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Authors: Jeff Carlson

Tags: #Thriller, #Aventuras, #Ciencia Ficcion

La Plaga

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Un laboratorio diseña un producto de nanotecnología para combatir el cáncer. Un fallo de seguridad permite una fuga de estos mecanismos microscópicos cuando aún están en fase de pruebas y lo que debía ser un método curativo se convierte en una plaga tecnológica que acaba con la vida de cinco mil millones de personas y cambia la vida en la Tierra para siempre.

Pero el mecanismo nanotecnológico tiene un punto débil: se autodestruye a altitudes superiores a los tres mil metros. Aquellos pocos que han conseguido escapar luchan por sobrevivir en las montañas más altas. La última esperanza de la humanidad son una científica especializada en nanotecnología que se encuentra a bordo de la estación espacial internacional y un pequeño grupo de supervivientes en California que emprenden un arriesgado viaje más allá de la frontera segura de los tres mil metros de altitud. Porque uno de los miembros de este grupo parece saber algo sobre el origen de la plaga.

Jeff Carlson

La Plaga

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03.10.11

Título original: Plague Year

Primera edición: septiembre de 2008

© Jeff Carlson, 2007

© Ediciones Minotauro, S. A., 2008

Avda. Diagonal, 662-664, 6.ª planta, 08034 Barcelona

© Traducción de Ana Guelbenzu, 2008

Mapas de Meghan Mahler

Todos los derechos reservados

ISBN: 978-84-450-7710-8

Depósito legal: B. 30.803 — 2008

Preimpresión: La Nueva Edimac, S. L.

Impresión y encuademación: Egedsa

Impreso en España

Para Diana

1

Primero se comieron a Jorgensen. Se torció la pierna, aquella pierna larga y pálida. Era poco más que un desconocido, pero Cam recordaba mil detalles sobre él.

Era una debilidad.

Cam recordaba de él que nunca decía palabrotas, y que por alguna razón conservaba las tarjetas de crédito y el permiso de conducir. En su recuerdo, Jorgensen era un trabajador incansable que estaba agotado el día en que se cayó.

Más tarde hubo otros con los que Cam sí había hablado, sabía de dónde eran y qué tipo de trabajo tenían. Aquellas charlas hacían los días más llevaderos, si no fuera porque los fantasmas eran muy reales tras succionar el tuétano de los huesos de una persona. Cam tenía raciones extra porque se presentaba voluntario para ir a buscar leña incluso cuando la nieve se acumulaba en el tejado.

Las noches eran más largas que sus recuerdos. Erin sólo practicaba el sexo hasta que entraba en calor, y luego no había nada que hacer más que toquetearse las ampollas y escuchar las pesadillas y lentos susurros que invadían la cabana.

Se alegró cuando Manny dio un golpe en la pared y gritó.

Erin se movió pero no se despertó. Podía no levantarse durante doce o trece horas seguidas. Otros se incorporaron apoyados en un codo o levantaron la cabeza, farfullando y gimiendo, y gritaron cuando Manny abrió la puerta de un empujón y dejó entrar una ráfaga de aire helado. Fue un aire fresco que ahuyentó los fantasmas de Cam.

El chico tenía casi quince años, apenas medía metro sesenta, pero aun así tenía que agacharse para no tocar el techo. En el fondo habían tenido suerte de no haber encontrado más materiales para hacer algo mejor. Probablemente habrían construido el refugio demasiado alto, por costumbre.

Aquel espacio bajo se calentaba rápido, y tenían pensado bajar el techo otros treinta centímetros antes de que regresara el invierno y utilizar las tablas que sobraran como aislantes.

—Hay alguien en el valle —dijo Manny.

—¿Qué?

—Price quiere encender una hoguera.

—¿De qué hablas?

—Hay alguien en el valle. Viene hacia aquí.

Cam estiró el brazo por encima de Erin para sacudir a Sawyer, pero ya estaba despierto. Se le puso el brazo tenso bajo la mano de Cam. La fogata, reducida a brasas, desprendía la luz justa hacia su rincón para que la silueta del cuero cabelludo recién afeitado de Sawyer pareciera una bala.

—En el valle —repitió Sawyer—... es imposible.

Manny meneó la cabeza.

—Se ve una linterna.

La alta sierra de California, al este de lo que quedara de Sacramento, estaba formada por sorprendentes líneas rectas. Los barrancos y desfiladeros dibujaban pronunciadas uves. Cada pico de la montaña se elevaba como una pirámide que sobresalía sobre un llano, tan liso como un aparcamiento al aire libre. Teñida con el dulce brillo de las estrellas, aquella imagen dio esperanzas a Cam: era hermosa, aún podía reconocer la belleza.

Y lo que era aún mejor, ya debía de ser abril o incluso mayo, y por fin haría calor suficiente para huir de aquella apestosa cabaña y dormir fuera.

Los dedos de los pies que Manny había perdido no le impedían andar con presteza, cojeaba por los campos cubiertos por la nieve que todavía no se habían llevado a su rudimentario depósito de agua. Cam y Sawyer lo seguían de cerca. Aquella cima no era muy grande, y conocían hasta su último centímetro por cazar día y noche los pocos roedores y aves que habitaban en los árboles, y por arrasar con toda planta viva.

Llevaban allí arriba casi un año. Tal vez más. Estaba claro que de nuevo era primavera, eso lo sabían, por muy confuso que fuera su calendario.

Hacía demasiado tiempo que estaban allí arriba.

Jim Price tenía a todos los de la otra choza llevando leña hacia una cresta baja, incluso a su mujer, Lorraine, que había sufrido un aborto natural hacía sólo tres semanas. Cam no recordaba si Lorraine cojeaba antes o no. Ahora había tantos que caminaban con dificultad...

Price estaba de pie junto al montón de leña. Hacía señales, profería gritos, caminaba junto a un hombre un momento y luego retrocedía presuroso para ayudar a otro a cargar.

—¡Muy bien, vamos! —Por desgracia algunas personas necesitaban ánimos. A juicio de Cam, por lo menos la mitad de los ayudantes de Price estaban abatidos, eran almas derrotadas que se habían aferrado a la única figura paternal disponible. A sus cuarenta y seis años, Price era doce años mayor que el resto de los habitantes de la montaña.

Sawyer se fue hacia el ajetreado grupo y se colocó el primero con su cabeza oscura recién afeitada. Hablaba más alto que Price, agarraba a la gente de la manga y les bloqueaba el paso. Cam se dirigió hacia donde estaban formando tres montones. Unas pilas enormes.

Manny lo siguió, al tiempo que hacía señales con el brazo. La voz del chico trasmitía una impaciencia evidente.

—Ahí abajo.

Sin embargo, Cam miró al otro lado del valle. La gente del otro pico había hecho tres hogueras. Desde allí sólo se veían titilantes chispas naranjas, pero eran una señal inequívoca.

—¿Lo veis? —preguntó Manny, luego gritó—: ¡Ehhhhhh!

Algunas de las sombras humanas a su alrededor también chillaron. Había pocas posibilidades de que aquel sonido penetrara en el extenso valle oscuro, pero Cam sintió que lo invadía de nuevo una sensación de esperanza y asombro.

Un kilómetro por debajo de ellos un haz de luz se movía con rapidez por el agreste terreno. Era luz eléctrica. Parecía una estrella.

—Debe de haber empezado a cruzar esta mañana —dijo Cam.

—¿Crees que alguien podría llegar tan lejos en un día?

—Si tardara más, moriría.

Price iba de aquí para allá con un cuenco de estaño lleno de brasas. Lo tenía sujeto contra el pecho con una mano, y con la otra hacía señales exageradas a los que iba adelantando.

Jim Price tenía el torso en forma de tonel. En ocasiones, a la luz del día, daba la impresión de estar un poco rollizo. Bajo la luz tenue de las ascuas, su rostro era todo huecos y mandíbula. En la barbilla se le marcaba un dibujo parecido a un reloj de arena. Ahí no le crecía la barba. Una cicatriz de su último descenso por debajo de los tres mil metros con un grupo de rescate. Tenía una sonrisa impresionante, casi aterradora, pero Cam no debía de tener mucho mejor aspecto, porque Price bajó la mirada cuando se colocó frente a él.

Cameron Luis Najarro había estado bastantes veces por debajo de la barrera, y tenía la piel morena salpicada de ampollas quemadas. La ceja y el orificio nasal izquierdo. Las dos manos. Los pies. Se había dejado el grueso pelo negro a la altura de los hombros para taparse una oreja que tenía muy desfigurada.

—Una hoguera —dijo Cam—. Una hoguera ya está bien, y hacedla pequeña. ¿De dónde diablos vamos a sacar más leña?

—¡Debe de saber una manera de protegernos! —Price miró a sus compañeros de cabaña, volvió a agitar el brazo en el aire y unos cuantos asintieron y mascullaron algo. Algunos llevaban todo el invierno escuchando sus tonterías altisonantes.

—No seas bobo. Si fuera así, acamparía durante la noche en vez de arriesgarse a romperse una pierna. Recuerda lo que dijeron en Colorado.

—¡Eso fue hace cinco meses!

Sawyer se acercó, con los brazos tensos en jarras y la barbilla inclinada sobre el pecho.

—No podemos gastar esa leña —dijo.

Price ni siquiera lo miró. Nunca había entendido el lenguaje corporal de Sawyer, mucho más sutil que el suyo. Price le hizo un gesto de desdén a Cam y dijo:

—Dile a tu compañerito de cama...

Sawyer le tumbó de un golpe en la boca. Price se desplomó como un fardo, dejó caer el cuenco y saltaron chispas naranjas por encima de su cabeza. Se revolvió y pataleó en el lodo, al tiempo que Sawyer avanzaba, tenso y decidido. Entonces Lorraine se interpuso entre ellos, lanzó un lamento a pleno pulmón y extendió los brazos en un gesto muy propio de Price.

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