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Authors: Ken Grimwood

Tags: #Ciencia Ficción

Volver a empezar

BOOK: Volver a empezar
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Un clásico de los viajes en el tiempo que lanza una pregunta provocadora: ¿qué pasaría si pudieras vivir tu vida otra vez, acordándote de los errores cometidos en el pasado? A Jeff Winston, de 43 años, se le da esta oportunidad varias veces. Atrapado en un matrimonio aburrido y un trabajo sin salidas, muere en 1988 y se despierta en 1963, con 18 años, en el dormitorio de su antigua universidad. Todo es igual que antes, pero con una gran diferencia: Jeff sabe lo que le depara el futuro. Sabe quién ganará cada partido, cada competición nacional, y hasta cómo hacer dinero en Wall Street. Lo único que ignora es por qué ha sido elegido para volver a empezar su vida, ni cuántas veces deberá ganar, y perder, todo lo que tiene.Y a la misma edad en que murió por primera vez vuelve a fallecer. Así sucesivamente a lo largo de varias ocasiones,estas repeticiones se producen tras su muerte por infarto, siempre en el mismo momento, y hacen que Jeff pueda experimentar varias vidas distintas o, para expresarlo de otro modo, tomar caminos distintos en su vida. Varias vidas más tarde, y con la sapiencia de sus otras experiencias, Jeff conoce a una mujer que está pasando por el mismo trance y tras enamorarse de ella vive de nuevo hasta su muerte. Pero la historia sigue repitiéndose, y aunque se encuentran en todas las vidas, cada vez es más difícil adaptarse a la situación.

Ken Grimwood

Volver a empezar

ePUB v1.3

Prometeo
01.10.11

Título original: Replay

Traducción: Celia Filipetto Isicato

Ken Grimwood, 1986

Capítulo 1

Jeff Winston hablaba por teléfono con su mujer cuando se murió.

«Tenemos que…», le había dicho su mujer, y él nunca llegó a saber qué era lo que necesitaban, porque algo pesado le golpeó el pecho dejándolo sin aliento. El teléfono se le cayó de la mano y fue a mellar el pisapapeles de cristal que había sobre su escritorio. Apenas una semana antes, ella le había dicho algo parecido: «¿Sabes lo que tenemos que hacer, Jeff?», después de lo cual había seguido una pausa, no infinita, ni definitiva como esta pausa mortal, sino un intervalo palpable. Estaba sentado a la mesa de la cocina, en lo que Linda denominaba el «rincón del desayuno», aunque no se tratara en realidad de un espacio aparte, sino simplemente de una mesita de fórmica con dos sillas colocadas desmañadamente entre el costado izquierdo de la nevera y la parte frontal de la secadora de ropa. Linda picaba cebollas en la encimera cuando le dijo aquello, y quizá fueron las lágrimas agolpadas en la comisura de sus ojos las que lo pusieron pensativo, las que le dieron a la pregunta de su mujer más importancia de la que ella había pretendido.

—¿Sabes lo que tenemos que hacer, Jeff?

A lo cual se suponía que debía contestar: «¿Qué, cariño?», y debía hacerlo distraídamente, sin interés, mientras leía el artículo publicado por Hugh Sidey sobre la presidencia en la revista Time. Pero Jeff no estaba distraído; le importaban un bledo las divagaciones de Sidey. De hecho, estaba más centrado y alerta de lo que había estado en mucho, mucho tiempo. De manera que no dijo palabra durante varios minutos, se limitó a mirar fijamente las lágrimas forzadas de Linda y a pensar en las cosas que ella y él necesitaban. Para empezar, necesitaban salir, subirse a un avión que los llevara a algún lugar cálido y exuberante, a Jamaica o a Barbados quizá. Llevaban cinco años sin tomarse unas verdaderas vacaciones, desde aquel viaje a Europa que tanto habían planeado pero que al final resultó decepcionante. Jeff no tenía en cuenta los viajes que cada año hacían a Florida para ver a sus padres en Orlando y a la familia de Linda en Boca Ratón; aquéllas eran visitas a un pasado cada vez más lejano, nada más. No, lo que les hacía falta era pasar una semana, un mes, en una isla decadente del extranjero, donde pudieran hacer el amor en playas interminables y desiertas, en las que por las noches flotara en el aire el sonido de la música reggae y el perfume de flores de un rojo ardiente. Tampoco les vendría nada mal una casa decente, quizá una casa como esas imponentes mansiones que habían visto en Upper Mountain Road, Montclair, tantos domingos melancólicos, mientras paseaban en coche. O una vivienda sobre la avenida Ridgeway, en White Plains, cerca de los campos de golf, una de estilo Tudor con doce habitaciones. No es que quisiera dedicarse al golf, sino que le parecía que tanto prado verde y tranquilo, con nombres como Maple Moor y Westchester Hills, conformarían un ambiente más agradable que el formado por las rampas de acceso a la autopista de Brooklyn-Queens y la trayectoria de aproximación al aeropuerto La Guardia. También necesitaban un hijo, aunque probablemente fuera Linda quien sintiera esa falta con más urgencia que él. Jeff siempre se imaginaba al hijo que no habían tenido como un niño de ocho años que se había saltado todas las exigencias de la infancia sin haber alcanzado los tormentos de la pubertad. Un buen crío, ni demasiado guapo ni demasiado precoz. No importaba si era niño o niña; bastaba con que fuera suyo y de su mujer, que hiciera preguntas raras y se sentara demasiado cerca del televisor y luciera la chispa de su individualidad en ciernes.

Sin embargo, no tuvieron niños; hacía años que sabían que era imposible, desde 1975, cuando Linda había tenido aquel embarazo ectópico. Tampoco tendrían una casa en Montclair ni en White Plains; el puesto de jefe de noticias que Jeff ocupaba en la emisora de radio WFYI de Nueva York, dedicada exclusivamente a informativos, sonaba más prestigioso y lucrativo de lo que en realidad era. Tal vez todavía podía dar el salto y pasarse a la televisión, pero a los cuarenta y tres, la posibilidad se hacía cada vez más improbable.

«Lo que tenemos que hacer es… hablar —pensó—. Mirarnos a los ojos y decirnos: No ha funcionado. Nada ha funcionado, ni el romance, ni la pasión, ni los planes gloriosos. Todo se fue al garete y nadie tiene la culpa. Eso es sencillamente lo que pasó.»

Pero claro, nunca iban a hacer algo así. En eso radicaba gran parte del fallo, en el hecho de que rara vez hablaban de las necesidades profundas, nunca sacaban a colación la desgarradora sensación de vacío que se interponía entre los dos.

Linda se enjugó con el dorso de la mano una lágrima inútil, provocada por la cebolla.

—¿Me has oído, Jeff?

—Sí, te he oído.

—Lo que tenemos que hacer —repitió mirando en su dirección, pero sin fijarse del todo en él— es comprar una nueva cortina de baño.

Con toda probabilidad, antes de que él comenzara a morirse, su mujer iba a expresarle una necesidad parecida. Probablemente, su frase habría acabado en «…una docena de huevos» o «…una caja de filtros para la cafetera».

Se preguntó por qué estaría pensando todo aquello. Se estaba muriendo, caramba; ¿acaso sus últimos pensamientos no debían ser más profundos, más filosóficos? O tal vez un rápido replay de los hechos más destacados de su vida, cuarenta y tres años en sistema Beta. Era lo que la gente veía antes de ahogarse, ¿no?

«Pues eso mismo, es como si me estuviera ahogando», pensó, mientras transcurrían los diez segundos interminables: la horrible presión, la lucha inútil por respirar, la humedad pegajosa que le empapaba el cuerpo mientras el sudor salado le chorreaba por la frente y se le metía en los ojos provocándole escozor…

Ahogándose. Muriéndose. No, joder, no, ésa era una palabra irreal que se aplicaba a las flores, a los animales de compañía o a los demás. A los viejos, a los enfermos. A los desafortunados.

Su cara cayó sobre el escritorio, la mejilla derecha quedó apretada contra la carpeta que se disponía a estudiar cuando lo llamó Linda. La melladura del pisapapeles se le antojó una caverna ante su único ojo abierto, una hendidura en el mundo mismo, reflejo punzante del dolor desgarrador que sentía por dentro. A través del cristal roto alcanzó a ver los números rojos y brillantes del reloj digital que había sobre su librería: 13:06 — 18 OCT 1988

Después ya no tuvo que preocuparse por dejar de pensar en nada más, porque el proceso del pensamiento cesó del todo. Jeff no podía respirar. Por supuesto que no podía respirar, estaba muerto. Pero si estaba muerto, ¿por qué era consciente de no poder respirar? O, para el caso, ¿de cualquier otra cosa?

Apartó la cabeza de la manta hecha un lío y respiró. Aire húmedo, viciado, cargado del olor de su propio sudor.

O sea que no se había muerto. En cierto modo, el descubrimiento no lo entusiasmó, de la misma manera que la anterior suposición de que se estaba muriendo no había logrado llenarlo de pavor. Quizá, en el fondo, esperaba que su vida acabara. Ahora iba a continuar como antes, con la insatisfacción, la agobiante pérdida de ambición y esperanza que había causado o había sido causada por el fracaso de su matrimonio, ya no se acordaba bien cómo había sido.

Se quitó la manta de la cara y de una patada apartó las sábanas arrugadas. De la oscuridad de la habitación le llegaba una música apenas audible. Era un tema antiguo, Da Doo Ron Ron, interpretado por uno de esos grupos de chicas de Phil Spector. Completamente desorientado, Jeff tanteó en busca del interruptor de la lámpara. Una de dos, o se encontraba en la cama de un hospital, recuperándose de lo que le había pasado en la oficina, o en casa, despertando de una pesadilla peor que las de costumbre. Su mano dio con la lámpara de la mesita de noche y la encendió. Se vio en una habitación pequeña y desordenada, con la ropa esparcida por el suelo y libros apilados al azar sobre dos escritorios y sillas adyacentes. No era un hospital, ni el dormitorio en el que dormía con Linda, pero en cierto modo le resultaba conocido.

Desde una fotografía ampliada, pegada en la pared con cinta adhesiva, una mujer desnuda y sonriente lo miraba. Una lámina central de Playboy, una de las clásicas. La morena rolliza, de aire gazmoño, aparecía tumbada boca abajo sobre una colchoneta hinchable colocada en la cubierta de popa de un barco, y su bikini a lunares rojos y blancos estaba atado a la barandilla. Con aquella elegante gorra redonda de marinero, el cabello negro cuidadosamente peinado con laca, se parecía mucho a Jackie Kennedy cuando era joven.

Notó que las demás paredes estaban decoradas en un estilo juvenil de la misma época: láminas de corridas de toros, una ampliación enorme de un Jaguar XKE rojo, la funda de un viejo álbum de Dave Brubeck. Sobre uno de los escritorios se veía una bandera roja, blanca y azul en la cual, en letras formadas con barras y estrellas, se leía:

«AL CARAJO CON EL COMUNISMO». Jeff sonrió al verla: en la universidad había pedido una igualita al pasquín The Realist, de lo más provocativo de su época, cuando…

Se incorporó de golpe notando las pulsaciones en los oídos.

Recordó que la vieja lámpara de pie flexible que había sobre el escritorio situado más cerca de la puerta siempre se soltaba de la base cada vez que la movía. Y la alfombra junto a la cama de Martin tenía una enorme mancha rojo sangre —sí, justo allí— de aquella vez en que Jeff había logrado colar a Judy Gordon y ésta se había puesto a bailar por la habitación a la música de los Drifters y derramado una botella de Chianti. La vaga confusión que había sentido Jeff al despertar dio paso a un genuino asombro. Apartó del todo las mantas, saltó de la cama y con paso inseguro fue hasta uno de los escritorios. El suyo. Repasó los libros apilados: Patterns of Culture, Growing Up in Samoa, Statistical Populations. Sociología 101. ¿La daba la doctora…, cómo se llamaba?

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