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Authors: Edgar Rice Burroughs

Tags: #Aventuras, Fantástico

Los pueblos que el tiempo olvido (5 page)

BOOK: Los pueblos que el tiempo olvido
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Pero mi alegría fue breve, y mi corazón se encogió una vez más cuando un momento más tarde vi una poderosa zarpa hurgar en la abertura… una zarpa tan grande como una sartén. Muy suavemente la zarpa jugueteó con la gran roca que cerraba en parte la entrada, empujó y tiró y luego muy deliberadamente la sacó hacia afuera y la hizo a un lado. De nuevo apareció la cabeza, y esta vez llegó mucho más adentro de la cueva, pero los grandes hombros no pudieron atravesar la abertura. Ajor se acercó más a mí hasta que su hombro tocó mi costado y aunque sentí un ligero temblor recorrer su cuerpo, no dio ninguna otra muestra de temor. Involuntariamente la rodeé con el brazo izquierdo y la atraje hacia mí durante un instante. Fue un acto de consuelo más que una caricia, aunque debo admitir que una vez más e incluso ante el rostro de la muerte me sentí extasiado por su contacto; entonces la solté y me llevé el rifle al hombro, pues había llegado a la conclusión de que no ganaría nada más esperando. Mi única esperanza era meterle a la criatura tantas balas como fuera posible antes de que cayera sobre mí. Ya había apartado una segunda roca y estaba a punto de introducir su enorme masa por la abertura que había creado.

Así que apunté con cuidado entre sus ojos. Mis dedos se cerraron con firmeza sobre la caja del fusil, apoyando el dedo del gatillo con la acción muscular de la mano. ¡La bala no podía fallar! Contuve la respiración para no alterar ni un pelo el cañón. Permanecí inmóvil y tranquilo, como no había estado jamás ante un blanco, y tuve plena consciencia de que sería un disparo perfecto: sabía que no podía fallar. Y entonces, cuando el oso se abalanzó hacia mí, el percutor cayó… inútilmente, contra un cartucho defectuoso.

Casi simultáneamente oí desde fuera un rugido infernal: el oso daba voz a una serie de gruñidos que transcendían en volumen y ferocidad todo lo que hubiera ensayado hasta el momento, mientras salía de la cueva. Por un instante no pude comprender qué había sucedido para causar esta súbita retirada cuanto tenía prácticamente su presa al alcance. La idea de que el golpe del percutor lo hubiera asustado era demasiado ridícula. Sin embargo, no tuvimos que esperar mucho antes de poder al menos suponer la causa de la diversión, pues desde fuera llegaron gruñidos y rugidos mezclados y el sonido de grandes cuerpos debatiéndose y haciendo temblar la tierra. El oso había sido atacado por detrás por alguna otra bestia poderosa, y los dos estaban ahora enzarzados en una titánica lucha por la supremacía. Con breves interludios, durante los cuales pudimos oír la jadeante respiración de los contrincantes, la batalla continuó durante casi una hora hasta que los sonidos del combate se fueron reduciendo gradualmente y al fin cesaron por completo.

A sugerencia de Ajor, hecha con signos y con unas pocas de las palabras que teníamos en común, trasladé la hoguera a la entrada de la caverna de modo que una bestia tendría que atravesar directamente las llamas para alcanzarnos, y luego nos sentamos y esperamos a que el vencedor de la batalla viniera y reclamara su recompensa. Pero aunque permanecimos sentados largo rato con los ojos pegados a la abertura, no vimos ningún signo de ninguna bestia.

Por fin, indiqué a Ajor que se acostarán, pues sabía que ella debía tener sueño, y monté guardia hasta casi por la mañana, cuando la muchacha despertó e insistió en que descansara un poco. No me pude negar, pues me tumbó en el suelo mientras me amenazaba riendo con su cuchillo.

Capítulo III

C
uando desperté, era de día y encontré a Ajor ante un fino lecho de brasas asando un trozo de carne de antílope. Créanme, la visión del nuevo día y el delicioso olor de la carne me llenó de una renovada sensación de felicidad y esperanza que casi había perdido con la experiencia de la noche anterior. Quizás la esbelta figura de aquella muchacha de rostro alegre resultara un potente paliativo. Me miró y me sonrió, mostrando aquellos dientes perfectos, rebosante de clara felicidad: la imagen más adorable que he visto jamás. Recuerdo que fue entonces cuando lamenté por primera vez que no fuera más que una pequeña salvaje inculta y estuviera tan por debajo de mí en la escala de la evolución.

Su primer acto fue llamarme para que la siguiera al exterior, y allí fue señalando para explicar el motivo que nos había librado del oso: un enorme tigre de dientes de sable, su hermosa piel y su carne rota en pedazos, yacía muerto a unos cuantos metros de nuestra cueva, y a su lado, igualmente destrozado, y sin entrañas, se encontraba el cadáver de un enorme oso cavernario. Que un tigre de dientes de sable te salve la vida, y en el siglo veinte además, era una experiencia única por decir poco; pero había sucedido: tenía la prueba ante mis ojos.

Tan enormes son los grandes carnívoros de Caspak que deben alimentarse perpetuamente para mantener sus gigantescos músculos, y el resultado es que comen la carne de cualquier criatura y atacan a todo lo que se pone a su alcance, no importa lo formidable que sea la presa. Por observaciones posteriores (y menciono esto porque es digno de la atención de paleontólogos y naturalistas), he llegado a la conclusión de que criaturas como el oso cavernario, el león de las cavernas y el tigre de dientes de sable, así como los más grandes reptiles carnívoros, hacen, corrientemente, dos presas al día: una por la mañana y otra después de la noche. Inmediatamente devoran todo el cadáver, y después se tienden y duermen durante unas cuantas horas. Por fortuna su número es comparativamente escaso: de lo contrario no habría otra vida en Caspak. Es su voracidad lo que mantiene su número reducido hasta un punto que permite que vivan otras formas de vida, pues incluso en la época de apareamiento los grandes machos a menudo se vuelven contra sus hembras y las devoran, mientras que tanto machos como hembras a menudo devoran a sus crías. Cómo han conseguido sobrevivir las razas humanas y semihumanas durante todas las incontables eras en que estas condiciones deben de haber existido es algo que escapa a mi entendimiento.

Después de desayunar Ajor y yo nos pusimos de nuevo en marcha en nuestro camino hacia el norte. Habíamos recorrido una pequeña distancia cuando fuimos atacados por varias criaturas de aspecto simiesco armadas con palos. Parecían un poco más altas en la escala que los alus. Ajor me dijo que eran bo-lu, u hombres-maza. Un disparo mató a uno y dispersó a los otros, pero varias veces después durante el día fuimos amenazados por ellos, hasta que dejamos su país y entramos en el de los sto-lu, u hombres-hachas. Estos eran menos velludos y más similares a los hombres, y no parecían tan ansiosos por destruirnos. Más bien mostraban curiosidad, y nos seguían a cierta distancia examinándonos con atención. Nos llamaron, y Ajor les respondió: pero sus respuestas no parecieron satisfacerlos, pues gradualmente se volvieron amenazadores, y creo que se estaban preparando para atacarnos cuando un pequeño ciervo que se escondía entre los matorrales abandonó de pronto su escondite y apareció ante nosotros. Necesitábamos carne fresca, pues eran casi la una y yo tenía hambre, así que desenfundé mi pistola y con un solo tiro abatí a la criatura. El efecto sobre los bo-lu fue eléctrico. Inmediatamente abandonaron todo pensamiento de guerra, y se dieron la vuelta y corrieron al bosque que bordeaba nuestro camino.

Pasamos esa noche junto a un pequeño arroyo en el país de los sto-lu. Encontramos una caverna diminuta en la orilla rocosa, tan oculta que sólo la casualidad podría indicar a una bestia de presa su emplazamiento, y después de comer la carne del ciervo y algunas frutas que Ajor había recogido, nos metimos en el pequeño agujero, y con palos y piedras recogidos para la ocasión alcé una fuerte barricada en la entrada. Nada podría alcanzarnos sin nadar y chapotear por el arroyo, y me sentí bastante seguro de que no iban a atacarnos. Nuestro espacio era pequeño. El techo era tan bajo que no podíamos permanecer de pie, y el suelo tan estrecho que con dificultad cabíamos los dos; pero estábamos muy cansados, y nos las apañamos. Tan grande era la sensación de seguridad que estoy seguro de que me quedé dormido en cuanto me tumbé junto a Ajor.

Durante los tres días que siguieron nuestros avances, fueron exasperantemente lentos. Dudo que hiciéramos quince kilómetros en los tres días. El país era horriblemente salvaje, de modo que nos veíamos obligados a pasar horas seguidas escondiéndonos de una u otra de las grandes bestias que nos amenazaban continuamente. Había menos reptiles, pero la cantidad de carnívoros parecía haber aumentado, y los reptiles que vimos eran gigantescos. Nunca olvidaré un enorme espécimen que encontramos pastando entre los juncos al borde del gran mar. Tenía más de tres metros y medio de altura en la grupa, su punto más alto, y con su cola enormemente larga y su cuello medía entre veinticinco y treinta metros de longitud. Su cabeza era ridículamente pequeña; su cuerpo no estaba acorazado, pero su gran masa hacía que su aspecto fuera formidable. Mi experiencia de la vida en Caspak me llevó a crear que aquella gigantesca criatura nos atacaría nada más vernos, así que alcé mi rifle y al mismo tiempo me fui dirigiendo a unos matorrales que ofrecían refugio; pero Ajor tan sólo se echó a reír, y cogiendo un palo, corrió hacia el gran animal, gritando. La cabecita se alzó en el largo cuello mientras el animal miraba estúpidamente acá y allá en busca del autor del ruido. Por fin sus ojos descubrieron a la diminuta Ajor, y entonces ella lanzó el palo a la diminuta cabeza. Con un grito que parecía el balido de una oveja, la colosal criatura se volvió hacia el agua y pronto se sumergió.

Mientras recordaba lentamente mis estudios universitarios y mis lecturas sobre paleontología en los libros de texto de Bowen, me di cuenta de que había estado contemplando nada menos que a un diplodocus del Jurásico Superior; ¡pero qué distinta era la criatura viva y real de las burdas restauraciones de Hatcher y Holland! Yo tenía la impresión de que el diplodocus era un animal terrestre, pero evidentemente era en parte anfibio. He visto a varios desde mi primer encuentro, y en cada caso la criatura se dirigió al mar para ocultarse en cuanto fue molestada. Con la excepción de su gigantesca cola, no tiene armas de defensa: pero con ese apéndice puede descargar golpes terribles con los que puede abatir incluso a un oso cavernario gigante. Es una bestia estúpida, sencilla y amable… una de las poquísimas criaturas de Caspak a quienes puede cuadrar esa descripción.

Durante tres noches dormimos en los árboles, pues no encontramos cuevas ni ningún otro sitio donde ocultarnos. Aquí estábamos libres de los ataques de los grandes carnívoros terrestres, pero los reptiles voladores más pequeños, las serpientes, leopardos y panteras eran una amenaza constante, aunque en modo alguno tan temibles como las enormes bestias que surcaban la superficie de la tierra.

A finales del tercer día Ajor y yo podíamos conversar con considerable fluidez, y fue un gran alivio para ambos, sobre todo para Ajor. Ahora ella no hacía más que preguntarme cuando la dejaba, cosa que no podía ser todo el tiempo, pues nuestra supervivencia dependía en gran parte de la rapidez con que yo pudiera obtener conocimiento de la geografía y las costumbres de Caspak, y por tanto yo también tenía muchas cosas que preguntarle.

Disfrutaba enormemente escuchándola y respondiéndole, tan ingenuas eran muchas de sus preguntas y tan llenas de asombro por las cosas que le contaba del mundo más allá de las altas barreras de Caspak; ni una sola vez pareció dudar de mí, por maravillosas que pudieran haber parecido mis declaraciones; y sin duda eran causa de asombro en Ajor, que jamás había soñado antes que existiera vida ninguna más allá de Caspak y la vida que conocía.

Por simples que fueran muchas de sus preguntas, evidenciaban un agudo intelecto y una astucia que parecía muy superior a la experiencia que indicaba su edad. Empecé a considerar que mi pequeña salvaje era una persona interesante y sociable, y a menudo di gracias al destino que había hecho que nuestros caminos se cruzaran. De ella aprendí muchas cosas de Caspak, pero seguí sin resolver el misterio que tanto había intrigado a Bowen Tyler: la total ausencia de crías jóvenes entre las razas humanas, semihumanas y simias con las que tanto ella como yo habíamos entrado en contacto en las orillas opuestas del mar interior. Ajor trató de explicarme el asunto, aunque estaba claro que no podía concebir cómo una condición tan natural debería exigir explicación. Me dijo que entre los galus había unos cuantos bebés, que una vez ella había sido un bebé pero que la mayoría de su gente «venía», como ella lo dijo «cor sva jo», o literalmente, «desde el principio». Y como todos hacían cuando usaban esa frase, indicaba el sur con un amplio gesto.

—Durante mucho -explicó, acercándose mucho a mí y susurrando- me las palabras al oído mientras dirigía miradas aprensivas alrededor y sobre todo hacia el cielo-, durante mucho mi madre me tuvo oculta para que los wieroo, que pasan por el aire de noche, no vinieran y me llevaran a Oo-oh.

Y la muchacha se estremecía al pronunciar la palabra. Intenté que me contara más cosas, pero su terror era tan real cuando hablaba de los wieroo y de la tierra de Oo-oh donde habitaban que al final desistí, aunque sí aprendí que los wieroo se llevaban solamente a bebés femeninos y ocasionalmente a mujeres de los galus que habían «venido desde el principio». Todo era muy misterioso e insondable, pero me dio la impresión que los wieroo eran criaturas imaginarias, los demonios o dioses de su raza, omniscientes y omnipresentes. Esto me llevó a suponer que los galus tenían un sentido religioso, y nuevas preguntas me convencieron de que así era. Ajor hablaba con tono reverente de Luata, la diosa del calor y la vida. La palabra se deriva de otras dos: Lua, que significa sol, y ata que significa huevos, vida, joven y reproducción. Ella me contó que adoraban a Luata en varias formas, como fuego, el sol, los huevos y otros objetos materiales que sugerían calor y reproducción.

Yo había advertido que cada vez que encendía una hoguera, Ajor esbozaba en el aire con un dedo un triángulo isósceles, y que hacía lo mismo por la mañana cuando veía por primera vez el sol. Al principio no conecté su acto con nada en concreto, pero después de que aprendiéramos a conversar y que me explicara un poco de sus supersticiones religiosas, me di cuenta de que hacía el signo del triángulo como un católico hace el signo de la cruz. Siempre el lado desigual del triángulo quedaba hacia arriba. Mientras me lo explicaba, indicó los adornos de sus brazaletes de oro, en el pomo de su daga y en la banda que rodeaba su pierna derecha por encima de la rodilla: siempre era el diseño hecho en parte con triángulos isósceles, y cuando explicó el significado de esta figura geométrica, comprendí de inmediato su sentido.

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