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Authors: Bill Evans y Marianna Jameson

Tags: #Ciencia ficción, Intriga

Categoría 7

BOOK: Categoría 7
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Simone
es un huracán creado artificialmente. La CIA impulsó la operación POPEYE en los años sesenta para determinar las posibilidades de utilizar el clima como arma. El objetivo de
Simone
es Nueva York. Medio siglo después, alguien genera cambios climáticos a voluntad.
Simone
ha alcanzado la categoría cuatro. Un asesor del director de Inteligencia Nacional debe encontrar la conexión entre esos dos hechos, y ha de hacerlo deprisa, pues…
Simone
alcanza la categoría cinco, y no se detiene. El clima tiene más variables de las que el hombre puede controlar, y nadie sale indemne cuando juega a ser Dios. Carter Thompson se encuentra en posesión del poder más grande que se pueda imaginar: el clima.

Bill Evans y Marianna Jameson

Categoría 7

¿Puede ser el clima un arma de destrucción masiva?

ePUB v1.1

AlexAinhoa
11.09.12

Título original:
Category 7: The Biggest Storm in History

@Bill Evans & Marianna Jameson, ©2007.

Traducción: Carlos Daniel Schröder

Editor original: AlexAinhoa (v1.0)

ePub base v2.0

Este libro está dedicado, con gratitud, a los distinguidos y valientes miembros de los servicios de inteligencia de los Estados Unidos, agentes de policía, departamentos de bomberos y de rescate y fuerzas armadas, que diariamente ponen en peligro su vida para protegernos.

Y para mi marido, por motivos que van mucho más allá de las palabras.

Marianna Jameson

Para mis hijos, Maggie, William, Julia y Sarah a los que quiero con todo mi corazón.

Papá

Capítulo 1

La lluvia azotaba el infernalmente ardiente cielo del Sahara, cayendo al suelo con caótica furia para evaporarse antes de hacer contacto con la tierra moribunda. El aire seco era aspirado nuevamente hacia las capas húmedas, repitiendo este proceso hasta que la tormenta concluyó.

Una hora más tarde, el borde del desierto estaba como había estado días, meses y años antes, sin revelar señal alguna de haber sido transformado por la tormenta. El calor abrasaba las interminables y desoladas dunas cambiantes, enviando torbellinos de delicado polvo hacia un cielo resplandeciente de cegadora luz. El aire mismo parecía brillar cuando la luz del sol se reflejaba en la miríada de finísimas placas de mica y sílice que la tierra sacrificaba a los cielos en obediencia convectiva.

Algunos de los granos de arena y minerales, las esporas y las bacterias habían recorrido ya increíbles distancias. Abandonados por vientos desvanecidos hacía mucho tiempo, habían permanecido allí durante días o décadas, dispuestos a ser levantados una vez más hacia los cielos. Algunas partículas provenían de los lechos de mares antiguos y selvas primitivas; otras eran más recientes, formadas hacía apenas unos miles de años cuando la tierra se convulsionó, lanzando rocas y cenizas a los caóticos cielos al dar a luz a las tierras africanas, las implacables masas y planicies polvorientas que los rodeaban.

Más pequeñas que el polvo e infinitamente más livianas, estas partículas fueron elevadas sobre la tierra, flotando hacia el Oeste sobre el cálido viento, llevando consigo las duras y atemporales lecciones del desierto. Sin voluntad, sin deseo, se deslizaron sobre las dunas mientras la corriente de aire se estabilizaba. Viajeras silenciosas, tocaban tierra y volvían a alzarse, cegadores torbellinos en un río de viento, y barrían llanuras abrasadas que guardaban secretos fabulosos, que escondían los tesoros y las miserias de civilizaciones desaparecidas hacía ya mucho tiempo.

Al introducirse en el aire más denso y espeso de la ciudad, las partículas microscópicas de polvo y minerales, de polen, hongos y bacterias, de plantas y animales muertos hace tiempo, comenzaron a aglomerarse. Inevitablemente, chocaron contra las pesadas partículas carbonosas que la humanidad lanzaba al cielo. Desde que los humanos habían descubierto el fuego, imitaban las acciones de la tierra misma, enviando cenizas y humo hacia el cielo con total abandono, oscureciendo la atmósfera, ensuciándola.

El viento mantenía las partículas a flote, conduciéndolas en un vuelo interminable y nómada, en una misión inexorable, de duración eterna. Habían volado sobre los campos de refugiados de zonas en conflicto, abrazado la muerte y la desesperación que se elevaba sobre el calor infernal y el aire fétido. Pasaron por los campos arrasados y las poblaciones, depositando retazos de tiempos mejores y peores y llevando consigo tanto la esperanza como la destrucción que yacía bajo ellas.

Las montañas se elevaban frente a las partículas, precipitando muchas de ellas a tierra, y enviando a otras a más altura todavía. Los lagos y ríos las llamaban, henchido el aire con humedades desconocidas para las partículas, en infinitas ocasiones.

Algunas caían. Otras permanecían flotando, continuando su viaje transversal por sabanas y desiertos, plantaciones y ciudades.

Finalmente, una parte de ellas llegó al mar. En un sorprendido tumulto se dispersó, abriéndose, extendiéndose, ya sin los límites impuestos por las tierras, debajo de ellas. Como una serpiente adormecida por el calor que se desenrosca bajo una sombra imprevista, el pálido brillo dorado del polvo se convirtió en un encaje brumoso sobre las azules aguas de la costa oeste africana. Su ondulante y elegante borde avanzó hacia las distantes tierras del Caribe y las Américas, la filigrana dorada de polvos antiguos era visible desde el espacio. Miles de ojos invisibles comenzaron a observarla, esperando y preguntándose qué efecto podría tener sobre costas y vidas lejanas.

Capítulo 2

31 de mayo, 16:57 h, costa este de Barbados.

—¿Te has saltado todas mis clases? —Richard Carlisle —meteorólogo en una importante cadena televisiva, profesor emérito del Departamento de Meteorología de Cornell y un sureño de modales en general mesurados, ya en el ocaso de su madurez— miró a su antiguo estudiante con abierta incredulidad. Se hubiera reído si su seguridad no estuviera en juego.

Echándole una ligera mirada, Richard señaló con brazo extendido al panel de cristal detrás de él. La ventana enmarcaba el infinito espacio del océano Atlántico, desde los escarpados y aserrados acantilados que caían a sus pies, sobre un horizonte casi completamente oscurecido por un amenazador cielo de media tarde. Gruesas capas de nubes cumulonimbus mamma semejaban siniestras y ondulantes cubiertas de plástico que se extendían sobre las aguas.

—En caso de que ese semestre te lo hayas pasado durmiendo, Denny, lo que ahí aparece fermentando es lo que se denomina una tormenta tropical. La velocidad media de los vientos es de noventa kilómetros por hora con rachas de hasta ciento veinte. ¿Significa eso algo para ti? —Hizo una pausa—. Permíteme que te refresque la memoria. Una persona no puede permanecer de pie ante nada más rápido que eso. ¿Y tú quieres que yo salga, allí —a una terraza— y haga una crónica? ¿Estás completamente loco?

Hubiera preferido decir algo más contundente, pero había demasiados camareros yendo y viniendo por el comedor del último piso de uno de los hoteles con vistas al mar más lujosos de Barbados, en la víspera de la temporada de huracanes. La isla, en el extremo este del Caribe y posiblemente la primera que sentiría los efectos de la estación, estaba enfrentándose a la incipiente temporada de tormentas con el típico estilo caribeño, esto es, encogiéndose de hombros.

Denny Buxton, de veinticuatro años, antiguo alumno de Richard y, en aquel momento, asistente de producción, esbozó la sonrisa idiota de quien ha visto de la vida apenas lo suficiente para no percatarse de que no ha visto nada.

—Vamos, tío. La gente del canal del tiempo lo hace. Joder, Jim Cantore está ahora en una playa, con el culo lleno de arena de aquí hasta la semana que viene. —Denny hizo una pausa—. Vale, ¿qué tal si te atamos? He visto que tienen por allí uno de esos ganchos que usan para atar las tiendas.

Richard continuó mirándolo, con expresión de incredulidad. Aquel joven era un idiota. Desgraciadamente, también tenía razón. La audiencia aumentaba cuando hacía mal tiempo, y hacer alguna locura nunca venía mal.

La estúpida sonrisa de Denny no desapareció, sino que, al contrario, se hizo más amplia.

—Quieres hacerlo. Diablos, hombre. No puedo creerlo. Vas a hacerlo. —Riendo, Denny intercambió una fuerte palmada con su cámara, que no era ni mucho mayor, ni tampoco mucho más sensato.

Richard miró por encima de su hombro hacia la pared acristalada y hacia la oscura y brillante masa de nubes cumulonimbus que se extendía en la lejanía. Las lisas nubes pileus se habían estabilizado, tal como el último informe del radar había indicado que sucedería, y la tormenta flotaba sobre el océano, amenazando con tocar tierra en cualquier momento con un torbellino de viento y lluvia cálida.

La tormenta sería rápida y feroz, y desaparecería, posiblemente, en una hora. No era muy peligrosa, pasaría por la costa, molestaría a los habitantes y asustaría mucho a los turistas, empapando a los más osados, o a los más necios, es decir, a aquellos que decidieran permanecer a la intemperie. Cuando cesara la lluvia, la isla volvería a su húmeda quietud, y el tiempo se convertiría en un suntuoso telón de fondo de la estación veraniega.

—Vamos. Demos una vuelta. Salimos en treinta minutos. —Denny y el cámara abrieron la puerta y salieron.

Richard tomó aliento resignadamente y los siguió hacia la terraza.

—Haremos el avance desde aquí. Si se pone muy feo, volvemos a entrar —gritó Denny, tratando de hacerse oír sobre ulular del viento.

—Una decisión que sólo un imbécil podría tomar —gruñó Richard por lo bajo.

Denny lo miró entrecerrando los ojos y movió los labios para preguntar «¿Qué?».

Richard sonrió cortante.

—He dicho: «Buena idea».

Denny asintió.

—Colócate allí —le gritó, señalando hacia una zona abierta que no ofrecía protección contra los elementos—. De ese modo, si te derriba el viento, no caerás por encima de la barandilla.

Sacudiendo la cabeza, Richard se dirigió a su puesto y se enfrentó al viento mientras Denny señalaba los segundos que faltaban con sus dedos. Cuando el último de los dedos del productor se cerró sobre su palma, Richard ofreció su sonrisa televisiva.

—Hola, América, desde el no muy soleado Caribe. La víspera del día de inicio oficial de la temporada de huracanes ya nos estamos preparando para un encuentro muy próximo con la segunda tormenta con nombre en lo que va del año. En lo que ya se prevé será una notable temporada de huracanes, les suministraremos un panorama aéreo de la tormenta tropical Barney desde la costa de la hermosa… —Dejó de hablar cuando vio que Denny abría los ojos como platos y se quedaba boquiabierto.

Micrófono en mano, Richard volvió la cabeza. Sintió que sus entrañas se retorcían al ver que las hinchadas y amenazadoras nubes explotaban sobre el océano con la infernal fuerza de una detonación en medio del aire. Furiosos retazos de nube se expandían en todas direcciones y las oscuras y agitadas aguas del mar estallaban en una enloquecida superficie hirviente, lanzando espuma y estrellándose de forma estruendosa contra los repentinamente pequeños acantilados y la playa que se encontraba a sus pies, a unos ciento cincuenta metros.

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