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Authors: Maurice Druon

Tags: #Histórico, Novela

El rey de hierro

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¡Todos malditos, hasta la séptima generación!" Ésta es la terrible maldición que el jefe de los templarios, desde las llamas de la hoguera, lanza a la cara de Felipe el Hermoso, rey de Francia. Corre el año 1314 y la profecía parece haberse hecho realidad: durante más de medio siglo los reyes se suceden en el trono de Francia pero nunca duran mucho tiempo. De las intrigas palaciegas a las muertes súbitas e inexplicables, de las batallas entre las dinastías a las guerras desastrosas, todo parece fatalmente regido por el sino de los Reyes Malditos. El futuro de Europa está en juego durante esos años negros. Un periodo turbio de la historia, y al mismo tiempo una época extraordinaria, siempre novelesca… Maurice Druon lo comprendió cabalmente y supo narrar como ningún otro las historias secretas, las pasiones y debilidades de ese periodo.

Maurice Druon

El rey de hierro

Los reyes malditos 1

ePUB v1.1

draflaeon
19.03.12

Gracias a Orkelyon por la portada

ISBN 13: 978-84-7417-047-4

ISBN 10: 84-7417-047-8

Título:
El rey de hierro

Título original:
Le roi de fer

Autor: Maurice Druon

Fecha Impresión: 11/1982

Traducción: María Guadalupe Orozco Bravo

Colección: Los reyes malditos

“La historia es una novela que fue.”

E. y J. De Goncourt

Prólogo

Al comenzar el siglo XIV, Felipe IV, rey de legendaria belleza, reinaba en Francia como amo absoluto. Había domeñado el orgullo guerrero de los barones, había vencido a los flamencos sublevados, a los ingleses en Aquitania e incluso al papado, al que había instalado por la fuerza en Aviñón. Los parlamentos obedecían sus órdenes y los concilios respondían a la paga que recibían.

Para asegurar su descendencia contaba con tres hijos. Su hija habíase casado con el rey de Inglaterra. Seis reyes figuraban entre sus vasallos y la red de sus alianzas se extendía hasta Rusia.

Ninguna riqueza escapaba de sus manos. Etapa tras etapa, había gravado los bienes de la Iglesia, expoliado a los judíos y atacado al trust de los banqueros lombardos.

Para hacer frente a las necesidades del Tesoro practicaba la alteración de la moneda. Cada día el oro pesaba menos y valía más. Los impuestos eran agobiantes y la policía se multiplicaba. Las crisis económicas engendraban la ruina y el hambre que, a su vez, eran la causa de motines ahogados en sangre. Las revueltas terminaban en la horca del cadalso. Ante la autoridad real, todo debía inclinarse, doblegarse o quebrarse.

Pero la idea nacional anidaba en la mente de este príncipe sereno y cruel, para quien la razón de Estado se sobreponía a cualquier otra. Bajo su reinado Francia era grande; y los franceses, desdichados.

Sólo un poder había osado resistirse: la Orden soberana de los Caballeros del Temple. Esta formidable organización, a la vez militar, religiosa y financiera debía a la Cruzadas, de las cuales había salido, su gloria y su riqueza.

La independencia de los templarios inquietó a Felipe el Hermoso, mientras que sus inmensos bienes excitaron su codicia. Instauró contra ellos el proceso más vasto que recuerda la historia. Cerca de quince mil hombres estuvieron sujetos a juicio durante siete años; y en este periodo se perpetraron toda clase de infamias.

Nuestro relato comienza al final des séptimo año.

Primera parte: La maldición
I.- La reina sin amor

Un leño entero, sobre un lecho de brasas incandescentes, se consumía en la chimenea. Por las vidrieras verdosas, de reticulado de plomo, se filtraba un día de marzo, avaro de luz.

Sentada en alto sitial de roble, cuyo respaldo coronaban los tres leones de Inglaterra, la reina Isabel, esposa de Eduardo II con la barbilla apoyada en la palma de la mano, miraba distraídamente la lumbre del hogar.

Tenía veintidós años. Sus cabellos de oro recogidos en largas trenzas formaban como dos asas de ánfora a cada lado de su rostro.

Escuchaba a una de sus damas francesas, que le leía un poema de lsuque Guillermo de Aquitania:

Del amor no puedo hablar,

ni siquiera lo conozco,

porque no tengo el que quiero…

La voz cantarina de la dama de compañía se perdía en aquella sala demasiado grande para que una mujer pudiera vivir dichosa en ella.

Me ha pasado siempre igual,

de quien quién amo no gocé,

no gozo no gozaré…

La reina sin amor suspiró.

—¡Qué conmovedoras palabras! —exclamó.

—Diríase que han sido escritas para mí. ¡Ah! Terminaron los tiempos en que un gran señor como el duque Guillermo demostraba tanta destreza en la poesía como en la guerra.

¿Cuándo me dijisteis que vivió? ¿Hace doscientos años?

Se diría que ese poema fue escrito ayer…
(El más antiguo poeta francés conocido que escribió en romance vulgar, el duque Guillermo IX de Aquitania es una de las figuras más sobresalientes e interesantes de la Edad Media.

Gran señor, gran amador y muy ilustrado, su vida e ideas fueron excepcionales par su época. El refinado fausto de que se rodeó en sus castillos dio origen a las famosas “cortes de amor”.

Queriendo liberarse totalmente de la autoridad de la Iglesia, rehusó al papa Urbano II, que fue a visitarlo expresamente a sus estados, participar en la Cruzada. Aprovechó la ausencia de su vecino, el conde de Tolosa, para meter mano en sus tierras. Pero el relato de las aventuras lo incitó a emprender, poco más tarde, el camino de oriente, a la cabeza de una fuerza de 30,000 hombres que llevó hasta Jerusalén.

Sus versos, de los que sólo nos han llegado once poemas, introdujeron en la literatura de los países latinos, principalmente en la francesa, un concepto idealizado del amor y de la mujer, desconocido hasta entonces. Son la fuente de la gran corriente de lirismo que atraviesa, irriga y fecunda toda nuestra literatura. La influencia de los poetas hispano-árabes se hace notar en este príncipe-trovador.)

Y reptió para sí:

Del amor no puedo hablar,

ni siquiera lo conozco…

Durante unos instantes permaneció pensativa.

—¿Prosigo, señora? —preguntó la dama con el dedo apoyado en la página iluminada.

—No, amiga mía —respondió la reina—. Por hoy mi alma ha llorado bastante.

Se incorporó y cambió de tono:

—Mi primo Roberto de Artois me ha hecho anunciar su visita. Cuidad de que sea conducido a mi presencia en cuanto llegue.

—¿Viene de Francia? Estaréis contenta, entonces, señora.

—Deseo estarlo… siempre que las noticias que me traigas sean buenas.

Entró otra dama, presurosa, con semblante de gran alegría. Su nombre de soltera era Juana de Jounville y habíase casado con sir Roger Mortimer, uno de los primeros barones de Inglaterra.

—Señora, señora —exclamó—, ha hablado.

—¿De verdad? —preguntó la reina— ¿Y qué ha dicho?

—Ha golpeado la mesa y ha dicho… “¡Quiero!”

Una expresión de orgullo iluminó el hermoso semblante de Isabel.

—Traédmelo aquí —dijo.

Lady Mortimer salió de la estancia corriendo, y regresó poco después, con un niño de quince meses en los brazos, sonrosado, regordete que depositó a los pies de la reina. Vestía un traje color granate, bordado de oro, más pesado que él.

—De modo, meciere, hijo mío, que habéis dicho: “¡Quiero!” —exclamó Isabel inclinándose para acariciarle la mejilla—. Me agrada que ésa haya sido vuestra primera palabra. Es palabra de rey.

El niño le sonreía y balanceaba la cabeza.

—¿Y porqué lo ha dicho? —preguntó la reina.

—Porqué me resistía a darle un trozo de galleta que estaba comiendo —respondió lady Mortimer.

Isabel esbozó una rápida sonrisa que se apagó en seguida.

—Puesto que empieza a hablar —dijo—, pido que no se le anime a balbucear y a pronunciar tonterías, como por lo común se hace con los niños. Poco me importa que sepa decir “papá” y “mamá”. Prefiero que conozca las palabras “rey” y “reina”.

En su voz había una gran autoridad natural.

—Ya sabéis, amiga mía —continuó—, qué razones me decidieron a elegiros para aya del niño. Sois sobrina nieta del gran Joinville, quien estuvo en la Cruzada con mi bisabuelo, monseñor san Luis. Sabréis enseñar a este niño que pertenece a Francia como a Inglaterra.
( En 1314 hacía 44 años que el rey San Luis había fallecido. Fue canonizado veintisiete años después de su muerte, reinando su nieto Felipe IV y ocupando el pontificado Bonifacio VIII).

Lady Mortimer hizo una reverencia. En este momento se presentó la primera dama francesa, anunciando a monseñor el conde Roberto de Artois.

La reina se irguió en su sitial y cruzó las manos blancas sobre el pecho en actitud de ídolo. Su preocupación para conservar la majestuosidad de su porte no lograba envejecerla.

El andar de un cuerpo de noventa kilos hizo crujir el pavimento.

El hombre que entro medía casi dos metros de altura, tenía muslos semejantes a troncos de encina y manos como mazas. Sus botas rojas, de cordobán, estaban sucias de barro y mal cepilladas; el manto que pendía de sus hombros era lo suficientemente amplio para cubrir un lecho. Habría bastado una daga en su cintura para que tuviera el aspecto de hallarse aprestado para ir a la guerra. Su barbilla era redonda, su nariz corta, su quijada ancha y el pecho fuerte. Sus pulmones necesitaban más aire que la generalidad de los hombres. Aquel gigante contaba veintisiete años, pero su edad desaparecía bajo los músculos, lo que le hacía aparentar treinta y cinco.

Se quitó los guantes mientras se adelantaba hacia la reina, y dobló la rodilla con sorprendente agilidad para tal coloso.

Antes de que le hubieran invitado a hacerlo, ya se había incorporado.

—Y bien, Primo mío —dijo Isabel—. ¿Tuvisteis buena travesía?

—Execrable, señora, horrorosa —respondió Roberto—. Una tempestad como para echar tripas y alma. Creí llegada mi última hora, hasta el extremo de que decidí confesar mis pecados a Dios. Por fortuna, eran tantos, que al tiempo de decir la mitad ya llegábamos a destino. Guardo suficientes para el regreso.

Estallo en una carcajada que hizo retemblar las vidrieras.

—¡Vive Dios! —prosiguió—. Mi cuerpo está hecho para recorrer la tierra y no para cabalgar aguas saladas. Si no hubiera sido por el amor que os profeso, prima mía, y por las cosas urgentes que debo deciros…

—Permitid que concluya —le interrumpió Isabel, mostrando al niño—. Mi hijo ha empezado a hablar hoy.

Luego se dirigió a lady Mortimer:

—Quiero que se habitúe a los nombres de sus deudos y que sepa, en cuanto sea posible, que su abuelo, Felipe el Hermoso, reina sobre Francia. Comenzad a recitar delante de él el Padre Nuestro y el Ave María, así como la plegaria a monseñor san Luis. Esas son cosas que deben adueñarse de su corazón aun antes de que su razón las comprenda.

No le desagradaba mostrar ante uno de sus parientes de Francia, descendiente a su vez de un hermano de san Luis, la manera como velaba por la educación de su hijo.

—Bella enseñanza daréis a ese jovencito —dijo Roberto de Artois.

—Nunca se aprende demasiado pronto a reinar —respondió Isabel.

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