Read La canción de Kali Online

Authors: Dan Simmons

Tags: #Terror

La canción de Kali (5 page)

BOOK: La canción de Kali
8.43Mb size Format: txt, pdf, ePub
ads

Nuestra habitación era cavernosa y oscura como todo en la ciudad, pero parecía relativamente limpia y la puerta estaba provista de un pesado cerrojo.

—¡Oh, no! —Era la voz de Amrita en el cuarto de baño.

En dos zancadas me planté en él mientras el corazón me latía con fuerza.

—No hay toallas —dijo Amrita—. Sólo manoplas.

Y entonces los dos rompimos a reír. Si uno de nosotros callaba el otro empezaba de nuevo.

Pasamos diez minutos arreglando un nido para Victoria en la cama vacía, despojándonos de la ropa empapada de sudor, lavándonos lo mejor que pudimos para acabar deslizándonos juntos bajo el delgado cobertor. El aparato de aire acondicionado emitía un ruido sordo. Cerca, en alguna parte, sonó la cisterna de un inodoro. El zumbido en mis oídos era el eco de los motores del reactor.

—Feliz noche, Victoria —dijo Amrita. El bebé ronroneó suavemente en sueños.

En menos de dos minutos nos quedamos dormidos.

4

Y después de rotas las barreras locales, en el gran patio,
la comunicación completa entre los hombres, los vagabundeos afables, comienzan.

PURNENDU PATRI

—Siempre parece todo mejor a la luz del día —dijo Amrita.

Estábamos desayunando en el café del jardín del hotel. Victoria gorgoteaba feliz instalada en la silla alta que nos habían traído los serviciales camareros. El café daba a los jardines que adornaban el patio. Trabajadores encaramados en andamios charlaban alegremente entre sí.

Bebí mi té, mordisqueé el
muffin
tostado y leí el periódico de Calcuta en inglés. En el editorial se pedía un sistema de circulación más moderno. En los anuncios se vendían saris y motocicletas.

Una sonriente familia india mostraba botellas de Coca-Cola. Al lado aparecía una foto con el primer plano de un cadáver en estado de descomposición, con la cara reventada como un neumático que hubiera explotado, los ojos vidriosos desorbitados. Se había descubierto el cuerpo en un baúl de acero abandonado en la estación de ferrocarril de Howrah, el día anterior, jueves 14 de julio, y quienquiera que pudiese facilitar algún indicio sobre su identidad debía ponerse en contacto con el inspector de policía, Howrah, Govt Rly, y referirse al caso núm. 23 dt. 14.7.77 u/s 302/301 I.P.C. (S/R. 39/77).

Doblé el periódico y lo dejé sobre la mesa.

—¿Señor Luczak? Buenos días. —Me levanté para estrechar la mano de un caballero indio de mediana edad que se había acercado a nosotros. Era bajo de estatura, de tez clara, casi calvo y llevaba unas gruesas lentes con montura de concha—. Señor Luczak —repitió—, soy Michael Leonard Chatterjee. Es un gran placer conocerla, señora Luczak. —Se inclinó levemente al tiempo que tomaba la mano de Amrita—. Les presento mis más sinceras excusas por no haber ido a recibirlos ayer noche al aeropuerto. Mi conductor me informó erróneamente que el vuelo de Bombay había sido retrasado hasta esta mañana.

—No tiene importancia —dije.

—Pero resulta desafortunado y poco acogedor el llegar a una ciudad sin que nadie les dé la bienvenida. Me excuso una vez más. Estamos en extremo complacidos de que se encuentren aquí.

—¿Quiénes «están»? —pregunté.

—¿Quiere acompañarnos? —ofreció Amrita.

—Gracias. ¡Qué niña más preciosa! Tiene sus ojos, señora Luczak. Me refiero al Sindicato de Escritores Bengalíes, señor Luczak. Hemos mantenido incesante contacto con el señor Morrow y su excelente publicación y estamos ansiosos de compartir con usted el trabajo más reciente del más excelso poeta de Bengala... no, de la India.

—¿De manera que M. Das vive todavía?

Chatterjee sonrió amablemente.

—¡Con toda seguridad, señor Luczak! Durante los últimos seis meses hemos recibido abundante correspondencia suya.

—Pero ¿lo han visto? —insistí—. ¿Pueden estar seguros de que se trata de M. Das? ¿Por qué ha desaparecido durante ocho años? ¿Puedo entrevistarme con él?

—Todo a su tiempo, señor Luczak —dijo Michael Leonard Chatterjee—. Todo a su tiempo. He preparado para usted una reunión inicial con el consejo ejecutivo de nuestro sindicato de escritores. ¿Le vendría bien hoy a las dos de la tarde? ¿O usted y la señora Luczak preferirán disponer de un día para descansar y recorrer la ciudad?

Miré a Amrita. Habíamos decidido ya que si no necesitaba traductor, ella y Victoria se quedarían en el hotel descansando.

—Hoy me vendrá bien —contesté.

—Maravilloso, maravilloso. Enviaré un coche a la una y media.

Observamos alejarse del café a Michael Leonard Chatterjee. Detrás de nosotros unos obreros sobre andamios de bambú voceaban alegres a los empleados del hotel que deambulaban por los jardines. Victoria golpeaba con fuerza sobre la bandeja de su trona, entrando a formar parte de la diversión. La valla publicitaria de la sucia plaza que se encontraba al otro lado de la calle del hotel era del United Bank of India. No había imágenes, tan sólo letras negras sobre un fondo blanco: «Calcuta —¿Capital cultural de la Nación?— ¿Una Definición de obscenidad?» Parecía un extraño modo de anunciar un banco.

El coche era un Premiere pequeño y negro, provisto de chofer con gorra y calzones caqui. Bajamos por la calle de Chowringhee y mientras avanzábamos a paso de tortuga a través de una densa circulación, tuve ocasión de contemplar Calcuta a plena luz del día.

La escena resultaba casi cómica en su demencial intensidad. Peatones, flotillas de bicicletas,
rickshaws
de aspecto oriental, automóviles, camiones de plataforma adornados con esvásticas, motocicletas y chirriantes carretas de bueyes, todos disputándose nuestro angosto carril lleno de baches. El ganado deambulaba con toda libertad bloqueando la circulación, asomando las cabezas por las tiendas y vadeando sobre montones de basura apilados en las aceras o en el mismo centro de la calle. En algunos puntos los desperdicios alcanzaban la altura de la rodilla a lo largo de más de tres manzanas, bordeando la calle como un dique. Entre ellos también pululaban seres humanos, disputándose con el ganado y los cuervos los restos comestibles.

Más adelante, colegialas con primorosas blusas blancas y faldas azules cruzaban la calle en fila india mientras un policía con correaje marrón detenía el tráfico para ellas. El siguiente cruce aparecía dominado por un pequeño templo rojo plantado en el mismo centro de la calle. Por la ventanilla abierta del coche penetraba el aroma dulzón del incienso y de las cloacas. Rojas banderas colgaban de alambres tendidos entre destartaladas fachadas. Y por doquier se percibía el incesante movimiento de una humanidad morena... casi como una marea sin fin de población vestida de blanco y marrón, que avanzaba a empellones y parecía hacer más denso el aire con su húmeda respiración. A la luz del día Calcuta resultaba impresionante, acaso una pizca intimidante, aunque sin provocar en modo alguno el extraño temor e irritación de la noche anterior. Cerré los ojos e intenté analizar la furia que me había embargado en el autobús, pero el calor y el ruido me impidieron concentrarme. Parecía como si todos los timbres de bicicleta del universo se combinaran con las bocinas de los coches, los gritos y el creciente susurro de la propia ciudad, para levantar un muro de ruido.

El Sindicato de Escritores tenía su sede en un edificio gris y pesado junto a la salida de la plaza de Dalhousie. El señor Chatterjee me recibió al pie de la escalera y me condujo hasta el tercer piso. Era una habitación grande y sin ventanas. Desde el mugriento techo nos contemplaban los vestigios de un fresco, y siete personas sentadas alrededor de una mesa recubierta de bayeta verde hacían lo mismo.

Se hicieron las presentaciones. Yo era fatal para recordar nombres y sentí una especie de vértigo mientras intentaba grabar en mi mente las ristras de sílabas bengalíes que correspondían a cada uno de aquellos rostros tostados y cultos. La única mujer que se encontraba allí, con el rostro fatigado, el pelo gris y un pesado sari verde que continuamente estaba ajustándose al hombro se llamaba, al parecer, Léela Meena Basu Belliappa.

Pasaron vanos minutos de charla intranscendente, dificultada por nuestros diferentes dialectos. Descubrí que si me relajaba y dejaba fluir sobre mí el sonsonete precipitado del angloindio el significado se hacía fácilmente evidente. El canturreo sincopado de su charla resultaba balsámico, casi hipnotizador. Súbitamente, de entre las sombras apareció un empleado vestido de blanco que distribuyó tazas desconchadas con abundante azúcar, leche de búfalo con cuajarones y un poco de té. Yo me encontraba sentado entre la mujer y un tal señor Gupta, el director del consejo ejecutivo. Era un hombre alto, de mediana edad, de rostro delgado y una mordacidad feroz. De repente deseé que me hubiera acompañado Amrita. Su presencia imperturbable habría sido un amortiguador entre aquellos inquisitivos extraños y mi persona.

—Creo que el señor Luczak debería conocer nuestra oferta —dijo de repente Gupta. Los demás asintieron. Como siguiendo una consigna se apagaron todas las luces.

Nos encontrábamos completamente a oscuras en una habitación sin ventanas. Llegaban gritos desde diversos puntos del edificio y nos trajeron velas. El señor Chatterjee, inclinándose sobre la mesa, me aseguró que aquello solía ocurrir con frecuencia. Al parecer durante el día se producían apagones al trasladar la insuficiente potencia eléctrica de una parte de la ciudad a otra.

En cierto modo, la oscuridad y las velas parecieron aumentar el calor. Me sentí algo mareado y me agarré del borde de la mesa.

—Se dará cuenta, señor Luczak, de que es un privilegio único recibir la obra maestra de un gran poeta bengalí como M. Das. —La voz de Gupta sonaba potente como un oboe. Las densas notas quedaron flotando en el aire—. Ni siquiera nosotros hemos visto la versión completa de este trabajo. Espero que los lectores de su revista aprecien el honor.

—Sí —dije. De la punta de la nariz del señor Gupta pendía una gota de sudor. Nuestras sombras se proyectaban a cuatro metros de altura gracias a la temblorosa luz de la vela—. ¿Han recibido algo más del manuscrito del señor Das?

—Todavía no —respondió el señor Gupta. Tenía unos ojos húmedos, de párpados pesados. La cera de las velas goteaba sobre la bayeta—. Este comité ha de tomar la decisión final en cuanto a las condiciones para la versión inglesa de este lenguaje épico.

—Me gustaría ver al señor Das. —Las personas sentadas a la mesa intercambiaron miradas.

—Eso no será posible. —Había hablado la mujer. Su voz era alta y estridente como una sierra deslizándose sobre metal. Los tonos irritados y nasales se compaginaban mal con su digna apariencia.

—¿Por qué motivo?

—El señor Das no ha estado accesible durante muchos años —intervino Gupta, con voz suave—. Durante algún tiempo todos nosotros pensábamos que había muerto. Guardamos luto por la pérdida de un tesoro nacional.

—¿Y cómo saben que ahora está vivo? ¿Lo ha visto alguien?

Se hizo un nuevo silencio. Las velas estaban medio consumidas y chisporroteaban y se agitaban, aun cuando no soplaba brisa alguna. Yo tenía un calor terrible y me sentía algo mal. Por un demencial segundo pareció que las velas se consumirían y que nosotros seguiríamos hablando en la húmeda oscuridad, espíritus incorpóreos poblando un edificio ruinoso en el vientre de una ciudad muerta.

—Tenemos correspondencia —dijo Michael Leonard Chatterjee. Sacó de su cartera media docena de sobres crujientes—. Deja establecido sin duda alguna que nuestro amigo sigue vivo y que habita entre nosotros. —Chatterjee se humedeció los dedos y hojeó las páginas pulcramente dobladas de fino papel de carta. Bajo aquella luz difusa las líneas del manuscrito indio parecían runas mágicas, conjuros ominosos.

Chatterjee leyó en voz alta varios pasajes para dar fe de lo que decía. Se inquiría por familiares, se mencionaba a antiguos amigos. Había una pregunta para Gupta respecto a un poema corto de Das que hacía años fuera pagado pero que nunca llegó a ver la luz.

—Muy bien —dije—. Pero para mi artículo es importante que yo vea al señor Das en persona para que pueda...

—Por favor —dijo Chatterjee al tiempo que alzaba la mano. Los cristales de sus gafas reflejaron unas llamas gemelas allí donde hubieran debido estar los ojos—. Esto tal vez le aclare por qué tal cosa resulta imposible.

Desdobló una hoja y una vez que se hubo aclarado la garganta empezó a leer.

... así que, como puedes ver, amigo mío, las cosas cambian pero la gente no. Recuerdo aquel día de julio de 1969. Fue durante el Festival de Siva. En el
Times
se nos decía que el hombre había dejado sus huellas en la luna. Yo volvía de la aldea de mi padre, un lugar donde los hombres dejaban huellas en el suelo detrás de sus bueyes de labor tal como habían venido haciendo durante cinco mil años. En las aldeas por las que nuestro tren pasaba los campesinos se esforzaban por arrastrar sus pesados carros a través del barro.

Durante aquel viaje lleno de ruidos y de gente, de regreso a nuestra amada ciudad, me dejó sobrecogido lo vacía e inútil que había sido mi vida. La vida de mi padre había sido larga y útil. Todos los hombres de su aldea, brahamanes o harijanes, quisieron asistir a su cremación. Recorrí los campos que mi padre había inundado, labrado y recuperado de los caprichos de la naturaleza mucho antes de que yo naciera. Después de su funeral dejé a mis hermanos y me fui de visita a la sombra de un gran baniano que mi padre plantara de joven. Por doquier, en derredor mío, había pruebas de los afanes de mi padre. La propia tierra parecía guardar luto por su fallecimiento.

«Y yo, ¿qué he hecho?», me pregunté. En pocas semanas iba a cumplir cincuenta y cuatro años, y ¿a qué había dedicado mi vida? Había escrito algo de poesía, divertido a mis colegas e irritado a algunos críticos. Había tejido una trama ilusoria sobre que yo era la continuación de la tradición de nuestro gran Tagore. Y entonces quedé prendido en mi propio artificio.

Para cuando llegamos a la estación de Howrah había comprendido lo superficial de mi vida y de mi arte. Durante más de treinta años había vivido y trabajado en nuestra amada ciudad, corazón y hematíes de Bengala, y jamás, ni una sola vez, recreé, no, ni siquiera insinué en mi pobre arte la esencia de esta ciudad. He estado intentando definir el alma de Bengala describiendo su exterior superficial, sus intrusos extranjeros y su rostro menos honesto. Fue como si hubiera intentado describir el alma de una mujer hermosa y complicada haciendo una relación de los detalles de sus adornos prestados. Gandhiji dijo en una ocasión: «Un hombre no puede tener una vida completa de no haber muerto al menos una vez.» Para cuando descendí de mi vagón de primera clase en la estación de Howrah, había reconocido el imperativo de esa gran verdad. Para vivir en mi alma, en mi arte, tendría que abandonar las dependencias de mi antigua vida.

Entregué mis dos maletas al primer mendigo que se me acercó. Su mirada de sorpresa aún sigue siendo para mí fuente de cierto placer. No tengo ni idea de lo que él hiciera después con mis hermosas camisas de hilo, mis corbatas parisienses y los libros que metiera en mi equipaje.

Atravesando el puente de Howrah penetré en la ciudad, consciente de una sola cosa: de que había muerto para mi antigua vida, muerto para mi antiguo hogar y costumbres y, necesariamente, muerto para la gente a la que quería. Sólo entrando de nuevo en Calcuta como lo hiciera unos treinta y tres años antes, como el estudiante esperanzado y balbuceante que llegaba de una pequeña aldea... sólo entonces podría ver con la mirada clara, imprescindible para mi obra final.

Y he consagrado mi vida a este trabajo... mi primer intento auténtico de contar la historia de la ciudad que nos nutre... Desde aquel día, hace ya muchos años, mi nueva vida me ha llevado hasta lugares de mi amada ciudad... ciudad que con gran fatuidad pensé conocer íntimamente.

Me llevó a buscar mi camino entre los perdidos, a poseer tan sólo lo que desecharan los desposeídos, a trabajar con las clases programadas de Curzon, a buscar sabiduría entre los locos del parque de Curzon y virtud entre las prostitutas de la calle de Sudder. Al hacerlo hube de aceptar la presencia de esos dioses oscuros que ocupaban su lugar en sus palmeras antes siquiera de que los propios dioses nacieran. Y al encontrarlos me he encontrado a mí mismo.

Por favor, no me busquéis. Si lo hicierais no me encontraríais. Y si me encontraseis no me conoceríais.

Amigos míos, a vosotros os dejo el cumplimiento de mis instrucciones en relación con este nuevo trabajo. El poema está incompleto. Hay mucho más trabajo por hacer. Pero el tiempo se está acortando. Deseo que se distribuyan los fragmentos existentes lo más ampliamente posible. La reacción de los críticos no significa nada. Las alabanzas y los
copyrights
carecen de importancia. «Tiene» que ser publicado.

Respondedme a través de los canales habituales.

DAS

BOOK: La canción de Kali
8.43Mb size Format: txt, pdf, ePub
ads

Other books

Where Angels Tread by Clare Kenna
Putting Out Old Flames by Allyson Charles
To the End of the War by James Jones
I Am the Chosen King by Helen Hollick
The Brothers of Gwynedd by Edith Pargeter
By Chance Alone by Max Eisen