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Authors: Andrzej Sapkowski

Tags: #Fantasía épica

La sangre de los elfos

BOOK: La sangre de los elfos
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En verdad os digo que se acerca el tiempo de la espada y el hacha, la época de la tormenta salvaje. Se acerca el Tiempo del Invierno Blanco y de la Luz Blanca. El Tiempo de la Locura y el Tiempo del Odio, el Tiempo del Fin. El mundo morirá entre la escarcha y resucitará de nuevo junto con el nuevo sol. Resucitará de entre la Antigua Sangre, de Hen Ichaer, de la semilla sembrada. De la semilla que no germina sino que estalla en llamas. ¡Así será! ¡Contemplad las señales! Qué señales sean, yo os diré: primero se derramará sobre la tierra la sangre de los Aen Seidhe, la Sangre de los Elfos...

Andrzej Sapkowski

La sangre de los elfos

La saga de Geralt de Rivia - Libro III

ePUB v2.1

ikero
04.07.12

Elaine blath, Feainnewedd

Dearme aen a'cáelme tedd

Eigean evelienn deireádh

Que'n esse, va en esseáth

Feainnewedd, elaine blath!

—Florecillas, nana y canción de cuna de los elfos.-

Capítulo primero

Florecillas, nana y canción de cuna de los elfos.

En verdad os digo que se acerca el tiempo de la espada y el hacha, la época de la tormenta salvaje. Se acerca el Tiempo del Invierno Blanco y de la Luz Blanca. El Tiempo de la Locura y el Tiempo del Odio, Tedd Deireádh, el Tiempo del Fin. El mundo morirá entre la escarcha y resucitará de nuevo junto con el nuevo sol. Resucitará de entre la Antigua Sangre, de Hen Ichaer, de la semilla sembrada. De la semilla que no germina sino que estalla en llamas.

¡Ess'tuath esse! ¡Así será! ¡Contemplad las señales! Qué señales sean, yo os diré: primero se derramará sobre la tierra la sangre de los Aen Seidhe, la Sangre de los Elfos...

Aen Ithlinnespeath, profecía de Ithlinne Aegli aep Aevenien

 

La ciudad estaba ardiendo.

Las estrechas callejuelas que conducían hasta el foso, hacia la primera terraza, vomitaban humo y brasas, las llamas devoraban los bálagos de los tejados apelotonados de los edificios, lamían los muros del castillo. Desde occidente, desde el lado de la puerta de los muelles, llegaba un estruendo, el sonido de una lucha encarnizada, los secos golpes del ariete que hacían temblar las murallas.

Los atacantes les rodearon inesperadamente, rompiendo la barricada que defendían unos pocos soldados, burgueses con alabardas y algunos migueletes de los gremios. Los caballos cubiertos con negras mantas volaron por encima de la barrera como espectros, unas hojas claras y brillantes sembraron la muerte entre los defensores que huían.

Ciri sintió cómo el jinete que la llevaba en el arzón sujetaba violentamente el caballo. Escuchó su grito.
Agárrate
, gritaba. ¡
Agárrate
!.

Otros jinetes con los colores de Cintra les adelantaron, volaron a cortar a los nilfgaardianos. Ciri lo vio con el rabillo del ojo, durante un instante: un loco torbellino de capas negras y blanquiamarillas entre el gemido del acero, el golpeteo de las espadas sobre los escudos, el relincho de los caballos...

Un grito. No, no un grito. Un aullido.

¡
Agárrate
!

Miedo. Cada sacudida, cada tirón, cada paso del caballo desgarra dolorosamente las manos aferradas a las bridas. Las piernas, crispadas en una posición incómoda, no encuentran apoyo, los ojos lloran del humo. Los brazos que la envuelven ahogan, sofocan, aplastan dolorosamente las costillas. A su alrededor se alzan los gritos, tales como jamás había oído.

¿Qué se le puede hacer a un ser humano para que grite así?.

Miedo. Un miedo que deja sin fuerza, que paraliza, que ahoga.

De nuevo el chirrido del hierro, el relincho de los caballos. Las casas a su alrededor bailan, unas ventanas que vomitan fuego aparecen de pronto allí donde un momento antes sólo había una calleja embarrada, cubierta de cadáveres, llena de los haberes que habían desechado los fugitivos. El jinete a sus espaldas estalla de pronto en una extraña y ronca tos. Sobre la mano aferrada a las riendas borbotea la sangre. Un aullido. El silbido de una flecha.

Una caída, un choque, un doloroso golpe con la armadura. Junto al estrépito de los cascos pasa fugazmente sobre la cabeza el vientre de un caballo y una sobrecincha deshilachada, un segundo vientre de caballo, unas bardas destrozadas. Unos crujidos, como los que produce la madera de un árbol al romperse. Pero no es un árbol, se trata de hierro contra hierro. Un grito, sofocado y sordo, aquí junto a ella algo enorme y negro se desploma sobre el barro con un chapoteo, salpicando sangre. Un pie acorazado tiembla, se agita, huella la tierra con unas enormes espuelas.

Un tirón. Alguna fuerza la empuja hacia arriba, la arrastra sobre el arzón.

¡
Agárrate
! De nuevo una carrera agitada, un galope de locura. Las manos y los pies buscan apoyo desesperadamente. El caballo se pone de patas. ¡
Agárrate
! ... No hay apoyo. No hay... No hay... Sólo hay sangre. Cae el caballo. No es posible saltar, no es posible liberarse, escapar de la tenaza de los brazos cubiertos por la loriga. No es posible escapar de la sangre que se vierte sobre la cabeza, sobre la nuca.

Un choque, el chasquido del barro, un violento golpe contra la tierra, que parece extraordinariamente inmóvil tras la cabalgada salvaje. El penetrante y ronco relincho del caballo que intenta alzar las ancas. El trueno de las herraduras, las cuartillas y pezuñas de caballos que les sobrepasaban. Negras capas y negras bardas. Un grito.

En la calleja hay fuego, una crepitante muralla roja de fuego. Contra ella, un jinete, enorme, parece alcanzar con su cabeza hasta por encima de los tejados ardientes. Cubierto con unas bardas negras, el caballo baila, agita la testa, rebufa.

El jinete la mira. Ciri ve el brillo de sus ojos a través de la rendija de su gran yelmo, adornado con las alas de un ave de presa. Ve el reflejo del fuego sobre la ancha hoja de la espada que sujeta con la mano bajada.

El jinete mira. Ciri no puede moverse. Se lo impiden las manos inertes del muerto, que la aferran por el cinturón. La inmoviliza algo pesado y húmedo de sangre, algo que está tendido sobre su muslo y la clava a la tierra.

Y la inmoviliza el miedo. Un monstruoso miedo que le retuerce las entrañas, que provoca que Ciri deje de escuchar los gruñidos del caballo herido, el bramido de las llamas, los gritos de las víctimas y el golpeteo de los tambores. Lo único que existe, que cuenta, que tiene significado, es el miedo. El miedo, que ha adoptado la forma de un caballero negro con un yelmo adornado de plumas, parado ante el fondo de la roja pared de un incendio desatado.

El jinete espolea al caballo, se agitan las alas del ave de presa en su yelmo, el pájaro se prepara para el vuelo. Para el ataque a una víctima desarmada, paralizada del miedo. El pájaro —o puede que el caballero— grita, chilla, horrible, terrible, triunfal. El caballo negro, la armadura negra, la capa negra ondeando, y detrás de todo esto el fuego, un mar de fuego.

El miedo.

El pájaro chilla. Las alas se agitan, las plumas le golpean la cara. ¡El miedo!

Ayuda. Por qué nadie me ayuda. Estoy sola, soy una niña, no tengo defensa, no me puedo mover, no puedo siquiera alzar la voz desde mi garganta aterrada. ¿Por qué nadie acude a ayudarme
?

¡
Tengo miedo
!

Los ojos ardientes en las rendijas del gran yelmo alado. La capa negra oculta todo...

—¡Ciri!

Se despertó bañada en sudor, entumecida, y su propio grito, el grito que la había despertado, aún temblaba, vibraba allá en su interior, dentro del pecho, le ardía en su seca garganta. Dolían las manos aferradas a la manta, dolían las espaldas...

—Ciri. Cálmate.

A su alrededor, la noche, oscura y ventosa, bramando monótona y melodiosamente sobre las copas de los pinos, chirriando en los troncos. Ya no había incendio ni gritos, no quedaba más que aquella susurrante canción de cuna. A su lado se retorcía la luz y el calor del fuego del vivac, las llamas brillaban en las hebillas de la impedimenta, lanzaban destellos rojizos sobre la empuñadura y la guarnición de la espada apoyada en la silla de montar. No había otro fuego ni otra espada. La mano que tocaba sus mejillas olía a cuero y cenizas. No a sangre.

—Geralt...

—Sólo era un sueño. Un mal sueño.

Ciri temblaba con fuerza, retorciendo los brazos y los pies. Un sueño. Sólo un sueño.

El fuego había empezado ya a extinguirse, los leños de abedules son rojos y diáfanos, se resquebrajan, saltan con un fuego celeste. El fuego ilumina los cabellos blancos y el agudo perfil del hombre que la cubre con la manta y la zamarra.

—Geralt, yo...

—Estoy a tu lado. Duerme, Ciri. Tienes que descansar. Tenemos un largo camino por delante todavía.

Escucho una música, pensó de pronto. Entre estos susurros... hay una música. Música de laúd. Y voces. Princesa de Cintra... Hija del destino... Niña de la Vieja Sangre, la sangre de los elfos. Geralt de Rivia, el Brujo Blanco y su destino. No, esto es una leyenda. La invención de un poeta. Ella está muerta. La mataron en las calles de una ciudad, mientras huía...

Agárrate
...
agárrate
...

—¿Geralt?

—¿Qué, Ciri?

—¿Qué me hizo? ¿Qué sucedió entonces? ¿Qué... me hizo?

—¿Quién?

—El jinete... El jinete negro de las plumas en el casco... No recuerdo nada. Él gritó... y me miró. No recuerdo qué sucedió. Sólo que tenía miedo... Tenía tanto miedo...

El hombre se agachó, el resplandor del fuego brilló en sus ojos. Eran unos ojos extraños. Muy extraños. La Ciri de antes se sentía atemorizada ante estos ojos, no le gustaba mirarlos. Pero esto era antes. Mucho antes.

—No recuerdo nada —murmuró, mientras buscaba la mano de él, una mano dura y áspera como una madera sin pulir—. Aquel jinete negro...

—Sólo fue un sueño. Duerme tranquila. Ya no volverá.

Ciri había oído antes esta afirmación. Le había sido repetida muchas, muchas veces, le habían tranquilizado con ella cuando se despertaba en mitad de la noche gritando. Pero ahora era distinto. Ahora lo creía. Porque ahora lo decía Geralt de Rivia, el Lobo Blanco. Un brujo. Aquél que era su destino. Aquél a quien ella estaba destinada. El brujo Geralt, que la había encontrado entre la guerra, la muerte y el desespero, se la había llevado consigo y prometido que ya nunca más se separarían.

Se durmió sin soltar la mano de él.

El bardo terminó de cantar. Inclinando lentamente la cabeza, repitió en el laúd el motivo principal del romance, con delicadeza, bajito, en un tono más alto que el aprendiz que le acompañaba.

Nadie dijo nada. Excepto la música cada vez más tenue sólo se escuchaba el rumor de las hojas y el crujido de las ramas del gigantesco roble. Y luego, de pronto, surcó el espacio el prolongado berrido de una cabra que estaba atada con una soga a alguno de los carros que rodeaban el árbol prehistórico. En aquel momento, como a una señal, se alzó uno de los que escuchaban reunidos en un amplio semicírculo. Echando sobre los hombros una capa azul cobalto bordada con cordoncillos dorados, se inclinó rígido y con distinción.

—Te doy las gracias, maese Jaskier —dijo con sonoridad aunque en voz no muy alta—. Dejad que sea yo, Radcliffe de Oxenfurt, Maestro de los Arcanos Mágicos, quien probablemente en nombre de todos los aquí presentes, pronuncie palabras de agradecimiento y reconocimiento de tu gran arte y tu talento.

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