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Authors: Edgar Rice Burroughs

Tags: #Aventuras, Fantástico

Los pueblos que el tiempo olvido (10 page)

BOOK: Los pueblos que el tiempo olvido
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El kro-lu permaneció silencioso y estatuario, contemplando lo que sucedía. No hizo ningún intento por escapar, aunque no tenía los pies atados y ninguno de los guerreros se quedó a vigilarlo. Eran diez los band-lu que venían hacia mí. Abatí a tres de ellos con mi pistola tan rápidamente como un hombre podría contar hasta tres, y entonces mi rifle habló cerca de mi hombro izquierdo, y otro de ellos se tambaleó y cayó al suelo. ¡Valiente Ajor! Nunca había disparado antes en toda su vida, aunque yo le había enseñado a apuntar y a apretar el gatillo con suavidad. Había practicado a menudo, pero yo no esperaba haber hecho de ella una tiradora de precisión tan rápidamente.

Con seis compañeros apartados tan fácilmente de la lucha, los otros seis restantes buscaron refugio entre unos matorrales y comenzaron un consejo de guerra. Deseé que se marcharan, pues no quería desperdiciar munición, y temía que si preparaban otro ataque algunos de ellos llegaran a alcanzarnos, pues ya estaban bastante cerca. De repente uno de ellos se levantó y arrojó su lanza. Fue la más maravillosa exhibición de velocidad de la que he sido testigo jamás. Me pareció que apenas se había enderezado cuando la lanza había recorrido ya la mitad de su camino, cayendo como una flecha hacia Ajor. ¡Y fue entonces, con aquella pequeña vida en peligro, cuando hice el mejor disparo de mi vida! No apunté conscientemente; fue como si mi mente subconsciente, impulsada por un poder aún más fuerte que la autoconservación, dirigiera mi mano. ¡Ajor estaba en peligro! Simultáneamente al pensamiento mi pistola ocupó su posición, una veta de pólvora incandescente marcó el camino de la bala desde su boca; y la lanza, quebrada la punta, se desvió de su camino. Con un aullido de desazón los seis band-lu abandonaron su escondite y corrieron hacia el sur.

Me volví hacia Ajor. Estaba muy blanca y con los ojos muy abiertos, pues los dedos de la muerte habían estado a punto de alcanzarla. Una pequeña sonrisa asomó a sus labios, y una expresión de gran orgullo a sus ojos.

—¡Mi Tom! -dijo, y tomó mi mano en la suya. Eso fue todo, «¡Mi Tom!», y un apretón en la mano. ¡Su Tom! Algo se agitó en mi interior. ¿Era júbilo o era consternación? ¡Imposible! Me di la vuelta, casi con brusquedad.

—¡Vamos! -dije, y avancé hacia el kro-lu prisionero.

El kro-lu se nos quedó mirando con estólida indiferencia. Supongo que esperaba que lo matara; pero si así era, no mostró ningún signo externo de temor. Sus ojos, indicando su gran interés, estaban fijos en mi pistola o el rifle que todavía llevaba Ajor. Corté sus ligaduras con mi cuchillo. Mientras lo hacía, una expresión de sorpresa tiñó y animó la altiva reserva de su semblante. Me miró, intrigado.

—¿Por qué haces esto conmigo? -preguntó.

—Eres libre -respondí-. Vete a casa, si quieres.

—¿Por qué no me matas? -inquirió-. Estoy indefenso.

—¿Por qué debería matarte? He arriesgado la vida y la de esta joven dama para salvar la tuya. ¿Por qué, por tanto, debería tomarla ahora?

Naturalmente, no dije «joven dama», ya que no hay ningún término caspakiano equivalente; pero tengo que tomarme considerables libertades con la traducción de las conversaciones en caspakiano. Hablar siempre de una hermosa joven como una «ella» puede ser literal, pero dista mucho de ser galante.

El kro-lu concentró su firme mirada en mí durante al menos un minuto. Entonces volvió a hablar.

—¿Quién eres tú, hombre de muchas pieles? -preguntó-. Tu ella es galu; pero tú no eres ni galu ni kro-lu ni brand-lu, ni ningún otro tipo de hombre que yo haya visto antes. Dime de dónde viene un guerrero tan poderoso y un enemigo tan poderoso.

—Es una larga historia -respondí-, pero basta decir que no soy de Caspak. Soy extranjero aquí, y, aceptémoslo, no soy tu enemigo. No tengo ningún deseo de ser enemigo de ningún hombre de Caspak, con la posible excepción del guerrero galu Du-seen.

—¡Du-seen! -exclamó él-. ¿Eres enemigo de Du-seen? ¿Y porqué?

—Porque quiso hacer daño a Ajor -repliqué-. ¿Lo conoces?

—No puede conocerlo -dijo Ajor-. Du-seen se alzó de entre los kro-lu hace mucho tiempo, y tomó un nuevo nombre, como hacen todos cuando llegan a una nueva esfera. No puede conocerlo, ya que no hay ninguna relación entre los kro-lu y los galus.

El guerrero sonrió.

—Du-seen se alzó no hace tanto como para que no lo recuerde bien -dijo-, y recientemente ha decidido acabar con las antiguas leyes de Caspak: ha tenido relación con los kro-lu. Du-seen quiere ser jefe de los galus, y ha acudido a los kro-lu en busca de ayuda.

Ajor se quedó de una pieza. Aquello era increíble. Nunca habían tenido relaciones amistosas los kro-lu y los galus: según las salvajes leyes de Caspak eran enemigos mortales, pues sólo así pueden mantener su individualidad las diversas razas.

—¿Se unirán a él los kro-lu? -preguntó Ajor-. ¿Invadirán el país de Jor, mi padre?

—Los kro-lu más jóvenes favorecen el plan -replicó el guerrero-, pues creen que así se convertirán en galus inmediatamente. Esperan evitar los largos años de cambio que deben pasar en el curso ordinario de los hechos y de un solo golpe convertirse en galus. Los que somos kro-lu mayores les decimos que aunque ocupen la tierra de los galu y lleven las pieles y adornos del pueblo dorado, seguirán sin ser galus hasta que llegue el momento en que estén maduros para elevarse. También les decimos que nunca se convertirán en una auténtica raza galus, ya que seguirá habiendo entre ellos algunos que no podrán elevarse. Una cosa es atacar de vez en cuando el país galu para saquearlo, como nuestro pueblo hace, pero intentar conquistarlo y mantenerlo es una locura. Por mi parte, me contento con esperar hasta que me llegue la llamada. Siento que no puede estar lejos.

—¿Cuál es tu nombre? -preguntó Ajor.

—Chal-az -respondió el hombre.

—¿Eres el jefe de los kro-lu?

—No, es Altan quien es jefe de los kro-lu del este -respondió Chal-az.

—¿Y está en contra del plan para invadir el país de mi padre?

—Por desgracia está a favor -respondió el hombre-, ya que acaba de llegar a la conclusión de que es batu. Ha sido jefe desde siempre, antes de que llegara de los band-lu, y no he podido ver ningún cambio en él en todos estos años. De hecho, todavía parece más band-lu que kro-lu. Sin embargo, es un buen jefe y un poderoso guerrero, y si Du-seen lo persuade para su causa, los galus puede que tengan un jefe kro-lu antes de que pase mucho tiempo… Du-seen además de los otros, pues Al-tan nunca consentirá en ocupar una posición subordinada, y una vez que plante un pie victorioso en Galu, no lo retirará sin lucha.

Les pregunté qué significaba batu, ya que no había oído antes la palabra. Traducida literalmente, es equivalente a acabado, terminado, y se aplica al progreso evolutivo individual en Caspak, y con esta información se desarrolló el interesante hecho de que no todos los individuos son capaces de elevarse a través de todas las etapas hasta la de los galus. Algunos nunca progresan más allá del estado alu; otros se detienen como bo-lu, como sto-lu, como band-lu o como kro-lu. Los ho-lu de la primera generación pueden llegar a convertirse en alus; los alus de la segunda generación pueden convertirse en bo-lu, mientras que hacen falta tres generaciones de bo-lu para convertirse en band-lu, y así hasta que el progenitor kro-lu por un lado debe ser de la sexta generación.

No me quedó suficientemente claro ni siquiera con esta explicación, pues no podía comprender cómo podía haber distintas generaciones de gente que al parecer no tenía hijos. Sin embargo empecé a ver un leve atisbo de las extrañas leyes que gobiernan la propagación y la evolución en esta extraña tierra. Ya conocía que las charcas cálidas que siempre se encuentran cerca de los terrenos tribales estaban muy relacionadas con el esquema evolutivo caspakiano, y que la diaria inmersión de las hembras en las aguas verdes y fangosas era una respuesta a alguna ley natural, ya que no se podía obtener placer ni limpieza de lo que casi parecía un rito religioso. Sin embargo, seguía sin entenderlo, ni al parecer Ajor podía iluminarme, pues se veía obligada a usar palabras que yo no lograba comprender y cuyo significado le era imposible explicar.

Mientras hablábamos, nos sorprendió una conmoción entre los matorrales y entre los troncos de los árboles que nos rodeaban, y simultáneamente un centenar de guerreros kro-lu aparecieron y nos rodearon. Saludaron a Chal-az con una andanada de preguntas mientras se acercaban lentamente desde todas direcciones, sus pesados arcos equipados con largas y afiladas flechas. Nos miraron a Ajor ya mí con deseo en un caso y recelo en el otro, pero después de que escucharan la historia de Chal-az, su actitud fue más amistosa. Un gran salvaje se encargó de hablar. Era una montaña humana, aunque perfectamente proporcionado.

—Este es el jefe Al-tan -dijo Chal-az a modo de presentación.

Entonces le contó mi historia, y Al-tan me hizo muchas preguntas sobre la tierra de la que procedía. Los guerreros se congregaron alrededor para oír mis respuestas, y hubo muchas expresiones de incredulidad mientras hablaba de lo que para ellos era otro mundo, del yate que me había traído sobre las vastas aguas, y del avión que me había traído como un jo-oo sobre la cumbre de las montañas. Fue la mención del hidroavión lo que precipitó el primer clamor escéptico, y entonces Ajor salió en mi defensa.

—¡Yo lo vi con mis propios ojos! -exclamó-. Lo vi volar por el aire en batalla con un jo-oo. Los alus me estaban persiguiendo, y lo vieron y huyeron.

—¿De quién es esta ella? -exigió Al-tan de repente, los ojos fijos ferozmente en Ajor.

—Ella es mía -respondí, aunque no sé qué fuerza me impulsó a decirlo. Pero un instante después me alegré de haber dicho esas palabras, pues la expresión del rostro orgulloso y feliz de Ajor fue recompensa suficiente.

Al-tan la miró durante varios minutos y luego se volvió hacia mí.

—¿Puedes conservarla? -preguntó, con una leve mueca de desdén en el rostro.

Yo coloqué la palma de la mano sobre mi pistola y contesté que podía. Él vio el movimiento, miró la culata de la automática que sobresalía de su cartuchera, y sonrió. Entonces se dio la vuelta y, tras alzar su gran arco, colocó una flecha y tensó la cuerda. Sus guerreros, con rostro sonriente, lo observaron en silencio. Su arco era el más fuerte y el más pesado de todos. Un hombre poderoso debía ser para tensarlo; sin embargo, Al-tan tiró de la cuerda hasta que la punta de piedra de la flecha tocó su índice izquierdo, y lo hizo con suma facilidad. Entonces alzó la flecha hasta el nivel de su ojo derecho, la mantuvo allí durante un instante y la soltó. Cuando la flecha se detuvo, había atravesado hasta asomar la mitad por el tronco de un árbol situado a quince metros de distancia. Al-tan y sus guerreros se volvieron hacia mí con expresiones de inmensa satisfacción en los rostros, y entonces, al parecer para exhibirse ante Ajor, el jefezuelo se balanceó un par de veces, haciendo oscilar sus grandes brazos y sus fornidos hombros, como un vencedor borracho en un baile de verbena.

Vi que algún tipo de respuesta era necesaria, así que con un solo movimiento desenfundé mi pistola, apunté a la flecha que todavía temblaba y apreté el gatillo. Al sonido de la detonación, los kro-lu saltaron hacia atrás y alzaron sus armas; pero como yo sonreía, se calmaron y volvieron a bajarlas, siguiendo mi mirada hasta el árbol: la flecha de su jefe había desaparecido, y a través del tronco del árbol se veía un agujero que marcaba el paso de mi bala. Fue un disparo si puedo decirlo, y la necesidad tuvo que guiar aquella bala: yo simplemente tenía que hacer un buen tiro, para poder establecer inmediatamente mi posición, pero no estoy seguro de que eso ayudara a mi causa con Al-tan. Mientras que podría haber condescendido para tolerarme como una curiosidad inofensiva e interesante, ahora, por el cambio en su expresión, parecía considerarme bajo una nueva y desfavorable luz. No puedo extrañarme, conociendo a los de su calaña, ¿pues no lo había dejado en ridículo ante los ojos de sus guerreros, venciéndolo en su propio juego? ¿Qué rey, salvaje o civilizado, podría perdonar tal imprudencia? Al ver sus negras miradas, consideré pertinente, sobre todo por bien de Ajor, poner fin a la entrevista y continuar nuestro camino. Pero cuando me dispuse a hacerlo, Al-tan nos detuvo con un gesto, y sus guerreros nos rodearon.

—¿Qué significa esto? -exigí, y antes de que Al-tan pudiera responder, Cha-laz alzó la voz en nuestra defensa.

—¿Es esta la gratitud de un jefe kro-lu, hacia alguien que te ha servido salvando a uno de tus guerreros del enemigo… salvándolo de la danza de la muerte de los band-lu?

Al-tan guardó silencio durante un instante, y entonces su ceño se despejó, y la leve imitación de una expresión agradable luchó por cobrar vida mientras decía:

—El extranjero no será dañado. Sólo quería retenerlo para que pueda participar esta noche en el festín de la aldea de Al-tan el kro-lu. Por la mañana puede continuar su camino. Al-tan no lo retrasará.

Yo no me quedé tranquilo del todo, pero quería ver el interior de la aldea kro-lu, y de todas formas sabía que si Al-tan pretendía traicionarnos no estaría más en su poder por la mañana que ahora mismo. De hecho, durante la noche podría encontrar alguna oportunidad para escapar con Ajor, mientras que en este momento ninguno de nosotros podía esperar escapar ileso del círculo de guerreros. Por tanto, para desarmarlo de cualquier pensamiento que yo pudiera tener respecto a su sinceridad, acepté de inmediato y cortésmente su invitación. Su satisfacción fue evidente, y cuando partimos hacia su aldea caminó a mi lado, haciendo muchas preguntas sobre el país de donde yo procedía, sus gentes y sus costumbres. Parecía muy intrigado por el hecho de que pudiéramos caminar de día o de noche sin miedo a ser devorados por bestias o reptiles salvajes, y cuando le hablé de los grandes ejércitos que tenemos, su mente simple no pudo comprender el hecho de que existieran solamente para matar seres humanos.

—Me alegro de no habitar en tu país entre gentes tan salvajes -dijo-. Aquí, en Caspak, los hombres se enfrentan a los hombres cuando se encuentran… hombres de diferentes razas, pero sus armas son primero para matar a las bestias en la caza o para defenderse. No creamos armas solamente para matar hombres como hace tu gente. Tu país debe ser un país salvaje, y has tenido suerte de poder escapar y llegar a la paz y seguridad de Caspak.

Ese era un punto de vista nuevo y refrescante: yo no podía contradecirlo después de lo que le había contado a Altan de la gran guerra que asolaba Europa desde hacía más de dos años antes de que yo saliera de casa.

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