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Authors: Edgar Rice Burroughs

Tags: #Aventuras, Fantástico

Los pueblos que el tiempo olvido

BOOK: Los pueblos que el tiempo olvido
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Entre mares helados, rodeado por acantilados inexpugnables, allá donde ningún hombre se ha atrevido a poner el pie, se alza una isla continente descubierta brevemente por un explorador italiano que le dio su nombre: CAPRONA, conocida por sus extraños habitantes como Caspak. Es la tierra que el tiempo olvidó, un rompecabezas evolutivo donde razas de hombres y animales juegan un extraño ritual que sólo puede tener dos resultados: la muerte o la ascensión a un plano superior.

De los dinosaurios a los mamuts, de los antepasados del Homo sapiens a los fantasmagóricos seres voladores que pueblan sus valles, cazadores y presas parecen proceder de un mismo limo primigenio que sigue sus propias reglas. Un mundo salvaje y violento, donde la vida no vale nada y los desdichados náufragos que llegan a sus junglas descubrirán que ni siquiera su tecnología de hombres de los albores del siglo veinte puede asegurarles una superioridad para la que tendrán que luchar a brazo partido, en todo momento, contra homínidos y bestias... Edgar Rice Burroughs le da la vuelta a las teorías de la evolución. El resultado, una aventura apasionante.

La segunda novela de la trilogía de Caspak, titulada “Los pueblos que el tiempo olvidó” (“The people that time forgot“) retoma la acción justo donde se quedó la anterior. De acuerdo con una artimaña muy del gusto de Burroughs, la primera parte se había presentado como la transcripción de un diario que Tyler había conseguido sacar de Caprona, confiándola a las corrientes marinas en un termo. Así pues, una vez hallado, impulsa una operación de rescate, comandada por su secretario y compañero Tom Billings, con tan mala fortuna que en el vuelo de exploración (a bordo de un hidroavión llevado en piezas hasta la costa de Caprona) Tom es atacado por Pterodáctilos y se estrella. Esto, al menos, le permite conocer a Ajor, una bella ga-lu, junto a la que emprende el camino hacia el norte, atravesando el territorio de los Ala-lu (hombres sin habla), Bo-lu (hombres-maza), Sto-lu (hombres-hacha), Band-lu (hombres-lanza) y Kro-lu (hombres-arco), lo que le permite a Burroughs desarrollar un sistema evolutivo apenas insinuado en el fragmento anterior, según el cual cada individuo va pasando alternativamente por cada estadio evolutivo, permaneciendo en determinado territorio hasta que siente la llamada y es elevado hasta el estamento superior.

Por supuesto, no faltan las peleas con diversas bestias antediluvianas, ni el ga-lu traidor, que compite con Tom por la posesión de Ajor al tiempo que planea una revuelta contra su rey ayudado por un grupo de Kro-lu (en un desarrollo que presenta no pocas similitudes con la trama típica de Haggard, en que el explorador del exterior acaba interfiriendo con sus poderosas armas en un conflicto civil, en donde es fácil distinguir al bárbaro irredento del noble salvaje).

Edgar Rice Burroughs

Los pueblos que el tiempo olvido

Serie de Caspak - 1

ePUB v1.0

OZN
01.09.12

Título original:
he People that Time Forgot

Edgar Rice Burroughs, 1918.

Traducción: Rafael Marín Trechera

Ilustraciones: Desconocido

Diseño/retoque portada: OZN

Editor original: OZN (v1.0)

ePub base v2.0

Capítulo I

M
e veo obligado a admitir que aunque había recorrido una larga distancia para entregar el manuscrito de Bowen Tyler a su padre, todavía me sentía un poco escéptico en lo referido a su sinceridad, ya que no podía dejar de recordar que no habían pasado demasiados años desde que Bowen fuera uno de los bromistas más notables de su
alma mater
. Lo cierto es que mientras estaba sentado en la biblioteca Tyler en Santa Mónica, comencé a sentirme un poco tonto y a desear haber enviado el manuscrito por correo en vez de entregarlo personalmente, pues confieso que no me gusta que se rían de mí. Tengo un sentido del humor muy bien desarrollado… cuando la broma no es a mi costa.

Esperábamos al señor Tyler sénior de un momento a otro. El último vapor de Honolulú había traído la información de la fecha de llegada prevista para su yate, el Toreador, que ahora traía veinticuatro horas de retraso. El secretario del señor Tyler, que se había quedado en casa, me aseguró de que no había ninguna duda de que el Toreador había zarpado según lo prometido, ya que conocía a su jefe lo bastante bien para estar seguro de que tan sólo un acto de Dios sería capaz de impedirle que hiciera lo que había planeado hacer. Yo también era consciente de que el telégrafo del Toreador estaba sellado, y que sólo se utilizaría en caso de extrema necesidad. Por tanto, no había otra cosa que hacer sino esperar, y esperamos. Discutimos sobre el manuscrito y aventuramos algunas suposiciones referidas a él y a los extraños acontecimientos que relataba. El hundimiento por un torpedo del barco en el que Bowen J. Tyler Jr. viajaba a Francia para unirse al cuerpo de ambulancias norteamericano era bien sabido, y por medio de un cable a las oficinas en Nueva York de los propietarios yo había podido establecer que una señorita La Rué se encontraba en efecto entre el pasaje. Aún más, ni ella ni Bowen aparecían mencionados en la lista de supervivientes: tampoco se habían recuperado sus cadáveres.

Era perfectamente posible que hubieran sido rescatados por un remolcador inglés, y la captura del U-33 enemigo por parte de la tripulación del remolcador no era descabellada tampoco; y sus aventuras durante el peligroso viaje que la traición y el engaño de Benson extendió hasta que se encontraron en aguas del lejano Pacífico Sur sin provisiones y con los depósitos de agua envenenados, aunque bordeaban lo fantástico, parecían bastante lógicas según eran narradas, caso a caso, en el manuscrito.

Caprona siempre ha sido considerada una tierra más o menos mítica, aunque fuera descubierta por un eminente navegante del siglo dieciocho; pero la narración de Bowen hacía que pareciera muy real, no importaba cuántas millas de desconocido océano se interpusieran entre nosotros. Sí, la narración nos hizo pensar. Estábamos de acuerdo en que en su mayor parte era improbable; pero ninguno de nosotros podía decir que nada de lo que contenía estuviera por encima de lo posible. Las extrañas flora y fauna de Caspak eran tan posibles bajo las densas y cálidas condiciones atmosféricas del cráter supercalentado como lo fueron en la era Mesozoica bajo condiciones casi exactamente similares, que entonces probablemente se extendían a todo el mundo. El secretario había oído hablar de Caproni y sus descubrimientos, pero admitía que nunca había dado mucho crédito a una cosa ni a otra. Estábamos de acuerdo en que lo que más costaba trabajo de entender era la total ausencia de humanos jóvenes entre las diversas tribus con las que Tyler se había relacionado. Era lo único que no tenía sentido en el manuscrito. ¡Un mundo de adultos! Era imposible.

Especulamos sobre el probable destino de Bowen y su grupo de marineros ingleses. Tyler había encontrado las tumbas de dos de ellos; ¡cuántos más podrían haber perecido! Y la señorita La Rué… ¿podría una joven haber sobrevivido a los horrores de Caspak después de haber sido separada de todos los de su propia especie? El secretario se preguntaba si Nobs estaba todavía con vida, y ambos sonreímos ante esta táctica aceptación de la verdad de toda la increíble historia.

—Supongo que soy un bobo -observó el secretario-, pero por Júpiter, no puedo dejar de creerlo, y puedo ver a esa muchacha ahora, con el gran perrazo a su lado protegiéndola de los terrores de hace un millón de años. Puedo ver la escena entera: los simiescos hombres de Grimaldi acurrucados en sus sucias cuevas; los enormes pterodáctilos surcando el denso aire con sus alas de murciélago; los poderosos dinosaurios moviendo sus torpes moles bajo las oscuras sombras de los bosques preglaciares… los dragones que considerábamos mitos hasta que la ciencia nos enseñó que eran los auténticos recuerdos del primer hombre, transmitidos a través de incontables generaciones de padres a hijos desde el amanecer de la humanidad.

—Es estupendo… si es cierto -repliqué yo-. ¡Y pensar que posiblemente todavía estén vivos, Tyler y la señorita La Rué, rodeados de horribles peligros, y que posiblemente Bradley viva todavía, y algunos miembros de su grupo! No puedo dejar de desear continuamente que Bowen y la chica hayan encontrado a los demás; por lo último que supo Bowen de ellos, quedaban seis: el contramaestre Bradley, el maquinista Olson, y Wilson, Whitely, Brady y Sinclair. Podrían albergar alguna esperanza si pudieran unir sus fuerzas. Pero separados, me temo que no podrían durar mucho.

—¡Si no hubieran dejado que los prisioneros alemanes capturaran el U-33! Bowen tendría que haber tenido más sentido y no haber confiado en ellos. Es muy posible que von Schoenvorst consiguiera regresar a Kiel y ahora mismo ande por ahí con una Cruz de Hierro colgada del cuello. Con un gran suministro de petróleo de los pozos que descubrieron en Caspak, con agua y provisiones de sobra, no hay ningún motivo para que no pudieran atravesar el túnel sumergido bajo los acantilados y escapar.

—No me caen nada bien -dijo el secretario-, pero a veces hay que reconocerles el mérito.

—Sí -gruñí yo-. ¡Y no hay nada que me guste más que reconocérselo como se merecen!

Entonces sonó el teléfono.

Lo atendió el secretario, y mientras yo lo miraba, vi que abría la boca y la cara se le ponía blanca.

—¡Dios mío! -exclamó mientras colgaba el receptor, como si estuviera en trance-. ¡No puede ser!

—¿Qué? -pregunté.

—El señor Tyler está muerto -respondió con voz apagada-. Murió en el mar, de repente, ayer.

Ocupamos los diez días siguientes enterrando al señor Bowen J. Tyler Sénior, y haciendo planes para el rescate de su hijo. Tom Billings, el secretario del difunto señor Tyler, se encargó de todo. Es la fuerza, la energía, la iniciativa y el buen juicio personificados. Nunca he visto a un joven más dinámico. Manejó abogados, juicios y notarios como un escultor maneja su barro para esculpir. Los manejó, les dio forma y los obligó a cumplir su voluntad. Había sido compañero de facultad de Bowen Tyler, y hermano de su fraternidad, y antes de eso había sido un pobre vaquero sin recursos en uno de los grandes ranchos Tyler. El señor Tyler Sénior lo había elegido entre miles de empleados y lo había ayudado; o más bien Tyler le había dado la oportunidad, y luego Billings se hizo a sí mismo. Tyler Júnior, tan buen juez de hombres como su padre, se había hecho amigo suyo, y entre los dos habían forjado a un hombre que habría muerto por Tyler tan rápidamente como lo habría hecho por su bandera. Sin embargo no había nada de extravagante ni de engreído en Billings: normalmente no muestro mi entusiasmo hacia nadie, pero Billings es lo más cerca que considero de cómo es un hombre normal y corriente. Me arriesgo a decir que antes de que Bowen J. Tyler lo enviara a la universidad nunca había oído la palabra ética, y sin embargo estoy igualmente seguro de que en toda su vida no ha transgredido nunca el código ético de un caballero americano.

Diez días después de que desembarcaran el cadáver del señor Tyler del Toreador, zarpamos al Pacífico en busca de Caprona. Éramos un grupo de cuarenta, incluyendo al capitán y la tripulación del Toreador; el indomable Billings iba al mando. Hicimos una larga y aburrida búsqueda de Caprona, pues el viejo mapa que el secretario había localizado por fin era impreciso. Cuando sus ominosas murallas por fin se alzaron ante nosotros entre las brumas del océano, estábamos tan lejos al sur que era difícil decidir si nos encontrábamos en el Pacífico Sur o en la Antártida. Los icebergs eran numerosos, y hacía mucho frío.

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