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Authors: Marc Levy

Tags: #Aventuras, romántico

El primer día

BOOK: El primer día
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Una preciosa historia de amor que habla del encuentro entre una arqueóloga que busca al primer hombre, y un astrólogo que busca la primera estrella.

Un misterioso objeto que se encuentra en un volcán inactivo cambiará para siempre la vida de Adrian y Keira. Juntos se embarcan en una aventura extraordinaria, que les lleva desde las orillas del lago Turkana en el corazón de África a las montañas de China. Tratan de revelar los secretos ocultos del objeto y responder a la vieja pregunta: ¿cómo empezó la vida?

La aventura de amar como nunca te la han contado.

Marc Levy

El primer día

Primera Parte

ePUB v1.4

Mística
20.05.12

Título original:
Le premier jour

Marc Levy, 2009.

Traducción: Zahara García González | José Miguel González Marcén

Editor original: Mística (v1.0 a v1.4)

ePub base v2.0

A Pauline y a Louis

Todos somos polvo de estrellas.

A
NDRÉ
BRAHIC

Prólogo

—¿Dónde empieza el alba?

Tenía justo diez años cuando, enfrentándome a mi timidez enfermiza, hice esta pregunta. El profesor de ciencias se dio la vuelta con aspecto abatido, se encogió de hombros y continuó copiando los deberes del día sobre la pizarra, como si yo no existiera. Agaché la cabeza sobre mi pupitre de alumno fingiendo ignorar las miradas crueles y burlonas de mis camaradas que, sin embargo, no estaban más instruidos en la materia que yo. ¿Dónde empieza el alba? ¿Dónde se acaba el día? ¿Por qué millones de estrellas iluminan la bóveda celeste sin que nosotros podamos ver o conocer los mundos a los que pertenecen? ¿Cómo empezó todo?

Cada noche, a lo largo de mi infancia, en cuanto mis padres se dormían, yo me levantaba para ir de puntillas hasta la ventana, pegaba mi cara a las persianas y escrutaba el cielo.

Me llamo Adrianos, pero hace ya mucho tiempo que todo el mundo me llama Adrián, excepto en el pueblo donde nació mi madre. Soy astrofísico, especializado en las estrellas extra-solares. Mi oficina está situada en Gower Court, en el recinto de la Universidad de Londres, departamento de astronomía, aunque casi nunca estoy ahí. La Tierra es redonda, el espacio es curvo, y para intentar penetrar en los misterios del Universo te tiene que gustar moverte, recorrer el planeta sin cesar, hacia las comarcas más desiertas, en busca del mejor punto de observación, de la oscuridad total, lejos de las grandes ciudades. Imagino que lo que me empuja desde hace tantos años a renunciar a vivir como la mayoría de la gente, con una casa, mujer e hijos, es la esperanza de encontrar un día una respuesta a la pregunta que jamás ha dejado de ocupar mis sueños: ¿dónde empieza el alba?

Si ahora inicio la redacción de este diario es con otra esperanza: la de que alguien halle un día estas páginas y, con ellas, el coraje de explicar su historia.

La humildad más sincera para un científico es aceptar que nada es imposible. Hoy comprendo lo lejos que estaba de esta humildad hasta la noche en que conocí a Keira.

Lo que me ha tocado vivir en estos últimos meses ha impulsado hasta el infinito el campo de mis conocimientos y ha desbaratado todo lo que creía saber sobre el nacimiento del mundo.

Primer cuaderno

El sol asomaba por el extremo este de África. El yacimiento arqueológico del Valle del Omo ya debería de haber empezado a iluminarse con los primeros resplandores anaranjados del alba, pero aquella mañana no se parecía a ninguna otra. Sentada sobre un murete de tierra seca, asiendo fuertemente su taza de café para calentarse las manos, Keira escrutaba la línea del horizonte aún oscuro. Algunas gotas de lluvia rebotaban contra el suelo árido, levantando aquí y allá partículas de polvo. Corriendo hacia ella, un niño acudió a su encuentro.

—¿Ya te has levantado? —preguntó Keira al joven hombrecito mientras con un gesto de la mano le despeinaba los cabellos.

Harry asintió.

—¿Cuántas veces te he dicho que no corras por el área de excavaciones? Si tropiezas, puedes echar por tierra semanas enteras de trabajo. Podrías romper algo, y todo lo que hay aquí es irremplazable. ¿Ves esas zonas delimitadas con cordeles? Pues bien, imagina que se trata de un enorme almacén de porcelana al aire libre. Ya sé que no es el mejor espacio de juegos para un niño de tu edad, pero no tengo nada mejor que ofrecerte.

—No es mi espacio de juegos, ¡es el tuyo! Y tu almacén… Yo diría que es más bien un viejo cementerio.

Harry señaló con el dedo el frente de nubes que avanzaba hacia ellos.

—¿Qué es eso? —preguntó el chico.

—Nunca había visto un cielo como éste, pero seguro que no presagia nada bueno.

—¡Sería genial que lloviera!

—Querrás decir que sería una catástrofe. Vete ya mismo a buscar al jefe de equipo, preferiría poner la zona de investigación a cubierto.

El pequeño echó a andar para luego quedarse inmóvil a unos pocos pasos de Keira.

—Esta vez tienes una buena razón para correr. ¡Venga, rápido! —le ordenó ella agitando la mano.

A lo lejos, el cielo se oscurecía cada vez más. Un golpe de viento arrancó el trozo de tela que protegía uno de los túmulos.
[1]

—Sólo faltaba esto —masculló Keira mientras bajaba del murete.

Tomó el sendero que llevaba al campamento y a medio camino se encontró con el jefe de equipo, que iba a su encuentro.

—Si va a llover, habrá que tapar todas las parcelas que podamos. Refuerza las cuadrículas,
[2]
moviliza a todos nuestros hombres y, si es necesario, pide ayuda en el pueblo.

—Esto no es lluvia —respondió el jefe de obra, resignado—, y no hay nada que podamos hacer; los aldeanos ya se están marchando.

Arrastrada por el chamal, una gigantesca tormenta de polvo avanzaba hacia ellos. En tiempos normales, este potente viento que atraviesa el desierto de Arabia Saudita sopla en dirección al golfo de Omán, al este, pero ya no vivimos en tiempos normales, y la trayectoria del viento destructor había virado hacia el oeste. Ante la alarmada mirada de Keira, el jefe de equipo continuó sus explicaciones.

—Acabo de oír la alerta difundida en la radio: la tormenta ya ha barrido Eritrea, ha atravesado la frontera y viene directa hacia nosotros. Está arrasando con todo. Lo único que podemos hacer es huir hacia las cumbres y ponernos a cubierto en las cavernas.

Keira protestó, no podían abandonar así el yacimiento.

—Señorita Keira, esas osamentas por las que siente tanto apego han permanecido enterradas aquí durante miles de años; volveremos a excavar, se lo prometo, pero para eso tenemos que seguir vivos. No perdamos más tiempo, ya no nos queda mucho.

—¿Dónde está Harry?

—Ni idea —respondió el jefe de equipo mirando a su alrededor—, esta mañana no lo he visto.

—¿Es que no ha ido a avisarte?

—No. Como ya le he dicho, he oído las noticias por la radio, he dado la orden de evacuación y justo después he venido a buscarla.

Ahora el cielo era negro. A pocos kilómetros de ellos, la nube de arena avanzaba como una inmensa ola entre cielo y tierra.

Keira dejó caer su taza de café y empezó a correr. Abandonó el sendero para bajar por la colina hasta la orilla del río, abajo de todo. Resultaba casi imposible mantener los ojos abiertos. El polvo levantado por el viento le arañaba la cara y, cada vez que gritaba el nombre de Harry, tragaba arena y creía ahogarse. Sin embargo, no se rindió. A través de aquel manto gris cada vez más espeso, consiguió distinguir la tienda a la que el chiquillo iba a despertarla cada mañana para ir a contemplar con ella la salida del sol desde lo alto de la colina.

Apartó la tela; la tienda estaba vacía. El campamento tenía el aspecto de un poblado fantasma, sin un alma. A lo lejos todavía se podía ver a los aldeanos escalar las laderas para llegar hasta las grutas situadas cerca de las cumbres. Keira inspeccionó las tiendas vecinas, gritando sin descanso el nombre del niño, pero tan sólo el rugido de la tormenta respondía a sus llamadas. El jefe de equipo la agarró y la arrastró casi a la fuerza. Keira miraba hacia las alturas.

—¡Ya no nos queda tiempo! —chilló él a través de la cortina de polvo que le cubría la cara.

Cogió a Keira y, pasándole el brazo por encima, la guió hacia la orilla del río.

—¡Corra, maldita sea! Corra.

—¡Harry!

—Seguramente se habrá refugiado en alguna parte. Y, ahora, cállese y péguese a mí.

Una avalancha de polvo los perseguía, ganándoles terreno a cada instante. Más abajo, el río se hundía entre dos altas paredes rocosas. El jefe de equipo encontró una cavidad y rápidamente condujo a Keira a su interior.

—¡Aquí! —dijo empujándola hacia el fondo.

Había faltado muy poco. Arrastrando tierra, guijarros y despojos arrancados a la vegetación, la ola rompiente pasaba por encima de su improvisado refugio. Dentro, Keira y su jefe de equipo se acurrucaron en el suelo.

La gruta se sumió en una oscuridad total. El rugido de la tormenta era ensordecedor. Las paredes empezaron a temblar y ambos se preguntaron si todo se vendría abajo y los sepultaría para siempre.

—Tal vez encuentren nuestros huesos dentro de millones de años; tu húmero contra mi tibia, tus clavículas junto a mis omóplatos. Los paleontólogos llegarán a la conclusión de que éramos una pareja de agricultores (o tú un pescador del río y yo su mujer) enterrados aquí. Y, evidentemente, la ausencia de ofrendas en nuestra sepultura no hará que nos ganemos su consideración. ¡Nos clasificarán en la categoría de los esqueletos de
schmocks
[3]
y nos pasaremos el resto de la eternidad en el fondo de una caja de cartón sobre las estanterías de un museo cualquiera!

—Realmente, no es momento de hacer bromas, no le veo la gracia —refunfuñó el jefe de equipo—. Además, ¿qué es eso de los
schmocks
?

—Son las personas como yo, que trabajan para hacer cosas que después a todo el mundo le importan un bledo y que ven todos sus esfuerzos tirados por tierra en pocos segundos, sin poder hacer nada.

—Bueno, pues más vale ser dos
schmocks
con vida que dos
schmocks
muertos.

—¡Es una manera de verlo!…

El rugido duró todavía unos interminables minutos. A pesar de que de vez en cuando se desprendían pedazos de tierra, su refugio parecía aguantar bien.

La luz del día penetró de nuevo en la gruta; la tormenta se alejaba. El jefe de equipo se puso en pie y tendió la mano a Keira para ayudarla a levantarse, pero ella la rechazó.

—¿Te importaría cerrar la puerta al salir? —dijo—. Voy a quedarme aquí, no estoy segura de querer ver lo que nos espera fuera.

El jefe de equipo la miró decepcionado.

—¡Harry! —gritó de pronto Keira, y se precipitó al exterior.

No había nada más que desolación. Los arbustos que bordeaban la ribera del río habían sido decapitados; la orilla, normalmente ocre, ahora tenía el color marrón de la tierra que la recubría. El río arrastraba montones de lodo hacia el delta, situado unos kilómetros más allá. Ni una sola tienda se tenía en pie en el campamento. El poblado de chozas tampoco había resistido a los embates del viento. Las viviendas habían sido trasladadas decenas de metros y habían acabado hechas añicos contra las rocas y los troncos de los árboles. En lo alto de la colina, los aldeanos abandonaban sus refugios para averiguar qué era lo que había ocurrido con su ganado, con sus cultivos. Una mujer del Valle del Omo lloraba, abrazando a sus hijos entre sus brazos; un poco más lejos, los miembros de otra tribu se reagrupaban. Ni rastro de Harry. Keira miró a su alrededor; tres cadáveres yacían sobre el margen del río. Le sobrevino una arcada.

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