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Authors: Andrei Rubanov

Tags: #Fantasía, #Ciencia ficción

Clorofilia

BOOK: Clorofilia
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Moscú, Siglo XXII: Saveliy Hertz trabaja como periodista en «Lo Más», un importante semanario moscovita. El dinero ha dejado de ser un problema: Rusia ha alquilado Siberia a los chinos y la población vive de las rentas.

Pero lo más extraño es que Moscú ha sido invadida por hierba gigante. Cada tallo tiene unos 300 metros de longitud. Es imposible cortarlos o arrancarlos: vuelven a crecer al momento. Lo que es más, la pulpa de la hierba es un poderoso psicoestimulante que provoca la alegría más pura, y no parece tener efectos secundarios. Así que existe una perfecta convivencia entre los seres humanos y la hierba invasora… hasta que algunas personas comienzan a desaparecer…

Andrei Rubanov

Clorofilia

ePUB v1.1

Dirdam
18.04.12

Publicación original: 2009

Traducción: Ester Gómez Parro

Edita: Minotauro

Publicación en castellano: 21 de febrero de 2012

ISBN: 978-84-450-0002-1

Corrección de erratas:

Versión 1.1: Atramentum

Primera parte
Capítulo 1

—Tengo mucha sed —dijo Saveliy.

—Toma. —Bárbara le tendió una botella de agua enriquecida con vitamina A—. Apaga tu sed de vida. ¿Qué te parece el aspecto que tengo hoy?

—Estoy emocionado —respondió Saveliy sin ninguna emoción. No podía soportar el maquillaje interactivo.

—¿Acaso no estoy sexy?

—Tranquila. Estás sexy.

Aceleró y se cambió de carril.

En el kilómetro 30 un tallo crecía justo al lado de la carretera: un tallo vigoroso, de color verde oscuro, que daba la sensación de que se erguía directamente hasta el centro del cielo. Bárbara echó hacia atrás la cabeza y sacudió el pelo con elegancia.

—De cerca tienen un aspecto horroroso, como cubiertos de escamas. Como si una cola de serpiente saliera de la misma tierra.

—Pues no mires —le aconsejó Saveliy—. Ni siquiera te acerques a ellos. Te tomarán por una herbívora.

Bárbara se ofendió visiblemente y sacó pecho con orgullo.

—¿Qué pasa? ¿Tengo yo aspecto de ser herbívora?

—No, pero da igual.

—Dicen que cada año esa hierba crece más y más.

—Sí —contestó Saveliy—. La hierba es cada vez más alta y la oscuridad se va haciendo más espesa. Cada vez hay más gente pálida. El mundo pronto se derrumbará. Quedarán sólo las hierbas y los que viven por encima del piso cien. Los chinos y sus subordinados.

Bárbara, la novia de Saveliy, no se parecía en nada a las mujeres herbívoras. Los herbívoros de ambos sexos —sobre todo si pertenecían al estrato pálido de la población— siempre parecían estar exageradamente activos. Bromeaban y hacían cosas bamboleándose sin descanso, eran descuidados en su vestimenta y siempre estaban intentando hacer colas cerca de cada solario callejero barato. Bárbara, como correspondía a una mujer del piso setenta y cinco, tenía un aspecto mustio, incluso un poco marchito. Esa forma especial de parecer anémica, la inseguridad de sus movimientos, la manera de hablar en voz baja, como con pereza, se consideraba de lo más chic entre la juventud de los pisos superiores. En el conjunto de cualidades se incluían unos hombros fuertes y bonitos y unos pechos singularmente firmes, con una elasticidad parecida a la de las pelotas de tenis.

«Tengo tiempo de sobra —pensó Saveliy—. ¿Por qué no echarse a un lado y aprovechar que tengo a esta dama junto a mí? Es una chica guapa, bien dotada, en la redacción me envidian…»

Al aproximarse al puente de la autopista de YugoZápadnaya —como de costumbre, como ayer y anteayer, como hace diez años— apareció ante la mirada de Saveliy, como en mitad del cielo, una imagen holográfica brillantísima (no se podía apartar los ojos de ella) y al mismo tiempo increíblemente suave, de tenues colores marrón y verde: una hermosa mujer de rostro agradable haciendo constantemente el mismo leve gesto con la mano, y por encima, por debajo, atravesándola y alrededor de ella, se dejaba ver, como si saliera del aire, o de la mismísima organización del sistema de vida local, el principal lema que desde hace ya muchos años tanto ha unido a los moscovitas:

NO DEBES

NADA

A NADIE

Y como siempre, como ayer y anteayer, como hace diez años, Saveliy sonrió y se sintió más ligero. Todo era muy sencillo. Escribe en el cielo, con enormes letras esmeraldinas, una frase sencilla de cinco palabras y todo el mundo será feliz.

Aquí te quieren todos y no esperan nada a cambio. Aquí no debes nada a nadie.

Nadie debe nada a nadie. Nadie tiene obligaciones. Nadie se doblega ante el peso de la necesidad.

En el cruce de Petrosián con Dubovítskaya quedaron atrapados en un atasco. Hacia la ventanilla del coche, abierta debido al calor inhabitual de un día de septiembre, se acercó corriendo un traficante medio desnudo, muy pálido, muy alegre, el típico herbívoro con no menos de cinco años de antigüedad en el trabajo, con el pecho, la espalda y los hombros cubiertos enteramente desde hace tiempo con tatuajes en tres dimensiones ya pasados de moda.

—Cuarta destilación —farfulló, sonriendo.

—Lárgate —le soltó Saveliy.

—Barato —insistió el pálido distribuidor de felicidad—. Puedo dártelo por dinero o por amistad.

Saveliy cerró la ventanilla. «¿Quién necesita tu amistad, miserable? Yo soy Saveliy Hertz, corresponsal especial de la revista
Lo Más
, cuya buena disposición hacia ellos buscan miles y miles de personas.»

—Personalmente jamás hablo con los pálidos —apuntó Bárbara.

—Entonces, según tú, ¿no son personas?

En ese momento, el traficante, como si no hubiera pasado nada, se dirigió con andares de payaso al siguiente coche (a la siguiente tripulación), colocándose por el camino el detector de señales policiales que bamboleaba colgado de su cinturón.

«Cuarta destilación —pensó Saveliy—. Vaya mierda.» Toda la bohemia moscovita lleva ya un año sin bajar de la séptima. Y ahora prometen la octava. Y en los pisos noventa, en el reino de los más ricos, empieza a circular la novena, y esta novena destilación, según rumores, es algo increíble. Las cápsulas van escondidas en tabletas de vitamina A, una dosis es suficiente para dos días, y llevan incorporados efectos especiales: en ningún momento pareces un herbívoro. No das saltos por los subidones de energía, no sueltas bromas ingeniosas, no sonríes, no gesticulas con las manos y tres veces al día comes comida normal como un ciudadano respetable. Pero por dentro —allí donde está tu alma, en lo profundo de tu «yo», en la cabeza y en el corazón— te sientes tan bien como jamás se ha sentido nadie.

Y se cuenta también que el jefe de Saveliy y Bárbara, editor y redactor jefe de la revista
Lo Más
, el poderoso y repulsivo Pushkov-Riltsev, destructor implacable de carreras ajenas, residente por herencia en el piso noventa y uno, cubierto con tres capas de bronceado natural de color chocolate, una mente brillante de cien años de edad, lleva ya seis meses metido en la novena destilación.

Pero esto son sólo rumores que difunden los envidiosos. Saveliy sabe de sobra que el viejo no consume.

Se pusieron en marcha. Por el retrovisor, Saveliy alcanzó a ver al traficante saltar a la acera y fundirse con la multitud.

El corresponsal de la revista
Lo Más
, Saveliy Hertz, llevaba unos cuantos años pasando por ese cruce. Tanto por la mañana como por la tarde la misma persona vendía ahí pulpa de hierba, al principio de segunda destilación, después de tercera, y ahora tenía de la cuarta, y en un año más probablemente aparecería la quinta.

«¿Por qué no lo arrestan nunca? ¿Por qué yo —se preguntó asombrado Saveliy—, un periodista profesional, persona informada absolutamente de todo, no comprendo los mecanismos ocultos mediante los cuales se distribuye la hierba más importante de los tres últimos decenios? ¿Por qué en un siglo de control absoluto, cuando el objetivo de veinticinco organizaciones policiales compitiendo entre sí escanea cada metro de espacio, cuando cada mortal lleva desde su más tierna infancia microchips bajo la piel, cuando los participantes en el proyecto «Vecinos» gozan de control sobre sus propias vidas, cómo es posible que al mismo tiempo unos tipos miserables y pálidos, sin temer a nada ni a nadie, puedan ofrecerte en cada esquina pulpa de tallo en la cantidad que quieras, y más teniendo en cuenta que la ley condena a diez años de cárcel por una sola dosis?»

Al acercarse al centro de Moscú la hierba aparecía en mayor densidad. Estar sumido en las sombras era físicamente desagradable. Saveliy aceleró.

Crecían tallos en cada mínimo espacio de tierra, como un reptil con escamas de color negro verdoso y veinticinco metros de diámetro por otros trescientos de altura.

Los tallos crecían apretados unos a otros. Se mecían triunfales agitándose con el viento, privando de sol y obligando a la gente a sentirse como hormigas.

Saveliy decidió pensar en algo más agradable y preguntó:

—¿Cómo está Masha?

—Fatal —respondió al instante Bárbara, quien el día anterior había pasado toda la tarde como invitada en casa de su amiga—. Llegó a casa pasada la medianoche apestando a martini y a humo de narguile
[1]
de frutas. —En ese momento Saveliy comprendió con placer que ella se sentía culpable—. Esa aventurera ha aceptado un anticipo de cinco cifras para escribir un libro titulado
Cómo casarse con un chino siberiano
.

—¿Y qué tiene eso de horrible?

Bárbara soltó una risotada.

—Pues que ella no tiene ni idea de lo que hay que hacer para casarse con un chino siberiano. Llamó por teléfono a una conocida que está casada con un millonario, y que en realidad es director de un gran complejo agrícola chino. Es de Magadán y se dedica a la plantación de naranjos. Le pidió consejo a esa chica que había conocido por casualidad, y ella le dijo: «Tonta, ¿quién va por ahí contando esas cosas?» Y vino a decirle más o menos que no volviera a llamarla porque ya no era Natashka Gavrílova, sino Tsin Shu, que traducido significa «Abedul Silencioso» o algo parecido…

—Pues que devuelva el anticipo —dijo Saveliy.

—Ja. Ya se lo ha gastado y están anunciando el libro.

—Entonces que esa gran escritora lea un par de guías de viaje, la biografía de Mao Zedong y el librito titulado
Confucio para novatos
. Que lo redacte con sus propias palabras, y que se invente el resto.

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