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Authors: Jean-Claude Lalumière

El frente ruso

BOOK: El frente ruso
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A veces un pequeño detalle lo puede decidir todo: el que condiciona la carrera de un joven funcionario, un tanto ingenuo, del Ministerio de Asuntos Exteriores francés es el maletín que le ha regalado su madre por su primer trabajo. El día de su toma de posesión, el jefe de personal tropieza con él y destina a su dueño al departamento de «Países en vías de creación. Sección Europa del Este y Siberia»: el frente ruso.

Utilizando este peculiar negociado como base de operaciones nuestro hombre intentará hacer carrera en el ministerio, aunque sus intentos no siempre tendrán éxito. El ambiente en el que desempeñará su trabajo está poblado por una peculiar fauna –una secretaria hippy a punto de jubilarse, un informático fantasmón, un jefe inepto o un compañero trepa- que le resultará familiar a todo el que haya trabajado en una oficina alguna vez.

Publicada con gran éxito en Francia en el año 2010, esta desternillante sátira de la burocracia y el mundo empresarial tiene también un trasfondo amargo: el que deja la renuncia a toda ambición.

Jean-Claude Lalumière

El frente ruso

Traducido por: Paula Cifuentes

ePUB v1.0

Bibliotecario Indignado
02.11.11

Primera edición, 2011

Título original:
Le Front russe

© Le Dilettante, 2010

© de la traducción, Paula Sanz Cifuentes, 2011

© de la ilustración de cubierta: díaz | rojo arquitectos

© de la fotografía del autor, Le Dilettante

© de esta edición: Libros del Asteroide S.L.U.

Publicado por Libros del Asteroide S.L.U.

Avió Plus Ultra, 2.3

08017 Barcelona

España

www.librosdelasteroide.com

ISBN: 978-84-91663-38-5

Depósito legal: B. 9.028-2011

Impreso por Reinbook S.L.

Impreso en España - Printed in Spain

Diseño de colección y cubierta: Enric Jardí

A Cécile, Mathilde y Elliott

1

Cuando era pequeño, podía pasarme horas observando el papel pintado. Las paredes del cuarto de estar de casa de mis padres, recubiertas con un motivo vegetal rococó posmoderno, colección Vénilia de 1972, producían en mi imaginación, ya de por sí fácilmente impresionable, monstruos espectaculares. Acababa de cumplir ocho años. Solo tenía que instalarme en el sofá de terciopelo marrón, fijar la mirada en el hueco que quedaba entre el sillón y la pared y esperar pacientemente a que el punto flotante en el que me concentraba tomara poco a poco el aspecto de la cara burlona de una criatura del infierno. Las flores de lis le dotaban de orejas y cuernos; las hojas de acanto, de una boca abierta y una lengua colgante; dos tallos entrelazados de madreselva o de pasiflora que ascendían a las alturas formaban su pelo ensortijado; en el espacio que quedaba, dos hojas colocadas simétricamente proporcionaban a ese monstruo unos ojos socarrones e hipnóticos que terminaban por atraparme. Me atenazaba el miedo a no poder liberarme de su influencia y me espabilaba. Mi madre, que solía deambular por el cuarto de estar, siempre que me veía así, con pinta de estar aburriéndome, me proponía ver los dibujos animados. Yo intentaba seguir concentrado en mi ejercicio, pero era en vano, pues ella, sin esperar mi respuesta, encendía la televisión y me sacaba de mi ensueño. Huía entonces a mi habitación, escapaba de la presencia de esa madre que un día sí y otro también frustraba mis tentativas de evasión.

Mi habitación siempre estaba ordenada. Esa era la voluntad de mi padre. Y mi madre, dispuesta a secundarlo en todo, vigilaba que así fuera. Yo no era un adicto al orden. Con ocho años, me diréis, raros son los niños que tienden al orden. Pero como buena ama de casa, mi madre no dudaba en paliar mis carencias en la materia. Los dos conservamos en la memoria, ya que en esa ocasión perdimos parte de nuestras capacidades auditivas, el grito de dolor que soltó mi padre cuando vino a mi cama a darme un beso de buenas noches. Todavía lo veo iluminado por la tenue luz de la lamparita de la mesilla de noche, con su pijama de rayas azules y blancas. Sujetándose el pie magullado con las dos manos, saltó y saltó sobre el mismo sitio, como si semejante ejercicio pudiera atenuar el dolor provocado por la pieza de Lego que acababa de pisar. Sus chillidos aumentaron cuando, en el tercer salto, el pie sano aterrizó, por una pequeña desviación, sobre la cabellera de un clic de Playmobil que había conseguido arrancar del cráneo de su propietario sirviéndome de mis dientes como tenazas. Mi idea había sido la de reproducir las aventuras de
Los siete magníficos
, un
western
que había visto en la televisión emitido por el programa
Primera sesión
. Como habréis adivinado, ese clic de Playmobil hacía el papel de Yul Brynner, jefe de la célebre cuadrilla de vaqueros. Mi madre tuvo que intervenir para extirparle la pequeña peluca de plástico, cuyos bordes puntiagudos habían atravesado la carne tierna, mientras mi padre soltaba, de un modo casi exhaustivo, todas las palabrotas de su repertorio. Algunas me resultaron nuevas y sospecho que se las inventó para la ocasión. Como consecuencia de este incidente gané una fama efímera al soltar a mis compañeros, en el patio del colegio, las palabrotas que había escuchado aquella noche. Por su parte, mi padre cojeó ligeramente varios días y desarrolló una profunda aversión por el desorden, una obsesión cuyo principal objeto era mi habitación. Y de ahí que desde entonces evocara la escena en que Mary Poppins utiliza sus dones mágicos para ordenarlo todo. No obstante, era yo quien tenía que entregarme a esa tarea bajo las órdenes terminantes de mis padres, que no se cansaban de repetirme: «Cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa». Deberían haber grabado esa divisa en la puerta de nuestra casa. En su defecto, la estamparon en mí.

Refugiado en mi habitación, después de que me desalojaran del sofá, me sumergí en la lectura de algunos
Geo
que mi tío Bertrand me había regalado y con los que podía ir a los cuatro puntos del planeta. Solo tenía cinco números de esa preciosa revista, pero me los sabía de memoria, desde la gran barrera de coral del número 9 hasta las gargantas de Humahuaca del número 17. Durante mucho tiempo —bueno, más bien unos meses, pero cuando se tienen ochos años el tiempo adopta una medida muy abstracta— creía que el mundo se resumía en la treintena de paisajes descritos en esos cinco ejemplares. Desterré esa creencia con otro regalo de mi tío Bertrand, quien, visto el entusiasmo que manifesté con sus viejos ejemplares de
Geo
, decidió desembarcar un día en casa con un atlas bajo el brazo. Descubrí entonces que existían otros parajes, otros países con nombres que hasta entonces jamás había escuchado. Recorrí los mapas uno a uno, estudiaba sus relieves, seguía con el índice el trazado de sus costas, me aprendía los nombres que en ellos figuraban. Sus consonantes exóticas me hacían soñar: Saskatchewan, Kuala Lumpur, Addis-Abeba, Mozambique... Desde ese instante me propuse que habría de conocer aquel mundo, de verdad, sin el filtro del papel satinado: el de aquellos paisajes que ya había visto en los
Geo
y esos otros que me había imaginado por los comentarios de los mapas del atlas del tío Bertrand. Ya podía verme, vestido como un explorador y guiando con autoridad una columna de porteadores cargados con las cajas atestadas de mis juguetes preferidos que sacaría al atardecer en el campamento. En el momento de acostarme, podría dejarlos en el suelo, a los pies de mi cama de campaña. Y nadie aparecería para ordenarme que los metiera en sus baúles. Yo sería el jefe de la caravana y yo decidiría solo lo que estaba bien y lo que no. Cada cierto tiempo, enviaría a mis padres una postal para que estuvieran informados de mis avances. Jamás les desvelaría, sin embargo, las etapas que cubriría las jornadas siguientes por miedo a que se autoinvitaran a la expedición y terminaran haciéndose con la organización.

A diferencia del resto de la casa, las paredes de mi habitación no estaban recubiertas por un papel pintado capaz de rivalizar con el test de Rorschach, sino que estaban simplemente pintadas de azul, de un azul turquesa que, a pesar de su uniformidad, dotaba a esa estancia con peluches alineados en sus estanterías y los juguetes metidos en cajas, de un sólido apoyo para la evasión. Aquella elección demostraba, sin ninguna duda, el conformismo de mis padres. Era un niño. Y nunca tuve una hermana con la que poder confirmar mi teoría, una hermana que habría tenido derecho a tener pintadas sus paredes de color rosa. Pero creo poder afirmar que si mis padres hubieran podido pintar las paredes en función de sus gustos, habrían escogido el marrón, con el más claro de sus matices, ya que era el color que dominaba desde la entrada hasta la cocina, pasando por el cuarto de baño. Hoy en día, gracias a ese conformismo y a ese cuarto azul, a la pregunta de «¿Cómo fue tu infancia?», puedo dar una respuesta más elaborada que «marrón», color que utilizo más bien para definir a mis padres y a su entorno, que está acorde con su época, los años setenta.

Está claro que cuando digo «responder a la pregunta de "¿Cómo fue tu infancia?"», se trata solo de una manera de hablar, una pregunta retórica, porque, a decir verdad, nadie me ha preguntado nunca cómo fueron mis primeros años. Tenía una vida más bien solitaria. Lo que provoca en mí ese viaje en el tiempo hacia esos episodios recurrentes de meditación sobre el papel no es nada más que la ausencia de motivos sobre las paredes de mi presente.

Desde que soy adulto paso la mayor parte del tiempo en un despacho cuyas paredes son blancas, de un blanco que favorece la introspección, pero que no ofrece ningún punto de apoyo para la construcción de mundos imaginarios o para la evocación de los paisajes reales en los que solía evadirme cuando era niño. Pero en esos parajes lejanos, aquellos bosques misteriosos, esos ríos lánguidos, esos mares embravecidos, esos amaneceres, ¿qué había de sólido, de consistente? ¿Qué más había, aparte de una quimera pensada para matar el tiempo, sin otra ambición que la de engañar al aburrimiento? ¿Por qué no supe transformar, llegado el momento oportuno, esta imaginación, estos sueños, en una mayor aspiración, en un terreno más fértil? La lejanía era prometedora, del mismo modo que podía serio el «mañana», ese mismo que mis padres invocaban cuando no querían responder a una de mis preguntas, aplazando, por falta de tiempo o por una procrastinación cruel, la satisfacción de su querida cabecita rubia. «Mañana, prometido.» Veía a mi padre sobre todo los fines de semana. Su trabajo lo era todo para él. «Es muy importante tener un buen trabajo», decía a menudo, lo que mi madre confirmaba siempre que podía diciendo: «Escucha a tu padre, que tiene razón». Del mismo modo que un caballero se enfrenta al fuego cruzado de un dragón con dos cabezas, sentado a la mesa de la cocina, yo digería el plato de puré con jamón y los discursos de mi padre sobre el trabajo, gracias al cual había ascendido unos grados en la escala social. Él creía que sus prerrogativas profesionales le permitirían seguir ascendiendo. Cada seguro de vida que cerraba, lo elevaba un poco más. Pero con los primeros efectos de la crisis económica, convencer a los clientes se iba haciendo más y más difícil. «Ha sido por culpa del hundimiento del precio del petróleo», me explicaba. Yo me imaginaba dos barcos colisionando en mitad del Atlántico, sin entender muy bien por qué los remolinos provocados por el choque podían contrariar a su empresa. ¿Cuántas veces vino a besarme cuando ya estaba dormido? ¿Cuántas veces antes de que un ladrillo de Lego olvidado en el suelo me descubriera esta costumbre suya y lo obligara a renunciar a ella?

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