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Authors: John le Carré

Tags: #Espionaje

El sastre de Panamá

BOOK: El sastre de Panamá
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Un hombre sencillo se ve involucrado en un caso de espionaje que terminará en tragedia. Todo ocurre en Panamá, cuando se acerca el día en que debe cumplirse el acuerdo de devolución del Canal al gobierno local. Pendel es el mejor sastre del país. Sus manos miden y cortan los trajes del presidente de Panamá, del general al mando de las tropas norteamericanas en el Canal y de toda la gente importante. Su vida transcurre apaciblemente, hasta que en ella irrumpe un ambicioso y torpe agente británico que lo convertirá en su fuente de información privilegiada.

John le Carré

El sastre de Panamá

ePUB v1.1

Perseo
08.07.12

Título original:
The Tailor of Panama

John le Carré, 1996

Diseño/retoque portada: Perseo

Editor original: Perseo (v1.0 a v1.1)

ePub base v2.0

En recuerdo de Rainer Heumann,

agente literario,

caballero y amigo.

Quel Panamá!

Expresión habitual en Francia a principios de siglo. Describe un conflicto insoluble. (véase la admirable obra de David McCullough
The Path Between the Seas
)

Agradecimientos

A ninguna de las personas que me ha ayudado en la elaboración de esta novela debe atribuirse la responsabilidad de sus defectos.

En Panamá, debo expresar mi agradecimiento en primer lugar al eminente novelista norteamericano Richard Koster, quien con gran liberalidad de espíritu se desvió de sus propios asuntos para abrirme muchas puertas, y me ofreció sus sabios consejos. Alberto Calvo me brindó pródigamente su tiempo y su apoyo. Roberto Reichard fue siempre atento conmigo, y hospitalario hasta el exceso. Y cuando el libro estuvo acabado, reveló una innata aptitud para la corrección de textos. El valeroso Guillermo Sánchez, azote de Noriega y hasta el día de hoy alerta paladín del Panamá decente desde las páginas de
La Prensa
, me honró con su lectura del manuscrito acabado y dio el visto bueno, al igual que Richard Wainio de la Comisión del Canal de Panamá, que fue capaz de reír donde hombres de menor talla habrían palidecido.

Andrew y Diana Hyde sacrificaron horas de su precioso tiempo, pese a los gemelos, nunca manifestaron curiosidad indebida por mis propósitos y me ahorraron más de un desliz embarazoso. El doctor Liborio García-Correa y su familia me acogieron en su seno colectivo y me guiaron hasta lugares y personas a los que de otro modo nunca habría accedido. Estaré eternamente agradecido al doctor García-Correa por sus infatigables investigaciones en provecho mío y por las magníficas excursiones que hicimos juntos, en especial a Barro Colorado. Sarah Simpson, supervisora y propietaria del restaurante Pavo Real, me proporcionó incomparable sustento. Hélène Breebart, que confecciona hermosas prendas de vestir para hermosas mujeres panameñas, tuvo la gentileza de asesorarme en la creación de mi sastrería de caballeros. Y el personal del Instituto Smithsonian de Investigación Tropical me obsequió con dos días inolvidables.

Mi retrato del personal de la embajada británica en Panamá es pura fantasía. Los diplomáticos británicos que conocí en Panamá, así como sus esposas, eran sin excepción aptos, diligentes y honrados. Nadie más lejos que ellos de malévolas conspiraciones o el robo de lingotes de oro, y en nada se asemejan, gracias a Dios, a los personajes imaginarios descritos en este libro.

De regreso en Londres, vaya mi agradecimiento a Rex Cowan y Gordon Smith por su aportación respecto a los antecedentes judíos de Pendel, y a Doug Hayward de Mount Street oeste, a quien debo mi primera imagen borrosa de Pendel el sastre. Si uno se pasa por el establecimiento de Doug con la idea de tomarse las medidas para un traje, es muy probable que lo encuentre sentado en su butaca frente a la puerta. Hay allí un acogedor sofá antiguo donde acomodarse y una mesita de centro cubierta de libros y revistas. Lamentablemente no cuelga de su pared el retrato del gran Arthur Braithwaite, ni tolera demasiado bien las habladurías de su probador, donde adopta una actitud dinámica y profesional. Pero si una tarde apacible de verano uno cierra los ojos en su sastrería, quizá oiga el eco lejano de la voz de Harry Pendel alabando las virtudes de la alpaca o los botones de tagua.

En cuanto a la música de Harry Pendel, estoy en deuda con otro gran sastre, Dennis Wilkinson de L. G. Wilkinson, en St. George Street. A Dennis, cuando corta, nada le complace tanto como echar la llave de su taller para aislarse del mundo y escuchar sus clásicos preferidos. Alex Rudelhof me inició en los íntimos misterios del arte de tomar medidas.

Y por último, sin Graham Greene este libro nunca habría nacido. Desde la lectura de Nuestro hombre en La Habana, la idea de un inventor de información nunca ha abandonado mi mente.

J
OHN LE
C
ARRÉ

Capítulo 1

La tarde de aquel viernes se había desarrollado con toda normalidad en el Panamá tropical hasta que Andrew Osnard irrumpió en la sastrería de Harry Pendel y pidió que le tomasen las medidas para un traje. Cuando Osnard irrumpió en el establecimiento, Pendel era una persona. Cuando se marchó, Pendel no era ya el mismo. Tiempo total transcurrido: setenta y siete minutos según el reloj de caoba fabricado por Samuel Collier de Eccles, una de las muchas piezas con valor histórico reunidas en el establecimiento de Pendel & Braithwaite Co., Limitada, sastres de la realeza, antes en Savile Row, Londres, y actualmente en la vía España, Ciudad de Panamá.

O mejor dicho, a un paso de la vía España. Tan cerca, de hecho, que casi no había distancia material. Y más conocido como P & B.

El día comenzó puntualmente a las seis de la madrugada. Pendel se despertó sobresaltado por el estruendo de las sierras de cadena, los edificios en construcción y el tráfico del valle, y por la briosa voz masculina de la Radio de las Fuerzas Armadas.

—Yo no estaba allí, su señoría; eran otros dos tipos. Ella me pegó primero, y lo hice con su consentimiento —anunció Pendel a la mañana, pues tenía una sensación de inminente castigo a pesar de que era incapaz de atribuirle una causa concreta. De pronto recordó que el director de su banco lo esperaba a las ocho treinta y saltó de la cama. Su esposa Louisa masculló «No, no, no» y se tapó la cabeza con la sábana porque para ella el amanecer era el peor momento del día.

—No estaría mal un «Sí, sí, sí», para variar —sugirió Pendel mirándose en el espejo mientras aguardaba a que el agua del grifo saliese caliente—. Pongámosle un poco de optimismo a la vida, ¿no te parece, Lou?

Louisa gimoteó pero su cuerpo permaneció inmóvil bajo la sábana, así que Pendel, para animarse, no encontró mejor distracción que apostillar las palabras del locutor con comentarios presuntamente ingeniosos.

«El comandante en jefe del Mando Sur de Estados Unidos reiteró anoche la firme voluntad de su gobierno de respetar, de palabra y obra, las obligaciones contraídas con Panamá mediante los tratados del Canal», proclamó el locutor con masculina solemnidad.

—Puro camelo, muchacho —replicó Pendel, enjabonándose la cara—. Si fuera verdad, no tendría necesidad de repetirlo una y otra vez, ¿no, general?

«El presidente panameño ha llegado hoy a Hong Kong, primera escala de su gira de dos semanas por las capitales del Sudeste asiático», informó el locutor.

—¡Aquí lo tenemos! —exclamó Pendel, y alzó una mano jabonosa para reclamar la atención de su mujer—. ¡Hablan de tu jefe!

«Viaja acompañado de un equipo de expertos en economía y comercio, entre ellos su asesor en materia de planificación sobre el canal de Panamá, el doctor Ernesto Delgado».

—¡Bravo, Ernie! —dijo Pendel con tono de aprobación, mirando de soslayo a su yacente esposa.

«El próximo lunes la comitiva presidencial reanudará viaje rumbo a Tokio para mantener allí unas decisivas conversaciones sobre el posible incremento de las inversiones japonesas en Panamá», prosiguió el locutor.

—¡Ahora verán esas geishas! ¡Se van a quedar boquiabiertas! —murmuró Pendel mientras se afeitaba la mejilla izquierda—. No saben de lo que es capaz nuestro Ernie.

Louisa despertó con inesperado ímpetu.

—Harry, por favor, no quiero oírte hablar así de Ernesto ni en broma.

—Lo siento, cariño. No se repetirá. Jamás —prometió a la vez que acometía la difícil porción de bigote situada justo debajo de la nariz.

Pero sus palabras no sirvieron para apaciguar a Louisa.

—¿Por qué no invierten en Panamá los panameños? —protestó. A continuación apartó la sábana de un manotazo y se irguió en la cama, luciendo el camisón blanco de hilo que había heredado de su madre—. ¿Por qué tenemos que andar tras el dinero de los
asiáticos
? Somos un país rico. Sólo en esta ciudad hay ciento siete bancos, ¿o no? ¿Por qué no empleamos nuestras ganancias de la droga en construir fábricas, escuelas y hospitales?

Ese «nuestras» no lo decía en sentido literal. Louisa se había criado en la Zona del Canal cuando ésta, en virtud de un abusivo tratado, era territorio estadounidense a perpetuidad, pese a ser una franja de tierra de sólo dieciséis kilómetros de anchura por ochenta de longitud, y hallarse rodeada de menospreciables panameños. Su difunto padre era ingeniero del ejército y, encontrándose destinado en la Zona, se retiró anticipadamente para trabajar al servicio de la Compañía del Canal. Su difunta madre, fiel adepta del libertarianismo, era profesora de religión en un colegio segregado de la Zona.

—Ya sabes lo que dicen, cariño —respondió Pendel, levantándose el lóbulo de una oreja y pasando la navaja por debajo. Se afeitaba con la misma devoción con que otros pintan, feliz entre sus frascos y brochas—. Panamá no es un país; es un casino. Y nosotros conocemos a quienes lo dirigen. Tú trabajas para uno de ellos, ¿no es así?

Ya volvía a las andadas. Cuando tenía la conciencia intranquila, era tan incapaz de medir sus palabras como Louisa de contener sus exabruptos.

—No, Harry, te equivocas. Yo trabajo para Ernesto Delgado, y Ernesto no es uno de
ellos
. Ernesto es un hombre honrado, con ideales, preocupado por salvaguardar el futuro de Panamá como estado libre y soberano en la comunidad de naciones. A diferencia de
ellos
, Ernesto no persigue el lucro personal, no está hipotecando el patrimonio de su país. Eso lo convierte en una persona muy especial y muy poco corriente.

Calladamente avergonzado, Pendel abrió la ducha y probó la temperatura del agua con la mano.

—Otra vez ha caído la presión —dijo sin sucumbir al desaliento—. Nos está bien empleado por vivir en lo alto de un cerro.

Louisa se levantó de la cama y se quitó el camisón. Era alta, de cintura alargada, cabello oscuro e hirsuto, y pechos firmes de deportista. Cuando se olvidaba de sí misma, era hermosa; cuando volvía a recordar quién era, encorvaba los hombros y se sumía en una actitud taciturna.

—Bastaría con un buen hombre, Harry —prosiguió, perseverante, mientras se embutía el pelo en el gorro de baño—. Sólo eso necesitaría este país para salir a flote. Un buen hombre de la valía de Ernesto. No otro demagogo ni otro ególatra. Sencillamente un buen cristiano, un hombre con sentido ético, un administrador íntegro y competente que no se dejase sobornar, capaz de mejorar las carreteras y el alcantarillado, de poner remedio a la pobreza, la delincuencia y el narcotráfico, y de conservar el Canal en lugar de vendérselo al mejor postor. Y Ernesto alberga el sincero deseo de desempeñar ese papel. Así que ni tú ni nadie tenéis por qué difamarla.

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