Cachondeos, escarceos y otros meneos (2 page)

BOOK: Cachondeos, escarceos y otros meneos
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Tenía la redacción y administración en el café Chiki-Kutz, en el paseo de Recoletos, de Madrid, y sus fundadores no debían suponerle larga existencia ya que las "suscripciones por toda la vida de la revista" eran de 15 pesetas para los protectores y de 3 para los socios corrientes; duró un solo número, que hoy es una pequeña joya bibliográfica, y, bien mirado, no tenía un excesivo interés.

Uno de sus redactores, don Rómulo Corcuera Domínguez, de profesión practicante y los domingos, masajista de la Gimnástica, era el padre de Soledad Corcuera Prieto, con el tiempo Gorda de Algeciras, que por entonces debía tener tres o cuatro años.

—¿Y ya se le veían las inclinaciones?

—No; todavía no. Los primeros síntomas no le apuntaron hasta los siete y ocho años, después de hacer la primera comunión y antes de ingresar en el bachillerato.

—¿Y fue por entonces cuando usted se enamoró de ella?

—No, tampoco. No, por aquel tiempo, tenía quince años y servía de tierno deleite a doña Julita, la mamá de Soledad, que mandaba a sus tres nenes, la Dicha, el Paquito y el Ramoncín, a comprar cacahuetes, para cepillárseme durante su ausencia.

—¿Y usted?

—Pues yo, feliz pero fiel, muy fiel. A mí nunca me gustaron las promiscuidades. ¿Cómo quería que estuviese si, además de rijo del bueno y tetamen del abundante, me daba chocolate casero, de ese que le añaden canela y vainilla, y hasta me regaló una radio de galena?

—Sí; me lo explico. ¡Así cualquiera!

Gorda de Algeciras, cuando tenía dieciséis años, o sea incluso antes de que la conociesen como Gorda de Algeciras, estaba como un tren y tuvo amores con un churrero especialista en tejeringos, pestiños y otras frutas de sartén, que le llevó el virgo por delante —y en un palco del cine Bilbao—, y, en premio al gusto recibido, le compró ropita interior de calidad extra y un par de zapatos de charol y le regaló una sortija de oro con una fecha por dentro y una aguamarina por fuera.

—¿La fecha del desvirgue y la aguamarina del compromiso?

—No; le puso una fecha histórica, el 2 de mayo de 1808, porque el churrero era un patriota.

—¡Ah, ya! ¿Y la aguamarina?

—Eso fue en expresión de buena voluntad.

A Soledad Corcuera la eligieron Miss Trabadelo…

—No, señor; Miss Cacabelos.

…bueno, Miss Cacabelos en 1948, el año que publiqué el "Viaje a la Alcarria", cuando ella andaba ya por su quinto novio, yo fui el sexto, que la heredé de buena ley y hábitos correctos de su mamá, doña Julita, que por aquel tiempo anda ya en deterioro (después se puso peor y ahora está enterrada) y entonces fue cuando a la niña le empezaron a llamar Gorda de Algeciras.

—¿Y eso por qué?

—¡Anda! ¿Y qué sé yo? A mí que me dejen en paz porque no me gustan los líos.

—Hace bien, ¡qué coño!

Miss Cacabelos, y no Miss Trabadelo como dicen otros, cuando ascendió a miss dejó a su novio, que era un seminarista rebotado que trabajaba en la Vicesecretaría de Educación Popular, y se vino conmigo, que era ya algo famoso y, claro es, muy cotizado. Nuestros amores duraron poco, esa es la verdad, pero que me quiten lo bailado, lo fornicado, lo fardado, etc.

—¿Y usted se resigna?

—Sí, señora. Y no sólo me resigno, sino que doy gracias a Dios porque, para que una mujer se escape, antes tiene que estar sujeta. ¿Me entiende?

—¡Ya lo creo! Le entiendo la mar de bien. Y a burro muerto, la cebada al rabo.

—Eso no pega.

—Bueno; no pegará para usted, pero yo sé bien por dónde voy.

Los años andando, Gorda de Algeciras se casó con don Emilio del Congrio y Páez, alias Quindasvinto, —y no Chindasvinto, como escriben los incultos—, que era delegado de Hacienda de una provincia del Reino de Aragón que no era Zaragoza.

Gorda de Algeciras le dio a su esposo don Emilio un nene muy robusto que hoy es diputado, aunque por poco lo echan porque lo encontraron haciéndose una paja o manuela en el excusado y don Landelino, claro es, montó en cólera; después prefirieron echar tierra al asunto para que no se torciese lo del consenso.

—Yo creo que hicieron bien; la política tiene sus servidumbres.

—No, señora; yo creo que hicieron mal porque los políticos no tienen por qué andar cascándosela por los guáteres como si fueran alumnos de los jesuitas.

—Bueno. ¿Y si le dio un apretón?

—Pues que se hubiera aguantado. ¡Los padres de la patria deben saber controlar sus inclinaciones y arrebatos!

—Sí; eso también es verdad.

Gorda de Algeciras, que debe andar ahora por los cincuenta y dos o cincuenta y tres años bien llevados, enviudó hace cosa de un par de meses, el día del tránsito de San Hilarión abad, para ser más precisos, cuya vida llena de virtudes y milagros escribió San Jerónimo. El entierro de su finado fue muy divertido, esa es la verdad, y los acompañantes nos tirábamos unos a otros bolitas de papel para que a la gente le diese la risa y quedase mal. Gorda de Algeciras, al llegar al camposanto, apoyó su cabeza en mi hombro y musitó con un hilo de voz:

—¡Qué falta me haríais ahora todos los hombres que alguna vez me quisisteis! ¿Quieres que te invite a chocolate, como mi pobre madre, que en paz descanse?

—¿Y cómo sabías lo del chocolate?

—Me lo contó ella, cuando me hicieron Miss Cacabelos y me fui contigo. Tú sabes que mi madre siempre te quiso mucho y, de haber sido rica, te hubiera montado una fábrica de chocolate para ti solo.

Aunque no soy el que fui, —que no hay soberbio que no se derrumbe ni espingarda que, tarde o temprano, no acabe dando el gatillazo— acepté el chocolate que me ofreció mi vieja amiga Soledad Corcuera, viuda de del Congrio y aun antes Gorda de Algeciras.

—¿Te gusta el chocolate?

—Sí.

—¿Y estar conmigo?

—También… ¿Quieres taparme la espalda? Noto como fresco…

LA RISTRA DE LOS SATURNINOS

La dueña de Saturnino's Snack Bar tiene amores con Saturnino Montserrate Méndez, el encargado, hijo de Saturnino y Saturnina, de cuarenta y cuatro años de edad, natural de Vall de Uxó y primo de Saturnino Aigües Tortes Méndez, el esposo, hijo de Saturnino y Saturia, alias Saturnina, de cuarenta y tres años de edad, natural de Moncófar y campeón comarcal de petanca.

—¿De qué comarca?

—De toda la comarca.

—¡Ah!

La dueña de Saturnino's Snack Bar se llamaba Saturnina Mendoza (o nada más que Méndez, no recuerdo bien) Picholín de Aigües Tortes, de soltera sólo el arranque, y era de una belleza deslumbradora.

—¿Y de costumbres licenciosas?

—¡Huy, cómo se lo diría!

—No sé…, dígalo usted diciendo que las tragaba dobladas, por ejemplo, perdonada sea la manera de señalar, o que era más puta que las ocas del laberinto de Creta, lo que también es costumbre…

—Pues, sí; eso es lo que le digo, ¡qué contra! La Saturnina Méndez (o Mendoza, que en esto hay muy serias dudas) era un pendón que no se lo saltaba un canónigo preconciliar, ¡que hay que ver lo que saltaban!, y ni siquiera un banderillero, si me apura usted un poco, que le ruego que me apure porque a mí me gusta ir a mi aire.

—¡Jo, qué tío más perdulario!

—Sí, señor: porque se puede y mi marido lo gana.

—Pero, ¿tiene usted marido, siendo subteniente del cuerpo de carabineros?

—Sí, señor, y a mucha honra. ¡El amor no conoce fronteras!

—¿Como la gripe?

—Pues, sí, más o menos. El amor empieza en un cosquilleo y termina en artrosis.

—¡Claro!

—¿Cómo claro?

—Bueno; yo le decía por complacer, vamos, para que usted se pusiese contento.

—Gracias.

—No hay que darlas. Para eso estamos: para hacernos la vida agradable los unos a los otros, como dicen los del Opus Dei.

—Y tienen razón.

—Claro.

La Saturnina Méndez (¿Mendoza?) ejercía de musa del vate lírico Saturnino G. McCoughlin quien, como su nombre indica, era de Río Tinto, provincia de Huelva. La Saturnina, para propiciar el numen o vena poética del Saturnino G., le enseñaba el arranque del escote y así, a lo tonto, a lo tonto, se dejaba palpar las mollas carnales de lo que el psiquiatra Dr. Saturnino Balbés de la Encomienda llamaba las zonas erógenas, o sea el culamen, el tetamen, el caderamen, el muslamen, etc.

—¿Y nada más?

—Pues, no; la verdad es que con eso ya se las arreglaba, al menos de momento.

El bardo Saturnino G., alias Pirita, le compuso unas décimas muy sentidas a doña Saturnina, a la que, por amor de la silabación, llamaba Satur. El bardo Saturnino el Pirita partía de una glosa que decía así:

Es Satur tan peregrina

que se excede de lo humano,

y aunque es Satur tan tirana,

amor a Satur me inclina.

—¡Caray, que tío!

—Sí. Y después, cada verso de la glosa le servía para rematar una décima. ¿Quiere usted escuchar la primera?

—¡Ardo en curiosidad y en deseo!

—Pues cállese y atienda, que allá voy:

Nació Satur para ser

asombro de la hermosura,

porque se esmeró natura

en esta bella mujer.

Y para más complacer

a la belleza tan divina,

la hizo hermosa, la hizo fina,

más puta que una gallina,

con mil lindas propiedades.

Por eso entre las deidades

es Satur tan peregrina.

—Muy hermoso, ésa es la verdad. Pero oiga, perdone, a mí me salen once versos, si no he contado mal.

—¡Ignorante! ¿Y quién le ha dicho a usted que las décimas tengan que tener diez versos? ¡Eso era antes!

—Dispense. La verdad es que no estoy demasiado al tanto de las licencias de la preceptiva literaria.

—Pues entonces, ¡cállese!

—Sí, señor; ya me callo.

El recitador Saturnino Rebollo Aristizabalegurrietxea hizo una pausa.

—Ya no le recito a usted ninguna más porque me parece que no las aprecia debidamente.

—¡Puede!

—Y ahora permítame que me ausente durante un breve período de tiempo porque voy a hacerme una paja. Sírvase un whisky, ponga la radio, la televisión o el tocadiscos…, haga lo que quiera, ¡considérese como en su casa! Yo estoy en el guáter pelándomela en el bidet de chorrito, ya le digo dándole una muestra de confianza. No conteste al teléfono, no abra la puerta…, considere que preciso de cierto recogimiento porque, al llegar a edades avanzadas, se hace menester cambiar de mano.

—Ya me hago cargo. Pues nada, lo dicho, ¡que se la menee usted con aprovechamiento y deleite!

—Muchas gracias, mi buen amigo.

El recitador Saturnino Rebollo Aristizabalegurrietxea, en el mundo artístico Sabear o Saberi, cuando volvió se tuvo que tomar un traguito de quina Santa Catalina.

—No es por nada, pero a mí me parece que dentro de un año sobre poco más o menos, cuando me la casque van a tener que ingresarme en la llamada unidad de vigilancia intensiva, hoy UVI.

—¡Puede!

—¿Otra vez puede?

—Sí, otra puede. ¿Qué pasa?

—No, nada; pasar, lo que se dice pasar, no pasa nada. ¿Sabe usted que la lascivia, en tiempos de nuestras abuelitas, alcanzaba cotas insospechadas?

—Pues, anda, no lo sabía.

—Pues, sí, amigo mío. Aquello parecía el argumento de un serial de televisión de lo más dramático, de esos que los sitúan en el Cornwalles, en un destartalado palacio azotado por el vendaval y la lluvia, frente a un mar bravío y rugidor y entre seres humanos que todos son hijos de un mismo padre y, claro es, no se pueden casar.

—¡Qué horror!

—Tal como lo oye. Nuestras abuelas, vamos, la suya y la mía, sin ir más lejos, eran marido y mujer.

—¿Qué dice?

—Lo que usted oye. Mi abuela era la mujer, usted perdone, se llamaba Saturnina Escuerzo y Murcianillo, pero la suya era el marido y tenía unas partes pudendas o vergonzosas como un garañón de Vic, antes Vich, que le sonaban al andar, se llamaba Saturnino, aunque le decían Saturnina, Fraile Querétaro.

—¡Qué ocurrencias más chistosas tenían nuestras abuelitas, con su aire de pavas cluecas y sus varices! ¡Y después dicen que se aburrían con eso del rosario en familia!

—Bueno, no hay que hacer caso de la gente. ¡Ya sabe usted cómo es el personal de exagerado y chismoso!

—Sí, ¡verdaderamente!

La dueña de Saturnino's Snack Bar, o séase la Saturnina Méndez (o Mendoza) Picholín de Aigües Tortes, además de beneficiarse por la iglesia a su legítimo esposo, el Saturnino Aigües Tortes Méndez, y de cepillarse por detrás de la iglesia al encargado, el Saturnino Montserrate Méndez, que en el catre era muy jacarandoso y emotivo, se follaba encima del aparador al nene de los recados, el Saturnino Potenciano Martín, que era medio tonto pero tenía un atributo en forma de berbiquí que a las señoras les producía placer al tiempo que deleitosa hilaridad.

—¡Qué completo! ¿Verdad usted?

—¡Ni que lo diga! Y además, cuando le daba el tembleque, tenían que desenguilarlo metiéndole un sifonazo por el culo, para que reaccionase.

—¡Qué complicada es la Madre Naturaleza!

—Eso dice el poeta Saturnino G. McCoughlin, el Pirita, cuando está algo soplado, o sea, después de las seis de la tarde…

COSTUMBRES ANCESTRALES

En mi pueblo había una puta que jodía por las casas, como lavaba la lavandera, cosía la costurera, planchaba la planchadora, ponía inyecciones la enfermera y administraba los santos óleos el señor cura párroco. Se llamaba Lupita, aunque algunos le decían Lourdes la del Juguetero, y tenía mucha clientela entre subnormales profundos, hipocondríacos, protésicos dentales con orquitis por picadura de acalefo, ¡que ya es afinar!, reverendos padres que optaron por colgar la sotana y darse con entusiasmo al tumulto y al cachondeo, reverendos padres que vistiéndose todavía por la cabeza no habían olvidado que el pecado de escándalo se perdona difícilmente, poetas líricos estípticos por el abuso de la carne de membrillo, tortilleras vergonzantes o alérgicas, jubilados, artríticos, reumáticos, prostáticos y demás suertes de especies sedentarias.

—¡Qué fauna!

—Sí, doña Vitesinda, pero cada una se gana la vida como puede.

—Eso también es verdad, ¡mira tú por dónde!

Doña Vitesinda se sabía de memoria
Los gozos de las madres
, de fray Querubín de las Sagradas Espinas (y ustedes perdonen la manera de señalar) y se casó tarde y enviudó presto. Doña Vitesinda se casó a los cuarenta y seis años cumplidos y como era decente, su marido, el don Rogaciano, en la noche de bodas tuvo que pedir un abrelatas al conserje del hotel porque él, solo y sin ayuda más que de su entusiasmo, por más esfuerzos que hizo, no pudo desvirgarla por procedimientos naturales.

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