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Authors: Andrei Rubanov

Tags: #Fantasía, #Ciencia ficción

Clorofilia (3 page)

BOOK: Clorofilia
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Saveliy Hertz sabía también que no debía nada a nadie, y también le encantaba disfrutar de la vida (algo que le enseñaron en el colegio unos pedagogos sabios y pacientes), pero procedía de una clase social insignificante llamada en otro tiempo
intelligentsia
, y en ese entorno se consideraba de buen tono hacer algo, complicarse la vida en aras de la utilidad social, dar un empujón al progreso. Desde su más tierna infancia a Saveliy le habían inculcado el desprecio a la ociosidad.

Pero Bárbara había reconocido muchas veces que se reía de su aporte a la sociedad; ella trabajaba solamente porque no sabía hacia dónde encauzar su energía.

Pero independientemente de las diferencias en cuanto a sus orígenes y forma de ver las cosas, ambos se llevaban de maravilla.

Desde allí ya no subieron en ascensor sino por las escaleras mecánicas. Iban más despacio, pero a la vez era más interesante. La alegre despreocupación de los pisos setenta daba paso a la severidad y los colores suaves de los pisos ochenta. Aquí no podían entrar los holgazanes, porque para un ciudadano que no trabajaba, los niveles de los pisos ochenta estaban sencillamente fuera de su alcance. Aquí casi todos estaban ocupados en algo o vivían a costa del dinero de los padres, pero también con mesura e inteligencia. Nadie andaba por ahí deambulando ni se pasaba medio día en los salones de masaje, galerías comerciales y hoteles express. Aquí alguno que otro tenía un aspecto lúgubre. Se podían oír improperios y exclamaciones de despecho. Aquí tenían su sede las grandes compañías comerciales, que vendían a los europeos pobres madera y agua del lago Baikal, y en despachos extraordinarios preparaban sus pequeños negocios los intermediarios, que repartían los «arroyuelos» dinerarios que llegaban a través del gobierno procedentes de la Siberia china. Los repartidores no de arroyuelos, sino de ríos y mares, se sentaban en los niveles noventa; allí, por encima de la copa de los tallos más altos, gozaba de luz solar la élite de Moscú: los más ricos, los más influyentes, la gente más ladina y terrible.

En el piso ochenta y tres atravesaron una sala, dispuesta de tal forma que cualquier persona que llegara allí se llenaba de una noble y especial melancolía: el agua de las fuentes borboteaba suavemente, y junto a las chimeneas de alta tecnología con llamas de verdad, en unos sillones espaciosos, se sentaban mujeres y hombres bronceados hasta casi la negrura, preocupados no de gastar el dinero que les llegaba gratuitamente de los chinos, sino de multiplicarlo. Sonriéndose unos a otros, enseñaban los dientes, pintados, según la última moda, con un barniz de color rojo intenso.

Saveliy abrió la puerta de abedul de Karelia, dejó pasar a Bárbara y entró en la sala de redacción de la odiosísima, escandalosísima y popularísima revista moscovita
Lo Más
.

Capítulo 2

Todo el que cruzaba el umbral de la redacción lo primero que veía era la mayor atracción del lugar: un sillón de estilo chippendale
[3]
famoso en todo Moscú, tapizado con una piel reluciente. Fabricado por encargo, era exactamente dos veces y media más grande que cualquier otro sillón normal y medía tres metros de altura. A los protagonistas de cada número de la revista los fotografiaban sentados en el regazo del gigante o bien con él de fondo; esto era considerado un honor, y al mismo tiempo, los personajes de las entrevistas, en contraste con los ciclópeos cojines y brazos del sillón, parecían, por lo general, gamberros de poca edad o muchachitas que sacaban buenas notas y mantenían las piernas muy juntitas. Mediante este sillón único se cultivaba una broma paradójica: «Vamos a escribir que eres el no va más, pero te inmortalizaremos con el aspecto de un tonto. Si accedes a ello, entonces serás al cien por cien un auténtico no va más».

Saveliy y Bárbara avanzaron hasta llegar a la sala general inundada de luz. En la redacción odiaban la distribución por despachos, todos trabajaban a la vista de los demás. A un empleado que estaba en mitad de una importantísima conversación podían tirarle encima una pelota de papel o la cáscara de una naranja. En primer lugar, para que se relajara, y en segundo, para que no olvidara que no hay nada extraordinariamente importante. Existe solamente lo más de lo más y todo lo demás.

Aquí, a la espera de que comenzara la reunión general semanal, se congregaba el núcleo pensante de la revista, los que creaban personalmente cada número. A saber: la menudita Valentina Mertvago, redactora de la sección de noticias, y dos periodistas que hacían de todo: Pruzhinov, un hombre enjuto de pelo castaño y aspecto frío, esnob despiadado, con una capacidad de trabajo notable, y Gosha Degot, que era como su opuesto, mal vestido y desaseado, con una mirada inexpresiva. Ambos maestros —junto con Saveliy y Bárbara— llevaban toda la parte creativa: entrevistas, reportajes y analítica. Pero mientras el brillante Pruzhinov sólo iba en ascenso y era considerado en la esfera profesional una estrella en alza de primera categoría, Gosha Degot, a pesar de entregar verdaderas obras de arte, se deslizaba a toda velocidad en la dirección opuesta. Bebía mucho y hacía poco que había pasado por un divorcio. Ahora era el único que no sonreía a los recién llegados.

Junto a la pared estaba sentado en una silla un chico con el pelo de color naranja que a Saveliy le sonaba vagamente. Hertz cayó en la cuenta de que era justamente ese tipo de pelo del que había estado hablando con Bárbara media hora antes en el bar del nivel setenta y cinco.

—Por fin —exclamó sonoramente Pruzhinov—. El viejo no quiere empezar sin vosotros.

Desde la puerta entreabierta de la sala de conferencias se oyó un falsete discordante:

—¿Qué pasa ahí? ¿Se han dignado aparecer nuestros tortolitos?

—¡Sí, señor! —replicó Hertz gritando.

—¡A la mierda el «señor»! Entrad, vamos a empezar.

Todos, incluido el misterioso joven, se levantaron de un salto y entraron casi dándose codazos a la sala contigua, donde, a la cabeza de la mesa, sentado en una silla de ruedas china último modelo, aguardaba a sus feligreses, a sus hijos, a sus esclavos, un viejo menudo con el cuerpo encogido como una momia. Dos decenas de pelos largos que aún conservaba sobre su cráneo gris lleno de pigmentos estaban recogidos hacia atrás en una trenza, y unos dedos exageradamente largos que descansaban sobre el panel de mandos se movieron como si fuera un predador. Sólo él sabía cuántos años tenía. Oficialmente, su edad era de ciento tres años.

Redactor jefe y dueño de la revista
Lo Más
, Mijáil Evgráfovich Pushkov-Riltsev tenía el aspecto de una persona que en su juventud había escrito poemas de amor, pero que en un momento dado se atascó de repente con los versos, el amor y la juventud. En el salón de su apartamento —lo había visto el propio Saveliy—, alrededor de una mesa de juego antigua, estaban sentados, desnudos hasta la cintura, dos modelos holográficos de Sigmund Freud y Karl Marx jugando al Monopoly y dándose capirotazos.

Mirando por una enorme ventana el jefe esperaba a que todos se sentaran.

Gosha Degot tiró a Saveliy de la manga y le susurró:

—Te necesito hoy por la tarde. Ven. No faltes por nada del mundo.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Saveliy interesándose con cierta precaución.

—Nada, pero es muy importante.

Saveliy percibió el olor a algo quemado. Se abstuvo tanto de hacer una mueca como de levantar las cejas como si estuviera impresionado. «Algo muy importante que no es nada. Muy propio de Gosha en su estado actual.»

—¡Hertz! —graznó Pushkov-Riltsev—. ¡Muévete a la derecha! Estás quitando el sol a nuestro colega abstemio.

Gosha Degot se ruborizó. Bárbara, que estaba sentada enfrente de él, apretó los labios para no reírse. En cambio, el muchacho desconocido se rió a mandíbula batiente.

—Entendido —le dijo Saveliy a Gosha en un susurro—. Vendré. Disculpe, jefe —se excusó a continuación Hertz.

—Tú eres el jefe —replicó con violencia Pushkov-Riltsev.

—Yo no soy el jefe —manifestó tranquilamente Hertz.

—Entonces siéntate y no gruñas.

Pruzhinov resopló.

—Empecemos —dijo solemnemente el viejo.

• • •

En la redacción despreciaban y compadecían a Gosha Degot, exactamente en ese orden. Al menos Saveliy, que envidiaba al encorvado y sombrío Gosha, experimentó al principio compasión —como si Gosha tuviera algún defecto físico del tipo estrabismo— y después, inmediatamente, un desprecio igual de fuerte porque el mismo Gosha era culpable de su propio estrabismo.

Siete años antes Gosha había tomado parte en el proyecto experimental Vecinos por encargo de la redacción. En su apartamento instalaron cincuenta cámaras de vídeo minúsculas. Cada participante en el proyecto Vecinos podía observar al detalle la vida de Gosha, incluyendo los aspectos más íntimos. Y por contra, al encender Gosha el televisor tenía acceso a las magistrales transmisiones en color emitidas desde las viviendas de varios miles de participantes más en el proyecto. Se trataba de un proyecto comercial: las familias cuya existencia despertaba el interés de la mayoría de los televidentes entraban en una
rating
especial y recibían ropa y electrodomésticos de los patrocinadores.

Gosha Degot se consideraba una fiera del periodismo. Sus primeros artículos sobre el proyecto Vecinos los leyó ansiosamente todo Moscú. Gosha empezó a estar en buena forma, se vestía bien, dejó de fumar y de soltar obscenidades. No faltaba más, lo estaban observando todo el día (hay que decir que le costó mucho esfuerzo renunciar a los tacos; todos los periodistas son terriblemente malhablados). A Gosha lo envidiaban. Al cabo de un año el proyecto tuvo una gran difusión y se hizo enormemente popular. A Vecinos se apuntaban decenas de miles de personas, principalmente de los pisos inferiores, pertenecientes a las capas pálidas de la población. Los niveles de delitos en la esfera familiar descendieron bruscamente. Los órganos encargados del orden legal celebraban el éxito. Durante los tres primeros años participaron en el proyecto dos tercios de la población de la hiperpolis. Gosha Degot publicó el libro
Yo, su vecino
, y después otro más, y ambos llegaron a estar en la lista de libros más vendidos. Sin embargo, al final del tercer año sucedió algo con la estrella del periodismo. El comportamiento de la estrella cambió. El que una vez fuera un hombre bien acicalado, todo encanto e ingenio, dejó de cuidarse, no se peinaba y evitaba aparecer por su propia casa, pasando el tiempo en el trabajo o en el bar con una copa de licor en la mano.

Por aquella época en el
rating
de Vecinos ocupaba de forma estable el primer puesto la familia Petujov
[4]
: el agresivo papá Petujov, la histérica mamá Petujova, la abuela alcohólica y tres hijas en edad adulta, todas ellas ninfómanas. Las hijas cambiaban de novio constantemente, los corredores de apuestas admitían apuestas sobre cuánto iban a durar con el novio actual. Todos los miembros de la familia hacía tiempo que no trabajaban en ningún sitio, y en general no salían nunca de su amplio apartamento: la puerta de entrada sólo se abría para recibir la siguiente cafetera de parte de los patrocinadores. En una ocasión, una semana después de un grandioso banquete celebrado para conmemorar el quinto aniversario del proyecto, papá Petujov —en aquel momento millonario en rublos, dólares y yuanes—, que esperaba el momento de mayor audiencia, tapió las puertas y ventanas a modo de barricada, tomó un hacha y, gritando: «Yo no soy Petujov, soy Raskólnikov», mató a su mujer, la abuela y las tres hijas. La ejecución tuvo un récord de audiencia de dieciocho millones de espectadores. El centro de control de la ciudad se quemó debido a los cinco millones de llamadas simultáneas que entraron en ese momento.

Entonces el proyecto Vecinos fue suspendido por una orden especial del primer ministro. El mes siguiente fue conocido en todo el país como «el julio sangriento». Cerca de mil personas, antiguos participantes en el proyecto, principalmente gente ya entrada en años, se suicidaron; más de cinco mil se declararon en huelga de hambre, y decenas de miles se manifestaron en las calles. Eso le costó el cargo al primer ministro. El proyecto se reanudó nuevamente. Los intelectuales de los pisos setenta y los ricachones de los ochenta sentían desprecio por Vecinos. La palabra misma se convirtió en un insulto, y la que siempre había sido una inocente palabra, al ser pronunciada ahora probablemente le hacía a uno merecedor de un puñetazo en la jeta. Pero la familia de los Petujov fue sustituida por otra familia de los cien primeros de la lista, con el mismo grado de dignidad que la anterior.

Gosha Degot, que hacía tiempo había abandonado el proyecto, se pasó el último año entero escribiendo el libro
¡No, no soy vuestro vecino!
, pero la inspiración abandonó al «maestro» y los editores no mostraron el más mínimo interés en su obra, ya que nadie quería que se lo asociara seriamente con Vecinos. El sistema por el cual los propios ciudadanos disfrutaban mirándose de reojo resultaba ventajoso para todos. En un momento dado se dijo que el creador de Vecinos —el presidente de la principal compañía accionista Primo Hermano, el multimillonario Golovanov— por poco no consiguió una subvención estatal.

A Saveliy no le gustaba la gente que se compadecía a sí misma, y Gosha Degot —que había sido un chico estupendo— lo único que hacía ahora era eso, suspirar y mirar a todos a los ojos esperando compasión. Su carrera había terminado. Apenas se atrevía a publicar nuevo material, aunque fuera un inocente reportaje sobre una exposición de perros, cuando los intelectuales atiborraban la redacción con cartas exigiendo que echaran inmediatamente a «ese vecino». A Markin, personaje de la televisión y presentador del programa «Ídolos del pasado», Gosha estuvo a punto de romperle el cuello por proponerle participar en él.

La cosa se complicaba por el hecho de que Saveliy era compañero de Gosha Degot.

• • •

—¡Caballeros! —gritó el viejo, expectorando sonoramente—. Antes de empezar voy a anunciar algo. Nos han llegado refuerzos. Tenemos un nuevo empleado en la revista. Les presento a Filipp.

El chico se apartó de la frente un mechón de pelo anaranjado, se puso de pie y saludó asintiendo con la cabeza. Joven, natural, bronceado, olía a la colonia ultramoderna Sol de Pasión. Cabello largo hasta los hombros, rostro alargado con débiles pero perceptibles rasgos de degenerado, camisa de color violeta con aplicaciones interactivas; así era el querubín industrial.

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