los hombros. François estaba sentado a su lado, y ambos contemplaban a los niños a sus pies. Se me apagó la pipa y, para encenderla de nuevo, cogí un trocito de madera candente, que proyectó su resplandor sobre mi cara. Estaba claro que no era el único que observaba la escena; Colette, que tampoco se perdía detalle, exclamó de pronto:

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