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Authors: Dora Heldt

Vacaciones con papá

BOOK: Vacaciones con papá
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Una divertida y original historia sobre las relaciones con los padres que ninguna hija debería dejar de leer. «Quiero a mi padre. A ser posible con tres horas de distancia por medio. O con mi madre delante. O para tomar un café. Pero dos semanas de vacaciones juntos podían desatar turbulencias insospechadas.» Christine y Dorothea, dos amigas en los cuarenta, se disponen a pasar unas relajantes vacaciones en una isla del mar del Norte ayudando a una amiga común a renovar su pub: deberán trabajar, sí, pero tienen por delante dos semanas de paseos por el mar, copas y risas entre amigas. Sin embargo, la madre de Christine tiene otros planes para ella… tiene que estar dos semanas en el hospital así que, para no dejarlo solo, invita a Christine a que se lleve a su padre con ellas. En cuanto Heinz pone un pie en la isla toma el mando de las obras del pub. Pero las cosas se complican cuando descubre que los isleños están tras un estafador que se esconde entre ellos. Heinz lo tiene claro: sólo puede ser Johann, el misterioso huésped del hostal que, por si fuera poco, ha conquistado el corazón de su hija… Una encantadora y original historia sobre las relaciones padre-hija.

Dora Heldt

Vacaciones con papá

ePUB v1.1

Dirdam
25.03.12

Título original: «Urlaub mit Papa»

Traducción:María José Díez

Editorial: Planeta

Fecha de salida: 5 de octubre de 2011

ISBN: 978-84-08-1060-43

A mi padre, que también tiene algo de Heinz,

y a mi madre, que por suerte tiene las rodillas perfectas.

Por la noche sonó el teléfono

—Sólo son dos semanas.

La voz de mi madre sonaba cordial y de lo más decidida. Tuve un mal presentimiento desde el principio de la conversación.

—Y es tu padre. Otros niños se alegrarían.

—Mamá, ¿cómo que otros «niños»? ¡Tengo cuarenta y cinco años!

No debería haber cogido el teléfono. Mi madre pasó por alto mi respuesta.

—Le he dicho que os vendría bien su ayuda, porque en la isla los obreros cobran un dineral. Y además hacen lo que les da la gana si uno no está encima de ellos. Puede echarle un ojo a la obra. Y echar una mano donde haga falta. Lo hará con mucho gusto.

Era el momento de que yo dijera algo.

—Mamá, espera. Voy a Norderney a ayudar a Marleen con la reforma del bar y la pensión, así que no podré ocuparme de papá…

—Bah, tampoco será necesario que lo hagas, él se las arregla bien solo. Y comer tendréis que comer de todas formas, así que podéis preparar comida para uno más. Por la noche se las apaña con cualquier cosa, y los bizcochos para por la tarde los podéis comprar, no hace falta que Marleen los haga.

Me paré a pensar desde cuándo mi padre se las arreglaba bien solo. Había visto por última vez a mis padres hacía seis semanas y la cosa era distinta. Muy distinta. Hice un esfuerzo para que mi creciente pánico no aflorara a mi voz.

—Mamá, no creo que sea buena idea, creo que…

—Christine, nunca te he pedido nada. Es un caso de fuerza mayor. Tengo que pasar dos semanas en el hospital, Heinz no puede quedarse solo en casa.

—Pensaba que podía arreglárselas solo.

—Pero no sabe cocinar, ni lavar ni hacer ese tipo de cosas. Y basta ya. Es tu padre. Y puedes llevártelo perfectamente dos semanas. Al fin y al cabo, no tienes nada que hacer. No me vengas con cuentos. Además, siempre ha querido ir a Norderney.

—Pero no podré ocuparme de él. Y ¿cómo…?

—Vamos, todo irá bien. Y en Norderney vive Kalli, ya sabes, el viejo amigo de papá. También puede ir a verlo.

—Pues que se quede en su casa.

—Christine, por favor. Hanna está en el continente. La hija menor, Kathrina, va a tener a su segundo hijo. Ya podríais aplicaros el cuento tu hermana y tú.

Sólo las madres pueden cambiar así de tema.

—Mamá…

—Bueno, basta. No hay más que hablar. Papá bajará a Hamburgo el sábado que viene, irás a buscarlo a la estación y os marcharéis juntos a Norderney. Ya sabes que no se apaña con el ferry. Será mejor que estés tú. Y yo me iré tranquilamente al hospital para que me operen la rodilla.

Mi última oportunidad:

—Ya hablaremos con calma, no puede ser, no…

—No te preocupes, cariño. Te escribiré todo lo importante y te lo mandaré. Y, ahora, que pases una buena tarde y saludos de papá. Está encantado. Adiós.

Me quedé mirando la pantalla del teléfono. Fin de la llamada. Por lo visto, el asunto estaba concluido. Me iría de vacaciones con mi padre. La primera vez en treinta años. En el último viaje me dejó en una área de servicio de Kassel por motivos pedagógicos. Admito que mi pubertad no fue fácil, pero de todas formas lo de Kassel me pareció demasiado duro. Aunque volviera a recogerme al cabo de media hora y tuviera remordimientos de conciencia durante tres semanas. Y ahora, después de treinta años, vuelta a empezar. Al menos esta vez no pasaríamos por Kassel.

Ay, mi padre

En una ocasión, mi hermano describió a nuestro padre con estas palabras: «Tiene los ojos de Terence Hill y es igual de cagueta que
Rantamplán.
» Este último es el perro miedoso de Lucky Luke, un chucho flaco que con cualquier ruido, cualquier desconocido y cualquier cambio se sube asustado al regazo de su amo. Desde luego mi padre no se sube al regazo de nadie, está demasiado bien educado para hacer eso, y además tampoco es tan bobo como ese animal, pero los ojos sí los tiene muy azules. La descripción no es tan mala.

Mientras subía a casa de Dorothea por la escalera pensaba en la mejor forma de contarle lo de nuestro compañero de viaje. Dorothea y yo nos conocemos desde hace quince años, ella conoce a toda mi familia, así que la frase «Heinz se viene a Norderney» lo diría todo. Debía quitarle hierro a esa frase; al fin y al cabo, teníamos muchas ganas de que llegaran esas dos semanas y no quería que mi padre le diera guerra a nadie, lo que, por desgracia, hacía. Articulé la frase mentalmente: «Dorothea, adivina qué. Heinz se viene con nosotras, qué bien, ¿no?» Así no. «Hola, Dorothea, a mi madre por fin la han llamado para la prótesis de rodilla, ¿te importa que Heinz se venga a Norderney con nosotras? Por desgracia, la cocina no es lo suyo.» Así tampoco. «Dorothea, ya conoces a mi padre, y te cae bien. ¿Qué te parece si nos lo llevamos a Norderney para que no saque de quicio a mi madre en el hospital?» Genial. «Dorothea, he estado pensando que Heinz podría echarnos una mano con lo de la pensión de Marleen, me gustaría que se viniera.» Eso no se lo creería. «Dorothea, ¿qué te…?»

La puerta se abrió y allí estaba Dorothea, con la cesta de la compra en la mano.

—Hola, Christine, iba a…

—Heinz se viene.

La frase no era muy afortunada. Dorothea frunció el ceño.

—¿A hacer la compra?

—A Norderney.

—¿Qué Heinz? ¿Tu…?

—Sí, ése.

—¿Con nosotras? ¿A casa de Marleen? ¿El sábado?

—Sí.

Esperaba un colapso, una mirada de desconcierto o un grito histérico, pero no sucedió nada. Impasible, Dorothea dejó la cesta en el suelo y entró en casa. Yo la seguí hasta la cocina y vi que se ponía a hacer té. Silbaba. Reconocí la canción:
O mein Papa
, y traté de explicarme.

—Mi madre me ha llamado hace un rato. Le van a poner la prótesis de la rodilla y le han dado fecha para la operación de repente, probablemente haya fallado alguien. Mi tía está de vacaciones, mi hermana navegando por Dinamarca, y mi hermano de viaje de negocios, así que soy la única con la que ha podido dar. Ya conoces a mi padre, no puede quedarse solo en casa dos semanas. Ni siquiera sabe hacer café. Y menos aún pelar una patata. O freír un huevo. Además, es daltónico, y si nadie lo ve se viste en consecuencia.

Me paré a pensar qué más podía decir sin herir su dignidad. Era difícil, no quería que Dorothea pensara mal de él pero, por otra parte, mi padre tenía algunos hábitos que, por decirlo de algún modo, eran más bien poco habituales.

—Tu padre me parece gracioso.

Tragué saliva. No era ésa la palabra que yo habría escogido. Dorothea vertió agua hirviendo en la tetera y se volvió hacia mí.

—Heinz aún está en plena forma. Y si quiere echarnos una mano me parece estupendo. Si no es demasiado esfuerzo para él.

¿Si no es demasiado esfuerzo para
él
?

Dorothea dejó la tetera en la mesa y sacó unas tazas del armario.

—No pongas esa cara de preocupación. Podemos vigilarlo para que no se agote.

—Dorothea, no me has entendido. Lo que me preocupa es que me agote
a mí.
Puede ser un poco cargante. No es capaz de hacer nada solo, tiene que estar entretenido, se entromete en todo, lo sabe todo, le tiene miedo a cualquier cosa nueva, le…

Me mordí la lengua, no hacía falta contarlo todo. Quiero a mi padre. A ser posible, con tres horas de distancia de por medio. O con mi madre delante. O para tomar un café. Pero dos semanas de vacaciones juntos en una casa, a tres horas de distancia de mi madre, que estaría recuperándose en un hospital de Hamburgo, podían generar turbulencias insospechadas. Sin embargo, eso era algo que Dorothea no entendería. Tendría que vivirlo. Le añadí azúcar al té y miré fijamente a Dorothea.

—Bueno, puede que la cosa no vaya tan mal y a Marleen le venga bien su ayuda.

No creía una sola palabra. Dorothea asintió.

—Pues claro. En cualquier caso, tengo muchas ganas de que lleguen esas dos semanas, con o sin Heinz. Seguro que pasa algo emocionante, ¿no?

Asentí. De eso podíamos estar seguras.

Mi amiga Marleen se había hecho cargo de una vieja pensión con un bar en Norderney. Una tía suya la había llevado durante décadas, y hacía un año, con casi setenta, había decidido que tenía que vivir la vida de una vez. La fuerza motriz de dichos planes era Hubert, un viudo de setenta y cuatro años oriundo de Essen que había sido su huésped durante veinte años, dieciocho con su mujer, luego sin ella. La tía Theda le había contado a su sobrina Marleen que de repente Hubert era otro, «ni te imaginas lo aventurero que es», y le había hecho una apasionada declaración de amor a la que durante tantos años había sido su patrona. Aunque no quería volver a casarse, le dijo, eso era una tontería, quería recorrer el mundo con Theda; primero ir a Sylt, luego a Mallorca y después quizá a América. Theda se sintió halagada, pero tenía sus reservas. En la misma conversación Marleen le contó a su tía que se había separado de su novio, con el que llevaba un bar. A su tía no le dio mucha pena, recibió la noticia diciendo: «Vaya, es estupendo, así podrás venirte unos meses a Norderney a ocuparte de la pensión, yo probaré suerte con Hubert y tú no tendrás que volver a ver en casa a ese idiota. Y un bar es un bar, también puedes trabajar aquí.»

Todo fue como la seda: Theda y Hubert quedaron entusiasmados el uno con el otro, Marleen con Norderney y los huéspedes con Marleen. Hubert propuso que Theda se instalara en la planta de arriba de la pensión y le traspasara a Marleen el resto del edificio y el bar. El ex novio de Marleen saldó con ella las cuentas que tenía pendientes y Marleen destinó el dinero a reformar el bar. Éste estaba prácticamente listo, el nuevo establecimiento abriría sus puertas al cabo de tres semanas.

Dorothea y yo habíamos cogido vacaciones para hacerlas coincidir con ese momento, Marleen nos había alquilado una casa, y teníamos pensado echarle una mano con la reforma o en la pensión por la mañana, por la tarde ir a la playa y por la noche tomar vino blanco bien frío en el Milchbar o en la Weisse Düne. Hasta ahora.

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