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Authors: David Goodis

Tags: #Novela negra

Descenso a los infiernos (7 page)

BOOK: Descenso a los infiernos
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Entrecerró los ojos con astucia. Las comisuras de sus labios se elevaron lo justo como para formar una débil sonrisa confabuladora, como si estuviera ideando una broma pesada para gastársela a alguien.

«Está bien —se dijo—, intentémoslo. Pongamos esta vida miserable en un lugar en el que se sienta como en casa».

La sonrisa se le endureció en los labios cuando salió de la habitación.

3

Caminó bastante. No era el pasearse casual del turista que contempla el paisaje. En sus pasos había un fin determinado, como si tuviera algo definido en mente, un destino especial. Los nativos le prestaron escasa o nula atención. Tenían la impresión de que se trataba de algún funcionario municipal o del empleado de algún consulado que iba a alguna parte por algún negocio importante. De haber sabido que era turista, se habrían agolpado a su alrededor para venderle recuerdos y postales y los que no tenían nada que vender le habrían pedido una limosna. En las calles de suburbios de Kingston hay muchos mendigos de edades entre los cinco a los ochenta y cinco años. Son muy persistentes, mucho más que las innumerables mujeres que se sientan en los portales a desplegar sus ristras de cuentas de collar, sus sombreros y sus cestas. Aunque no son tan persistentes como los taxistas. Los taxistas de Kingston son famosos por su persistencia. Venden sus servicios como buhoneros de feria y no aceptan una negativa por respuesta. En su mayor parte viven de los turistas, y se ha dicho que han desarrollado un olfato especial para detectarlos; pueden olerles a manzanas de distancia. Esto no pretende ser una reflexión sobre los turistas, aunque muchos nativos están de acuerdo en que, en general, esta raza tiene un olor particular.

Pero este taxista no cazó a Bevan con el olfato. Sino con su aguzada vista. Horas antes había visto pasar al hombre bien vestido; lo había vuelto a ver hacía hora y media, y ahora, al verlo por tercera vez, notó que caminaba con mayor lentitud, sin rumbo.

El taxista estaba recostado contra el maltrecho guardabarros de un Austin muy viejo. Cuando Bevan se acercó, le bloqueó el paso y le preguntó:

—¿Adónde va, hombre?

—No sabría decírselo —repuso Bevan esperando a que el jamaicano se hiciera a un lado—. No tengo la menor idea.

—Busca… —dijo el taxista.

—No sé lo que busco —replicó Bevan, dirigiendo su respuesta a nadie en particular.

—Tal vez pueda ayudarle. —La cara del jamaicano tenía un aire solemne.

—Lo dudo —murmuró Bevan mirando más allá del jamaicano—. Lo dudo mucho.

—¿En qué hotel está?

Bevan se quedó mirándolo y dijo:

—Por el amor de Dios… está bien, de acuerdo. En el Laurel Rock. ¿Y qué?

—Mire que hay una buena caminata desde aquí; una distancia que no es como para ir a pie. Si me permite, lo llevaré al Laurel Rock.

—Puedo caminar —protestó Bevan vagamente—. Me gusta caminar.

—Créame, hombre, no es ésa la cuestión. La cuestión es… —el jamaicano apuntó el índice hacia el cielo que oscurecía y agregó—: …que se está haciendo tarde.

—En eso tiene usted razón. —Bevan sonrió débilmente. Por la forma en que lo había dicho, su comentario no guardaba relación alguna con la hora del día. Con voz apenas audible, agregó—: Tiene usted toda la razón.

El jamaicano frunció ligeramente el ceño al detectar algo extraño en el tono y los ojos de aquel hombre. Pero lo más importante era el cliente, por lo que continuó con su charla comercial.

—Créame, hombre, este barrio no es para turistas y menos cuando se hace de noche. Hay muchos bandidos y gente traicionera.

—¿Son muy malos? —inquirió Bevan mostrando una amable sonrisa.

—Muy malos, amigo —repuso el taxista asintiendo con solemnidad.

—No se preocupe, me gustaría conocerlos —repuso Bevan—. Yo también soy una manzana podrida.

—Disculpe usted, ¿pero me está tomando el pelo? —inquirió mirándolo de reojo.

—Jamás he hablado más en serio.

Por unos instantes el jamaicano se quedó en silencio. Se preguntaba cómo manejar el problema. Se trataba definitivamente de un problema, y tenía la sensación de que se encontraba ante algo totalmente fuera de lo corriente.

—Vale, Roscoe —le dijo Bevan—, llévame a dar una vuelta.

—¿Al Laurel Rock?

—No —respondió Bevan—. Lejos del Laurel Rock, tan lejos como pueda.

En silencio el jamaicano se decía: «Creo que está chalado y lo mejor que puedo hacer es dejarlo correr. Los locos me hacen sentir incómodo».

—Le diré una cosa —comentó Bevan—. Lléveme al Hallihan’s.

—¿Al Hallihan’s?

—Está muy cerca de aquí —le dijo Bevan. Su voz fue perdiendo fuerza hasta convertirse en un gemido—. Está en la esquina de la calle Cincuenta con la Décima Avenida.

El taxista le dio vueltas a la información durante unos instantes; como vio que no le servía de nada, finalmente dijo:

—¿Sabe usted dónde está? Está usted en Kingston, Jamaica.

—Déjeme que le corrija —le sonrió Bevan—. Estoy exactamente a un kilómetro al sur de ninguna parte.

El jamaicano decidió que había oído bastante. Le dejó el paso libre a Bevan, se dirigió rápidamente al Austin aparcado, entró y puso el motor en marcha.

Bevan se quedó mirando fijamente el viejo coche mientras se alejaba traqueteando. La sonrisa se le fue borrando de los labios y dijo en voz alta:

—A nadie le importa —y encogiéndose de hombros, agregó—: ¿Y por qué diablos debería importarles?

Echó un vistazo a su alrededor buscando algún cartel que indicara que se vendían bebidas.

No vio ninguno en las inmediaciones. No sabía en qué calle estaba. Era una calle tranquila, sin gente. Avanzó lentamente en la calma y la oscuridad creciente. En aquella calle no había farolas y, poco a poco, comenzó a sentir una mezcla de incomodidad y satisfacción de que así tenía que ser. Era una extraña combinación de sentimientos, aunque no se percataba de que era extraña: no intentaba estudiarla ni medirla cuando lo asaltó, porque lo hizo suavemente, como una caricia.

Bevan giró una esquina y se encontró en la calle Barry.

Barry es una vía pública más bien estrecha, ubicada al sur de la calle Queen y al norte de Harbour. Estas últimas son calles más anchas, mejor pavimentadas, y en el plano de la ciudad están indicadas de manera especial. La calle Harbour alberga muchos pequeños comercios, además de almacenes y establecimientos de corretaje; la calle Queen es más o menos la principal, muy ruidosa y por las noches más bien alegre, iluminada brillantemente por sus hoteles locales, sus bares y sus fondas. En comparación, la calle Barry no pasa de ser un callejón de aspecto famélico. Sin embargo, la cuestión reside en que en la calle Barry circula más el dinero. Es el centro de distribución de un comercio especial que no se anuncia en las páginas impresas ni en las vallas.

La actividad nocturna de la calle Barry tiene lugar en su mayor parte en los cuartos traseros. La mayoría de los clientes son marinos mercantes que desembarcan de las naves ancladas en el puerto de Kingston. En las horas grises y desoladas de la madrugada, abandonan la calle Barry con los ojos inyectados en sangre, respirando un aire que sabe a una mezcla de grasa y vinagre. Más tarde, en los bares de los muelles de todo el mundo, esos marineros aconsejan a sus compañeros de borracheras a punto de embarcarse: «Si alguna vez vas a Kingston, Jamaica, ni se te ocurra acercarte a la calle Barry».

—¿Tan mala es?

—Peor que mala. Lo más seguro es que te den una paliza y tendrás suerte si sales con vida.

Pero la publicidad negativa ejerce un efecto magnético en la mayoría de los marinos. Es un desafío, y como grupo, disfrutan aceptando desafíos. Así, se sienten atraídos por la calle Barry y se internan en su oscura calma con ganas de camorra; avanzan con un balanceo que dice a las claras: «A mí no me la haréis, tíos. Este servidor saldrá de aquí victorioso».

Algunos lo logran. Pero la mayor parte no. La mayoría sale de allí con los bolsillos vacíos, las bocas sangrantes y las cabezas magulladas. Muchos salen con las manos apretadas firmemente contra las costillas o los vientres acuchillados. Y la próxima ocasión en que sus barcos anclan en Kingston, van directamente a la calle Barry.

Trasponen los portales miserables y destartalados de los que cuelgan unos carteles escritos a mano que dicen: «Licencia para vender bebidas alcohólicas». De modo que en las habitaciones de enfrente todo es legítimo y compran el ron a la tarifa corriente: seis peniques o diez céntimos por una copa de las de agua, llena hasta la mitad. Este bajo precio les permite remojarse el gaznate con considerables cantidades de licor y, al cabo de las horas, los empuja hacia las habitaciones traseras, donde pueden apostar o encontrar mujeres, o tal vez a alguien blandiendo una cachiporra. Como conclusión, o les hacen trampas en las cartas, o las mujeres les roban, o los golpean hasta dejarlos sin sentido. Y aunque lo sepan o lo ignoren, esperan que eso les ocurra. Y si no les ocurre, provocan la situación hasta que finalmente se produce. Una razón metafísica obliga a los marineros en general a comportarse de este modo, y no resulta muy difícil de indagar. Los océanos fueron hechos para los peces, no para las criaturas de dos patas. De modo que el efecto de las largas semanas o incluso meses a bordo de los lentos cargueros es como el lento quemarse de un fusible conectado a un petardo.

Esa noche, cuatro marineros noruegos entraron en el Winnie’s Place, de la calle Barry. Entraron en silencio y así permanecieron mientras ocuparon una mesa. Winnie les echó una rápida mirada desde detrás de la barra, y supo que no se quedarían callados por mucho tiempo.

Suspiró para sí. Tenía jaqueca y un resfriado de pecho. Durante todo el día había abrigado la esperanza de que aquella noche no hubiera jaleos. No es que le molestaran, simplemente le fastidiaba la idea de tener que limpiarlo todo.

Era una solterona de mediana edad que durante toda su vida había trabajado mucho y se había divertido poco. Su relación con los hombres era más bien aburrida; aunque deseaba que le gustaran, no le daban muchas ocasiones. Probablemente sería por su aspecto.

Su piel color moscatel estaba grabada por la viruela y prácticamente carecía de mentón. Otro factor que la mantuvo soltera, y más o menos intacta, era el cuerpo sin curvas. Era decididamente plana por delante y por detrás: un metro sesenta y siete y ochenta kilos de mujer muy poco atractiva.

Pero eso no le importaba demasiado. Hacía mucho tiempo había decidido que no dejaría que le importase. Lo único que realmente le preocupaba era limpiar después del jaleo de botellas rotas y sillas destrozadas, quitar del suelo las flemas y la sangre. Le echó otro vistazo a los cuatro noruegos y se preguntó cuánto tardarían en armarla.

Además de los noruegos, en el bar había una docena de clientes más. Tres de ellos eran cocineros chinos desembarcados de una nave procedente de Australia, los demás eran nativos, a excepción de Bevan, que ocupaba un taburete, junto a la ventana, y tenía un vaso de ron apoyado en ella. Cuando entró, lo había mirado con curiosidad. Pero ahora que llevaba allí varias horas, se habían cansado de preguntarse quién sería y qué buscaría en aquel lugar. Poco a poco, llegaron a la conclusión de que, quienquiera que fuese, lo único que quería era beber, y en grandes cantidades.

Los noruegos permanecieron tranquilos durante algo así como un cuarto de hora. Luego, uno de ellos se levantó, se acercó a Winnie y le preguntó en inglés:

—¿Dónde está la música?

—No hay música —respondió Winnie—. El flautín está estropeado.

—¿Qué flautín? ¿Quién toca el flautín?

—Es la máquina de música —le explicó Winnie—. La llamamos flautín. Hay que repararla y por eso se la llevaron a la fábrica.

El noruego sopesó la información durante unos momentos, y a punto estuvo de aceptarla, pero luego negó la cabeza decididamente y dijo en voz alta:

—Esa no es excusa.

Winnie no dijo palabra. Centró su atención más allá del noruego, en los tres chinos que le decían por señas que querían más Red Stripe. Apartándose del noruego, Winnie abrió el compartimiento del hielo y se disponía a sacar tres botellas de cerveza cuando el marinero se inclinó sobre la barra y la aferró por el brazo. Winnie se sobresaltó. Se le cayeron dos y agarró la tercera a medio camino del suelo, sujetándola firmemente por el cuello; su brazo libre descansaba rígido al costado del cuerpo cuando oyó decir al noruego:

—Cuando le hablo a alguien, exijo el respeto de ser escuchado.

Le apretó el brazo con más fuerza. Winnie se quedó inmóvil, mostrándole el perfil, con el otro brazo suelto al costado. Sus dedos aferraban con fuerza el cuello de la botella de Red Stripe.

—Además —continuó el noruego—, cuando le hablo a alguien, exijo que me mire a la cara.

Winnie no se movió. Esperó que la soltara. Era un hombre corpulento, de dedos gruesos y fuertes. Le hundía el pulgar en la vena del codo y le estaba haciendo daño.

—Me estás enseñando la mitad de la cara —le dijo el noruego—. Quiero verte toda la cara cuando te hablo.

Winnie se moría de ganas de golpearlo con la botella. No estaba enfadada. En realidad, el tipo le daba pena. Por la voz se le notaba que se sentía triste, lleno de morriña. Además, era más bien joven, y siempre le daban lástima los jóvenes que se encontraban lejos de su tierra natal. Pero si ella no lo golpeaba, ya lo haría otra persona, y así empezaría el jaleo. Sopesó técnicamente las opciones que le permitirían impedir el jaleo. El tipo le clavaba el pulgar con más fuerza; entonces Winnie decidió que lo más factible era ceder. Se dio la vuelta y le mostró toda la cara.

—Pues muy bien, hombre. Ya lo escucho.

—Bien —dijo el noruego. Asintió con la cabeza; sus ojos grises azulados se mostraron fríos y autoritarios—. Lo único que pido es una cantidad razonable de amabilidad.

El hombre se dejó llevar por el entusiasmo y se olvidó de soltarle el brazo.

Uno de los jamaicanos se acercó al noruego y le dijo:

—Justamente lo que a ti te falta, amabilidad.

—Apártate de mí, negro —dijo el noruego sin mirar al jamaicano.

—¿Qué has dicho? —inquirió el jamaicano en voz baja—. ¿Cómo me has llamado?

Antes de que el noruego tuviera ocasión de contestar, uno de sus compañeros se levantó de la mesa y se acercó rápidamente hablándole en su idioma:

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