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Authors: Arthur C. Clarke

Tags: #Ciencia Ficción

Islas en el cielo

BOOK: Islas en el cielo
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Al ganar Roy Malcolm el certamen de preguntas sobre temas de aviación, la Corporación Airways no imaginó que el joven podría exigir como premio un viaje a la Estación Espacial Interior. Situada a mediados del siglo veintiuno, esta extraordinaria novela de fantasía científica relata las aventuras y conflictos de un jovencito que se encuentra en un satélite artificial que gira alrededor de la Tierra a una altura de ochocientos kilómetros.

Lo que prometía ser sólo un corto viaje por el espacio se convirtió pronto en una aventura maravillosa, pues a poco de su llegada a la estación, «ancla» a poca distancia un navío sideral de aspecto misterioso cuyos movimientos encienden la imaginación del personal del satélite. El sorprendente desenlace de la inesperada visita y una peligrosa carrera a bordo de una vetusta nave espacial, así como un extraño accidente que les obliga a dar la vuelta alrededor de la Luna, llenan este libro de emociones y suspense.

Arthur C. Clarke

Islas en el cielo

ePUB v1.0

TabernaHormiga
12.09.12

Título original:
Islands of the Sky

Arthur C. Clarke, 1952.

Traducción: Julio Vacarezza

Editor original: TabernaHormiga (v1.0)

Aportes y Correcciones: Dirdam, GusiX, Werth, Seasunny

ePub base v2.0

Ciudades en el Espacio

No solamente los escritores del nuevo género denominado «fantasía científica», sino también muchos hombres de ciencia creen que las estaciones espaciales —similares a la que se describe en este libro— serán construidas aun antes de que se hagan las primeras tentativas de llegar a la Luna.

Empleado en sentido general, el término «estación espacial» se refiere a cualquier estructura construida por el hombre y situada en una órbita permanente e invariable. Es probable que ya a comienzos de 1960 se establezcan más allá de la atmósfera numerosos proyectiles automáticos dotados de instrumentos. Sin duda alguna les seguirán muy pronto los proyectiles con pilotos, aunque sólo permanecerán en sus órbitas por un tiempo breve. No obstante, se atribuirá el significado de «estación espacial» a las bases dotadas de personal permanente, las que con el tiempo pueden ir agrandándose hasta convertirse en pequeñas ciudades construidas en el espacio.

Estas estaciones espaciales, según sea su tamaño, costarán alrededor de los mil millones de dólares cada una y se espera que comenzarán a ser instaladas para fines del presente siglo. Al principio se usarán casi exclusivamente como observatorios y para reabastecer y reparar cohetes o navíos espaciales. Más adelante quizá se conviertan en paradas para los colonizadores, si es que resulta posible colonizar otros planetas.

Sin duda alguna, la primera estación se construirá desde naves del espacio que hayan partido de la Tierra y alcanzado una velocidad orbital. Como el peso no existe en el espacio, las naves cohetes no harán más que descargar los materiales y dejarlos allí hasta que se necesiten. El armado de las diversas partes de la estación lo efectuarán hombres vestidos con trajes espaciales o atmosféricos, los que se trasladarán de un lado a otro en diminutos navíos del espacio impelidos por pistolas de reacción o cohetes de gas.

Es seguro que la primera estación en el espacio se empleará como vivienda para el personal. Probablemente se asemejará a una enorme bola dotada de su atmósfera propia similar a la de la Tierra. Más adelante quizá se ideen otras formas como las de discos chatos parecidos a los supuestos platos voladores. Algunas, especialmente las que sirvan de alojamiento al personal, rotarán con lentitud a fin de que en los bordes parezca existir una fuerza de gravedad normal, la que no existirá en el eje, donde podrán efectuarse con toda facilidad los experimentos más difíciles.

La distancia de la Tierra a la que se colocarán estas estaciones dependerá principalmente del propósito al que se las destine. Por ejemplo, las de reabastecimiento de combustible estarán lo más cerca posible del planeta, quizás a unos ochocientos kilómetros de altura. Pero los observatorios astronómicos —una de las posibilidades más interesantes ofrecidas por las estaciones— se hallarán a una distancia diez o cien veces mayor. El hecho de que los cuerpos que recorren una órbita libre carezcan de peso permitiría la construcción de instrumentos tales como el radio-telescopio de varios kilómetros de diámetro y perfectamente movible. Actualmente el radio-telescopio más grande de la tierra tiene sólo sesenta metros de diámetro, y no se puede trasladar debido a su tamaño.

Como gran parte de esto es teoría que no se podrá probar hasta que se construya la primera estación espacial, resulta difícil predecir con exactitud lo que serán los mundos del futuro. Tal vez los mundos artificiales que hemos creado llegarán a ser tan importantes como los planetas originales. Estos mundos podrán crear su propio clima, sus áreas productoras de alimentos y sus actividades especializadas. Posiblemente, de aquí a mil años, no quedará en el planeta más que una fracción pequeña de sus habitantes humanos y la familia del Sol será tal vez mucho mayor de lo que es ahora.

1. Grandes perspectivas

Fué mi tío Jim quien dijo:

—Roy, pase lo que pase, no te aflijas. Mantente sereno y diviértete.

Recordé aquellas palabras al seguir a los otros competidores al interior de la amplia sala, y no creo que me sentí muy nervioso. Al fin y al cabo, por más que deseara ganar el premio, no era aquello más que un juego.

El público ya ocupaba sus asientos y todos conversaban mientras esperaban que comenzara el programa. Todos aplaudieron al salir nosotros al escenario y ocupar nuestras sillas. Lancé una mirada rápida a los otros cinco competidores y me sentí un tanto decepcionado. Cada uno de ellos parecía seguro de ganar el premio.

Hubo otro aplauso general al aparecer Elmer Schmitz, el director de la audición y encargado de las preguntas. Naturalmente, ya le había visto en las semifinales, y supongo que todos ustedes le ven a menudo en la televisión. Nos dio las instrucciones de último momento, situóse en su puesto bajo los reflectores e hizo una señal a los encargados de las cámaras. Acto seguido se hizo el silencio al encenderse una luz roja y vi a Elmer que preparaba ya su sonrisa de costumbre.

—¡Buenas noches, amigos! Les habla Elmer Schmitz que viene a presentarles los finalistas de nuestro programa de preguntas sobre aviación, ofrecido a ustedes por cortesía de la Corporación World Airways. Estos seis jóvenes que están aquí esta noche…

Pero supongo que no sería modesto repetir lo que dijo respecto a nosotros. Sus palabras dejaron sentado el hecho de que sabíamos mucho sobre toda clase de aparatos voladores y habíamos aventajado a otros cinco mil miembros del Club de Futuros Pilotos en una serie de certámenes nacionales. Ahora había llegado la prueba de eliminación final para elegir al ganador entre los seis que quedaban.

El comienzo fué bastante sencillo, como en los concursos preliminares. Elmer nos hizo una pregunta a cada uno, concediéndonos veinte segundos para contestarla. La mía era fácil, ya que me preguntó el record de altura al que habían llegado los cohetes experimentales. Los demás también respondieron correctamente, por lo que opino que aquellas primeras preguntas tuvieron por motivo infundirnos confianza.

Después se fué tornando más difícil el certamen. No podíamos ver los puntos que íbamos acumulando, pues aparecían en una pantalla situada a nuestras espaldas; pero los aplausos indicaban cuando habíamos dado una respuesta acertada. Por otra parte, perdíamos un tanto al responder de manera errónea. De ese modo evitaban que contestáramos al azar. Si no sabía uno qué contestación dar, era mejor no decir nada.

Hasta el momento había cometido un solo error; pero había un muchacho de Nuevo Washington, que, según creo, no había cometido ninguno… aunque no estaba seguro de ello, ya que resultaba difícil llevar la cuenta de lo que hacían los otros mientras nos preguntábamos qué sorpresa nos tenía reservada Elmer. Sentíame algo abatido cuando amenguaron de pronto las luces y entró en acción un proyector de cine.

—Ahora, la última vuelta —anunció Elmer—. Cada uno de ustedes verá un avión o nave espacial durante un segundo, y en ese tiempo tendrá que identificar el aparato. ¿Están listos?

Un segundo parece muy poco tiempo, aunque no lo es en realidad. En ese lapso se pueden captar muchos detalles que bastan para reconocer algo que conoce uno bien. Pero algunos de los aparatos que nos mostraron databan de cien años atrás, y dos de ellos hasta tenían hélices. Esto fué una suerte para mí; siempre me había interesado la historia de la aviación y no tuve dificultad en reconocer aquellas antiguallas. Precisamente fué en ello en lo que falló mi competidor de Nuevo Washington. Le mostraron la foto del biplano original de los hermanos Wright, el que se puede ver todos los días en el Instituto Smithosoniano, y sin embargo no supo reconocerlo. Después dijo que sólo le interesaban los aparatos impulsados con cohetes y que la prueba no era válida, mas no le prestaron la menor atención.

A mí me probaron con el Dornier DO-X y un B-52, los que reconocí con toda facilidad. Así, pues, no me sorprendí cuando se encendieron las luces y Elmer pronunció mi nombre en alta voz. No obstante, me sentí muy orgulloso al adelantarme hacia él seguido por el ojo de las cámaras y oyendo los aplausos de los espectadores.

—¡Te felicito, Roy! —exclamó Elmer con entusiasmo, mientras me estrechaba la mano—. Sólo te equivocaste en una pregunta. Me es grato anunciarte que has ganado el certamen de la Corporación World Airways. Como sabes, el premio es un viaje con todos los gastos pagos a cualquier parte del mundo. Nos gustaría saber qué eliges. ¿Dónde piensas ir? Puedes elegir cualquier punto que te agrade entre ambos polos.

Sentí que se me secaba la garganta. Aunque había trazado mis planes hacía ya varias semanas, las cosas cambiaban de aspecto ahora que llegaba el momento de ponerlos en práctica. Tuve una impresión de extraordinaria soledad en aquella enorme sala, mientras que a mi alrededor esperaban todos en silencio lo que iba a decir. Mi voz sonó muy débil cuando repliqué:

—Quiero ir a la Estación Interior.

Elmer se mostró intrigado, sorprendido y fastidiado al mismo tiempo. Hubo un movimiento entre el público y oí que alguien dejaba escapar una risita. Quizá fué esto lo que hizo que Elmer decidiera hacerse el gracioso.

—¡Ja, ja! ¡Muy gracioso, Roy! Pero el premio se refiere a un punto de la Tierra. Tienes que ajustarte al reglamento.

Comprendí que se estaba burlando de mí, lo cual me encolerizó no poco. Por eso le contesté:

—He leído el reglamento de manera detenida, y no dice «
sobre
la Tierra», sino «A cualquier parte
de
la Tierra». La diferencia es bastante importante.

Elmer no era tonto. Se dio cuenta de que le esperaban dificultades y borróse su sonrisa al mirar ansiosamente hacia las cámaras de televisión.

—Continúa —me pidió.

Me aclaré la garganta y proseguí:

—En el año 2054, los Estados Unidos, así como otros países componentes de la Federación Atlántica, firmaron el Pacto Tycho, en el que se fijó hasta qué altura del espacio se extendían los derechos legales de los planetas. En virtud de ese pacto, la Estación Interior es parte integrante de la Tierra porque está dentro del límite de los mil kilómetros.

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