Trilogía de las Cruzadas I. Del Norte a Jerusalén

BOOK: Trilogía de las Cruzadas I. Del Norte a Jerusalén
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La aventura de las Cruzadas ambientada en el Norte de Europa. Primera entrega de una trilogía histórica que arrasa en Europa.

Arn, tras su vida en el monasterio, se encuentra ante la mujer, el deseo y el amor. Dos mujeres, hermanas entre sí, encienden su llama, un crimen que exige el mayor de los castigos: la iglesia condenará a Arn a convertirse en caballero templario en Tierra Santa.

Jan Guillou

Del Norte a Jerusalén

Trilogía de las Cruzadas I

ePUB v1.0

jubosu
04.12.11

Título original: Vägen till Jerusalem

Autor: Jan Guillou

Editorial: EDITORIAL PLANETA, S.A.

Año edicón: Noviembre 2002

ISBN: 9788408045540

El camino del infierno está empedrado de buenas intenciones.

Jacula Prudentum, 1651,170

Prólogo

En el año de gracia de 1150 nace Arn Magnusson en la finca de Arnäs, a orillas del lago Vänern, en la tierra de Götta. Es hijo de Sigrid y Magnus, ambos de importantes estirpes emparentadas con los linajes reales noruegos y suecos. Arn es acogido por los monjes cistercienses en el monasterio de Varnhem, donde recibe la mejor educación espiritual y terrenal de su época. Aprende también a manejar el arco y la espada, ya que los religiosos han comprendido que su destino probablemente no sea el de convertirse en hermano del monasterio, sino que será de mayor utilidad como soldado de Cristo y defensor de la fe en Tierra Santa.

Sin embargo, Arn, ajeno a estos planes, regresa a casa a los diecisiete años y se ve envuelto en las intrigas de los pretendientes al trono de una Suecia destrozada por las luchas por el poder. Tras su vida en el monasterio se encuentra también por primera vez ante la mujer, el deseo y el amor. Dos hermanas encienden su llama, un crimen que según la ley godo-occidental exige el mayor de los castigos: la Iglesia condenará a Arn a convertirse en caballero templario en Tierra Santa.

Ha comenzado el camino a Jerusalén.

Götaland Occidental, 1.150 a 1.250.

I

E
n el año de gracia de 1150, cuando los herejes sarracenos, hez de la tierra y vanguardia del anticristo, ocasionaban tantas derrotas en Tierra Santa, el Espíritu Santo descendió sobre la señora Sigrid y le hizo una revelación que cambió su vida.

Quizá se podría decir que aquella revelación llevó a que su vida se acortara. Lo que es seguro es que ella no volvió a ser la misma. Menos seguro es lo que mucho más tarde escribió el monje Thibaud, que en el mismo momento de la aparición del Espíritu Santo ante Sigrid, se creó, de hecho, el principio de un nuevo reino arriba en el Norte que, al final de los tiempos, se llamaría Suecia.

Fue en la misa de San Tiburcio, el día que se contaba como el primero del verano y cuando los hielos rompían en Götaland Occidental. Nunca como aquel día había habido tanta gente reunida en Skara, ya que la misa que se iba a celebrar no era una misa cualquiera. Por fin se iba a consagrar la nueva catedral.

Las ceremonias iban ya por la segunda hora. La procesión había dado las tres vueltas alrededor de la iglesia, e iba infinitamente despacio ya que el obispo Odgrim era un hombre muy viejo y avanzaba tambaleándose como si fuera su última peregrinación. Además, parecía un poco desorientado, ya que había leído la primera oración dentro de la santificada iglesia en idioma corriente en lugar de hacerlo en latín:

Dios, Tú que invisiblemente lo proteges todo

pero que para la salvación de los hombres haces visible Tu poder,

recibe Tu morada y reina en este templo,

y que todos los que aquí se reúnan para orar

reciban Tu consuelo y Tu ayuda.

Cierto que Dios hizo visible su poder para la salvación de los hombres o por otros motivos. Fue un espectáculo que nadie nunca había visto en toda Götaland Occidental, fueron colores radiantes del hilo de oro de los vestidos del obispo, seda celeste y granate, con perfumes adormecedores de los incensarios que los canónigos balanceaban a su paso y había una música tan celestial que ninguna oreja en Götaland Occidental había podido oír algo así anteriormente. Y si se levantaba la vista era como contemplar el cielo aunque bajo techo. Era incomprensible que tanto los constructores borgoñones como los ingleses pudieran crear aquellas bóvedas tan altas sin que se les derrumbara todo, si no por otra cosa, porque Dios debería enfurecerse ante la vanidad de que intentaran construir hasta llegar a Él.

La noble Sigrid era una mujer práctica, por eso muchos decían que era dura. No le había apetecido en absoluto emprender el pesado camino hasta Skara, ya que la primavera había llegado pronto y los caminos eran barrizales y sentía inquietud ante la idea de ir sentada en un carro, en su estado de buena esperanza, dando brincos arriba y abajo, adelante y atrás. A nada en la vida terrenal temía tanto como al nacimiento de su segundo hijo. Y sabía muy bien que al consagrar una catedral, se trataba de estar de pie en el duro suelo durante horas y de vez en cuando arrodillarse para rezar, lo que era un suplicio en su estado. Conocía a fondo lo que se refería a las muchas reglas de la vida eclesiástica, seguro que mucho mejor que la mayor parte de los próceres y las hijas de los próceres que la rodeaban en aquellos momentos. Bien era cierto que aquellos conocimientos no los había adquirido por fe o por propia voluntad, pero cuando tenía dieciséis años a su padre, no sin razón, se le metió en la cabeza que ella demostraba un interés exagerado por un pariente de Noruega de origen demasiado humilde, que podría haber conducido a aquello que sólo es propio del matrimonio, como su padre rudamente resumió el problema. La enviaron a un convento en Noruega durante cinco años y no hubiera conseguido salir nunca de allí si no hubiera heredado de un tío materno que no tenía hijos en Götaland Oriental. Con ello se convirtió en alguien que más valía casar que guardar en un convento.

Por tanto, sabía cuándo debía levantarse y cuándo arrodillarse, cuándo había que repetir el
Pater Noster
y el
Ave María
que alguno de los obispos que estaban delante rezaba primero, y cuándo se tenía que rezar una plegaria propia. Cada vez que rezaba una plegaria propia pedía por su vida.

Dios le había dado un hijo hacía tres años. Había tardado dos días enteros en parirlo; el sol había subido y bajado dos veces mientras ella estaba bañada en sudor, angustia y dolor. Sabía que iba a morir y al final también lo supieron las buenas mujeres que la ayudaban. Habían ido a buscar al cura abajo en Forshem y éste le había concedido el perdón de los pecados y la extremaunción.

Tenía la esperanza de que nunca más. Nunca más aquel dolor, nunca más aquel terror a la muerte, pedía ahora. Era una forma egoísta de pensar, lo sabía muy bien. Era normal que las mujeres murieran en el parto y que el ser humano naciera con dolor. Pero había cometido el error de pedirle a la Virgen Santa que la librara justo a ella y había intentado cumplir con sus deberes matrimoniales sin que desembocaran en un nuevo parto. Su hijo Eskil vivía y era un muchacho bien formado y espabilado con todas las facultades que los niños deben tener.

Naturalmente, la Virgen Santa la había castigado por ello. La obligación de los hombres era poblar la tierra, así que ¿cómo esperaba ser escuchada si pedía precisamente librarse de su parte de aquella responsabilidad? Así pues, seguro que ahora la esperaban nuevos suplicios. Y, una y otra vez, aún seguía rezando para que fuera leve.

Para por lo menos aliviar el suplicio, mucho menor pero malo también, de estar de pie y arrodillarse, levantarse y en seguida volverse a arrodillar, durante muchas horas, había hecho bautizar a su sierva Sot, para que la pudiera acompañar a la casa de Dios, tenerla a su lado y apoyarse en ella cuando tenía que levantarse y arrodillarse. Los grandes ojos negros de Sot estaban abiertos como los ojos de un caballo, aterrorizados por todo lo que estaba viendo, y si antes no era del todo cristiana, ahora probablemente acabaría siéndolo.

Tres hileras de hombres por delante de Sigrid estaban el rey Sverker y la reina Ulvhild y a ellos con el peso de la edad les era cada vez más difícil levantarse y arrodillarse sin demasiados resoplidos o ruidos inoportunos del trasero. No obstante, era por ellos y no por Dios que Sigrid se hallaba en la catedral. El rey Sverker no le tenía mucho aprecio a los linajes de ella, ni al noruego ni al godo—occidental, ni tampoco a los de su marido, ni al noruego ni al de los Folkung. Y ahora, a su avanzada edad, el rey se había vuelto tan suspicaz como inquieto respecto a su vida después de la vida terrenal. Faltar a la gozosa consagración de la iglesia del rey a Dios hubiera creado malentendidos. Si un hombre o una mujer ofendían a Dios, las cuentas probablemente se saldarían con Él en persona. A Sigrid le parecía peor ofender al rey.

Pero a la tercera hora, la cabeza empezó a darle vueltas a Sigrid, y cada vez se le hacía más difícil arrodillarse y levantarse constantemente, y el niño que llevaba dentro le daba patadas y se movía cada vez más, como si protestara. Tuvo la sensación de que el suelo de mosaico amarillo pálido, pulido hasta brillar, se balanceaba debajo de ella y empezó a verlo agrietarse, como si quisiera abrirse y tragársela de golpe. Entonces hizo algo inaudito. Resolutamente y con un crujir de sedas fue y se sentó en un pequeño banco al fondo de la catedral. Todos lo vieron; el rey, también.

Aliviada, se hundió en el corto banco de piedra situado al lado del muro de la iglesia, y en ese momento empezaron a entrar los monjes de Lurö por el centro de la nave lateral. Sigrid se secó la frente y la cara con un pequeño pañuelo de hilo, enviando un gesto de ánimo a su hijo, que estaba allá lejos, al lado de Sot.

Entonces empezó el canto de los monjes. En silencio y con la cabeza agachada como en oración, habían avanzado por todo el pasillo central y se habían colocado al fondo, al lado del altar, de donde los obispos y sus ayudantes se apartaban ahora. Primero sólo sonó como un débil y sordo murmullo, después llegaron de pronto altas voces de muchachos; sí, una parte de los monjes de Lurö llevaban la capucha marrón y no blanca y se veía claramente que eran unos niños. Sus voces subieron claras como alegres pájaros hacia el enorme espacio del techo, y cuando habían subido tan alto que llenaban la enorme sala, aparecieron las sordas voces de hombre, de los mismos monjes que cantaban lo mismo y no lo mismo. Sigrid había oído cantos en dos y tres voces pero aquello era por lo menos ocho voces. Era como un milagro, algo que no podía suceder, ya que tres voces era algo muy difícil de conseguir.

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