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Authors: Jeff Carlson

Tags: #Ciencia Ficción

Epidemia (7 page)

BOOK: Epidemia
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—No, con esta radio sólo se pueden hacer comunicaciones en abierto. Sólo podremos contactar con gente que emita en abierto.

La radio Harris era un montón de metal de más de siete kilos diseñado para ir montado en un vehículo o para transportarse en una mochila. No tenía alcance suficiente para contactar directamente con Grand Lake o con Sylvan Mountain. Estaba pensada para formar parte de una red mucho más amplia; además, estaban en territorio amigo. Había puestos médicos y unidades de transmisión diseminados por todas las Rocosas. Incluso podría haber contactado con un avión si el ejército estadounidense hubiera puesto en el aire el equipamiento correcto para tratar de encontrar a rezagados como ellos.

O para matarlos.

Cam estaba lo suficientemente paranoico como para creer que el origen de la nueva plaga podía estar en el lado norteamericano. Los programas armamentísticos estadounidenses no se habrían detenido después de la deserción de Ruth, y no era descabellado que la zona afectada se limitara a aquel valle. ¿Y si, por pura mala suerte, aquel lugar había sido elegido como zona de pruebas? Necesitaba saber con claridad quién corría peligro. Iban a por Ruth. Estaba seguro.

—Lo mejor que puede pasar es que nos topemos con una frecuencia controlada o encontrar dos unidades que se estén comunicando en abierto y consigamos colarnos en la transmisión —dijo—. Eso puede llevarnos bastante tiempo. Seguramente habrá unidades que no estén mucho mejor equipadas que nosotros, pero hay cientos de frecuencias. Necesito que hagas esto por mí.

—¡Cam! —Owen le llamó desde el otro lado de la habitación. Tenía una grapadora y un rollo de cinta aislante en las manos—. Ya lo hemos sellado todo excepto la puerta. ¿Vas a salir?

—Dadme un minuto.

—¡Tenemos que sellarlo todo! —gritó Owen. Era un hombre alto que destacaba dentro del grupo, donde también se encontraba su mujer. El rumor dentro de la aldea era que había tenido dos abortos, y que ésa era la razón por la que Owen la protegía tanto. Cam no quería discutir con él.

—¡Selladla! —ordenó—. Saldré tan pronto como pueda.

El aire no duraría demasiado. El hecho de sellar dos cabañas con plástico no era más que una solución temporal. Al desmantelar los invernaderos, gran parte de su cosecha había quedado al descubierto, lo que haría aumentar las probabilidades de que por la mañana aparecieran más enjambres de insectos. Mientras tanto, las hormigas de fuego continuaban expandiéndose bajo el suelo de Jefferson. Incluso aunque la colonia se mantuviera bajo tierra durante toda la noche, Cam sabía que tendrían que hacerle frente tan pronto como saliera el sol. Aquellas malditas hormigas estarían terriblemente excitadas con toda la sangre que ellos mismos habían derramado.

Probó con una nueva frecuencia mientras llegaban desde el exterior los golpes de los martillos. Después probó con otra más, y luego otra, hasta que de pronto la radio pareció cobrar vida.

—... a través de Medicine Bow, necesitamos que nos saquen de la zona de aterrizaje, cambio —dijo una voz masculina justo antes de que sonara la respuesta.

—Recibido, Cougar Seis-Dos.

«Dios —pensó Cam—. ¿Y si los nanos no sólo están en este valle? ¿Adónde iremos?»

Había una gran extensión del Bosque Nacional conocida como Medicine Bow cerca de Wyoming, y Cam sabía que aquellas montañas estaban repletas de asentamientos civiles y de bases militares. Desconocía aquel nombre en clave (Cougar Seis-Dos podría ser cualquiera), pero eran estadounidenses, y eso era lo único que importaba.

—Atención, atención —dijo—. Cualquier receptor en esta red, al habla Dos-Eco-Dos a cualquier receptor en esta red, cambio.

—Dos-Eco-Dos, Dos-Eco-Dos, al habla Cougar Seis-Dos, cambio.

—Recibido, Cougar Seis-Dos. Necesito que transmitan un mensaje de emergencia. Código Revere, repito, código Revere, cambio.

Hubo un silencio. Era evidente que aquel hombre tenía sus propias preocupaciones. Había establecido una comunicación para solicitar una evacuación, pero su disciplina le obligó a responder.

—Necesito que se identifique, Dos-Eco-Dos, cambio.

—Repito, código Revere. Al habla el cabo Najarro, del Septuagésimo Quinto. Necesito hablar con el mayor Thrun o con el oficial al mando de Grand Lake, cambio.

Según los estándares militares, aquel código era muy antiguo. Las encriptaciones y las ventanas y los códigos de comunicación se cambiaban cada treinta días. Hacía ya más de un año que Cam había perdido el contacto, pero Grand Lake conservaría archivos con el plan de operaciones de las últimas misiones. Si recordaban su nombre y le conocían bien, pronto comprenderían quién podría estar con él.

—Recibido, Dos-Eco. —De pronto comenzaron a escucharse disparos de fondo y el hombre comenzó a gritar—: ¿Cuál es su posición actual? Cambio.

Cougar Seis-Dos estaba siendo atacado. ¿Contra quién luchaban? ¿Habría fuerzas enemigas o es que Cougar se estaba defendiendo de los infectados? Cam habló en un tono frío y seco, tratando de parecer más importante que el desastre que debía de estar presenciando Cougar Seis-Dos.

—Repito, Revere, Revere. Necesito que transmita este mensaje cuanto antes, Cougar Seis-Dos. Me mantendré en esta frecuencia durante media hora y después volveré a ella cada diez minutos a partir de la hora en punto, cambio.

El hombre gritó para que su voz sonara por encima de los disparos.

—¡Recibido, Dos-Eco-Dos! Buena suerte. Corto.

—¿Crees que lo harán? —preguntó Bobbi.

—Sí —respondió Cam. Durante el tiempo en que sirvió no vio entre las tropas más que espíritu de sacrificio. «La plaga es lo único que puede evitar que transmitan el mensaje.»

Lo único que podían hacer era esperar. Ni siquiera podían rastrear más frecuencias porque debían mantenerse en la 925.25. Cam dejó a Bobbi junto a la radio y fue a echarle una mano a Susan, que estaba atendiendo a Brett, ahora inconsciente. Quizá eso fuera lo mejor. Susan había hecho un buen trabajo al vendar el torso de su amigo, y Cam trató de evaluar el alcance de las heridas. Parecía que la bala no había seccionado la aorta (en ese caso, Brett ya estaría muerto), pero quizá se hubiera albergado en los intestinos. Las bacterias liberadas por el tracto digestivo se estaban convirtiendo en un grave problema. No tenían antibióticos, lo que significaba que si conseguía sobrevivir al disparo, probablemente la peritonitis acabaría con él. Cam estuvo a punto de olvidar todo lo demás. Era uno de los mayores expertos en medicina de la aldea, pero no estaban equipados para realizar ningún tipo de cirugía, y abrir a Brett crearía casi tantas complicaciones como las que Cam podía solventar. Aún seguía sopesando las opciones cuando una voz suave y femenina se extendió por la cabaña.

—Dos-Eco-Dos, aquí Arapaho Cinco, cambio.

Cam se abalanzó sobre la radio, apartando a Bobbi con la mano manchada de sangre de Brett.

—La recibimos, cambio.

—Identifíquese, Dos-Eco-Dos.

—Aquí el cabo Najarro de la Sección Número Dos, Compañía Eco, Segundo Batallón, Septuagésimo Quinto Regimiento de los Rangers, cambio.

—Recibido, Dos-Eco-Dos. Envíe su mensaje, cambio.

En aquel momento Cam se sintió eufórico. Miró a Bobbi mientras sus labios dibujaban algo parecido a una sonrisa. La mujer de Grand Lake debía de haber introducido su nombre en el ordenador. Probablemente, tanto él como Ruth debían de estar fichados por una docena de programas, junto con Eric, Greg y los demás sospechosos de colaboración, como Allison.

Aún no podía creer que se hubiera ido. No pudo evitar seguir hablando.

—Nuestra gente está enferma, señora. Solicitamos evacuación médica inmediata. Cambio.

—Recibido, Dos-Eco-Dos. Código Streak.

Aquellas palabras le provocaron un escalofrío que le subió por la espina dorsal. «Streak.» Aquello significaba que tendrían que cambiar la frecuencia para evitar que el enemigo triangulara su posición. Si aquella mujer estaba preocupada por la vigilancia enemiga sobre una red no segura, eso significaba que detrás de aquella plaga podía haber realmente fuerzas hostiles. «Esperemos que no nos encuentren», pensó mientras miraba a Bobbi y a los demás hombres y mujeres de la cabaña. No estaban capacitados para resistir ante ningún tipo de infantería enemiga.

Cam cambió de frecuencia dos bandas, tal y como le habían indicado.

—Arapaho Cinco, aquí Dos-Eco-Dos —dijo a través de la nueva frecuencia.

La mujer de Grand Lake tampoco perdió el tiempo, e inmediatamente retomó la conversación con un tono decidido.

—¿Cuál es su posición actual? Cambio.

—Estamos a dieciocho kilómetros al suroeste de Villa Loca. —Aquél era el desafortunado mote de Morristown, debido al gran número de devotos que habitaban allí—. ¿Conoce la zona? Cambio.

—Afirmativo, cambio —respondió la mujer.

Cam pudo escuchar una voz masculina que sonaba detrás de ella.

—¿... tan cerca? —preguntó el hombre.

—Debo recordarles que no estoy solo —añadió Cam—. Dos-Eco-Dos aún permanece unido. ¿Comprenden? Aquí hay mucha gente, necesitamos un helicóptero cuanto antes, esta misma noche.

—¿Podrán mantener su posición? Cambio.

—Tenemos muchos heridos y gente enferma. Cambio.

—Van a tener que resistir, Dos-Eco-Dos. Ahora mismo hay mucha gente en apuros. Todo el apoyo aéreo está ocupado. Puedo conseguirles ese helicóptero, pero necesitaré algo de tiempo. Cambio.

—¿Ustedes también... —casi ni se atrevía a pronunciar las palabras—, también tienen gente enferma?

—Controlen la radio, Dos-Eco-Dos. Transmitiremos su posición a nuestros pilotos en cuanto haya uno libre. Cambio.

—Mierda —Cam miró al micrófono sin llegar a apretar el botón.

—¿Dos-Eco-Dos? —preguntó la mujer—. ¿Cuáles son sus señales de identificación a larga y corta distancia?

Pero Cam ya se había puesto en pie, alejándose de la radio con una sensación de terror frío. Bobbi le agarró la manga de la chaqueta.

—Cameron...

Cam no pudo mirar a su amiga a los ojos. ¿Qué podía decirle? Sabía que un Black Hawk necesitaría casi una hora para cubrir la distancia que separaba Jefferson de Grand Lake, y ese tiempo podía aumentar considerablemente teniendo en cuenta que Grand Lake estaba sumido en el caos. Tenía la esperanza de poder llevarlos a todos a los búnkers que había bajo aquel lugar, pero eso resultaría imposible si la superficie de la montaña estaba repleta de infectados.

—¿Dos-Eco-Dos? —repitió la mujer—. ¿Dos-Eco-Dos? ¿Me recibe?

Cam se arrodilló y recogió los auriculares. Le pareció que pesaban doscientos kilos, y no estaba seguro de que el esfuerzo mereciera la pena. Fueran quienes fuesen los que habían desatado aquella plaga, y fueran cuales fuesen los efectos de esos nanos, Cam sabía que la mujer nunca se lo diría a través de una transmisión no segura. Quizá ni siquiera ella lo supiera.

—Traten de llegar aquí tan pronto como puedan —dijo Cam.

5

Bajo el resplandor azulado de la pantalla, el rostro del coronel se veía de un color pálido y casi fantasmagórico. Era un efecto sobrenatural. La luz transformaba sus rasgos redondeados, convirtiéndolos en algo oscuro y monstruoso, como las sombras de una máscara. Supo aprovechar bien ese efecto al girarse para sonreír con malicia hacia los cuatro técnicos que había a su lado. Sabía que en aquel momento sus dientes brillaban como colmillos, igual que le ocurría a la hermosa dentadura de Dongmei cuando adoptaba la misma expresión.

Todos estaban asustados, y él quería aprovechar esa energía. Como oficial superior, el coronel Jia Yuanjun había sido entrenado para intimidar y explotar las debilidades de sus propias tropas siempre que fuera necesario, pero no todas las situaciones requerían el uso de la fuerza bruta. Aquellas cuatro personas estaban entre los miembros más selectos de su escuadra. Lo más importante era que tenían razones para estar nerviosos, de modo que planeaba redirigir esa adrenalina para conseguir que sus soldados se sintieran más unidos mediante la agresividad y el orgullo. Todos los que estaban iluminados por aquella luz azulada eran muy jóvenes para la misión que debían realizar. Y, además, se sentían perdidos, al estar en el otro extremo del mundo. El coronel Jia sólo tenía treinta y dos años, apenas diez años mayor que cualquiera de sus técnicos; pero al igual que el miedo, su juventud también podía ser una ventaja. Sus hormonas aún eran fuertes y saludables. Aquélla era otra de las razones por las que la teniente Cheng Dongmei estaba allí. Dongmei era la única mujer que había en la habitación; de hecho, era una de las once mujeres que había en todo el batallón.

Era una mujer de piel suave, y mantenía su elegancia incluso a pesar de llevar el pelo corto como un hombre y de vestir aquella casaca oscura. El emblema rojo de las Fuerzas de Élite que llevaba bordado en el pecho se redondeaba sobre la curvatura de sus senos. La cartuchera refulgía sobre sus caderas, acentuando aún más la esbelta silueta de su cintura. El coronel Jia no quería a Dongmei para él sólo por razones que no podía decirle a nadie, pero eso no implicaba que no quisiera usarla para controlar a los demás.

Hablaba en mandarín, el dialecto de la etnia Han.

—Si esas lecturas son correctas, parece que se está extendiendo más rápido de lo que esperábamos —dijo.

—Son correctas, señor —respondió Huojin.

Jia se inclinó sobre él.

—Tu sector es el que muestra más espacios vacíos, ¿por qué?

—Parece que esta noche el viento en el norte de Colorado no sopla con tanta fuerza como en otros lugares, señor —respondió Huojin—. Quizá si las predicciones meteorológicas hubieran sido más precisas...

Jia asintió, ocultando su agrado tras un rostro de piedra. Huojin era el único miembro de su equipo que no era de etnia Han. Su sangre era casi completamente Yao, una de las muchas minorías étnicas de China, una distinción que había adquirido una nueva relevancia después de que el país perdiera casi tres cuartas partes de su población total. Jia siempre intentaba forzar a Huojin a adoptar una actitud defensiva, a pesar de que era su segundo mejor técnico de datos y comunicaciones. Era aquella tensión constante, al igual que la presencia de Dongmei, lo que ayudaba a todos los miembros del equipo a luchar por superarse los unos a los otros.

—Las condiciones climatológicas son excelentes —dijo Jia, tratando de reprender a Huojin. Rara vez las corrientes de viento soplaban ininterrumpidamente desde la Columbia Británica hasta Nuevo México. Acto seguido, cedió un poco—: Pero dadas las condiciones locales, los patrones de dispersión son adecuados.

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