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Authors: David Goodis

Tags: #Novela negra

Descenso a los infiernos (5 page)

BOOK: Descenso a los infiernos
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Era más bien delgada, pero no tenía cuerpo de palo de escoba. No era una delgadez frágil ni chupada y, sin duda, tampoco era la flacura de la puta barata. Las líneas de su cuerpo eran como una etiqueta en la que estaba marcado el precio e indicaba que costaba más que el promedio. También se le notaba en la cara. Tenía una cara bonita, nada ornamental, pero sin duda podía posar para los pintores serios que preferían destacar la profundidad. Tenía el pelo negro, los ojos castaños oscuros y una boca seria que indicaba una mayor tendencia a pensar que a conversar.

Bebieron unas cuantas copas. Mientras bebían, fumaron de los cigarrillos de Bevan y se dijeron muy poco. Hablaron del precio; ella le informó que tenía una habitación en la calle Cincuenta, justo a la vuelta de la esquina, y que si quería pasar allí un rato, le costaría quince dólares. Por la forma en que lo dijo, Bevan supo que era la tarifa fija, que no habría regateos. Y sin embargo, el tono fue más amistoso que profesional. En cierta forma no parecía una profesional. Le dijo que era mitad francesa y mitad portuguesa, que se llamaba Lita, y que tenía tres hijos que vivían con una hermana suya en Baltimore. Se mostró dispuesta a contarle más cosas sobre el particular, pero a él se le notaba tanto la ansiedad que ella le dijo:

—Vamos, te enseñaré mi cuarto.

Se lo hizo pasar muy bien. Hubo algo que le hizo olvidar que se trataba de un arreglo comercial. Le había pagado por adelantado y una vez zanjado ese asunto, lo que siguió fue una actividad puramente física, y muy placentera porque no había nada forzado ni mecánico en lo que ella hacía. Daba la impresión de que cada uno de sus movimientos estaba dirigido a provocarle el máximo placer, como si él representara una especie de oportunidad que no se conseguía con demasiada frecuencia, y ella quisiera sacarle el máximo provecho.

Cuando terminaron, Bevan no quiso marcharse. Echó un vistazo en la cartera y vio que sólo le quedaban nueve dólares. Ella le dijo que por el momento bastaba esa cantidad, que le podía pagar los seis restantes cuando volviera. Y se quedó con ella cuarenta minutos más.

Mientras él se vestía, la mujer le preguntó:

—¿Te queda dinero para el taxi?

Bevan sonrió tímidamente y negó con la cabeza.

—Toma, llévate esto —le dijo la mujer, colocándole un billete de cinco dólares en la mano.

—Eres muy amable —murmuró Bevan.

La mujer se encogió de hombros sin decir palabra. Salieron juntos de la habitación; ella regresó a la taberna, a esperar a otro cliente. En la esquina de la Décima Avenida y la calle Cincuenta, Bevan paró un taxi y se fue a casa.

Unas cuantas noches después, volvió a estar con ella. Ya tomó como norma ir dos veces por semana y así siguió durante un par de meses. Después, empezó a verla tres veces por semana. Una noche, le sugirió en broma que le hiciera una tarifa especial. Ella lo miró y le dijo muy seria:

—He estado pensándomelo. Tal vez convendría que llegásemos a un arreglo.

—Tranquila, mujer, que era broma.

—No, creo que lo decías en serio —repuso ella en voz baja y mucho más seria—. Al fin y al cabo te está saliendo muy caro. Nunca menos de treinta dólares la noche, y hay noches en que me das cuarenta y cinco. Eso sin contar las copas que nos tomamos en Hallihan’s. Claro que si puedes permitírtelo…

—Por supuesto que puedo permitírmelo. —En ese momento se le ocurrió pensar que no podía permitírselo. Frunció ligeramente el ceño y ella siguió mirándolo fijamente.

Se produjo un silencio y al cabo de un rato ella le dijo:

—¿Qué me dices entonces? ¿Quieres retirarme?

Bevan no sabía a qué se refería. Y con una sonrisa se lo dio a entender. La sonrisa se transformó en un ceño fruncido.

—Sabes que no puedes seguir pagándome tal como están las cosas ahora. Tampoco ganas tanta pasta. Calculo que unos diez de los grandes al año, a lo mejor un poco más.

—Es un cálculo bastante aproximado —admitió, sin dejar de sonreír y fruncir el ceño a la vez. Dejó de mirarla.

—Me parece que te tengo calado, George. Sé que no te llamas George. Pero a mí me da igual, si quieres llamarte George, por mí vale. Tienes unos treinta y cinco, estás casado y vives en un bonito apartamento con criada, y cuando tu mujer va a la peluquería nunca se gasta menos de diez pavos. ¿Me equivoco?

—No. Es más o menos así —murmuró con aire ausente—. Creo que al peluquero le paga siete cincuenta.

—No te importa lo que gasta. Todo lo que ella hace te va bien.

El ceño se le arrugó aún más. Se preguntó por qué le diría una cosa así. Se preguntó por qué no podía mirarla a la cara.

—¿Qué haces, Lita? ¿Intentas sacarme información?

—No exactamente. Tal y como están ahora las cosas, no es asunto mío. Pero incluso así, tengo ojos y me doy cuenta de muchos detalles aunque tú no me lo cuentes. No es que me haya puesto a investigar. A mí no me van esas mierdas. Lo que pasa es que algunas putas llegamos a conocer a los hombres con sólo irnos a la cama con ellos. Por ejemplo, nunca me dijiste nada pero sé que te molesta que tenga otros clientes.

Bevan no le contestó.

—Te diré que me gusta el detalle —prosiguió Lita—. Me refiero a que te lo guardaras y no dijeses nada porque sentías que no tenías derecho a hablar del tema. La verdad, George, es que hay muchos detalles de ti que te convierten en un tipo especial. A lo mejor no hace falta ni que te lo diga, porque supongo que ya lo sabes.

Bevan la miró. Ya no fruncía el ceño. Tampoco sonreía.

—Eres una persona estupenda, Lita.

—No siempre —repuso ella—. A veces puedo llegar a ser muy mala y tener mal genio. Pero trato de ser amable cuando la gente lo es conmigo. Como tú. La semana pasada por ejemplo, me regalaste unos pendientes; y hace un par de semanas una caja de caramelos. Y de las caras. Mira, George, te voy a decir una cosa. Estoy dispuesta a dejarlo todo, es decir, si tú quieres. Estoy dispuesta a dejar a los demás clientes. Serán los únicos pantalones que entren en esta habitación. ¿Qué te parece?

—Me parece bien… —Pero lo dijo sin entusiasmo.

Lita lo miró de reojo y frunció ligeramente el ceño.

—Quiero decir que para mí está bien —insistió Bevan—, pero y ¿tú qué? Perderás dinero.

—No te preocupes por eso. Me las arreglaré con lo que tú me des a la semana. ¿Qué te parecen sesenta? ¿Cincuenta?

—Dejémoslo en setenta.

—No podrás pagarme setenta dólares por semana.

—Creo que podré arreglármelas.

—Te diré una cosa —lo interrumpió rápidamente—. Déjalo en sesenta y ya veremos qué tal me va.

—De acuerdo.

Acto seguido, Bevan hizo ademán de sacar la cartera para pagarle esa noche por adelantado. Cuando sacó el billete de diez y el de cinco, ella negó con la cabeza y le dijo:

—Ya no eres un cliente… Eres mi…

—¿Tu novio? —Sonrió.

—¡Ostras! —exclamó con una sonrisa—. Mi novio. Suena genial. —Empezó a quitarse la ropa. Mientras se bajaba la cremallera de la falda le dijo—: Esta noche, yo invito a las copas. Voy a celebrarlo. Me he conseguido un novio guapo.

La cosa funcionó muy bien. Todos los lunes por la noche Bevan le daba sesenta dólares. Se reunía siempre con ella en el Hallihan’s, de la Décima Avenida, tomaban unas copas y luego se iban a la habitación. Nunca eran menos de tres noches por semana, y en ocasiones, lograba sacar una hora por la tarde entre las citas de negocios. No tenía más que telefonear a Hallihan’s y ellos avisaban a Lita. En Hallihan’s se mostraban muy colaboradores; y los camareros y los parroquianos eran muy discretos. Aparte de ofrecerle una sonrisa amistosa o un espontáneo «Hola, George, ¿qué tal van las cosas?», nunca se metían con él y se cuidaban mucho de guardar las distancias cuando estaba en el bar en compañía de Lita. Era como si Bevan contara con su tácita aprobación, como si todos ellos estuvieran contentos de que Lita hubiera abandonado la profesión para ser su novia fija.

Otro aspecto que lo hacía bonito era que no tenía problemas con Cora; por extraordinario que pareciera, el motivo era bien simple: Cora no se había enterado. A veces le costaba trabajo creérselo, pero la cuestión era que lograba ocultarle esa nueva relación. Evidentemente para ello tenía que faltar a la verdad en más de una ocasión; decirle que tenía citas de trabajo por las noches, o debía ver clientes de otras ciudades. Ella jamás cuestionó esas explicaciones. Se limitaba a comentarle:

—Trabajas mucho, sobre todo por las noches.

A Bevan no le costaba nada responder con una sonrisa:

—No me importa, cariño. Me sienta bien trabajar tanto.

—Está bien, señor Hombre de Negocios —replicaba ella con una sonrisa fácil y agradable—. Tú eres el jefe. Lo único que me preocupa es que no duermes lo suficiente.

Se trataba, en suma, de un arreglo conveniente y así siguió durante cinco meses. La ruina se produjo un domingo por la mañana temprano; había pasado con Lita gran parte de la noche del sábado y había regresado al apartamento para encontrarse con Cora sentada en la cama, leyendo una revista. Bevan se fijó en las tapas de la revista. Era
Harper’s Bazaar
. Y le preguntó:

—¿Qué te pasa?, ¿por qué no estás durmiendo?

—Me he enterado, James —le dijo sin apartar la vista de las páginas—. Anoche te seguí.

Bevan siguió mirando fijamente la cubierta de
Harper’s Bazaar
. Se veía a una joven con un abrigo de chinchilla, reclinada contra uno de los leones de piedra que hay delante de la biblioteca de la Quinta Avenida.

—Lo siento, James, supongo que la culpa es mía.

—No digas eso —repuso él rápidamente.

—Sí, sé que yo tengo la culpa —prosiguió ella—. No puedo darte lo que necesitas. La verdad es que no puedo culparte por ir a buscarlo a otra parte.

Desde la cubierta de la revista, el león de piedra lo miró y le dijo sin palabras: «Maldito hijo de perra, mira que la sacarás barata». Y vio a Cora que lo miraba y le decía:

—¿Qué quieres que haga, James? ¿Quieres que me vaya?

—No, por favor, ni se te ocurra.

Lo miró con una sonrisa patética; la pena iba por los dos.

—¿Por qué no? —inquirió en voz baja—. Tienes otra mujer. A mí ya no me necesitas.

Bevan cerró los ojos con fuerza y los mantuvo cerrados durante un largo instante. Después, mirándola de frente procurando que no le temblara la voz le dijo:

—Te necesito. Y no hay otra mujer. Es algo que ocurrió. Fue un error y lo lamento. No permitiré que vuelva a repetirse.

Al día siguiente, rompió con Lita. Fue por la tarde. Telefoneó a Hallihan’s y ellos le pidieron que se pusiera. Antes de que él hablara, Lita le preguntó si ocurría algo. Bevan quiso contestarle que no ocurría nada malo y que la vería esa noche.

Pero en realidad le dijo:

—Mi mujer se ha enterado. Supongo que ya sabes lo que significa.

Lita se quedó callada.

—Significa que no podremos vernos más.

Al otro lado de la línea continuó el silencio.

—Escúchame —continuó él tragando saliva—. Escúchame, Lita, lo lamento mucho. No sabes cuánto lo siento.

Hizo la pausa para que ella dijera algo, pero el silencio continuó.

—Espero que trates de entenderlo.

Hizo otra pausa. Al cabo de un rato ella le dijo:

—Vale, George. No te deprimas por esto.

«Vaya por dónde —pensó—. Es mucho más difícil de lo que creía». Y en voz alta agregó:

—Te enviaré un giro por… —Pero se interrumpió porque le pareció fuera de tono, un detalle barato.

—Ni se te ocurra. Por el amor de Dios no me mandes dinero. Y ya que estamos, te lo voy a decir George. No era por el dinero. Era porque… Mira, mejor olvídalo. Dejémoslo correr. Pero… —Vaciló, lo intentó otra vez y por fin logró decir—: Te echaré de menos.

Bevan cerró los ojos. Deseó tener una botella a mano para echar un trago rápido. Era la primera vez en su vida que sentía unas ganas locas de tomarse una copa. Pero entonces no se dio cuenta. Entonces, lo único que sabía era que necesitaba un estimulante.

Estaba concentrado en la necesidad que tenía de tomarse una copa y no se dio cuenta de que ella lo dejaría en paz, le decía adiós brevemente y colgaba. Bevan colgó el receptor, salió de la cabina, abandonó rápidamente la farmacia y cruzó la calle para dirigirse a un bar, donde pidió un bourbon doble de cuatro años.

En las semanas siguientes, se fue olvidando gradualmente de Lita. Mejor dicho, gradualmente fue borrando las imágenes en las que Lita aparecía desnudándose, o sentada en el borde de la cama con las manos posadas sobre los muslos desnudos. La imagen que permaneció durante más tiempo en su mente fue la de Lita sin ropas, apoyando el codo contra la pared, cerca de la cama, de pie con la mano sepultada en el pelo negro que le caía sobre los hombros delgados. La pared era de color gris oscuro y su cuerpo tenía un tono amarillo cremoso que resaltaba contra la oscuridad. Era terriblemente delgada pero de cuerpo flexible, suave, y despedía una electricidad salvaje; el voltaje le llegaba hasta donde se encontraba reclinado en la cama, mirándola, y lo golpeaba con una llamarada que nunca dejaba de encenderse, llena de emoción, cuando ella se plantaba desnuda delante suyo.

Al desaparecer aquella imagen, Bevan intentó centrar sus intereses físicos en Cora. Pero obviamente la cosa no podía funcionar: no había nada que le permitiera funcionar. Era como siempre: Cora intentaba hacerlo lo mejor posible; jadeaba y gemía; producía los sonidos forzados y dolorosos del placer enceguecedor. Aquellos sonidos eran absolutamente patéticos, y más de una vez, Bevan sintió tal lástima que no pudo continuar con la función, y tuvo que abandonar. En el instante en que sus brazos la soltaban, y ella sabía que la cosa quedaba suspendida por esa noche y que él volvería a pedírselo otro día, la oía jadear otra vez. Aunque más que un jadeo era un suspiro. Un suspiro de alivio.

Y así estaba la cuestión cama con Cora. Bevan lo soportó durante nueve, diez semanas; promediada la undécima, ya no pudo aguantar más. Recordó que había ocurrido un jueves por la noche; el despertador marcaba la una y cuarto de la madrugada y Cora dormía profundamente en la otra cama mientras él estaba despierto, mirando fijamente los números verdes del despertador. El verde cobró vida, su fosforescencia circular se enroscó y salió del despertador como un reptil que emerge de un agujero. Reptó hacia él, se le metió en el cuerpo y lo obligó a levantarse de la cama y a vestirse.

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