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Authors: Arturo Pérez-Reverte

El húsar (19 page)

BOOK: El húsar
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—Ya lo ve, subteniente —comentó mientras volvía a cubrirse con el dormán—. Yo ya estoy listo, por suerte no me duele demasiado; tengo toda la parte inferior del cuerpo como dormida... Lo curioso es que, al rajarme, la bayoneta no debió de tocar ningún vaso importante; habría muerto desangrado hace rato.

Frederic estaba espantado por la fría resignación del veterano.

—No puede quedarse así —balbuceó, sin saber muy bien qué era lo que podía hacerse por el herido—. Tengo que llevarlo a alguna parte, buscar ayuda. Eso... Eso es atroz.

El húsar se encogió otra vez de hombros. Todo parecía importarle un bledo.

—No hay nada que pueda hacerse. Aquí, por lo menos, con la espalda apoyada en este árbol, estoy cómodo.

—Quizá puedan curarlo...

—No diga tonterías, mi subteniente. Después de una hora así, esto es gangrena segura. En veintidós años he visto muchos casos por el estilo, y ya tengo el colmillo retorcido para hacerme ilusiones... El viejo Armand sabe cuándo los naipes vienen mal dados.

—Si no le prestan ayuda, morirá sin remedio.

—Con ayuda o sin ella, yo voy aviado. No tengo humor para andar de un lado para otro, pisándome las tripas; en mi estado, resultaría incómodo. Prefiero estar donde estoy, tranquilo y a la sombra. Ocúpese de sus propios asuntos.

Los dos quedaron en silencio durante un largo rato. Frederic sentado en el suelo, rodeándose las rodillas con los brazos; el húsar, con los ojos cerrados, apoyada la cabeza en el tronco de la encina, indiferente a la presencia del joven. Por fin Frederic se levantó, desclavó su sable del suelo y se acercó al herido.

—¿Puedo hacer algo por usted antes de irme?

El húsar abrió despacio los ojos y miró a Frederic como si le sorprendiera verlo todavía allí.

—Puede que sí —dijo lentamente, mostrándole la pistola que seguía manteniendo entre los dedos— La descargué contra ese tipo, y me gustaría tener una bala dentro por si se acerca algún otro... ¿Le importaría cargármela? En mi silla hay todo lo necesario.

Frederic agarró la pistola por el largo cañón y se encaminó hacia el caballo muerto. Encontró un saquito de paño encerado lleno de pólvora y una bolsa con balas. Cargó el arma, empujó con la baqueta y la dejó lista. Se la llevó al herido, entregándole también el sobrante de pólvora y munición.

El húsar contempló apreciativamente el arma, la sopesó un momento en la palma de la mano y la amartilló.

—¿Desea algo más? —le preguntó Frederic.

El húsar lo miró. Había un destello de burla en sus ojos.

—Hay un pueblecito en el Béarn donde vive una buena mujer cuyo marido es soldado y está en España —murmuró, y Frederic creyó percibir en su voz un remoto rastro de ternura que desapareció de inmediato—. En otro momento, subteniente, es posible que le hubiera dicho el nombre de ese pueblo, por si alguna vez pasaba por allí... Pero ahora me da lo mismo. Además, si he de serle franco, usted huele a muerto, como yo. Dudo mucho que regrese a Francia, ni a ninguna otra parte.

Frederic lo miró, desagradablemente sorprendido.

—¿Qué ha dicho?

El húsar cerró los ojos y volvió a apoyar la cabeza en el tronco.

—Lárguese de aquí —ordenó con voz desmayada—. Déjeme en paz de una maldita vez.

Frederic se alejó, confuso, con el sable en la mano. Pasó junto a los cadáveres del caballo y el guerrillero y todavía se volvió a mirar atrás, aturdido. El húsar seguía inmóvil, con los ojos cerrados y la pistola en la mano, indiferente al bosque, a la guerra y a la vida.

Anduvo un trecho entre los matorrales y se detuvo a cobrar aliento. Entonces oyó el disparo. Dejó caer el sable, se cubrió la cara con las manos y se puso a llorar como un chiquillo.

Al cabo de un rato echó a andar de nuevo. Ignoraba ya dónde estaba el este, dónde el oeste. El bosque era un laberinto donde resultaba imposible orientarse, una trampa que olía a podredumbre, a humedad, a muerte. La pesadilla no tenía fin, su cuerpo entumecido apenas podía dar un paso, el dolor de la cara lo enloquecía. Se miró las manos vacías, vió que había olvidado el sable y volvió atrás a buscarlo. Pero a los pocos pasos se detuvo. Al diablo el sable, al diablo con todo. Anduvo sin rumbo fijo, errante, tropezando y golpeándose contra los árboles. La vista se le nublaba, la cabeza daba vueltas como sumida en un torbellino. La fiebre le hacía hablar en voz alta, delirante. Conversaba con sus compañeros, con Michel de Bourmont, con su padre, con Claire... Ya lo había entendido, ya lo había logrado entender. Como Pablo en el camino de Damasco, había caído del caballo... La idea lo hizo reír a carcajadas, que sonaron espectrales en el silencio del bosque. Dios, Patria, Honor.. Gloria, Francia, Húsares, Batalla... Las palabras salían de su boca una tras otra, las repetía cambiando el tono de voz. Se estaba volviendo loco, por su vida que sí. Lo estaban volviendo loco entre todos, allí, a su alrededor, susurrándole estupideces sobre el deber, sobre la gloria... El húsar moribundo era el único que entendía la cuestión, por eso se había pegado un pistoletazo. El muy tunante, perro viejo, había sabido tomar el atajo. Vaya que sí. Los demás no tenían maldita idea de nada, romántica y estúpida Claire, infeliz Michel... Mierda, barro y sangre, eso era. Soledad, frío y miedo, un miedo tan enloquecedoramente espantoso que daba ganas de gritar de pura y desnuda angustia.

Gritó. A pesar del dolor de su boca hinchada y supurante, gritó hasta que dejó de oírse. Gritó al cielo, a los árboles. Gritó al mundo entero, insultó a Dios y al diablo. Se abrazó al tronco de un árbol y se echó a reír mientras lloraba. El dormán, cubierto de barro seco, estaba rígido como una coraza. Se lo arrancó de encima y lo arrojó entre los arbustos. Buen paño, primorosamente bordado, vaya que sí. Se pudriría en el humus de aquel podrido bosque junto a Noirot, junto al húsar que se había pegado un tiro, junto a todos los imbéciles, hombres y animales, que se dejaban atrapar en la ronda macabra. Quizá, pronto, junto al propio Frederic.

Se estaba volviendo loco. Se estaba volviendo loco. Se estaba volviendo loco, maldita sea. ¿Dónde estaba Berret? ¿Dónde estaba Dombrowsky? ¿Dónde estaba el coronel Letac, una carga, ejem, caballeros, que haga correr a esos piojosos por toda Andalucía...? Al infierno, al diablo todos. Se había dejado atrapar como un imbécil. Ellos también, pobres tipos, se habían dejado atrapar. Todo el universo se había dejado atrapar, por el amor de Dios, ¿no había nadie que se diera cuenta? Que lo dejaran también a él en paz. ¡Sólo quería irse de allí! ¡Que lo dejaran en paz, por misericordia...! ¡Se estaba volviendo loco y sólo tenía diecinueve años!

El húsar moribundo tenía razón. Los viejos soldados, eso lo descubría ahora, siempre tenían razón. Por eso se callaban. Ellos sabían, y el conocimiento, la sabiduría, los tornaba silenciosos e indiferentes. Ellos sabían, al diablo con todo. Pero no se lo contaban a nadie; eran viejos zorros astutos. Que cada palo aguantara su vela, que cada cual aprendiera por sí solo. En ellos no había valor; había indiferencia. Estaban al otro lado del muro, más allá del bien y del mal, como el abuelo de Frederic, el viejo Glüntz, que se dejó morir cansado de esperar la muerte. No había nada más que hacer, el camino estaba espantosamente claro. Honor, Gloria, Patria, Amor... Había un punto sin retorno, al que se llegaba tarde o temprano, en el que todo se tornaba superfluo, adquiría sus límites precisos, su exacta dimensión. Ella estaba allí, plantada en mitad del camino, con una guadaña tan letal como un escuadrón de lanceros. No había nada más, no había rutas de escape. Era absurdo correr, era absurdo detenerse. Sólo quedaba acudir con calma a su encuentro y acabar de una maldita vez.

De pronto, todo pareció muy simple, elementalmente sencillo. Frederic se detuvo y hasta profirió una exclamación, sorprendido por no haber sido capaz de averiguarlo antes. Llegó tambaleante a la linde del bosque y allí se detuvo, todavía maravillado de su descubrimiento, enflaquecido y febril, desfigurado y cubierto de barro, con el cabello revuelto y los ojos brillándole como brasas. Contempló el cielo azul, los campos salpicados de olivos color ceniza, las aves que volaban sobre lo que había sido un campo de batalla, y soltó una formidable carcajada dirigida a todo cuanto lo rodeaba.

Se sentó sobre el tocón de un árbol con una rama seca en las manos, hurgando abstraído la tierra entre sus botas manchadas de lodo. Y cuando vió acercarse por la linde del bosque al grupo de campesinos armados con hoces, palos y navajas, se levantó despacio con la cabeza erguida, miró sus rostros cetrinos y aguardó, inmóvil y sereno. Pensaba en el abuelo Glüntz, en el húsar herido bajo la gran encina. Y no sentía más que una cansada indiferencia.

Majadahonda, julio de 1983

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