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Authors: Kristin Harmel

Tags: #Romántico

La lista de los nombres olvidados

BOOK: La lista de los nombres olvidados
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Hope McKenna-Smith, madre divorciada de una hosca preadolescente, dirige la panadería de su familia en Cape Cod, pero empieza a preguntarse qué podría haber sido. ¿Y si no hubiera abandonado sus sueños de hacer derecho? ¿Y si no hubiera dejado su empleo para criar a su hija? ¿Y si no hubiera pillado a su marido engañándola con la típica rubia tonta? Cuando su anciana abuela, Rose, la llama para contarle un antiguo secreto, ¿tendrá Hope por fin la oportunidad de dejar de pensar en lo que habría podido ser y empezar a pensar en el «y ahora qué»?

La memoria de Rose se marchita rápidamente por culpa del Alzheimer y sabe que no le queda mucho tiempo para contarle a Rose la verdad sobre un secreto que ha guardado durante setenta años. Le da una lista de nombres y la envía a un viaje de descubrimiento que le lleva a una sinagoga y una mezquita en París, a una historia enterrada en el Holocausto y a un amor perdido hace mucho tiempo que guarda sus propios secretos.

Kristin Harmel

La lista de los nombres olvidados

ePUB v1.0

Crubiera
08.04.13

Título original:
The Sweetness of Forgetting

Kristin Harmel, 2012.

Traducción: Alejandra Devoto

Diseño portada: Mr

Editor original: Crubiera (v1.0)

ePub base v2.1

Para la abuela y el abuelo, desde Weymouth

«Él [Dios] creó, de un solo principio, todo el linaje humano […]»

Hechos de los apóstoles
17, 26

«La vela de una persona puede iluminar a muchas».

Tratado Shabat
, Orden Moed del Talmud

«Todas las criaturas de Dios son miembros de Su familia y el preferido de Dios es quien más bien hace a Sus criaturas».

El profeta Mahoma

Capítulo 1

P
or lo que veo desde la panadería, la calle está tranquila y en silencio y, en la media hora que precede a la salida del sol, cuando los dedos estrechos del amanecer empiezan a asomar por encima del horizonte, podría llegar a creer que no hay nadie más que yo sobre la faz de la tierra. Estamos a mediados de septiembre y eso, para los pueblos situados en el norte y el sur del cabo Cod, significa que los turistas se han marchado, los habitantes de Boston han cerrado con tablas sus chalés de veraneo hasta la próxima temporada y las calles adquieren el aire solitario de un sueño inquieto.

En el exterior, las hojas han comenzado a cambiar de color y sé que, dentro de pocas semanas, reflejarán los tonos apagados del crepúsculo, aunque a casi nadie se le ocurre venir aquí a ver el follaje otoñal. Los aficionados a viajar para apreciar los cambios de color de las hojas en otoño irán a Vermont, a New Hampshire o a los Berkshires, en la parte occidental de nuestro estado, donde los robles y los arces pintarán el mundo de rojo encendido y anaranjado oscuro. Sin embargo, en la calma de la temporada baja en el cabo Cod, los barrones que se mecen en los arenales se volverán dorados a medida que se acorten los días, las aves que migran al sur desde Canadá vendrán a descansar en grandes bandadas y las marismas se desvanecerán en pinceladas de acuarela. Lo contemplaré, como siempre, desde el escaparate de la Panadería Estrella Polar.

No recuerdo ningún momento en el cual este lugar, el negocio de mi familia, no haya sido más un hogar para mí que la casita amarilla junto a la bahía en la que me crié y a la que he tenido que regresar después de mi divorcio.

«Divorcio». La palabra resuena una y otra vez en mis oídos y hace que me vuelva a sentir un fracaso, mientras trato de llevar a cabo el acto de equilibrismo que consiste en abrir la puerta del horno con un pie, sosteniendo al mismo tiempo dos bandejas de tamaño industrial de pastelillos de canela y sin perder de vista la entrada de la panadería. Se me ocurre una vez más, a la vez que introduzco los pastelillos, extraigo una bandeja de cruasanes y cierro la puerta con la cadera, que tratar de tenerlo todo solo quiere decir que siempre tienes las manos llenas. En este caso, literalmente.

Yo habría preferido seguir casada, por el bien de Annie —no quería que mi hija creciera en una casa en la que se sintiera confusa con respecto a sus padres, como me había ocurrido a mí de niña—: quería algo mejor para ella, pero en la vida las cosas nunca salen como uno quiere, ¿no es cierto?

Justo cuando estoy retirando de la bandeja del horno los cruasanes hojaldrados y mantecosos, suena la campanilla de la puerta de entrada. Echo una ojeada al temporizador del otro horno: habrá que sacar los
cupcakes
de vainilla en algo menos de sesenta segundos, de modo que no podré acudir enseguida.

—¿Hope? —llama una voz grave desde la tienda—. ¿Estás allí?

Suspiro aliviada. Menos mal que es un cliente que conozco, aunque, en realidad, conozco a casi todo el mundo que queda en el pueblo cuando se marchan los turistas.

—¡Salgo dentro de un minuto, Matt! —grito.

Me pongo las manoplas —las de color azul fuerte con
cupcakes
bordados en los extremos que Annie me compró el año pasado, cuando cumplí los treinta y cinco— y retiro del horno los pasteles de vainilla. Cuando inhalo, el olor azucarado me hace retroceder por un momento hasta mi propia infancia. Mi
mamie
—«abuela» en francés— fundó la Panadería Estrella Polar hace sesenta años, pocos años después de trasladarse al cabo Cod con mi abuelo. Crecí aquí y aprendí a cocinar en sus rodillas, mientras me explicaba pacientemente cómo se hace la masa, por qué sube el pan y cómo convertir combinaciones de ingredientes tanto tradicionales como inesperadas en creaciones que el
Boston Globe
y el
Cape Cod Times
ponen por las nubes todos los años.

Coloco los
cupcakes
en la rejilla para que se enfríen e introduzco en el horno dos bandejas de galletas de anís e hinojo. Por debajo de ellas, en la última rejilla, deslizo una hornada de cuernos de gacela: pasta de almendras aromatizada con agua de azahar, espolvoreada con canela y rodeada de masa, con forma de medias lunas.

Cierro la puerta del horno y me quito la harina de las manos. Respiro hondo, pongo en marcha el temporizador digital y salgo del obrador a la panadería, muy bien iluminada. Por agobiada que esté, aún sonrío cada vez que atravieso las puertas. El otoño pasado, aprovechando que había poco trabajo, Annie y yo pintamos la panadería del color que ella escogió: rosa claro con ribetes blancos. A veces tengo la impresión de que vivimos dentro de un
cupcake
gigante.

Matt Hines está sentado en una silla delante del mostrador y, al verme, se pone de pie de un salto y sonríe.

—¿Qué tal, Hope? —dice.

Le sonrío a mi vez. Matt fue novio mío en mis tiempos del instituto, hace media vida. Rompimos antes de marcharnos a universidades diferentes. Regresé varios años después con una licenciatura, la mitad inútil de la carrera de Derecho, un marido y una hija pequeña y Matt y yo hemos sido amigos desde entonces. Me ha invitado a salir varias veces desde que me divorcié, pero me he dado cuenta, casi con sorpresa, de que ya hemos superado esa etapa. Para mí, es como un viejo jersey preferido que ya no nos queda bien ni nos satisface. La vida nos va cambiando, aunque no reparemos en ello mientras tanto, y resulta que, cuando los años han pasado, no hay vuelta atrás. Matt, en cambio, no parece haberlo advertido.

—¿Qué tal, Matt? —Trato de usar un tono de voz neutro y amistoso—. ¿Quieres una taza de café? Como te he hecho esperar, invita la casa.

Antes de que me conteste, ya se lo estoy sirviendo, porque sé exactamente cómo le gusta: dos sobrecitos de azúcar y uno de nata en un vaso para llevar, con el que irá hasta el Bank of Cape Cod —es el vicepresidente regional— para empezar a ocuparse del papeleo antes de abrir al público. Como trabaja a tan solo dos manzanas, siguiendo por Main Street, pasa por aquí una o dos veces por semana.

Matt asiente con la cabeza y acepta con una sonrisa el café que le ofrezco.

—¿Quieres algo más? —pregunto, señalando el exhibidor. Llevo desde las cuatro aquí y, aunque aún no he acabado, ya hay suficientes pastas recién hechas. Alargo el brazo para coger una especie de pastelillo minúsculo: una estructura de pasta filo rellena con pasta de almendra con sabor a limón y pintada con agua de rosas y miel—. ¿Qué te parece una tartaleta rosada de almendras? —le pregunto, mientras se la enseño—. Sé que son tus preferidas.

Duda apenas un segundo y alarga la mano. Prueba un bocado y cierra los ojos.

—Has nacido para esto, Hope —dice con la boca llena.

Aunque sé que lo dice como un cumplido, sus palabras me afectan mucho, porque nunca tuve la intención de dedicarme a cocinar. No era el tipo de vida que pretendía y Matt lo sabe, pero mi abuela se puso enferma, mi madre murió y no me quedó otro remedio.

Paso por alto sus palabras, como si no me molestasen, mientras Matt dice:

—Oye una cosa. En realidad, he venido esta mañana para hablarte de algo. ¿Tienes un segundo para sentarte aquí conmigo?

Advierto de pronto que su sonrisa parece un poco forzada. Me sorprende no haberlo notado antes.

—Es que… —Miro hacia el obrador. Pronto tendré que retirar del horno los pastelillos de canela, pero dispongo de algunos minutos antes de que suene el reloj y, como es temprano, aún no ha venido nadie más, de modo que me encojo de hombros—. Vale, de acuerdo, pero solo un minuto.

Me sirvo una taza de café solo —la tercera que bebo esta mañana— y me siento en la silla enfrente de Matt. Me apoyo en la mesa y me preparo para que vuelva a invitarme a salir. No sé muy bien qué decirle, porque, después de concentrarme todos estos años en mi marido y mi hija, he perdido la mayoría de las amistades que tenía y, de puro egoísta, no quiero perder también a Matt.

—¿Qué pasa?

Por el silencio que precede a su respuesta, me da la impresión de que hay algún problema, aunque puede deberse a que últimamente me he acostumbrado a recibir malas noticias: el cáncer de mi madre, mi abuela con demencia, mi marido que decide que ya no quiere seguir casado conmigo. Por eso, me sorprendo cuando Matt dice:

—¿Cómo está Annie?

Lo observo con detenimiento y mi corazón late aceleradamente mientras me pregunto si sabrá algo que ignoro.

—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?

—Nada, solo pregunto —responde Matt enseguida—. Por cortesía, por hablar.

—Ah —exclamo, aliviada al ver que no es portador de malas noticias. No me habría sorprendido enterarme de que habían pillado a mi hija cometiendo alguna estupidez, como robar en una tienda o pintar el instituto con aerosol. Desde que su padre y yo nos hemos separado, está rara: tensa, nerviosa e irritada. Más de una vez y sintiéndome culpable, he registrado su habitación, pensando que encontraría cigarrillos o droga, pero, hasta ahora, la única manifestación de un cambio en mi Annie es su inmenso resentimiento—. Perdona —le digo—, pero siempre estoy esperando que salga mal algo más.

Aparta la mirada y me pregunta:

—¿Y si salimos esta noche a cenar tú y yo? Annie se vuelve a quedar en la casa de Rob, ¿no?

Hago un gesto de asentimiento con la cabeza. Mi ex y yo nos repartimos la custodia a partes iguales: es un arreglo que no me satisface, porque me da la impresión de que resta estabilidad a la vida de Annie.

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