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Authors: John Steinbeck

Tags: #Drama, Relato, otros

La perla

BOOK: La perla
8.25Mb size Format: txt, pdf, ePub
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Kino, un joven indígena mexicano, fuerte, pescador de perlas, vive en una pequeña ciudad, La Paz, con su pareja de hecho (con quien no se ha casado por no poder permitirse el lujo de pagar al sacerdote que oficie la ceremonia), Juana, y su hijo bebé, Coyotito. Cuando Coyotito es picado por un escorpión, Kino debe encontrar una manera de pagar al médico del pueblo, un hombre blanco extremadamente prejuicioso, para curar a su hijo. Cuando más lo necesita, Kino descubre una enorme perla del tamaño de un huevo de gaviota, sabe que al venderla podrá pagar al médico y más. Sin embargo, otras fuerzas trabajan en contra de sus planes.

La perla
es una historia basada en un cuento popular indígena; explora los secretos de la naturaleza del hombre, las profundidades más oscuras del mal, y los efectos desastrosos de salir de un sistema establecido. Cosas malas suceden si se abusa de la posición social, argumento que presenta el Párroco de esta historia.

John Steinbeck

La perla

ePUB v1.0

Cygnus
19.05.12

Título original:
The Pearl

John Steinbeck, 1947.

Traducción: Francisco Baldiz

Retoque de portada: Cygnus

Editor original: Cygnus

ePub base v2.0

En el pueblo se cuenta la historia de la gran perla… La forma en que fue encontrada y la forma en que se perdió de nuevo. Hablan de Kino, el pescador, y de su esposa, Juana, y del bebé, Coyotito. Y porque la historia ha sido contada tantas veces, se ha arraigado en la mente de cada hombre. Y así como en todo relato vuelto a contar, y que está en los corazones de la gente, hay cosas buenas y malas, cosas en blanco y negro, y cosas buenas y perversas y no cosas a medias en cualquier lugar.

Si esta historia es una parábola, tal vez todo el mundo tome su propio significado de ella y lea su propia vida en esta. En cualquier caso, dicen en el pueblo que…

I

Kino se despertó casi a oscuras. Las estrellas lucían aún y el día solamente había tendido un lienzo de luz en la parte baja del cielo, al este. Los gallos llevaban un rato cantando y los madrugadores cerdos ya empezaban su incesante búsqueda entre los leños y matojos para ver si algo comestible les había pasado hasta entonces inadvertido. Fuera de la casa edificada con haces de ramas, en el plantío de tunas, una bandada de pajarillos temblaban estremeciendo las alas.

Los ojos de Kino se abrieron, mirando primero al rectángulo de luz de la puerta, y luego a la cuna portátil donde dormía Coyotito. Por último volvió su cabeza hacia Juana, su mujer, que yacía a su lado en el jergón, cubriéndose con el chal azul la cara hasta la nariz, el pecho y parte de la espalda. Los ojos de Juana también estaban abiertos. Kino no recordaba haberlos visto nunca cerrados al despertar. Las estrellas se reflejaban muy pequeñas en aquellos ojos oscuros. Estaba mirándolo como lo miraba siempre al despertarse.

Kino escuchaba el suave romper de las olas mañaneras sobre la playa. Era muy agradable, y cerró los ojos para escuchar su música. Tal vez sólo él hacía esto o puede que toda su gente lo hiciera. Su pueblo había tenido grandes hacedores de canciones capaces de convertir en canto cuanto veían, pensaban, hacían u oían. Esto era mucho tiempo atrás. Las canciones perduraban; Kino las conocía, pero sabía que no habían seguido otras nuevas. Esto no quiere decir que no hubiese canciones personales.

En la cabeza de Kino había una melodía clara y suave, y si hubiese podido hablar de ella, la habría llamado
La Canción Familiar
.

Su manta le cubría hasta la nariz para protegerlo del aire desagradablemente húmedo. Sus ojos se movieron al oír un rumor a su lado. Era Juana levantándose casi sin ruido. Descalza, se acercó a la cuna de Coyotito, se inclinó sobre él y pronunció una palabra de cariño. Coyotito miró un momento hacia arriba, cerró los ojos y volvió a dormirse.

Juana fue hacia el fogón, extrajo un tizón y lo aireó para reavivarlo mientras dejaba caer sobre él algunas astillas.

Kino se había levantado envuelto en su manta. Deslizó los pies en sus sandalias y salió a ver la aurora.

Al traspasar la puerta se inclinó para rodear mejor sus piernas con el borde de la manta. Veía las nubes sobre el Golfo como hogueras en el firmamento. Una cabra se acercó a él resoplando y mirándolo con sus ojos fríos y ambarinos. A su espalda el fuego de Juana llameaba lanzando flechas de luz entre las rendijas de la pared de ramaje y haciendo de la puerta un cuadro de luz oscilante. Una polilla lo atravesó en busca del fuego.
La Canción Familiar
sonaba ahora detrás de Kino, y su ritmo era el de la muela de piedra que Juana movía para triturar el grano de las tortas matinales.

El alba llegaba rápida ya, un destello, un relámpago y luego una explosión ígnea al surgir el sol del fondo del Golfo. Kino miró al suelo para librar sus ojos del resplandor. Oía el batir de la masa de las tortas y su aroma sobre la batea del horno. En el suelo las hormigas se apresuraban, divididas en dos castas: grandes y relucientes, pequeñas y parduscas, mucho más veloces. Kino las observó con la indiferencia de un dios mientras una de las pequeñas trataba frenéticamente de escapar a la trampa de arena que una hormiga-león había preparado para ella.

Un perro flaco y tímido se aproximó y a una suave llamada de Kino se acurrucó, colocó el extremo de la cola sobre sus patas y apoyó delicadamente su hocico sobre una estaca hundida en el suelo. Era negro, con manchas amarillentas donde debiera tener las cejas. Aquella era una mañana como otras y sin embargo perfecta entre todas. Oyó el leve crujir de las cuerdas al sacar Juana a Coyotito de su cuna, lavarlo y envolverlo en su chal de modo que quedara muy cerca de su seno. Kino podía ver todo esto sin mirarlo. Juana cantaba en voz baja una vieja canción que sólo tenía tres notas y, no obstante, interminable variedad de pausas. Esto también formaba parte de
La Canción Familiar
, como todo. A veces llegaba a ser un acorde doloroso que ponía nudos en la garganta, musitando: «esto es certeza, esto es calor, esto lo es
todo
».

Al otro lado de la empalizada había otras casas de ramas, de las que también salía humo y los rumores previos al desayuno, pero aquellas eran otras canciones, los cerdos otros cerdos, las esposas unas distintas de Juana. Kino era joven y fuerte y su cabello negro caía sobre su morena frente. Sus ojos eran cálidos y fieros y su bigote exiguo y áspero. Libró su nariz de la manta, porque el aire oscuro y venenoso había huido y la luz dorada del sol caía sobre la casa. Junto a la cerca dos gallos se encaraban con las alas combadas y las plumas del cuello erizadas. Su lucha era torpe; no eran gallos de pelea. Kino los miró un momento y luego sus ojos se alzaron hacia una bandada de palomas silvestres que se dirigían hacia las montañas, al interior, recogiendo luz sobre sus cuerpos blancos. El mundo ya estaba despierto, y Kino se incorporó y entró en su choza.

Cuando atravesó la puerta, Juana estaba en pie, algo apartada del centelleante fogón. Devolvió a Coyotito a su cuna y empezó a peinarse la negra cabellera hasta formar dos trenzas a cuyos extremos ató dos cintas verdes. Kino se agachó junto al hogar, extrajo una tortilla caliente, la mojó en salsa y se la comió. Luego bebió un poco de pulque y dio por terminado su desayuno, el único que había conocido exceptuando los días de fiesta y un increíble banquete de pastelillos que había estado a punto de matarlo. Cuando Kino hubo acabado, Juana regresó al fuego y desayunó. En una ocasión habían hablado, pero no hay necesidad de palabras cuando se actúa por hábito. Kino suspiraba satisfecho, y ésta era suficiente conversación.

El sol caldeaba la cabaña, atravesando sus paredes discontinuas. Uno de los delgados rayos cayó sobre la cuna de Coyotito y las cuerdas que la sostenían.

Fue un instante en que dirigieron sus miradas a la cuna, y entonces ambos se quedaron rígidos. Por la cuerda que sostenía el lecho infantil en la pared un escorpión descendía lentamente. Su venenosa cola estaba extendida tras él pero podía encogerla en un segundo.

La respiración de Kino se hizo silbante y tuvo que abrir la boca para impedirlo. Su expresión había perdido el aire de sorpresa y su cuerpo ya no estaba rígido. A su cerebro acudía una nueva canción, la Canción del Mal, la música del enemigo, una melodía salvaje, secreta, peligrosa, bajo la cual la Canción Familiar parecía llorar y lamentarse.

El escorpión seguía bajando por la cuerda hacia el pequeño. En su interior, Juana repetía una vieja fórmula mágica para guardarse del peligro, y, más audible, un Avemaría entre dientes. Pero Kino se movía ya. Su cuerpo atravesaba el cuarto suave y silenciosamente. Llevaba las manos extendidas, las palmas hacia abajo, y tenía puestos los ojos en el escorpión. Bajo éste, Coyotito reía y levantaba la mano para cogerlo. La sensación de peligro llegó al bicho cuando Kino estaba casi a su alcance.

Se detuvo, su cola se levantó lentamente sobre su cabeza y la garra curva de su extremo surgió reluciente.

Kino estaba absolutamente inmóvil. Oía el susurro mágico de Juana y la música cruel del enemigo. No podía moverse hasta que lo hiciera el escorpión, consciente ya de la muerte que se le acercaba. La mano de Kino se adelantaba muy despacio, y la cola venenosa seguía alzándose. En aquel momento Coyotito, riéndose, sacudió la cuerda y el escorpión cayó.

La mano de Kino había saltado a cogerlo, pero pasó frente a sus dedos, cayó sobre el hombro de la criatura y descargó su ponzoña. Al momento Kino lo había cogido entre sus manos, aplastándolo. Lo tiró al suelo y empezó a golpearlo con el puño, mientras Coyotito lloraba de dolor. Kino siguió golpeando al enemigo hasta que no fue más que una mancha húmeda en el polvo. Sus dientes estaban al descubierto, el furor ardía en sus ojos y la Canción del Enemigo rugía en sus oídos.

Pero Juana había cogido al pequeño en sus brazos. Encontró la herida ya enrojecida, la rodeó con sus labios, aspiró fuerte, escupió y volvió a succionar mientras Coyotito chillaba, Kino permaneció en suspenso, su ayuda de nada servía, era un estorbo.

Los gritos del pequeño atrajeron a los vecinos, que fueron surgiendo de sus casuchas de ramaje. El hermano de Kino, Juan Tomás, su gorda esposa Apolonia y sus cuatro hijos se agolparon en la puerta bloqueando el paso mientras detrás de ellos otros trataban de mirar adentro y un pequeñuelo se deslizaba entre las piernas de los demás para ver mejor. Los que estaban delante pasaban la noticia a los de atrás.

«Escorpión». «Ha picado al pequeño».

Juana dejó de chupar la herida un momento. El orificio era un poco mayor y sus bordes estaban blancos por la succión, pero la roja hinchazón se extendía cada vez más en torno suyo formando un duro bulto linfático. Toda aquella gente sabía cuanto había que saber del escorpión. Un adulto podía ponerse muy enfermo, pero un niño fácilmente podía morir. Sabían que primero venía la hinchazón, luego la fiebre y la sequedad de garganta, después dolorosas contracciones del estómago y por último Coyotito podía morir si había entrado en su cuerpo suficiente veneno. Los gritos del pequeño se habían convertido en gemidos.

Kino había admirado muchas veces la férrea contextura de su paciente y frágil mujer. Ella, obediente, respetuosa, alegre y paciente, era capaz de retorcerse, en los dolores del parto sin exhalar un grito. Sabía soportar el hambre y la fatiga incluso mejor que el mismo Kino. En la canoa era fuerte como un hombre, y ahora hacía una cosa del todo sorprendente.

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