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Authors: Noah Gordon

Tags: #Histórico

El diamante de Jerusalén (2 page)

BOOK: El diamante de Jerusalén
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En el abismo debajo del Sakhra, al norte del Gran Desagüe un tubo que se abre en dirección norte, este documento con una explicación y un inventario de todas y cada una de las cosas.

Baruc esperó hasta que Hezequías hubo martillado la última letra y guardado el instrumento. Al otro lado del muro, los extranjeros de barba corta y sombrero en punta ya galopaban en sus peludas jacas por la ciudad de David.

—Ahora oculta el rollo —dijo.

2
E
L DIAMANTISTA

Desde su despacho, gracias a un espejo doble colocado a cierta altura del suelo, Harry Hopeman dominaba la serena opulencia de Alfred Hopeman & Son, Inc. Las paredes, las alfombras y los muebles eran de color gris subido o negro suave, y la iluminación una delicada luz blanca que hacía que la colección Hopeman mostrara un brillo sin par, como si toda la tienda fuese una caja forrada de terciopelo.

Su visitante era un inglés llamado Sawyer. Harry sabía que había estado comprando bonos de empresas norteamericanas para miembros de la Organización de los Países Exportadores de Petróleo. También se sabía que la compra sólo era una parte del trabajo de Sawyer; ayudaba a mantener la lista negra de las empresas norteamericanas que hacían negocios con Israel.

—Tengo clientes interesados en comprar un diamante —dijo Sawyer.

Ocho meses antes, un cliente de Kuwait había encargado a Hopeman & Son un collar, y luego el pedido había sido anulado súbitamente. Desde entonces no se había vendido nada a nadie de los países árabes.

—Tendré mucho gusto en hacer que alguien le enseñe lo que tenemos —respondió, perplejo.

—No, no. Desean un diamante determinado, que está en venta en Tierra Santa.

—¿Dónde?

Sawyer levantó una mano.

—En Israel. Quieren que usted vaya allí a comprarlo para ellos.

—Es agradable que a uno lo necesiten.

Sawyer se encogió de hombros.

—Usted es Harry Hopeman.

—¿Y quiénes son «ellos»?

—No estoy autorizado a decírselo. Usted comprenderá…

—No me interesa —señaló Harry.

—Señor Hopeman, será un viaje corto que le abrirá puertas importantes y le proporcionará una enorme cantidad de dinero. Somos hombres de negocios. Por favor, no permita que la política…

—Señor Sawyer, si sus patronos quieren que yo trabaje para ellos, deben pedírmelo ellos mismos.

El visitante lanzó un suspiro.

—Buenos días, señor Hopeman.

—Adiós, señor Sawyer.

Pero el hombre se volvió.

—Tal vez podría recomendarme a alguien con una pericia similar a la suya.

—¿Entonces mi compañía sería retirada de la lista de firmas boicoteadas?

—¿Qué lista? —preguntó Sawyer con astucia. Pero estaba programado para oler un negocio; sonrío.

Harry también sonrió.

—Me temo que soy único —dijo.

La satisfacción que le produjo el encuentro no le ayudó a pasar la tarde.

Sobre su mesa había inventarios, informes de ventas, todo el papeleo que detestaba.

El hombre que dirigía la planta de tallado de piedras preciosas en la 47 Oeste y la mujer que dirigía la elegante tienda al por menor que Alfred Hopeman & Son tenía en la Quinta Avenida, estaban preparados para no necesitarlo. Esto le daba la libertad necesaria para ver cómo iba el trabajo y tener trato con los pocos clientes personales: los muy ricos que compraban joyas raras, los conservadores de museos que coleccionaban gemas con significado histórico o religioso. Estas eran las áreas que producían los mayores beneficios, pero tales transacciones no se realizaban todas las semanas. Los días como éste eran inevitables.

Espacios muertos.

Prescindió de su secretaria y marcó el número.

—Hola. ¿Puedo acercarme un momento?

¿Vaciló ella antes de acceder?

—Estupendo —dijo Harry.

Cuando él se dejó caer, con la mejilla apoyada en el borde del colchón, la mujer se tendió con su larga cabellera esparcida sobre la almohada y le dijo que se estaba mudando.

—¿Adónde?

—A un sitio más pequeño. Que sea mío.

—Ésta es tu casa.

—Ya no la quiero. Basta de cheques, Harry. —Tuvo que levantar la voz para hacerse oír por encima del televisor, que ella insistía en tener encendido cada vez que hacían el amor porque las paredes del apartamento, aunque caras, eran delgadas. Pero no había rabia en su voz.

—Bueno, ¿se puede saber…?

—He estado leyendo cosas sobre los ciervos. ¿Sabes algo sobre los ciervos, Harry?

—No tengo ni puñetera idea.

—No joden. En absoluto, salvo cuando están en celo. Entonces el macho monta a cualquier cierva, y en cuanto ha terminado se aleja de ella.

—Es muy difícil retener a un macho.

Ella no sonrió.

—¿No detectas cierta… similitud?

—¿Me estoy cargando la maleza?

—Harry Hopeman no es un animal, es un hombre de negocios. Se asegura de que la cosa está bien cuidada, y así puede volver a utilizarla. Entonces se marcha.

Él protestó.

—Yo no soy una cosa, Harry.

Él levantó la cabeza.

—Si te sientes tan… utilizada, no entiendo lo de los dos últimos meses.

—Me sentía atraída por ti —dijo ella serenamente, mirándole a los ojos—. Tu pelo, ese color bronce con pequeños toques de rojo. Y tu piel, que a muchas mujeres les gustaría tener.

—Tendrían que afeitarse dos veces al día.

Ella no sonrió.

—Dientes como los de un animal. Incluso tu nariz de as del fútbol.

Él sacudió la cabeza.

—Un tipo me golpeó. Hace mucho tiempo.

Entonces ella se echó a reír.

—Eso encaja. Para ti, las pequeñas tragedias de la vida se convierten en ventajas. —Con la punta del dedo le acarició los pelos oscuros de la muñeca—. Sólo mirarte las manos me ponía… tienes unas manos perfectas. Controladas. Siempre dejaba de trabajar para ver como mostrabas una perla o una piedra. —Sonrió—. Estaba preparada para ti mucho tiempo antes de que lo supieras. Pensé que podría cazarte. Tan joven y con tanto dinero, tan apuesto con tu estilo sencillo. Pensaba que tu esposa debía de haber perdido la cabeza o el atractivo para haberse ido de tu casa. —Él la miró—. Iba a esperar exactamente hasta el momento adecuado para recoger todo el premio.

—No es ningún premio —señaló él—. Nunca me di cuenta de que quisieras cogerlo.

Los dedos, que en otros tiempos habían mecanografiado las cartas de él, ahora le tocaron la mejilla.

—El momento nunca será adecuado. ¿Me necesitas, Harry, o me quieres de verdad?

Él sintió remordimientos.

—Escucha —dijo—, ¿tienes que hacernos esto?

Ella asintió. Sólo sus ojos la delataban.

—Vístete y despidámonos, Harry —indicó, casi con suavidad.

La calle Cuarenta y siete entre la Quinta y la Sexta, lo había atraído y le había proporcionado consuelo desde que era un joven que lo pasaba tan mal como todos los jóvenes que aprendían el comercio del diamante. La manzana más rica del mundo era una lamentable colección de fachadas sucias y edificios viejos que le recordaban a un harapiento solitario que guardaba bolsas llenas de dinero debajo de la cama. Había unas pocas anomalías: una librería antigua y famosa, y una papelería. El resto pertenecía a la industria del diamante, más importante que en la parte alta de la ciudad, uno de los muchos lugares dispares en los que Harry Hopeman se sentía como en casa.

Pasó junto a un joven apenas mayor que un adolescente, que conversaba concentradamente con un hombre que podría haber sido su abuelo. Ambos estaban de pie delante de un escaparate en el que había pegado un letrero desteñido y roto en el que se leía:

MOLESTAR A LOS PEATONES

DESDE EL COCHE EN MARCHA

VA CONTRA LA LEY.

CÓDIGO ADMINISTRATIVO

# 435–10.1

Comité de Vigilancia de Joyerías

—No, pero tengo algo casi igual. Le daré unos cuantos —decía el joven con entusiasmo.

Harry sonrió al recordar su propio aprendizaje en esas mismas calles.

Las tiendas al por menor eran subproductos. La verdadera calle Cuarenta y siete podía encontrarse entre los pequeños grupos de judíos ortodoxos que se instalaban en la acera, islas entre los compradores que se arremolinaban, cuáqueros semitas vestidos con largos caftanes de color pardo y amplios sombreros con borde de piel llamados
streimels
, o con fedoras oscuras y trajes modernos, de color azul marino o negros. Saludó a los que conocía. Unos cuantos estaban examinando el contenido de paquetes de papel de seda, como niños que intercambiaran cromos… pero de estos cromos salían los estudios de los hijos, los aparatos de ortodoncia, el alquiler, la comida y el pertenecer a una sinagoga, la
shul
.

Un observador casual no habría sabido qué miraban. Los diamantes eran la forma más fácil de poner una cantidad inmensa de dinero en un espacio minúsculo. En su mayoría, éstos eran intermediarios que conseguían piedras de los importadores, como el padre de Harry, a menudo a crédito, y las vendían a los joyeros minoristas. Gran parte de ellos carecían de un local de exposición, incluso de despacho. Cuando hacía mal tiempo, abandonaban la calle y hacían negocios mientras tomaban un café, o en los pasillos o salas de visita de la Asociación de Comerciantes de Diamantes, en cuya cámara acorazada muchos guardaban su mercancía todas las noches.

Algunos preferían los diminutos espacios de las conejeras que se extendían a ambos lados de la calle. Unos pocos seguramente pasaban a sitios más grandes. Algunas de las grandes fortunas de Estados Unidos habían comenzado con un comerciante de diamantes que hacía negocios en esta acera, con el despacho en el bolsillo, comprando y vendiendo cautelosamente, cerrando el trato con frases en yidis y apretones de manos en lugar de contratos.

Harry subió por la Quinta Avenida hasta la otra cara del negocio del diamante, haciendo una pausa en Tiffany & Co. para admirar una pieza del escaparate: un ejemplar blanco, sin igual, de unos cincuenta y ocho quilates, engastado como broche. Era impresionante, pero no se trataba de un diamante alrededor del que se pudieran crear leyendas. Y la suya era una profesión legendaria.

Disfrutaba incluso con la más fugaz visión de una de esas piedras fabulosas. Los cuentos de su infancia habían sido auténticas crónicas sobre el Collar de la Reina, el Gran Mogol, el Orloff, el Estrella Negra de África, el Montañas de Esplendor, el Cullinan. Algunos de estos grandiosos diamantes, ocultos en cámaras acorazadas, habían sido vistos por muy pocas personas durante este siglo. Pero los hombres que se reunían en el apartamento de su padre los domingos por la tarde para tomar té cargado, hablaban de esas gemas con familiaridad, como sus padres les habían hablado a ellos.

Algunas de las antiguas familias diamantistas sobrevivieron y se diseminaron casi como las marmotas que vivían a lo largo del Hudson. Se reprodujeron y aumentaron. Cuando los sitios quedaron atestados, los miembros más jóvenes se trasladaron a otras zonas, hasta que las ramas francesa, inglesa, alemana, italiana, holandesa y belga de la misma familia se dedicaron al comercio del diamante. Unos pocos diamantistas pueden seguir la pista de su familia generación tras generación, cosa que resulta extraña en estos tiempos en que la mayor parte de la gente no puede remontarse a sus bisabuelos. En yidis se dice que este tipo de hombres tienen
yikus avot
, la sabiduría de los ancestros. Alfred Hopeman, el padre de Harry, decía en tono confidencial que era descendiente de Lodewyk van Berken.

Hasta que apareció este lapidario judío de Brujas, los diamantes sólo relucían gracias a un feliz capricho de la naturaleza; la única manera de proporcionarles algún tipo de brillo era frotarlos uno contra otro. Van Berken era un experto matemático. En 1467 ideó una combinación precisa de facetas con las que esmeriló las caras de las piedras utilizando un disco que giraba rápidamente, untado con polvo de diamante impregnado con aceite de oliva. Fue capaz de pulir cada diamante para revelar su fuego, y guardó el método como un secreto de familia. Los parientes a los que formó dieron origen a las industrias holandesa y belga de tallado del diamante y proporcionaron joyas a la realeza de Europa. Uno de ellos incluso talló una gema —tiempo después conocida entre los profesionales como el Diamante de la Inquisición— a cambio de la vida de un primo español que iba a ser quemado por hereje.

Éstas son las historias que Harry había conocido mientras los demás niños escuchaban cuentos de hadas.

En el verano de su segundo año en Columbia había viajado a Europa por primera vez. En Amberes, donde gran parte de la economía se basa en la industria del diamante, había encontrado una estatua pública de Lodewyk van Berken. El maestro está esculpido con el jubón y la pistolera típicos de su oficio, de pie, y con la mano izquierda apoyada en la cadera izquierda, mirando con expresión crítica un diamante que sostiene entre el pulgar y el índice de la mano derecha.

Al estudiar los rasgos sencillos, Harry había visto poco parecido familiar. Era consciente sin embargo de que su padre le había enseñado a pulir las piedras preciosas según el método de Van Berken, prácticamente intacto después de casi cinco siglos, tal como el propio Alfred lo había aprendido, lo mismo que todas las generaciones hasta llegar a Van Berken.

«¿Realmente sois parientes?», le preguntó una chica con la que viajó durante unos días. Era una muchacha tranquila y rubia, nieta de un obispo episcopalista. Pensaba que los semitas eran absolutamente exóticos, cosa de la que él se aprovechaba.

«Eso dice mi padre».

«Preséntanos».

Con expresión seria, le había presentado la estatua.

Una semana mas tarde, cuando fueron a Polonia para visitar Auschwitz, donde habían sido asesinados los parientes checos de su padre, quedó abrumado por la tristeza que le comunicaban los judíos muertos de su misma sangre, y la tranquila joven rubia lo sorprendió con la profundidad de sus sentimientos: tuvo un ataque de nervios. Pero en Amberes aún tenía de la historia una visión típica de comedia televisiva. «Qué raro, no parece judío», le había dicho.

Cuando regresó a su despacho tenía algunos mensajes telefónicos. Respondió a una llamada de California.

—¿Harry? ¡Dios proteja a Harry, a Inglaterra y a san Jorge!

—La voz que había conmovido a millones de personas ya sonaba confusa. El actor figuraba entre los más activos coleccionistas de diamantes del mundo. También se encontraba metido en una famosa separación.

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