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Authors: Edgar Rice Burroughs

Tags: #Aventuras

Tarzán el terrible (3 page)

BOOK: Tarzán el terrible
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El hombre-mono comprendió que, probablemente por primera vez, su compañero había descubierto que él no poseía cola por naturaleza y no por accidente, y por eso llamaba la atención sobre sus grandes dedos y los pies y pulgares para grabar mejor en la criatura el hecho de que era de especie diferente.

El tipo meneó la cabeza dubitativo como si fuera absolutamente incapaz de comprender por qué Tarzán era tan distinto de él, pero al fin, aparentemente abandonando el problema encogiéndose de hombros, dejó a un lado su arnés, pellejo y armas y entró en la charca.

Una vez finalizadas sus abluciones y cuando hubo rehecho su escasa indumentaria se sentó al pie del árbol e hizo señas a Tarzán de que se sentara a su lado; luego abrió el zurrón que colgaba a su costado derecho, sacó de él unas tiras de carne desecada y un par de puñados de nueces de fina cáscara que Tarzán desconocía. Al ver que el otro las rompía con los dientes y se comía la cáscara, Tarzán siguió su ejemplo y descubrió así que la carne era rica y de agradable olor. La carne desecada tampoco era desagradable al paladar, aunque evidentemente carecía de sal, un artículo que Tarzán imaginaba sería bastante difícil de obtener en aquel paraje.

Mientras comían, el compañero de Tarzán señaló las nueces, la carne desecada y otros diversos objetos cercanos, repitiendo en cada caso lo que Tarzán pronto descubrió debían de ser los nombres de esas cosas en la lengua de la criatura. El hombre-mono no pudo sino sonreír ante este evidente deseo por parte de su recién hallado amigo de impartirle instrucciones que a la larga pudieran desembocar en un intercambio de pensamientos entre ellos. Como ya dominaba varias lenguas y una multitud de dialectos, el hombre-mono tuvo la impresión de que le resultaría fácil asimilar otra, aunque ésta parecía no estar en absoluto relacionada con ninguna de las que él conocía.

Tan ocupados se encontraban con su desayuno y la lección que ninguno de los dos notó la presencia de unos pequeños ojos que relucían sobre ellos desde lo alto; tampoco percibió Tarzán ningún otro peligro inminente hasta el instante en que un enorme cuerpo peludo saltó sobre su compañero desde las ramas superiores.

CAPÍTULO II

«¡HASTA LA MUERTE!»

E
N EL MOMENTO del descubrimiento Tarzán vio que la criatura era casi una réplica de su compañero en tamaño y estructura, con la excepción de que su cuerpo estaba completamente cubierto con un abrigo de pelo negro que casi ocultaba sus facciones, mientras que sus arreos y armas eran similares a los de la criatura a la que atacaba. Antes de que Tarzán pudiera impedirlo, la criatura golpeó al compañero del hombre-mono en la cabeza con su porra de nudos y le hizo caer, inconsciente, al suelo; pero antes de poder infligir más daño a su indefensa presa el hombre-mono empezó a luchar con ella.

Al instante se dio cuenta Tarzán de que se hallaba peleando con una criatura de fuerza casi sobrehumana. Los nervudos dedos de una poderosa mano le buscaban la garganta mientras la otra levantaba la cachiporra por encima de la cabeza. Pero si la fuerza del peludo atacante era grande, grande también era la de su oponente de piel lisa. Tarzán hizo tambalearse momentáneamente a su atacante cuando le lanzó un golpe terrible con los puños cerrados a la punta de la barbilla y luego sus dedos se cerraron en la peluda garganta, mientras con la otra mano cogía la muñeca del brazo que aferraba la cachiporra. Con igual celeridad lanzó su pierna derecha por detrás del peludo bruto, y arrojando su peso hacia adelante, lanzó la cosa pesadamente al suelo, de costado, al tiempo que precipitaba su propio cuerpo sobre el pecho del otro.

Con el impacto la porra cayó de la mano del bruto y la garra fue arrancada de la garganta de Tarzán. Al instante los dos se vieron engarzados en un abrazo mortal. Aunque la criatura mordió a Tarzán, este último fue consciente enseguida de que no era un método particularmente formidable de ataque o de defensa, ya que sus caninos apenas estaban más desarrollados que los suyos. La cosa contra la que tenía que protegerse sobre todo era la sinuosa cola que intentaba sin cesar enrollarse en la garganta de Tarzán, y contra la cual la experiencia no le había proporcionado defensa alguna.

Luchando y gruñendo, los dos rodaron por el césped al pie del árbol, primero uno encima y luego el otro, pero cada vez más ocupados en defender su garganta de la garra asfixiante del otro que en su táctica agresiva u ofensiva. Pero entonces el hombre-mono vio su oportunidad y, cuando rodaron por el suelo, obligó a la criatura a acercarse cada vez más a la charca, en cuya orilla se estaba desarrollando la batalla. Al fin estuvieron en el borde mismo del agua y ahora a Tarzán le quedaba precipitar a ambos bajo la superficie, pero de tal manera que él pudiera permanecer arriba.

En el mismo instante se puso al alcance de la vista de Tarzán, justo detrás de la forma postrada de su compañero, la figura agazapada, diabólica del híbrido rayado de dientes afilados como un sable, que le miraba gruñendo con expresión malévola.

Casi simultáneamente, el peludo oponente de Tarzán descubrió la amenazadora figura del gran felino. De inmediato cesó sus actividades beligerantes contra Tarzán y, hablando de forma ininteligible al hombre-mono, trató de deshacerse del abrazo de Tarzán indicando que, para él, la lucha había terminado. El hombre-mono se dio cuenta del peligro que corría su compañero y, como estaba ansioso por protegerle de los afilados colmillos, soltó a su adversario y juntos se pusieron en pie.

Tarzán sacó su cuchillo y se acercó despacio al cuerpo de su compañero, esperando que su reciente oponente aprovechara la oportunidad para escapar. Sin embargo, para su sorpresa, la bestia, tras recuperar su porra, avanzó hasta situarse a su lado.

El gran felino, plano sobre su vientre, permanecía inmóvil salvo por las sacudidas de la cola y los labios que se movían al gruñir a unos quince metros del cuerpo del pitecántropo. Cuando Tarzán pasó por encima del cuerpo de éste vio que los párpados temblaban y se abrían, y sintió en su corazón una extraña sensación de alivio porque la criatura no estaba muerta; se dio cuenta de que, sin sospecharlo, había surgido dentro de su corazón salvaje un vínculo de apego hacia este extraño nuevo amigo.

Tarzán siguió aproximándose al animal de colmillos afilados y la bestia peluda, a su derecha, no se quedó atrás. Cada vez estaban más cerca, hasta que cuando se encontraron a una distancia de unos seis metros el híbrido atacó. Su embestida iba dirigida al simio peludo de apariencia humana, que se paró en seco con la cachiporra en alto para recibir el ataque. Tarzán, por el contrario, dio un salto hacia adelante y con una celeridad ni siquiera igualada por la del veloz felino, se lanzó de cabeza sobre él como podría hacerlo un jugador de fútbol americano en el terreno de juego. Rodeó con el brazo derecho el cuello de la bestia, puso el izquierdo detrás de la pata delantera izquierda, y tan grande fue la fuerza del impacto que los dos rodaron en el suelo varias veces, el felino gritando y arañando para liberarse y volverse a su atacante, y el hombre aferrándose desesperadamente a su presa.

El ataque parecía de ferocidad enloquecida e insensata, sin intervención de la razón ni la habilidad. Sin embargo, nada más lejos de la verdad que semejante suposición, ya que cada músculo del gigantesco cuerpo del hombre-mono obedecía los dictados de la astuta mente que la larga experiencia había entrenado para satisfacer toda exigencia de un encuentro como éste. Las largas y fuertes piernas, aunque diera la impresión de que estaban entrelazadas de forma inextricable con las patas traseras del felino que no dejaba de intentar clavarle sus zarpas, cada vez, como por milagro, escapaban de sus garras y no obstante, en el mismo instante, en medio de tantas vueltas y revolcones, estaban donde debían estar para llevar a cabo el plan de ataque del hombre-mono. De modo que en cuanto el felino creyó que había ganado a la maestría de su oponente, cuando el hombre-mono se puso en pie fue arrojado de pronto hacia arriba, sujetando la espalda rayada contra su cuerpo y obligándola a echarse hacia atrás hasta que se quedó indefenso arañando el aire.

Al instante el negro peludo se precipitó sobre él con el cuchillo a punto y lo hundió en el corazón de la bestia. Durante unos instantes Tarzán siguió agarrándolo, pero cuando el cuerpo se relajó lo apartó de sí y los dos que antes estaban enzarzados en mortal combate se quedaron cara a cara con el cuerpo del enemigo común entre los dos.

Tarzán esperó, listo para la paz o para la guerra. Entonces se levantaron dos manos negras y peludas, la izquierda fue colocada sobre el corazón y la derecha extendida hasta que la palma tocó el pecho de Tarzán. Era la misma forma de saludo amistoso con que el pitecántropo había sellado su alianza con el hombre-mono y Tarzán, que se alegraba de todo aliado que pudiera adquirir en este mundo extraño y salvaje, aceptó sin vacilar la amistad ofrecida.

Al finalizar la breve ceremonia Tarzán echó una mirada en dirección al pitecántropo sin pelo y descubrió que había recobrado el conocimiento y estaba de pie, observándoles atentamente. Ahora se levantó despacio y al mismo tiempo el negro peludo se volvió en su dirección y se dirigió a él en lo que evidentemente era su lengua común. El lampiño respondió y los dos se aproximaron el uno al otro despacio. Tarzán observaba con interés el resultado de su encuentro. Se detuvieron a unos pasos, y primero uno y luego el otro hablaron rápidamente pero sin aparente excitación, mirando cada uno de vez en cuando o señalando hacia Tarzán, lo que indicaba que en cierta medida él era el tema de su conversación.

Después avanzaron de nuevo hasta que se encontraron, tras lo que repitieron la breve ceremonia de alianza que antes había marcado el cese de hostilidades entre Tarzán y el negro. Avanzaron hacia el hombre-mono y se dirigieron a él con la mayor seriedad, como si quisieran transmitirle alguna información importante. Sin embargo, lo dejaron como tarea carente de provecho y, recurriendo al lenguaje de los signos, comunicaron a Tarzán que iban a proseguir su camino juntos y le alentaron a acompañarles.

Como la dirección que señalaban era una ruta que Tarzán no había cruzado nunca, accedió de muy buena gana a su petición, ya que había decidido explorar esta tierra desconocida antes de abandonar definitivamente la búsqueda de lady Jane en ella.

Durante varios días el camino les condujo a través de las estribaciones que corrían paralelas a la elevada cordillera. Con frecuencia eran amenazados por los salvajes ciudadanos de esta remota fortaleza, y en ocasiones Tarzán vislumbraba extrañas formas de gigantescas proporciones entre las sombras de la noche.

El tercer día llegaron a una gran cueva natural frente a un acantilado a cuyo pie fluía uno de los numerosos arroyos de montaña que regaban la llanura de abajo y alimentaban los pantanos en las tierras bajas del límite de la región. Aquí los tres establecieron residencia temporal, y Tarzán avanzó en el conocimiento de la lengua de sus compañeros más rápidamente que durante la marcha.

La cueva mostraba señales de haber albergado otras formas semihumanas en el pasado. Quedaban restos de una tosca chimenea de roca y las paredes y el techo estaban ennegrecidos por el humo de muchos fuegos. Había extraños jeroglíficos rascados en el hollín y, a veces profundamente, en la roca de debajo, así como contornos de bestias, aves y reptiles, algunos de estos últimos de forma extraña que sugerían las criaturas extinguidas de los tiempos jurásicos. Algunos de los más recientes jeroglíficos los compañeros de Tarzán los leyeron con interés y los comentaron, y luego con la punta de sus cuchillos también se sumaron a las inscripciones, posiblemente seculares, de las paredes ennegrecidas.

Tarzán sentía mucha curiosidad, pero la única explicación a la que pudo llegar fue que estaba asistiendo al registro de hotel posiblemente más primitivo del mundo. Al menos eso le permitió conocer un poco más el desarrollo de las extrañas criaturas que el hado había puesto en su camino. Aquellos eran hombres con cola de mono, uno de ellos cubierto de pelo como cualquier bestia peluda de los órdenes inferiores, y sin embargo era evidente que poseían una lengua no sólo hablada sino también escrita. La primera le estaba costando dominarla y, ante esta nueva prueba de civilización inopinada en criaturas que poseían tantos atributos físicos de las bestias, la curiosidad de Tarzán se vio aún más avivada y su deseo de dominar pronto su lengua aumentó, con el resultado de que se dedicó con mayor asiduidad aún a la tarea que se había impuesto a sí mismo. Ya conocía los nombres de sus compañeros y los nombres comunes de la fauna y flora con la que más a menudo estaban en contacto.

Ta-den, el lampiño, de piel blanca, que había asumido el papel de tutor, realizaba su tarea con un ahínco que se reflejaba en el rápido dominio de la lengua madre de los ta-den que tuvo su alumno. Om-at, el negro peludo, también parecía creer que sobre sus anchos hombros descansaba una parte de la carga de responsabilidad de la educación de Tarzán, con el resultado de que cuando se hallaban despiertos uno u otro estaban casi constantemente enseñando al hombre-mono. La consecuencia fue sólo la que cabía esperar: una rápida asimilación de las enseñanzas de forma que antes de que ninguno de ellos se diera cuenta, la comunicación oral fue un hecho consumado.

Tarzán explicó a sus compañeros el objeto de su misión, pero ninguno de los dos pudo darle la más ligera esperanza. Jamás hubo en su región una mujer como la que él describía, ni ningún otro hombre sin cola aparte de él, que ellos supieran.

—He estado fuera de A-lur mientras Bu, la luna, ha comido siete veces —dijo Ta-den—. Pueden suceder muchas cosas en siete veces veintiocho días; pero dudo que tu mujer pudiera entrar en nuestra región cruzando los terribles pantanos que incluso para ti han sido un obstáculo casi insuperable, y si lo hubiera hecho, ¿sobreviviría a los peligros que tú ya has encontrado además de los que aún tienes que conocer? Ni siquiera nuestras mujeres se aventuran a adentrarse en las regiones salvajes más allá de las ciudades.

—A-lur, Ciudad-luz, la Ciudad de la luz —murmuró Tarzán, traduciendo la palabra a su propia lengua—. ¿Y dónde está A-lur? —preguntó—. ¿Es vuestra ciudad, la de Ta-den y de Om-at?

—Es la mía —respondió el lampiño—, pero no la de Om-at. Los waz-don no tienen ciudades, viven en los árboles de los bosques y las cuevas de las montañas, ¿no es así, hombre negro? —concluyó, volviéndose hacia el gigante peludo que tenía a su lado.

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