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Authors: Agatha Christie

Misterio En El Caribe (9 page)

BOOK: Misterio En El Caribe
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—Pues... Verá. A veces me he preguntado...

—Los hombres callados y tranquilos como el coronel Hillingdon —opinó miss Marple—se sienten atraídos normalmente por los tipos femeninos deslumbrantes —tras una significativa pausa aquélla agregó—: Lucky... ¡ Qué nombre tan curioso! ¿Usted cree que el señor Dyson tiene alguna idea acerca de lo que... quizás esté en marcha?

«¡Vaya! —pensó Esther Walters—. Ya estamos con las chismorrerías de siempre. Estas viejas no saben hacer ninguna otra cosa.»

—¿Y cómo voy a saber yo eso? —inquirió fríamente. Miss Marple se apresuró a cambiar de tema.

—Que pena lo del pobre comandante Palgrave, ¿eh?

Esther Walters hizo un gesto de asentimiento, de compromiso.

—Los Kendal son los que a mí me dan lástima —declaró.

—Sí, supongo que un suceso de éstos no beneficia en nada a un hotel.

—La gente viene aquí a pasar la vida lo mejor posible, ¿no? —afirmó Esther—. Quiere olvidarse por completo de las enfermedades, de la muerte, de los impuestos sobre la renta, de las tuberías de agua helada y demás cosas por el estilo. A los que pasan largas temporadas en estos sitios —prosiguió diciendo la secretaria de mister Rafiel, con una entonación totalmente distinta—no les agrada que les recuerden que son mortales.

Miss Marple dejó a un lado su labor.

—Ésa es una gran verdad, querida, una gran verdad. Desde luego, ocurre como usted dice...

—Ya ve que los Kendal son muy jóvenes —declaró Esther—. Este hotel pasó de las manos de los Sanderson a las suyas hace tan sólo seis meses. Andan terriblemente preocupados. No saben si triunfarán o no en esta aventura, porque ninguno de los dos posee mucha experiencia.

—¿Y cree usted que ese suceso puede llegar a ser para ellos un gran inconveniente ?

—Pues no, francamente. En una atmósfera como la del «Golden Palm Hotel» estas cosas no se recuerdan más allá de un par de días. Aquí se viene a disfrutar... Se lo he hecho ver así a Molly. No he logrado convencerla. Es que esa muchacha vive siempre preocupada. Cualquier minucia la saca de quicio.

—¿La señora Kendal? ¡Pero si yo tenía de ella un concepto completamente distinto!

—Ya ve... La juzgo una criatura que vive en perpetua ansiedad —dijo Esther hablando lentamente—. Es de esas personas que no están tranquilas nunca, que viven siempre obsesionadas por la idea de que las cosas, fatalmente, tiene que salirles mal.

—Yo hubiera pensado eso mismo de su marido, no sé por qué a ciencia cierta.

—A mi juicio él, si anda abatido alguna vez, es porque la ve preocupada a ella.

—Es curioso —murmuró miss Marple.

—Estimo que Molly hace esfuerzos inauditos por aparecer contenta, satisfecha de estar aquí. Trabaja mucho y acaba exhausta. Por tal motivo pasa por terribles momentos de depresión. No es... Bueno, no es una chica perfectamente equilibrada.

—¡Pobre muchacha! —exclamó miss Marple—. Es verdad que hay personas que son así. Muy a menudo, los que las tratan superficialmente no se dan cuenta de tales cosas.

—El matrimonio Kendal disimula muy bien su verdadero estado de ánimo, ¿no le parece? —inquirió Esther—. En mi opinión, Molly no debiera preocuparse tanto. Nada tiene de particular que un hombre o una mujer, aquí o fuera de aquí, mueran a consecuencia de una trombosis coronaria, una hemorragia cerebral u otras enfermedades semejantes. Eso ocurre hoy todos los días, en cualquier parte, y más frecuentemente que nunca. Para que un establecimiento como éste se despoblara habrían de darse casos, dentro de él, de envenenamiento a causa de las malas condiciones de la comida, de fiebres tifoideas, etcétera.

—El comandante Palgrave no me dijo nunca que padeciera de tensión alta —manifestó abiertamente miss Marple—. ¿A usted sí?

—Sé que lo puso en conocimiento de alguien, ignoro quién... Tal vez hubiese sido mister Rafiel. Ya sé que éste afirma lo contrario, pero, ¡qué le vamos a hacer! ¡Él es así! Ahora recuerdo haberle oído mencionar eso a Jackson. Dijo que el comandante Palgrave debía haberse mostrado más comedido con el alcohol.

Miss Marple, pensativa, guardó silencio. Luego manifestó:

—¿Le parecía a usted un hombre fastidioso Palgrave? No cesaba de contar historias y es muy posible que algunas de ellas las hubiera repetido hasta la saciedad.

—Eso era lo peor de él —declaró Esther—. Siempre acababa contando algo que una ya sabía. Llegado ese momento era preciso escabullirse.

—A mí eso no me molestaba —señaló miss Marple—. Será porque estoy acostumbrada a esas cosas y también por mi mala memoria. Como olvido fácilmente lo que me cuentan no me importa escuchar un relato por segunda vez.

—¡Tiene gracia! —exclamó Esther.

—El comandante Palgrave tenía preferencia por una historia —apuntó miss Marple—. Hablaba en ella de un crimen. Supongo que se la referiría en alguna ocasión...

Esther Walters abrió su bolso, comenzando a rebuscar en su interior. Extrajo del mismo un lápiz de labios.

—Creí haberlo perdido —dijo. A continuación preguntó—: Perdone, miss Marple. ¿Qué decía usted?

—¿Llegó a contarle el comandante Palgrave su historia favorita?

—Me parece que sí, ahora que recuerdo. Algo referente a un hombre que se suicidó abriendo la llave del gas, ¿verdad? Más adelante se descubrió que eso no había sido un suicidio, siendo la esposa de la víctima la culpable de su muerte. ¿Era de eso de lo que deseaba hablarme?

—No, no. Me parece que el relato era otro... —contestó miss Marple, indecisa.

—¡Contaba tantas historias! —exclamó Esther Walters—. Bueno, una no siempre estaba atenta a lo que él decía...

—Llevaba encima una fotografía que acostumbraba enseñar su oyente de turno —aclaró miss Marple.

—Pues sí que hacía eso... Nada, es inútil, no caigo en la cuenta, miss Marple. ¿Vio usted esa foto?

—No, no pude verla. Fuimos interrumpidos durante nuestra conversación en el mismo instante en que se disponía a ponerla en mis manos.

Capítulo IX
 
-
La Señorita Prescott Y Otras Personas

—Esto es lo que yo sé... —comenzó a decir la señorita Prescott, bajando la voz y echando, atemorizada, un vistazo a su alrededor.

Miss Marple acercó la silla que ocupaba a la de su acompañante. Habíale costado mucho trabajo llegar con la señorita Prescott al momento de las confidencias. Esto era en parte debido a que los sacerdotes suelen ser hombres muy apegados a los familiares. La señorita Prescott se hallaba acompañada casi siempre de su hermano. Naturalmente, para chismorrear a gusto, las dos mujeres gustaban de encontrarse a solas.

—Parece ser... Claro está, miss Marple, yo no quiero poner en circulación desagradables rumores que pudieran perjudicarles... En realidad yo no sé nada...

—No se preocupe. La comprendo, la comprendo —se apresuró a contestarle miss Marple para tranquilizarla.

—Parece ser que dio algún escándalo viviendo todavía su esposa. Esta mujer, Lucky (qué nombrecito, ¿eh?), creo que era prima de aquélla. Unióse a ellos aquí, aplicándose a las tareas que realizaban en relación con las flores, las mariposas y no sé qué más cosas. La gente habló mucho porque siempre se veía a los dos juntos... Ya me entiende, ¿no?

—La gente se fija en los más ínfimos detalles —subrayó miss Marple.

—Luego, la esposa murió casi repentinamente...

—¿Aquí? ¿En esta isla?

—No. Creo que fue en Martinica o Tobago, donde se encontraban entonces.

—Comprendido.

—De las palabras pronunciadas por algunas personas que les conocieron allí deduje que el doctor no estaba muy satisfecho.

Miss Marple se esforzó por traslucir el interés con que escuchaba a su interlocutora. Quería animarla a proseguir.

—Tratábase de habladurías, por supuesto. Pero, en fin, el caso es que el señor Dyson volvió a contraer matrimonio con una prisa excesiva. —La señorita Prescott bajó de nuevo a bajar la voz—. Creo que lo hizo al cabo de un mes. Ya ve usted qué poco tiempo...

—¿Sólo dejó pasar un mes?

Las dos mujeres intercambiaron una significativa mirada.

—Parece ser, eso induce a pensar su conducta, que la desaparición de su primera esposa no le impresionó mucho —dijo la señorita Prescott.

—Efectivamente —repuso miss Marple, preguntando a continuación:—¿Había... dinero por en medio?

—Lo ignoro. Él suele gastarle a su mujer una pequeña broma. Bueno, tal vez la haya presenciado. Asegura que su esposa viene a ser para él la «mascota de la suerte».

—Sí, ya me he dado cuenta.

—Alguna gente piensa que eso significa que fue afortunado al unirse a una mujer rica. Aunque, desde luego —dijo la señorita Prescott con la expresión de quien se halla decidido a toda costa a ser justo—, no se le pueden negar ciertas cualidades físicas, tengo para mí que el dinero del matrimonio procede de la primera esposa.

—¿Son los Hillingdon gente acomodada?

—Creo que sí. No les supongo, en cambio, fabulosamente ricos, ni mucho menos. Tienen dos hijos, en la actualidad internos en un colegio, y poseen una hermosa casa en Inglaterra. Sí, eso tengo entendido. Se pasan viajando la mayor parte del invierno.

En aquel momento apareció ante las dos mujeres el canónigo. La señorita Prescott se unió inmediatamente a su hermano. Miss Marple no se movió de su asiento.

A los pocos minutos pasó por allí Gregory Dyson, dirigiéndose a toda prisa hacia el hotel. Agitó una mano, en cordial saludo.

—¿En qué estará usted pensando, miss Marple? —chilló.

Miss Marple correspondió a estas palabras con una gentil sonrisa. ¿Cómo habría reaccionado aquel hombre de haberle contestado: «Me estaba preguntando si sería usted o no un asesino»?

Lo más probable era que lo fuese. Todo encajaba maravillosamente. Aquella historia relativa a la muerte de la primera señora Dyson... porque el comandante Palgrave había hablado, ciertamente, de un individuo asesino de su esposa...

La única objeción que cabía hacer a aquel planteamiento era que los diversos datos conocidos se ensamblaban con exagerada perfección. Sin embargo, miss Marple se reprochó este pensamiento. ¿Quién era ella para exigir «crímenes hechos a medida»?

Una voz le hizo sobresaltarse, una voz más bien ronca.

—¿Ha visto usted a Greg, miss... ejem...?

«Lucky —pensó miss Marple—no está de buen humor precisamente.»

—Acaba de pasar por aquí... Creo que se dirigía al hotel.

—¡Seguro!

«Lucky» pronunció una exclamación que realzaba aún más su enojo, continuando su camino.

«En este momento aparenta más años de los que en realidad tiene», pensó miss Marple.

Una lástima infinita le invadió a la vista de aquella mujer... Le inspiraban lástima todas las Lucky del mundo, tan vulnerables, tan sensibles al transcurso del tiempo...

Miss Marple oyó un ruido a su espalda, haciendo girar entonces su silla.

Mister Rafiel, apoyado en Jackson, salía en aquel instante de su «bungalow».

El ayuda de cámara acomodó al anciano en su silla de ruedas, preparando después varias cosas. Mister Rafiel agitó una mano, impacientemente, y Jackson se alejó camino del hotel.

Miss Marple decidió no perder un minuto. A mister Rafiel no le dejaban solo mucho tiempo nunca. Lo más probable era que Esther Walters se uniese a él en seguida. Miss Marple deseaba cruzar unas palabras con aquel hombre sin testigos y acababa de presentársele, se dijo, la oportunidad ansiada. Lo que fuera a indicarle habría de comunicárselo con toda rapidez. El viejo no le facilitaría el camino. Mister Rafiel era una persona que rechazaba de plano las divagaciones a que tan aficionadas se muestran las damas de alguna edad. Probablemente, acabaría retirándose a su «bungalow», considerándose a sí mismo víctima de una persecución. Miss Marple decidió al fin seguir la ruta más corta.

Acercóse, pues, a él, y tomando una silla se acomodó a su lado.

—Quería preguntarle a usted algo, mister Rafiel.

—De acuerdo, de acuerdo... Concedido. ¿Qué desea usted? Supongo que una suscripción para las misiones africanas o las obras de restauración de una iglesia...

—Sí —replicó miss Marple tranquilamente—. Precisamente me interesan mucho esas cosas y le quedaré muy reconocida si me concede un donativo. No obstante, en estos momentos pensaba en otro asunto. Yo lo que quería era preguntarle si el comandante Palgrave le contó a usted alguna vez una historia relacionada con un crimen.

—¡Vaya, hombre! —exclamó mister Rafiel—. También la informó a usted de eso, ¿eh? Y, claro está, me imagino que se tragaría su cuento de pe a pa.

—No supe qué pensar entonces, realmente. ¿Qué es lo que él le dijo exactamente?

—Estuvo divagando un rato en torno a una hermosa criatura, una especie de Lucrecia Borgia, una reencarnación más bien de la misma. Me la pintó bella, de rubios cabellos y todo lo demás...

Quedóse un tanto desconcertada miss Marple ante aquella respuesta.

—¿Y a quién asesinó esa mujer? —inquirió.

—A su esposo, por supuesto. ¿A quién iba a asesinar?

—¿Le envenenó?

—No. Le administró un somnífero y después abrió la llave del gas. Se trataba, por lo visto, de una mujer de grandes recursos. Luego, dijo que se había suicidado. En seguida logró quitarse de en medio mediante una treta legal, de ésas a las que hoy en día recurren los abogados cuando la acusada es una mujer de grandes atractivos físicos o cuando en el banquillo de los acusados se sienta cualquier miserable joven excesivamente mimado por su madre. ¡Bah!

—¿Le enseñó a usted el comandante Palgrave alguna fotografía?

—¿Qué? ¿Una fotografía de la mujer? No. ¿Por qué había de hacerlo?

Miss Marple se recostó en una silla, mirando a su interlocutor con una acentuada expresión de perplejidad. Sin duda, el comandante Palgrave se había pasado la vida refiriendo historias que no sólo tenían que ver con los tigres y los elefantes que había cazado, sino también con los criminales que había conocido, directa o indirectamente, a lo largo de su existencia. Debía contar con un nutrido repertorio. Había que reconocer aquello... Le sacó de su ensimismamiento un rugido de mister Rafiel, que llamaba a su criado.

—¡Jackson!

No le contestó nadie.

—¿Quiere que vaya a buscarle? —propuso miss Marple.

—No daría con él. Andará detrás de algunas faldas. Es en lo que concentra sus fuerzas. No me acaba de convencer ese individuo. Me desagrada su forma de ser. Y, con todo, nos complementamos bien.

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