La vida perra de Juanita Narboni

BOOK: La vida perra de Juanita Narboni
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La vida perra de Juanita Narboni es una de las mejores novelas de la lengua castellana del siglo XX. Una novela que además, admite una lectura marica, bollera e incluso trans. Porque Juanita es mucha Juanita y todas podemos ser Juanita. Juanita (y Vázquez) son los testigos del fin de una época: la progresiva “marroquización” de Tánger y la diáspora de las familias judías, que se llevan sus negocios y su lenguaje (la yaquetía: una mezcla de hebreo, árabe y castellano). Juanita quejándose de su hermana: la otra, la moderna, la guarra. Juanita hablando una fecunda e irrepetible mezcla de castellano del sur, yaquetía, francés e inglés gibraltareño. Arrastrando sus frustraciones sexuales, deslenguada y procaz. Juanita y su fiel criada Hamruch, aguantando sus manías y sus borracheras. Quejándose de su Adolfito, que la dejó abandonada por Pepe el Bombero.

Ángel Vázquez

La vida perra de Juanita Narboni

ePUB v1.0

Polifemo7
30.06.11

ISBN: 9788432245169

Editorial: Cátedra, D.L. 2000

Colección: LETRAS HISPANICAS

Primera edición: Enero 1976

Año de edición: 2000

María Molina Gil (Jubrique, Málaga, 1893-Tánger, 1964), la madre de Angel Vázquez, personaje mítico de Tánger, conocida y reconocida como «Mariquita la sombrerera», es el origen e inspiración del lenguaje personalísimo del autor y en ella está inspirado el personaje de Marinita Medina de
La vida perra de Juanita Narboni.

En memoria de mi madre y de su tertulia de amigas, hebreas y cristianas, de cuyo lenguaje-recuerdo se apoderó Juanita Narboni, obligándome a escribir este libro.

Je suis le mensoge qui dit toujours la vérité.

Jean Cocteau

Creo honrado confesar que, como lector, he sentido de siempre una muy particular animosidad ante cualquier tipo de introducción aclaratoria a cargo del propio autor. Y mire usted por dónde, dijérase que vengo a caer en idéntica incorrección. Porque incorrección me ha parecido y me sigue pareciendo el considerar al lector necesitado de aclaraciones. Sobre todo en lo que al contenido de la obra se refiere. Pero no, pueden leer tranquilos estas líneas seguros de que, al menos, nada voy a deciros sobre los posibles significados —de tener alguno— de La vida perra de Juanita Narboni. Al releerla me asaltó la duda de si no sería conveniente adelantar algo sobre el lenguaje un tanto chapucero, pero por supuesto real, de Juanita Narboni. Si esta novela ha sido escrita en un castellano nada ortodoxo es porque, precisamente, mi intención no ha sido otra que la de restituir, en lo posible, el lenguaje inmediato —el lenguaje hablado— de unos muy concretos y característicos habitantes de la ciudad de Tánger. De ese Tánger que fue tierra de nadie y de todos —Zona Internacional—y al que la fuerza demoledora y renovadora de la Historia está devolviendo a sus orígenes. Varias fueron las lenguas que allí tuvieron uso natural pero, fuera aparte el árabe, a todas dominó un castellano popular —del pueblo— alimentado por la Baja Andalucía y, muy particularmente, por esos hebreos sefarditas, tan inefables como poco conocidos de los españoles, amantes conservadores durante siglos de un castellano arcaico, desparramado en su día por el Mediterráneo, y que hoy sigue vivo igual en Israel que, por ejemplo, en el Canadáy, por supuesto, en cualquier país de Hispanoamérica. Concretándonos a Marruecos —que es lo que ahora nos interesa— diremos que esa particular forma de expresarse de estos hebreos sefarditas, sobre todo en las clases más populares, y, por ello, más auténticas, es conocida con el nombre de yaquetía. Según los eruditos, en el yaquetía se entremezclan, a decir verdad con muchísimo salero, el castellano antiguo con el hebreo, salpicado de árabe y de portugués. Como no soy erudito, sino más bien todo lo contrario, lo único que he hecho al escribir las desventuras de Juanita Narboni ha sido procurar recoger en directo —en lenguaje inmediato— lo que de yaquetía pueda haber en el hablar de un tangerino típico. Y he preferido que sea una mujer, una tangerina, porque de todos es sabido que las tradiciones suelen conservarse, al menos hasta hay, más por vía femenina que por vía masculina. Lo que sí quiero que quede bien claro es que no he pretendido en modo alguno experimentar con el lenguaje. Sencillamente he recordado a unos seres en su lengua original y con el mínimo posible de transfiguración literaria.

Tal vez convendría también aclarar, sobre todo para el lector no conocedor del medio ambiente que describo, que si bien Juanita Narboni es inglesa de «pasaporte», por haber nacido su padre en Gibraltar... pero con apellido itcdiano, y ser sus amigas más íntimas todas hebreas, ella es esencialmente española. O mejor: andaluza, como su madre. Su lengua es, por supuesto, el castellano. Y si su castellano tiene esos giros un tanto particulares a los que ya me he referido, es porque Juanita sólo puede ser, al menos eso he pretendido, una hija de Tánger. De ahí que haya creído conveniente no entrecomillar ni usar bastardilla alguna en ciertas frases o dichos en otras lenguas, pues en ella es totalmente natural.

Si recibimos con respeto y admiración el castellano que nos devuelve Hispanoamérica, sobre todo el recreado y renovado por sus grandes poetas y novelistas, ¿por qué no éste del otro lado del Estrecho de Gibraltar ? No por menos brillante es menos auténtico. Al menos eso pienso.

La verdad es que no siempre se ha conocido y reconocido como se merece esta vital y sorprendente fuerza de adaptación de nuestra lengua. Lengua viajera. Lengua de emigrantes. Mi aportación se reduce a bien poco: tan sólo a una ciudad, en un Tánger que, como quedó dicho, no es ya lo que fue. Hoy la ciudad retorna a su pasado árabe y sería de incautos contradecir a la todopoderosa madre Historia. Pero si he escrito este libro es porque aún sobreviven allí, y desperdigados por el mundo, no pocos tangerinos que siguen hablando al modo y estilo de Juanita Narboni. Por supuesto, el tiempo los irá borrando. Sirve pues esta novela —de servir para algo— como testimonio de recuerdo, de cariño.

A. V.

Primera parte

Cada día me cuesta más trabajo ponerme las medias. Si tuviera ocasión y pudiera ir a Madrid, me compraría un abriguito de entretiempo. Estas cosas, indudablemente, son michelines. ¡Tócate bien, Juani! Michelines... ¡Quién te lo iba a decir! Yo que siempre creí que eso era un anuncio. ¡Y pensar que aún no hace diez años yo era una mujer delgada! Delgada, delgadísima. «Patas de alambre» me llamaban las niñas en la escuela. Sobre todo aquella hija de puta de la nieta de Madame Naudy. ¡Bien muerta está! Echo de menos los altavoces. Con este levante no creo que aparezca nadie por aquí. ¿Qué habrá sido de Riña Ketty? Cantaba «Sombreros y mantillas» de morir
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. Ese es el hijo de Cecilia. Parece mentira. ¡Y pensar que lo he visto nacer! Una prenda. Que Dios se lo conserve. Dicen que nada mejor que un delfín. ¡Qué guapo es! No se parece mucho a Cecilia, y para nada a Rodolfo. La Virgen del Carmen quiera que a Ricardito Atalaya no se le ocurra equivocarse de bandera. Y, ahora, este tonto viene a echarme. Si te conozco, niño. Tú eres el hijo de Isabel, aquella criada que mamá se trajo de Cartagima. Estuvo un tiempo sirviendo en casa y luego nos la quitó María Benet. No. No voy a comer, ni muchísimo menos. Con lo que cuesta aquí el cubierto yo tengo para una semana. Le preguntaré por la madre. Como la que no quiere la cosa. Eso le desconcertará. Lo que yo decía. Se ha quedado de piedra. ¡Cómo sonríe el cabrón! Me alegro de que Isabel esté bien, y que hayan puesto un chiringuito en Algeciras. ¡Claro que soy la señorita Narboni! Nada de por casualidad... Juani Narboni, para que te enteres. ¿Cómo no me va a bendecir tu madre, mi rey? A nosotros nos debe el que se casara con tu padre. Para eso, la descansada de mamá tenía muy mala leche. Lo hizo expresamente para que se saliera de casa de María Benet. De tu padre no me acuerdo. Cochero, me parece que fue. Eso es. Gracias, hijo. Tú haz la vista gorda. ¡Claro que conozco a Madame Marinetti! Menuda perra es. Si fue amiga de mi hermana, para que sea buena. Se me ha metido un grano de arenilla en un ojo. ¿Dónde habré puesto las gafas? Gracias, mi vida, gracias por ofrecerme algo de picar. Ahora me acuerdo de aquellas aceitunas aliñadas que preparaba tu madre. Intentaré sonreír. Claro que no puedes estar contento aquí. No la pudo soportar ni su propio marido. Ya lo sé, todos, tarde o temprano, nos tendremos que ir. Sólo que tú, mi vida, te irás a Suiza o a Alemania, mientras que yo acabaré en el cementerio de Bubana, rodeada de amapolas por todas partes. La verdad es que, a estas alturas, nadie me resuelve el problema. Mira quién llega: Rupert, el escritor inglés, con su morito correspondiente
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. Otro chiflado, por no llamarlo otra cosa. Siempre ha sido muy correcto conmigo. Inclina la cabeza, maricón. Yo también te saludo. Sé más de lo que tú te piensas, encanto. Ya sé que me saludas como si saludaras a un setter, pero es de agradecer. Morning, dear. Me arreglaré un poco este pelo, tampoco es normal que esté yo aquí hecha una desordenada. El hijo de Isabel me mira como si yo fuera un bicho raro. La ciudad está llena de bichos raros, niño. No creo que la cosa sea para sorprenderse. Voy a vestirme. Tengo la vaga impresión de que voy desnuda. Y eso que este «Jantzen» es de lo más modosito. Hijito, si no te importa voy a vestirme. Le haré una señal para que cuide de mi bolso. Para lo que está que ver
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. Ni siquiera me he traído esa crema que me recomendó Julita. ¡Me da un asco! Parece mierda. Ayer vi un anuncio en
Mujer
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de una crema española. Tengo que preguntarle a Obdulia, ella siempre tiene de todo. ¡Qué pereza me da ir hasta la cabina! ¡Qué remedio! Haremos un pequeño esfuerzo. Me paso la vida haciendo pequeños esfuerzos, cuando lo bueno sería hacer lo que hizo esa marrana, uno grande. Y acabar de una vez. Ya estoy aquí. Me voy a quitar un poco de rouge. Creo que me he pasado. Entre que esos cabrones de la Electra me han cortado la luz —mañana iré a pagar el recibo, cola y todo lo demás
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—, me molesta, la verdad, las cosas como son. Me molesta. Y encima, yo que cada vez veo menos. Bien que me lo advirtieron don Jesús Pérez y Madame Pichery, pero una, por coquetería y por seguir los consejos de esa penca, a quien en el fondo le importaba un comino que yo me quedara ciega y lo único que quería era que no la dejara mal frente a sus amigas... No se puede luchar contra el tiempo, Juanita. Que se te quite de la cabeza. Tengo hambre. Siempre he tenido hambre y miedo. Preciosa mezcla. Dos cosas bonitas, no haya un mal. Me gusta oír el ruido del viento, mezclado con el del mar. Desde aquí dentro, claro. Encerrada. Parece como si hubiera quedado enterradita y el mundo siguiera funcionando fuera. En cuanto salga y me dé un golpetazo de luz me pondré nerviosa. Ya llegó esa hija de puta. No la puedo ver. Me respeta, pero me odia. Yo también a ti, no te creas. Te correspondo.
«C'est trop difficile pour moi, savoir quoifaire de moi.»
En fin, salgamos de una vez. Una bella entrada, Juanita. ¡Hala hop! Ahora me mira y me saluda. Te veía venir. Como siempre. Yo también te saludo, mi reina, se te caiga el massaj. Una vez te pedí veinte duros y no quisiste dejármelos. Claro, me saludas por cuestión de préstige. Al fin y al cabo, una es una Narboni. Y tú no eres más que una purita mierda que tuviste la suerte de dar con un marido cabrón. Yo te saludo, te sonrío, mira mi sonrisa: falsa como el anillo que llevo al dedo. Como todo en mi vida. Bueno, como todo no. Hay cosas que no. El olor a hojas secas quemadas, no. Y los lingotazos de coñac, tampoco. Auténticos. Ni el hambre, ni la impaciencia, ni ese culo de mal asiento que Dios me dio, que no puedo parar en ninguna parte. Ni tampoco las campanadas al amanecer del reloj de la Purísima. Ni mi soledad. Estoy bien mi bueno, gracias. Mejorado te veas como yo me veo. Eso, ahora provócame. ¿Para qué me preguntará eso esta bastarda, si sabe que no tengo un céntimo? ¡Ah, no! Eso era lo que faltaba. Yo, por orgullo, debería contestarte que no. Pero por hambre te contesto que sí. Acepto. Bien sabe Dios por lo que acepto. Pero te seguiré odiando, porque una vez me humillaste. Y yo, aparentemente, mi vida, soy de las que perdono, pero no olvido. Esa te la guardo. ¿Qué hará esta guarra para tener ese pelo? Se lo tiñe con «L' Auréal». Dicen que envenena. Monita Ritó se volvió loca y cayó muerta tocando el piano. A lo peor fue eso lo que le diste a tu marido. Así te veas; aunque tú siempre fuiste una loca. Las locas y las putas siempre tuvieron suerte. En cambio una, por prudencia, se ve como se ve. «Vosotras siempre por el caminito recto», nos aconsejaba el descansado de papá. ¡Leche con el caminito recto! Mira la maldita de mi hermana, que sabrá Dios lo que habrá sido de su cuerpo desde que se torció.

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