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Authors: Gillian Bradshaw

Tags: #Histórico

El contador de arena (30 page)

BOOK: El contador de arena
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Era probable que Claudio hubiera ordenado el asalto porque tenía prisa por conseguir una victoria. Era cónsul, elegido por el pueblo romano para representar el poder supremo… pero sólo durante un año, y aquel año había superado con creces su primera mitad. Hierón sospechaba que la decisión de atacar Siracusa antes que un enclave cartaginés se debía a que Claudio pensaba que resultaría más fácil tomar una ciudad que derrotar un gran imperio africano, y quería regresar triunfante a casa. ¡Apio Claudio, conquistador de Siracusa! Añadiría a su currículum una victoria gloriosa y se celebraría un desfile en su honor. Y sin duda Hierón tendría en él un lugar reservado: caminar encadenado detrás del carruaje triunfal.

Había sido Apio Claudio y el resto de la familia Claudia los que habían iniciado la guerra en Sicilia. Hierón estaba siempre al corriente de los chismorreos que corrían por Italia, y sabía que el Senado romano se había mostrado contrario a la expedición siciliana. Roma había firmado un tratado de paz con Cartago, y los senadores desaprobaban decididamente a los mamertinos, que habían destrozado a una guarnición romana en Regium. Pero la facción encabezada por los Claudios había favorecido la expansión del poder romano hacia el sur y había jugado con la desconfianza de Roma respecto a Cartago hasta convencer a un grupo de senadores para que aprobara aquel acto de descarada agresión.

—¡Loco orgulloso, ignorante y envanecido! —dijo Hierón en voz alta, con los dientes apretados.

No le hacía ningún bien odiar a Apio Claudio, pues aún cabía la posibilidad de que tuviera que acabar doblegándose ante aquel hombre. Claudio debería haber visto que Siracusa no era una ciudad que pudiera aplastarse a modo de aperitivo, antes de iniciar la guerra principal. Era posible que le ofreciera un acuerdo de paz razonable para no tener que volverse a casa con las manos vacías, y él debía estar preparado para aceptarlo, aunque eso le permitiera al general romano adjudicarse la victoria y conseguir su desfile, pues debía admitir el hecho absoluto e inalterable de que Siracusa, sola, no podía combatir contra Roma, ni podía confiar en Cartago: tendría que aceptar un pacto. Odiar no servía de nada. Incluso los dioses eran esclavos de la necesidad.

Quizá el pueblo romano estuviese ahora lamentando su decisión de haber ido a la guerra. Siracusa los había humillado una vez en Mesana y ahora había vuelto a hacerlo. Los hombres allí acampados no perdonarían la carnicería cometida con sus camaradas ante sus propios ojos. Era demasiado esperar que renunciaran y regresasen a casa. Roma nunca había abandonado una guerra después de declararla, pero cabía la posibilidad de que el siguiente comandante romano fuera más flexible, aunque Claudio había demostrado de sobra su tozudez.

Hierón pensó de nuevo en los romanos muertos bajo el fuego de las catapultas; recordó la piedra de dos talentos que había sembrado el terror entre las filas enemigas. Los habría asustado, ¿no? ¡Lo había asustado incluso a él, y eso que estaba en el lado seguro! A lo mejor, cuando estuviera en funcionamiento la de tres talentos, invitaría a algunos romanos a que la viesen.

Si es que la acababan a tiempo. Arquímedes se había ido a su casa, pálido. Hierón comprendía cómo debía de sentirse; él se sintió igual la primera vez que mató a un hombre. Le había costado meses superarlo, si es que lo había superado: aún se despertaba a veces en mitad de la noche recordando la cara de aquel mercenario, notando en las manos el tacto pegajoso y caliente de la sangre. Cualquiera podía perder los nervios en semejante situación. El jinete al que le gustaba cabalgar al galope cuesta abajo nunca volvió a recuperarse. ¿Debería salir en busca de Arquímedes y tratar de hablar con él en plena crisis? No. Si tenía que seguir construyendo máquinas de muerte, la repulsión que pudiera sentir hacia ellas se extendería también sobre el rey. Mejor dejarlo solo. Arquímedes comprendía la importancia de su trabajo: su respuesta al dinero que le había ofrecido era una prueba de ello. Él solo buscaría el modo de seguir cumpliendo con su tarea.

Hierón suspiró. Él también tenía muchas tareas por delante, al final de aquellas escaleras. No obstante, permaneció sentado un rato más, solo en lo alto de la torre, dominando la espléndida ciudad.

Capítulo 10

Arquímedes se dio cuenta de que había salido del Hexapilón cuando ya casi llegaba a la Acradina. Se detuvo entonces en medio del polvoriento camino y levantó los ojos hacia el cielo. La luz. Por culpa de lo que él había construido, treinta o cuarenta hombres que habían visto la luz aquella mañana nunca volverían a verla. No… más que eso. Treinta o cuarenta eran los que había matado Salud, pero Bienvenida había sumado otros. Decir que se trataba de enemigos caídos en combate cuando intentaban atacar su ciudad le proporcionaba escaso consuelo. Estaban muertos, y él había dado forma a su muerte, concibiéndola con gran ingenio a partir de madera, piedra y cabello de mujer.

Nunca había imaginado que la cabeza de un hombre pudiera segarse de esa manera, y algo en su interior se sublevaba. Las catapultas que su cerebro ideaba lo transformaban todo en muerte. Una parte de él le decía que abandonara todo aquello, y que intentar forzarse a continuar por razones de lealtad era como intentar que un burro cruzase una puerta. Sin embargo, la ciudad seguía necesitando cualquier defensa que pudiera concebir para ella. Los enemigos estaban acampados frente a sus puertas, y si entraban, todos los del interior sufrirían. Después de lo que había sucedido ese día, el ejército romano debía de estar furioso.

Se sentó a un lado del camino y se tapó la cara. Pensó en Apolo, que «había caído como la noche» sobre los griegos en Troya, causando que las piras funerarias ardieran noche y día. No se ganaba nada rezándole a un dios así, de modo que no le rezó. En cambio, se puso a imaginar formas cilíndricas. Empezó pensando en cilindros de cuerdas para catapultas, pero de repente se alteraron y se convirtieron en cilindros abstractos, una forma ideal. La sección de un cilindro cortada en ángulo recto con respecto a su eje constituía un círculo. Se representó ese círculo, luego lo hizo rotar hasta formar una esfera circunscrita con precisión dentro de su cilindro imaginario. En su mente daban vueltas diámetros, centros y ejes, conformando un dibujo que resultaba fascinante, complejo, increíblemente bello.

Se dio cuenta, sorprendido, de que no había pensado en problemas de geometría desde la muerte de su padre, a quien había jurado que nunca abandonaría las matemáticas por las catapultas. Pero lo cierto era que se había consagrado por completo a las máquinas de la muerte. Se retiró las manos de la cara y miró al suelo. Aunque era de tierra dura, podía servir. Cogió un palito y se puso a dibujar.

Arquímedes no había llegado a casa a la hora de la cena, de modo que las mujeres de la familia, que desaprobaban las muchas horas que pasaba trabajando, enviaron a Marco al Hexapilón con la orden de volver con su amo, estuviese o no a punto la catapulta. Marco se puso en marcha de inmediato, hambriento e impaciente. Tomó un atajo entre las callejuelas y ascendió la meseta de Epipolae, dejando atrás el lugar donde se encontraba su amo, y llegó a la carretera principal justo en el momento en que los prisioneros romanos desfilaban por allí de camino a la ciudad.

Las noticias sobre el asalto no habían alcanzado aún la Acradina, y Marco no supo muy bien en qué consistía aquella procesión. La gente de la barriada de Tyche, los pobres habitantes de las chozas de adobe, se habían congregado a lo largo de la carretera para mirar, y Marco se abrió paso entre ellos para ver de qué se trataba. Era una doble fila de soldados siracusanos que marchaban, al son de una flauta, a ambos lados de una inestable hilera de hombres vestidos con túnicas sencillas que transportaban camillas con heridos. Marco los miró, sorprendido, y preguntó al hombre que tenía a su lado qué sucedía.

El hombre, un anciano pastor de cabras, escupió y le dijo:

—Romanos. ¡Que los dioses nos concedan ver al resto de ellos en el mismo estado!

Marco observó de nuevo a sus compatriotas en asombroso silencio. Los habían desarmado, pero no iban atados y se habían ocupado de sus heridas; únicamente la expresión de vergüenza y perplejidad de sus rostros traicionaba su aspecto. En su garganta se formó la pregunta: «¿Y cómo ha sucedido eso?», pero no la formuló, consciente de que su acento, ahora más que nunca, lo delataría.

Detrás de la procesión de camillas avanzaba penosamente un pequeño grupo de heridos. Marco descubrió que el tercer hombre era su hermano Cayo.

Cayo llevaba el brazo derecho en cabestrillo, y su túnica, desabrochada por el hombro, dejaba entrever una venda en el pecho. Tenía la cara blanca de dolor, pero caminaba manteniendo el equilibrio, hasta que sus ojos, que iban repasando ciegamente las caras que lo observaban, se detuvieron en la de Marco, y dio un traspié. El soldado siracusano que iba a su lado lo sujetó por el brazo bueno para evitar que se desplomara y Cayo lanzó un grito sofocado y permaneció quieto, sudando y estremeciéndose por el dolor que le provocaba la herida. Sus ojos, recuperados antes que el resto del cuerpo, buscaron de nuevo a Marco con asombro e incredulidad.

Él le devolvió la mirada en silencio. Una parte de él parecía encontrarse situada en algún lugar más allá de los dos, imaginándose el ansiado encuentro, y la otra parte ardía y se helaba por la tristeza. Cayo, sin duda, lo había dado por muerto.

—¿Marco? —susurró Cayo.

Aunque no le llegó el sonido de su voz, Marco leyó los labios de su hermano. Pero no respondió, sino que miró por encima del hombro hacia atrás, como buscando a la persona a quien se dirigía aquel desconocido.

El soldado que iba junto a Cayo le preguntó, en griego, si podía caminar. Él le respondió que no hablaba griego y echó de nuevo a andar. Cuando pasó junto a su hermano, lo miró otra vez con expresión de sorpresa.

Marco se obligó a contemplar el resto del desfile, aunque le temblaban las piernas. Le asombraba que nadie se hubiera dirigido a él para preguntarle: «¿Por qué te miraba ese hombre?» Más tarde pensó que aquel cruce de miradas, que a él le había quemado como el sol, no habría sido para los otros más que la mirada perdida de un hombre herido que se tropieza con la curiosidad de un espectador.

Cuando el sonido de la flauta y de los pies que marcaban el ritmo de la marcha se desvaneció y la pequeña multitud se dispersó, Marco siguió su camino hacia el Hexapilón, pero luego se detuvo y se sentó sobre una piedra al borde de la carretera. Su cabeza estaba sumida en tal caos de vergüenza, pasmo y emoción que transcurrieron varios minutos antes de que cobrara conciencia de cualquier otro pensamiento o sentimiento. ¡Cayo, vivo y en Siracusa! Cayo lo había visto, sabía que estaba allí. ¿Qué debía hacer?

—¿Marco? —dijo una voz a su lado.

Levantó la vista con aire de culpabilidad y se encontró con el soldado Straton, de pie junto a él. Lo miró como un tonto; no esperaba verlo allí.

—¿Qué sucede? —le preguntó Straton—. Tienes mala cara.

Marco se obligó a incorporarse y luchó por serenarse.

—Vengo corriendo desde la casa de mi amo y hace mucho calor —dijo—. Estaré bien enseguida. ¿Venís del Hexapilón?

Straton asintió.

—Llevo un mensaje a la Ortigia —explicó—. ¿Se ha dejado tu amo alguna cosa en el fuerte?

—¿No está allí? —preguntó Marco, sorprendido.

Straton parecía igual de extrañado.

—¡Se ha ido hace horas! ¿No ha llegado a casa?

Cuando Marco le explicó el objetivo de su recado, el soldado hinchó las mejillas y entornó los ojos.

—¡Espero que no le haya ocurrido nada! —exclamó—. El rey no lo cambiaría ni por un batallón. Esas catapultas suyas no tienen precio. ¿Te has enterado de que los romanos han atacado las murallas?

—He visto a los prisioneros en la carretera —respondió con cautela.

Straton sonrió.

—Son lo que ha quedado de dos manípulos enteros —dijo orgulloso—. Lo han hecho las catapultas. ¡Deberías haber visto la de dos talentos! —Se golpeó la palma de la mano con el puño—. ¡Diez o más bajas con cada piedra! El resto de los romanos ha acampado ahí fuera. Si tienen algo de sentido común, abandonarán Siracusa enseguida.

—¿Qué sucederá con los prisioneros? —inquirió Marco, todavía demasiado aturdido como para cuestionarse si era inteligente formular una pregunta tan osada como aquélla.

Straton, sin embargo, había olvidado todo el asunto de la dudosa nacionalidad del esclavo y estaba demasiado ocupado pensando en el triunfo como para sospechar nada.

—Los encerrarán en la cantera ateniense. El rey ha dado órdenes de que los traten bien: estoy seguro de que tiene planes para ellos, pues quería prisioneros. ¿Crees que tu amo estará bien?

—Lo más probable es que se haya detenido en algún lado a dibujar círculos. A veces lo hace. —Le dio la espalda al Hexapilón y emprendió el camino de regreso a la ciudad.

Straton lo siguió, con la lanza colgada al hombro.

—¿Será capaz de construir una catapulta de tres talentos?

—Sí.

—¿Y qué me dices de una de cuatro?

—Seguramente.

—¿Y de cinco?

Marco lo miró de reojo.

—¡Ya lo oísteis vos mismo! Puede construirlas todo lo grandes que la madera, el hierro y las cuerdas soporten. Y el hierro cederá antes que el ingenio de Arquímedes.

Straton soltó una carcajada.

—¡Te creo! Me hizo ganar la paga de un mes el día que movió ese barco. Ahora me jacto de conocerlo.

Marco gruñó. La fama de Arquímedes había crecido sin parar desde la demostración. Todos los tenderos y vecinos se habían vuelto increíblemente educados. Y a él no le gustaba eso: siempre preguntaban sobre las catapultas. Se imaginó una piedra de dos talentos partiéndole el brazo a su hermano y se estremeció.

Straton dio un puntapié a una piedra del camino y dijo:

—Hay un asunto que mi capitán me ha pedido que sondease contigo, si tenía la ocasión. La hermana de tu amo… ¿está prometida a alguien?

Marco levantó la cabeza en el acto y miró fijamente al soldado. Straton le sonrió, incómodo, y levantó los hombros.

—Mira, el capitán no está casado. Se ha fijado en tu joven ama y piensa que es encantadora. Es un hombre amable, y el rey lo tiene en gran estima. Sería un buen enlace.

—La casa está de luto —dijo Marco.

—Sí, por supuesto —aceptó Straton—. En realidad, el capitán sólo quiere saber si podría hablar con tu amo una vez finalizado el periodo de luto.

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