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Authors: Marcela Paz

Tags: #Infantil

Papelucho y mi hermana Ji

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"Yo quería una hermana menor, para poder mandarla. Pero ahora que la tengo, me arrepiento. Es completamente fatal... Tengo que llevarme todo el día haciéndola aparecer. Porque mi hermana Ji es lo más desparecido que hay, y también es creída."

Papelucho se ha transformado en el guardián de su hermanita. Es el único que, cada vez que la Ji desaparece o juega a ser otra persona, puede descubrir adónde se ha ido. Entonces, analiza las pistas que los demás ignoran y logra dar con ella entre las flores del jardín, en el techo de la casa o en la fuente de la plaza buscando sapos. La quiere como a su propio yo, aunque le parezca tremendo tener una hermana "atrasada de noticias" y con "complejo de evasión".

Marcela Paz

Papelucho

Mi hermana Ji

ePUB v1.0

ZirKo
27.08.12

Título original:
Papelucho mi hermana Ji

Marcela Paz, 1964

Editor original: ZirKo (v1.0 a v1.x)

Corrección de erratas:

ePub base v2.0

a

ntes, cuando era chico, yo quería tener una hermana menor, para poder mandarla. Pero ahora que la tengo, me arrepiento. Es completamente fatal. Porque las mujeres son fatales y también las mamás no saben educarlas. Y la prueba es que desde que tengo hermana, mis notas en el colegio son casi puros 2 o casi todos 1

Resulta que en vez de poderla mandar, tengo que llevarme todo el día haciéndola aparecer. Porque mi hermana Ji es lo más desaparecido que hay, y también es creída. Y cuando no se cree la Caperucita Roja, se cree la Bella Durmiente o sencillamente la Cenicienta, y estrepitosamente se desaparece. Entonces a la mamá ni siquiera le importa que yo tal vez voy a hacer una tarea, sino que me implora que la busque.

—¡Mi hijito, se perdió la niña! —declama con ojos de lumbago—. Búscamela, que estoy desesperada…

—Que la busque la Domi —digo, mostrando mis cuadernos.

—Nunca la encuentra… Por favor, Papelucho, que voy a enloquecer… —y pone cara de ídem.

—Es que iba a hacer tareas.

—Las haces después, mi lindo —y asoma lagrimones. Yo pienso que para los santos milagrosos debe ser aburrido estar en el cielo y oír puras súplicas y ver puras caras rogonas. Con tal de no verlas creo que hacen el milagro.

—¿Dónde la vio usted la última vez? —le pregunto.

—Dice la Domitila que estaba comiéndose el dulce de castaña en la despensa.

—¿Qué día? ¿A qué hora y disfrazada de qué?

—Hoy mismo, hace como dos horas y podría estar creyéndose el ratón Mickey porque se había puesto tus pantalones en la cabeza…

—Entonces ¿cómo no se les ocurre que un ratón, cuando lo pillan, correo a esconderse en su cueva?

Me saco los zapatos y me trepo por el montón de botellas y mugres que guarda el jardinero. Ahí están mis pantalones, pero ya están frios…

—Mamá, hace rato que la Ji dejó de ser ratón —le digo—. Déme otra pista.

—¡No hay otra pista! —y se retuerce las manos—. Por Favor, piensa un poco, lindo. Eres el único que la encuentra, y si tú…

—No lo diga. Ya sé que se volverá loca, pero no me amenace. Veamos qué cosas faltan…

—¿Como qué cosas faltan?

—Necesito una pista. ¿Le falta alguna ropa?

—¡Vaya uno a saberlo, entre tanta cosa!

En ese momento, aparece la Domi

—Señora, cómpreme un cedazo.

—Pero si hace apenas tres días que te compré uno.

—Pero ahora no está en ninguna parte…

—Mamá, la Ji está en la plaza —digo paulatinamente.

—¿En la plaza? ¿Cómo lo sabes?

—Falta el cedazo…

—¿Y qué tiene que ver eso?

—Estará colando guarisapos en la pileta de la plaza. ¿Para qué otra cosa sirve un cedazo?

Claro, la Ji estaba en la plaza, y además ya no era hora de ponerse a hacer tareas. Entre los guarisapos había ocho sapos saltones, resbalosos y tan difíciles de pillar que se hizo de noche y se perdieron rotundamente tres.

Cuando llegamos a la casa con los cincos sapos, el cedazo y la Ji, ya la mamá tenía armado el boche y ¡claro!, la descargó conmigo. ¿Por qué —digo yo— la gente es tan injusta? La perdida era la Ji y el cedazo. Yo los encontré a los dos… ¿entonces???

—¿Por qué me castiga a mí?

—Por inconsciente. Hace dos horas que saliste a buscar a tu hermana…

—Pero la encontré al tiro. Hace dos horas.

—¿Y cómo iba yo a saber que la encontraste?

No se les ocurre nada a la gente grande.

Cuando yo crezca, no pienso ser así. Pero mientras alegábamos me estaban palpitando los bolsillos de mi pantalón. Los sapos se habían puesto nerviosos.

Me las saqué, pero junto con sacármelas, saltaron los sapos por todos lados. La mamá cayó desmayada en un sillón mientras yo con la Ji nos apurábamos en cazar los sapos antes de que la mamá se desmayara.

La Ji se moría de risa; a ella todo le da risa porque es frívola. Y eso no era para reírse, porque chitas que es difícil pillar sapos sin cedazo. Porque ellos tienen los ojos justo en esa parte en que se puede ver para atrás, para adelante y para todos lados a un tiempo. También son a retroimpulso y carácter aeronáutico. Total, que mientras pillaba uno, al pillar otro se me escapaba el uno. No había solución

—Ji, tengo una idea —le dije—. Tráeme una media de la mamá.

Ahí los fuimos echando con frecuencia modulada, hasta enterar los cinco, y cuando la mamá abrió los ojos, los sapos estaban a salvo del closet.

—En una de éstas me van a matar del corazón —dijo ella sujetándoselo.

—Lo malo es que en su tiempo la gente no estudiaba ciencias —le explico—. El sapo es un batracio anfibio que no daña al hombre ni a la mujer.

—Es posible que no dañe, pero da asco —alega.

—El asco es un sentimiento antricristiano —digo—. Usted le tiene asco a las arañas, a los ratones, a las cucarachas y hasta a las culebras. Podría imitar a San Francisco que era íntimo amigo con los animales.

Pero mientras conversábamos, la Ji se había desaparecido otra vez.

—Papelucho, déjate de sermones y busca a tu hermana.

—Usted me había mandado a la cama castigado —y empecé a desvestirme.

—Antes buscarás a tu hermana. No puede estar muy lejos. Estaba aquí hace un momento, cuando largaste los sapos.

—En primer lugar no los largué…

—No discutas y búscame a la niña. ¿Dónde dejaste los sapos?

—Por ahora están en tránsito.

—No sé lo que llamas tránsito, pero ahí debe estar la Jimena.

—No lo creo. Como es mujer, no le interesan los sapos.

—Di dónde puede estar…

—Tal vez en el balcón —y me metí a la cama, castigado.

Apenitas me arropé, llegó otra vez la mamá, con cara apremiada.

—Dime, Papelucho, ¿Por qué pensaste que la niña estaría en el balcón?

—Porque antes yo había dicho "tengo una idea".

—¿Y eso qué tiene que ver con el balcón?

—Ella cree que las ideas andan por el aire, y seguramente le dieron ganas de tener también una.

—Realmente tú eres para mí una gran ayuda con esta criatura —dijo mamá—. Te perdono el castigo y puedes ir a comer.

Mientras me ponía los pantalones yo también la perdoné a ella y además me dio pena que jamás nunca se le ocurra encontrar a su hija.

De camino al comedor, fuia ver los sapos.

Se sentían muy presos y acalambrados y enredados y uno tenía parálisis y otro un tizne nervioso. Los largué en el cuarto de baño y le eché llave con la esperanza de que nadie tuviera necesidad de entrar hasta el otro día.

—San Francisco —recé—, ayúdame a cuidar mis sapos en este triste valle de lágrimas y que nadie necesite. Amén.

Apenitas me había sentado a la mesa, cuando sentí la puerta de la calle y creí que era el papá.

A veces le da la manía de lavarse las manos, así que volé al baño para llegar antes que él y me encerré. Los sapos me miraron contentos. Me conocen y a su manera me pedían agua. Eché a correr la llave de la tina para que se bañaran. Por encima del ruido del agua se oían gritos llamándome. Entonces, con violencia, metí los sapos en la pileta del cuarto de baño y coloqué la tapa. ¡Ahí estaban a salvo!

—¿Estás enfermo? —preguntó la mamá cuando volví a la mesa.

—No, ¿por qué?

—Saliste tan apurado…

—No estarías bañándote… sentí correr mucha agua —dijo el papá.

—¡Se le ocurre, papá! Pero mire mis manos —y se las mostré blancas y arrugadas de puro limpias.

—Al fin aprendes que hay que venir a la mesa con las manos lavadas. Sólo hace falta que le enseñes a tu hermana. —dijo la mamá.

—¿Yo? ¿Y por qué yo?

—Porque la llevas tan bien…

—Traerla, querrá usted decir, cuando se pierde.

—Yo no me pierdo —dijo la Ji—. Siempre sé donde estoy.

—Es falta de educación —dijo la Domi sirviendo los porotos.

—Si tú supieras, Domitila, lo que cuesta educar a los hijos —y la mamá la miró con cara de Mater Dolorosa. Me dio pena.

—Si quiere yo se la educo —le ofrecí—, porque se ve que usted no tiene ni la mayor idea…

—Tú puedes ser su guardían —me dijo apasionadamente— y mientras lo seas no dejarás que ella desaparezca.

Yo me sentí feliz de ver que uno puede ayudar a la madre de uno, pero a la Ji le dio conmigo. Mientras comía los porotos me decía que yo era un ogro y que cada poroto era un niñito y yo me los comía con camiseta y todo. Ella ni los probó, y entonces le trajeron un huevo a la copa.

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