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Authors: Álvaro Colomer

Tags: #Intriga

Los Bosques de Upsala

BOOK: Los Bosques de Upsala
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Julio, un entomólogo que persigue su sueño de demostrarle al mundo su valía, descubre que su mujer ha intentado suicidarse. A partir de ahí, Julio se da cuenta de que su propia vida ha cambiado y que a partir de entonces, todo lo que haga podrá revertir en los deseos suicidas de su esposa. Los bosques de Upsala no es el retrato de una mujer que desea la muerte, sino el desconcierto de quien convive con ella y que lucha por evitar la tragedia sin saber cómo hacerlo. Julio se verá abocado a pelear por la vida de su mujer y por superar un antiguo trauma de infancia que todavía no ha podido olvidar.

Álvaro Colomer

Los bosques de Upsala

ePUB v1.2

Mística
13.02.12

No pienso en absoluto en la muerte, pero la muerte piensa continuamente en mí.

THOMAS BERNHARD

Siempre es culpable quien queda con vida. No obstante, llevaré la herida.

IMRE KERTÉSZ

Existía un bosque, allá en la Europa vikinga, al que acudían los ancianos que habían dejado de ser útiles para la comunidad. Sabían aquellos viejos que Odín, también llamado Dios de los Ahorcados, sólo les admitiría en el Gran Banquete si morían en combate o si, habiendo alcanzado la edad crítica, se apartaban voluntariamente del camino. Así que se adentraban esos hombres en la espesura, anudaban las sogas a las ramas y se dejaban caer con el orgullo de quien no titubea siquiera ante la Muerte. Dicen las crónicas que nadie descolgaba jamás sus cuerpos y que los cientos de cadáveres allí presentes, elevados todos unos centímetros por encima del suelo, constituían el paisaje más desolador, amén de poético, que uno pueda imaginar en el universo suicida. Sabemos hoy que aquel lugar, perdido por siempre en la noche de los tiempos, no era otro que los bosques de Upsala.

I

A menudo maldigo el día en que alquilé este apartamento en forma de cruz. Cada atardecer, apenas regreso del trabajo, observo el pasillo y recuerdo la tarde en que mi esposa, hace aproximadamente un año, me comunicó que estaba harta de vivir en un lugar tan vinculado a la muerte como éste. Luego añadió que a veces, cuando atravesaba el umbral de casa, le entraban ganas de echar a correr, tirar el bolso a medio camino y, alcanzando la terraza, saltar esa barandilla tras la cual se abre un abismo de siete plantas. Después de semejante confesión, arrastré a Elena hasta la consulta de un psiquiatra, quien no titubeó a la hora de diagnosticarle depresión severa. Ha pasado un año desde aquel entonces, pero continúo angustiado ante la posibilidad de que mi mujer ejecute su fantasía. Por eso, cuando no sale a recibirme a poco de oír mi portazo, pienso en su suicidio. Entonces grito, igual que estoy gritando en este momento, cariño, ya estoy en casa, con la intención de que asome por algún sitio, casi siempre por el salón, y me demuestre que no ha vuelto a escuchar voces reclamando su presencia desde los confines del precipicio. Pero ocurre que esta noche, después de haber repetido que ya estoy en casa, nadie asoma por un pasillo cada instante más estrecho. Entonces observo el piso. Contemplo el corredor que se extiende hasta el salón, en la otra punta del cual se encuentra la puerta de la terraza, la misma puerta que hace un año atrajo a mi esposa, una puerta en verdad trampilla del infierno. A medio camino respecto a mi posición, cortando el pasillo central, hay otro corredor por cuya ala izquierda se accede al dormitorio y al lavabo, y por cuya derecha, a la cocina y mi estudio. Así pues, una casa en forma de cruz. Una casa peligrosa para cualquier depresivo. Peligrosa para Elena. Para la mujer que hoy no sale a recibirme. Normalmente asoma tan pronto como oye mi saludo, me pregunta qué tal ha ido el día y, tras ofrecerme su mejilla para que la bese, cuelga mi chaqueta en el armario. Sin embargo, hoy no sucede nada de eso. No cruza el umbral del salón, no dice ahora voy, no da señales de vida. De modo que vuelvo a proclamar que ya estoy en casa y aguardo una respuesta. Cuando se hace patente que nadie contestará, supongo a mi mujer en el lavabo, por lo que decido esperar a que termine de hacer sus cosas y me entretengo contemplando la puerta del comedor, una puerta inusualmente cerrada, una puerta tras la cual intuyo secretos. Pero no quiero dejarme llevar por malos pensamientos. Me refiero a que el balcón haya podido atraer a Elena, llamarla una vez más desde la oscuridad de la noche, invitarla a alzar el vuelo sin reparar en su condición de ángel áptero. Me mantengo firme en mi posición sin dar importancia a la puerta cerrada, queriéndome convencer de que enseguida escucharé la cadena del váter y la veré asomando por el brazo izquierdo de este crucifijo en forma de apartamento. Al menos eso es lo que deseo. Porque no aguantaría otro tipo de situación, digamos una situación más definitiva, algo así como la situación final. Elena es mi anclaje a este mundo, mi pequeña realidad, mi futuro. Y no soportaría perderla.

Repito que ya estoy en casa porque esta espera me agobia y, como tampoco oigo ninguna réplica, me froto las manos sin saber qué hacer. Dudo que mi esposa quiera que cuelgue la chaqueta por mí mismo porque no me considera siquiera capaz de realizar una operación tan sencilla como ésa. Elena dice que siempre coloco las perchas al revés y, aunque lleva mucho tiempo sin comprobar la certeza de su afirmación, básicamente porque no he tocado el ropero desde su último ataque de histeria, no tengo ninguna intención de contrariarla. Es más, desde hace un año acato sus órdenes con la mayor de las sumisiones. Incluida la prohibición de acercarme a un armario en el que ella invierte sus largas horas de ocio. Mi mujer ha convertido ese guardarropa en el reducto de sus esperanzas, como si ordenarlo le impidiera pensar en otros asuntos, probablemente asuntos más tenebrosos, o como si arreglarlo la ayudara a amueblar su propia cabeza, desde hace un tiempo llena de trastajos. Sea por lo que sea, mi esposa se pasa el día alineando perchas, alisando camisas o combinando colores, acciones a las que se entrega con mucha más frecuencia de lo necesario, demostrándome una vez más que vivo con una obsesa. Y es que Elena no sólo cuelga mi chaqueta para asegurarse de que el interior de dicho mueble conserva esas simetrías que tanto le fascinan, sino porque a lo largo de los meses se ha convertido en una maniática del orden. Desde que cayó en depresión, y en consecuencia desde que perdió el trabajo, se pasa el día limpiando la casa, así como instruyéndome sobre el modo de realizar las tareas del hogar: que si las cortinas del baño deben estar siempre corridas, que si los cuchillos han de guardarse con los dientes hacia la derecha, que si el champú no puede colocarse delante del gel, sino detrás, que si los zapatos tienen que apuntar hacia la pared, que si los títulos de los libros precisan ser leídos de abajo arriba, y yo qué sé cuántos otros detalles imposibles de recordar si no eres una persona tan acostumbrada a ella como yo. En realidad, el manual de prohibiciones confeccionado por mi esposa abulta tanto que hoy en día, cuando me dispongo a emprender cualquier faena, aunque sea algo tan sencillo como fregar los platos, sacudir los cojines o bajar la basura, temo equivocarme. Además, durante las últimas semanas, es decir desde que el psiquiatra le retiró la medicación convencido de que ya había superado el tramo más duro de la enfermedad, mi mujer ha introducido tantas variaciones a las doctrinas creadas por ella misma que ya no muevo un dedo sin consultárselo. Y aun así cometo errores. Aunque permanezca más quieto que una contrafigura del museo de cera, aunque no emprenda ninguna acción, incluso aunque no esté en casa, ella encuentra motivos para el reproche, y yo, que tras cinco años de matrimonio me las he visto de todos los colores, ni siquiera protesto. Cuando me regaña por algo en verdad carente de sentido, me limito a repetir para mis adentros que me importa un bledo hacer las cosas de una u otra manera y, mientras me disculpo por el pretendido error o agacho la cabeza compungido, me recuerdo a mí mismo que continúo tan enamorado de Elena como el día en que la conocí. Hasta puede que más. Sólo entonces pierdo las ganas de gritarle que, si no aprende a luchar contra esas obsesiones, acabará ordenando los casilleros de algún manicomio.

—Ya estoy aquí —insisto.

Apenas unos segundos después, cansado de permanecer en una punta del pasillo, avanzo hacia el otro extremo deseoso de dar con mi esposa en el comedor, probablemente dormida en el sofá, con el runrún del televisor acompasando su respiración. Pero al entrar en el salón sólo tropiezo con los estertores del invierno. Como mi mujer ha dejado abierta la terraza para ventilar el apartamento, el frío de primeros de marzo se ha colado en la sala y la sensación térmica resulta tan gélida que incluso la lámpara, ahora en balanceo a causa de un golpe de viento, parece tiritar en el techo. Tras comprobar que allí fuera no hay nadie y reprimiendo mis ganas de asomarme al vacío para confirmar que Elena no yace despanzurrada sobre la acera, cierro la puerta del balcón y me repito que no debo pensar cosas extrañas. Al darme la media vuelta dispuesto a iniciar la exploración del resto del domicilio, reparo en el bolso sobre la mesa de centro. Mi mujer no puede haber ido a ningún sitio sin su juego de llaves, pero no hay duda de que ha abandonado el apartamento porque, según compruebo a continuación, tampoco se encuentra en las otras dependencias. Y todavía elucubro sobre su posible paradero cuando se me ocurre, acaso porque no quiero abrazar otras conjeturas, que tal vez se ha escondido para darme una sorpresa. A fin de cuentas, hoy celebramos nuestro aniversario de bodas y cinco años de matrimonio bien merecen un divertimento. Aunque he llegado a casa media hora antes de lo normal con la intención de invitarla a cenar en el restaurante donde pedí su mano, ella puede haber oído el rugido del ascensor y, teniendo pensado de antemano el lugar donde se habría de zafar, se ha ocultado antes de que yo entrara. Ahora mismo la imagino agazapada tras algún mueble, acaso frotándose las piernas para que no se le duerman o tapándose la risilla con las manos, y no puedo más que ilusionarme ante la posibilidad de que, tras meses sumida en una depresión severa, haya recuperado las ganas de comportarse como una niña en un patio de colegio. Antes de iniciar una inspección más detallada de cada una de las habitaciones, me demoro unos segundos en el salón para darle tiempo, en caso de que sea necesario, a que salga de debajo de la mesa, grite felicidades, cariño, y se abalance sobre mi cuello. Pero al cabo de un rato, al no asomar nadie tras la falda del mantel, cruzo el umbral de la cocina, silbo una tonadilla como quien no quiere la cosa y, tras girar alrededor de los cuatro metros cuadrados con los que apenas cuenta este cuchitril, abandono el lugar. Luego me dirijo a un lavabo tras cuya cortina de la bañera tampoco la localizo, y después me adentro en el dormitorio, en el mismo dormitorio donde ella se atrincheró durante los primeros meses de su enfermedad, y tomo asiento sobre la cama a la espera de que una mano asome bajo el somier, agarre uno de mis tobillos y me pegue un susto de padre y muy señor mío. Cuento mentalmente hasta cinco para darle tiempo a sobresaltarme, uno, dos, tres, cuatro, y cuando levanto el quinto dedo abandono el colchón para colocarme junto al armario, vocear que voy a apestillarlo y aguardar de nuevo, uno, dos, tres, cuatro y cinco, alguna reacción por su parte. Pero mi esposa no abre las puertas del ropero, no estira un brazo bajo la cama, ni tampoco levanta la tapa de ese baúl donde, en un ejercicio de contorsión quizás imposible, podría haberse encajado. Y es así como me convenzo de que sólo un ingenuo como yo se ilusionaría pensando que una mujer ayer melancólica pudiera comportarse, de la noche a la mañana, tal que una niña en un patio de colegio. No sé ni cómo se me ha pasado por la cabeza la posibilidad de que Elena me hubiera preparado una sorpresa de aniversario cuando soy perfectamente consciente de que aborrece todo tipo de celebración. Sobre todo desde que el año pasado cayera en aquella depresión que, pese a haber sido superada a base de paciencia, terapia y fármacos, sobre todo fármacos, dejó un poso de tristeza en su carácter. Supongo que se me ha ocurrido lo del escondite porque hace tres semanas acudimos a una fiesta sorpresa organizada por unos amigos con motivo del aniversario de uno de ellos, a quien en verdad no habíamos llamado desde su último cumpleaños. Aceptamos la invitación porque el psiquiatra nos recomendó que incrementáramos nuestra vida social so pena de que el trastorno rebrotara incluso con más virulencia, pero ninguno de los dos tenía ganas de pasar siquiera media hora junto a unas personas con quienes ya no mantenemos más trato que el dictado por la educación. Aun así acudimos a la convocatoria con puntualidad y no habían transcurrido diez minutos desde nuestra llegada cuando cometí un error imperdonable. Mientras todos los invitados esperábamos al homenajeado ocultos en su dormitorio, comenté que yo nunca había sido objeto de una fiesta sorpresa. Lo dije como curiosidad, por aquello de entretener a las quince personas apretujadas en el cuarto, pero enseguida percibí que Elena me miraba compungida, como culpándose a sí misma de que mis amigos nunca se hubieran acuclillado tras el sofá de casa a la espera de mi aparición, y de inmediato me arrepentí de haber manifestado mis pensamientos en voz alta. Esa misma noche, mientras circulábamos de vuelta a casa, mi mujer se disculpó por ser tan aburrida. Tardé unos segundos en reaccionar porque no sabía de qué hablaba, pero al fin entendí que se refería a lo de la ausencia de una fiesta sorpresa en mi currículum sentimental y respondí, quizá con demasiada rapidez, que no me parecía una mujer aburrida. Luego añadí que me gustaba tal como era. Lo primero fue mentira, lo segundo no. Sin embargo, ella no creyó ni lo uno ni lo otro. Porque apoyó la cabeza en la ventanilla, esbozó un mohín de desprecio y aseguró que detestaba que yo aplicara diplomacias incluso en el amor.

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