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Authors: José Mallorquí

Tags: #Aventuras

Huracán sobre Monterrey / El valle de la Muerte

BOOK: Huracán sobre Monterrey / El valle de la Muerte
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Episodios 3 y 4 de las aventuras de don César de Echagüe, un hombre adinerado, tranquilo, cínico, casi cobarde. Oculta así su otra personalidad: él es el héroe enmascarado «el Coyote», el justiciero que defenderá a sus compatriotas de los desmanes de los conquistadores yanquis, marcando a los malos con un balazo en el lóbulo de la oreja .

José Mallorquí

Huracán sobre Monterrey/El valle de la Muerte

Coyote 003 y 004

ePUB v1.4

Cris1987
16.10.12

Título original:
Huracán sobre Monterrey/El valle de la Muerte

José Mallorquí, 1944.

Ilustraciones: Julio Bosch y José Mª Bellalta

Diseño portada: Salvador Fabá

Editor original: Cris1987 (v1.4)

Corrección de erratas: Faro47

ePub base v2.0

Capítulo I: Nueva hazaña del
Coyote

El antiguo palacio de los Ortega, convertido en residencia interina del gobernador de California, estaba lleno de luz. Lo más selecto de California habíase reunido allí para celebrar la visita del Gobernador a la ciudad de Monterrey. Oíase hablar mucho inglés; pero predominaba el español, ya que hasta más de veinte años después la gran mayoría de los documentos oficiales se escribirían, en California, en la lengua de los primeros conquistadores.

También los oficiales del Ejército se esforzaban en expresarse en el idioma del país, y sólo una serie de desagradables comerciantes atronaban el aire con un áspero inglés, que ningún británico hubiera admitido como idioma de Shakespeare ni de Milton.

Ofrecía la fiesta el gobernador y en ella iba a sellarse, simbólicamente, la definitiva amistad entre California y sus últimos conquistadores.

—Interesa mucho al Gobierno de Washington que los californianos se sientan súbditos nuestros —le dijo el gobernador a don Julián Carreras, alcalde de la ciudad—. Se prevén malos tiempos; el choque entre los Estados esclavistas y los abolicionistas ha de producirse tarde o temprano. Entonces el Sur y el Norte lucharán en una guerra civil, y si California no se siente satisfecha ni protegida, puede tomar el partido del Sur y crear graves dificultades.

El señor Carreras, uno de los principales hacendados de Monterrey, español de origen y californiano de todo corazón, movió la cabeza mientras paseaba, al lado del gobernador, general Curtis. Éste vestía de etiqueta y sólo una condecoración, ganada en las luchas contra los indios, indicaba su verdadera condición. Hubiese podido lucir otras condecoraciones ganadas en la guerra de Tejas y en la mejicana; pero con ellas hubiera recordado a los invitados que él era uno de sus vencedores. Curtis era un buen político y sabía cuándo conviene olvidar al vencido que está ante el vencedor. El señor Carreras, por su parte, vestía a la moda californiana. Las largas calzoneras, de botones de oro, eran una obra maestra del arte californiano. La chaquetilla estaba llena de ricos bordados y la faja de seda que ceñía la cintura del alcalde valía, por sí sola, más que todo el negro traje del gobernador.

—La que propone practicar Washington es una buena política —replicó el señor Carreras—. Y deseo que se pueda llevar a efecto; pero creo que son demasiados los norteamericanos que anhelan que las cosas sigan como hasta ahora. Cuanto menos orden, cuanta menos protección encuentren los californianos, mejor irán los negocios de esos hombres que han caído como nube de langosta sobre las tierras de California.

El general Curtis se acarició la blanca perilla.

—Ya sé que sus compatriotas tienen justos motivos de queja, alcalde. Yo he sido uno de los que más han abogado por hacer comprender a los norteamericanos que California no es un campo abierto a todas las rapiñas, sino un territorio hermano, un Estado más, dentro de la gran comunidad de Estados de la América del Norte. Ha costado mucho trabajo llegar a conseguir algo; pero creo que estamos en camino de lograr que la paz vuelva a California. Esta reunión de hoy ha de servir para sellar una amistad eterna.

Carreras inclinó la cabeza y permaneció en silencio. Al cabo de unos segundos, Curtis le preguntó:

—¿Es que no cree usted en la realización de nuestros buenos deseos?

—Señor Gobernador —replicó Carreras—, yo y todos los californianos de las clases elevadas, creemos en sus buenos deseos y también en los buenos sentimientos que hacia nosotros abrigan los oficiales del Ejército; pero, al fin y al cabo, usted y la oficialidad forman la minoría. Son ustedes los únicos caballeros que Norteamérica nos ha enviado. Los demás no hacen ningún honor. Incluso yo he sido víctima de ellos. No hace mucho compré unas máquinas agrícolas, firmé un pedido y cuando me trajeron las máquinas las pagué con oro. Me olvida de que trataba con comerciantes norteamericanos y no exigí recibo. Al cabo des una semana me fue presentado el recibo al cobro y no tuve otro remedio que pagar de nuevo o verme desposeído del cargo que ostento.

—¿Por qué no acudió a mí? Yo hubiera impuesto un correctivo.

Julián Carreras movió negativamente la cabeza y, con una sonrisa, siguió:

—Usted no hubiese podido hacer nada, señor gobernador. Existía un pedido firmado por mí. No era posible presentar ningún documento que demostrase que yo había pagado la máquina recibida. Su ley es bien clara. Yo debía volver a pagar o enseñar un recibo. Y eso que me ocurrió a mí, que, al fin y al cabo, debiera conocer a los comerciantes que han venido a nuestra tierra, les sucede a diario a otros californianos menos enterados de la realidad y que aceptan a un hombre por lo que parece ser, aunque muchas veces se engañen y no sepan lo que en realidad es.

—Tiene usted razón —suspiró Curtis—. Oficialmente no se puede hacer nada, pero deme usted el nombre de ese comerciante, y yo le prometo que extraoficialmente le obligaremos a que devuelva…

—No es necesario —interrumpió Carreras—. Otro le ha castigado ya. Una noche, el señor Charles Adams recibió una desagradable visita, que al marcharse, se llevó sus orejas y gran parte de su dinero.

Curtis frunció el entrecejo.

—¿Fue Adams quien le hizo víctima de una estafa? —preguntó luego.

—Sí.

—Y
El Coyote
le vengó a usted.

—A mí y a otros muchos que, como yo, creyeron que el ser comerciante no impide ser honrado.

El gobernador detúvose junto a uno de los graciosos arcos que decoraban la galería que rodeaba el primer piso del palacio de los Ortega. Su mirada recorrió unos momentos el amplísimo jardín, iluminado por multitud de faroles venecianos, y por el que paseaban los invitados, disfrutando de la embriagadora suavidad de la noche californiana.

—¿Qué opina usted del
Coyote
? —preguntó de súbito.

—¿A quién interroga usted? —preguntó Carreras, advirtiendo la seriedad de tono del general Curtis.

—A usted.

—Pero ¿interroga usted al alcalde o al ciudadano de California?

—A uno y a otro. ¿Qué me contesta usted como alcalde de Monterrey?

—Que he dado orden de prender al
Coyote
en cuanto se le vea por aquí.

—Con lo cual no ha hecho más que cumplir una orden mía. Pero ¿la cumple a gusto?

—Cuando recibo una orden de mis superiores, no interrogo a mi corazón; me limito a cumplirla, señor gobernador.

—Una respuesta muy castellana —sonrió levemente Curtis—. Los de su raza tienen fama de cumplir las órdenes de sus reyes, aunque, como en el caso del famoso noble que albergó en su casa al condestable de Borbón, cumpliendo la orden del emperador, luego quemen el edificio para purificarlo. Después de oír su respuesta, casi no necesito preguntarle qué opina usted del
Coyote
como californiano. Lo considera un héroe.

—Como californiano, lo considero como el hijo más grande de esta tierra. Algún día nuestros nietos le levantarán un monumento.

—Que adornarán con orejas cortadas —sonrió sarcásticamente el gobernador—. Los griegos regalaban coronas de laurel a sus héroes. Los españoles les regalan las orejas a sus víctimas. ¿No es así?

—En las corridas de toros, sí, y creo que un toro es, al fin y al cabo, más digno de respeto que un comerciante que no sabe lo que es el honor.

—Señor Carreras, hablemos de hombre a hombre. En estos momentos nuestros invitados bailan a los acordes de la orquesta y nos dejan tiempo y oportunidad de charlar sin ser molestados. Desde el momento en que acepté el cargo de gobernador del Estado de California, tuve que oír quejas y alabanzas dirigidas al
Coyote
. Por un tiempo creímos que había muerto; pero luego reapareció y, en los últimos tiempos, parece que ha aumentado su actividad. Hace exactamente dos meses el señor Adams vio entrar una noche en su casa a un enmascarado vestido a la mejicana que, con el convincente argumento de un revólver de seis tiros, le obligó a que le entregase veintisiete mil dólares en monedas de oro. Charles Adams se los entregó. Luego, el enmascarado le ordenó que se volviera de espaldas y de dos cuchilladas le dejó sin orejas. Adams, a causa del dolor, se desmayó. Más tarde, las orejas fueron encontradas en la puerta de la iglesia de San Diego, atravesadas por un cuchillo. Debajo de las orejas se leía, escrito en la madera con la punta de una daga, un nombre:
El Coyote
. El padre Gervasio halló luego, en el cepillo de las limosnas, cien dólares en monedas de oro. ¿No es así?

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