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Authors: Juan José Plans

Tags: #Terror

El juego de los niños

BOOK: El juego de los niños
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El juego de los niños
es una novela sobrecogedora que nos sumerge en una inquietante y sorprendente pesadilla, en la más apocalíptica realidad que mente humana pueda concebir.

Novela de culto e hito del género de terror, nos reencontramos con
El juego de los niños
35 años después de su primera y única edición y continúa igual de viva.

Juan José Plans

El juego de los niños

ePUB v1.0

Crubiera
20.08.12

Título original:
El juego de los niños

Juan José Plans, 1976.

Editor original: Crubiera (v1.0)

ePub base v2.0

…Si así fuera, así podría ser…

TWEEDLEDEE

Primera parte
Uno

—E
l hombre, animal superior, conglomerado de muchos trillones de células que representan cada una de ellas un montaje de diversas moléculas, se plantea en la actualidad su futuro; es su gran problema.

La periodista, que no cesaba de apartar con una mano los cabellos que le invadían el rostro, esperó pacientemente a que el profesor se dignara a responder a sus preguntas.

Era la primera vez que tenía la oportunidad de entrevistar a un Premio Nobel, por encargo de una de las revistas más leídas en todo el mundo,
BSM Medicine
, y no acababa de lograr serenarse. Pensaba en que escribiría para millones de lectores, que la juzgarían en diez idiomas.

El profesor, el último de los galardonados con un Premio Nobel de Medicina por sus trabajos de etología, sacó una pipa del bolsillo de su camisa de cuadros de llamativos colores, en la que la periodista ya se había fijado para intercalar en alguna parte de la entrevista un comentario acerca de lo que consideraba una excentricidad del ilustre personaje, llenó la cazuela de un aromático tabaco y dijo:

—Grave responsabilidad, pienso, y atiendo principalmente al acontecer histórico. Quizá no estemos capacitados para resolverlo, tal vez para entender el dilema. Como en los problemas matemáticos, los datos necesarios no son conocidos del todo, y así es imposible obtener el resultado adecuado. Quién sabe, hasta cabe considerar que nos entretenemos en oscurecer el enunciado del problema, en trastocar los datos, en prolongar indefinidamente el laberinto que nos conduce a la solución, un pasatiempo muy arriesgado, de fatales consecuencias. Es decir, que con gran obstinación nos engañamos a nosotros mismos y ponemos en peligro a la especie. El hombre, en el reino animal, no deja de ser una especie más. Y, como tal, si hablamos de nosotros como de un producto cualquiera de la naturaleza, podemos llegar a extinguirnos por muy diversas y dispares causas. Una de ellas: la autoaniquilación.

La periodista anotó taquigráficamente cuanto dijera el profesor, sin cambiar ni una sola palabra.

El profesor aplastó el tabaco con el dedo pulgar y añadió:

—Deseo ser optimista.

—¿Y no lo es?

—Ante lo que sucede, ¿cómo lograr tener confianza en que el hombre resolverá con acierto el problema de su futuro si estamos en un mundo caótico que disfraza sus pesares con remedios comparables a las fugaces serpentinas o farolillos de una verbena?

La periodista se convenció de que nada de lo que pudiera decir estaría a la altura de lo que le dictara el profesor y prefirió guardar silencio.

—¿Café? —le preguntó el Premio Nobel.

—No, gracias.

—Yo sí.

La periodista, con una débil sonrisa, mientras repasaba las preguntas que todavía no formulara, siguió con la mirada al profesor, que se llegó hasta una vieja cocina.

El profesor le indicó el estante donde tenía la cafetera.

—¿Y bien?

—¿Bien, qué? —preguntó desconcertada la periodista.

—¿Es que no sabe hacer café?

—¡Oh, por supuesto!

—Pues adelante.

La periodista, para sus adentros, maldijo al fotógrafo. Se retrasaba más de una hora. Seguramente, pensó ella, seguiría en la ciudad, tomando unas copas con unos viejos amigos, aunque le prometiera que sería cuestión de unos minutos. Se perdía lo más importante de la visita, el que la entrevistadora tuviera el honor de preparar café para un Premio Nobel de Medicina.

La periodista estuvo a punto de llorar.

♦ ♦ ♦

Una azafata hablaba por un micrófono que deformaba desventajosamente su correcta pronunciación. Después de haberles rogado que dejaran de fumar y que se abrocharan los cinturones, anunció a los pasajeros del avión que aterrizarían en unos diez minutos.

—El cinturón apenas me sirve —dijo Nona, que hacía esfuerzos para lograr la unión de las correas.

—Como que estás embarazada de siete meses —y su marido la ayudó hasta oír cómo la cinta quedaba aprisionada dentro de la hebilla.

—Acércame la bolsa.

—¿Te mareas? —preguntó alarmado.

—Por si acaso. Ya sabes que en el momento de aterrizar siempre tengo la mala fortuna de que me dé vueltas la cabeza.

Malco le abrió la bolsa de papel. Ella, sujetándola con las dos manos, la puso a la altura de su boca.

—Esperemos que no ocurra —dijo Nona, algo nerviosa.

—Piensa en otra cosa —le recomendó Malco y cerró el libro que había estado leyendo.

Nona le apretó una mano.

♦ ♦ ♦

El fotógrafo, que había llegado pocos minutos después de que la periodista le sirviera el café al profesor, mascaba chicle y sin dar descanso al disparador de su máquina, revoloteaba alrededor del entrevistado como una mosca.

—Por favor, tome asiento —le rogó el profesor, que comenzaba a preguntarse si aquel individuo no tendría alas.

—Gracias, gracias, pero aún no he acabado con mi trabajo —dijo, mientras se apresuraba a dejar plasmado con su cámara para la posteridad la figura del Premio Nobel.

La periodista manifestaba un enojo que no podía disimular con el fotógrafo, que en el viaje de regreso estaba segura que la invitaría con desfachatez a hacerle unas fotos íntimas antes de señalarle la cama donde le prometería divertirla durante unas horas, con su mirada más severa le gritó que ya estaba bien.

—¿Por qué, nena? —le preguntó el fotógrafo guiñándole un ojo.

El llamarla «nena» la hizo sonrojarse de ira. Pero se contuvo porque aún le quedaba por formular una pregunta al profesor.

—¿Qué opina del hombre? —y se preparó para escribir.

El Premio Nobel echó hacia atrás sus abundantes y descuidados cabellos blancos con las dos manos, aprovechó el cambio de carrete del fotógrafo para rascarse una oreja y respondió con una amarga sonrisa:

—La especie más cruel que jamás haya pisado este estúpido mundo.

El fotógrafo rió.

La periodista, a punto de saltar sobre aquel cretino que le habían destinado como acompañante en el reportaje, rompió su bolígrafo.

El profesor miró al fotógrafo y añadió con una aparente ingenuidad:

—Somos tontos.

—¿Por qué? —preguntó el fotógrafo e hizo un globo con su chicle.

—¡Hazte un autorretrato y lo sabrás! —le gritó la muchacha, enfurecida.

El profesor soltó una carcajada. El globo explotó.

♦ ♦ ♦

El hombre dio un portazo y salió de su casa.

Esperaba el ascensor mientras encendía nervioso un cigarrillo y aún tuvo tiempo de oír llorar a su esposa, que ante él había hecho un gran esfuerzo para contenerse.

—Si cree que… —dijo apretando los dientes.

El ascensor se detuvo en su piso.

—Soy capaz de irme a un hotel —gruñó.

Y entró en el ascensor, donde una vieja, con un perro empalagoso en brazos, lo miró descaradamente con una maliciosa sonrisa. Era su vecina del piso de arriba. Habría estado escuchándolos, como siempre hacía cuando discutían.

—¿Problemillas? —le preguntó.

—¡Ojalá este trasto nos hunda en el infierno! —gritó con ojos ensangrentados.

La vieja gimió asustada.

Pero el ascensor se detuvo en el portal.

Y el hombre, como tantas veces desde hacía meses, acabaría por decidir a ir al club que estaba alejado de la ciudad, en una colina al lado del mar que antes fuera nido de cuervos.

Se acordó de la vieja del ascensor.

Y de su mujer.

♦ ♦ ♦

Malco, que esperaba la salida de su mujer del servicio, compró los periódicos de la tarde. A su lado, un niño, de pocos años, quería una bolsa de caramelos.

—No basta con ese dinero —le dijo al pequeño la vendedora.

—¡Si es mucho! —exclamó el niño y le enseñó las monedas que tenía en su mano, empapadas en sudor de haberlas llevado apretadas.

La mujer las contó.

—Faltan cuatro, como ésta grande.

—Mi padre no me dará más —dijo el niño, suplicante.

Malco le sonrió.

—Que se quede con la bolsa de caramelos —dijo a la vendedora.

—Es que en este negocio, si me dedico a regalar las cosas… —comentó huraña.

—Pago la diferencia.

—Muy bien —respondió satisfecha.

El pequeño abrió la bolsa y ofreció a Malco un caramelo de varios colores.

—Oh, gracias.

—A usted, señor.

Y el niño se fue corriendo, mientras le gritaba:

—¡Mis hermanos se pondrán muy contentos!

Malco, descuidadamente, ojeó los periódicos.

—Amenaza otra guerra —se dijo al reparar en una noticia— y acaba de terminar una que duró cinco años. Estamos locos…

Miró con tristeza a un grupo de niños, al que se había sumado el de la bolsa de caramelos. Pensó en el posible futuro que se les avecinaba. Y recordó a sus hijos, que a aquellas horas estarían pegados a la pantalla del televisor viendo las aventuras de unos astronautas que viajaban por los más sorprendentes planetas.

—Y el que nacerá…

Nona lo tomó del brazo y lo sacó de sus pensamientos.

—Ya estoy aquí —le dijo.

—¿Bien? —y notó que la palidez se le iba del rostro.

—Mejor.

—En la cafetería…

—¡Oh, no! —le interrumpió Nona—. Vayamos por las maletas y acerquémonos a la ciudad.

—El tiempo es nuestro; hemos iniciado las vacaciones.

—Quisiera comprar algunas cosas.

—Cenaremos en la ciudad.

—¿Y al pueblo?

—No hay prisa.

—Ahora, antes de irnos del aeropuerto, llamaremos a los niños.

—¡Si acabamos de aterrizar!

—Malco, es para tranquilizarlos —y lo empujó hacia unas cabinas telefónicas.

—Conforme —suspiró él con la completa seguridad de que, si en aquellos momentos había alguien nervioso, era únicamente su esposa.

Sus hijos devorarían palomitas y disfrutarían viendo cómo los astronautas se las ingeniaban para no perecer en los tentáculos de alguna monstruosa criatura.

♦ ♦ ♦

El profesor, tras tomarse otra taza de café, una vez que se hubieran ido la periodista y el fotógrafo, ella comprometiéndose a enviarle unos cuantos ejemplares de la revista en la que aparecería publicada la entrevista y él prometiéndole el envío de algunas copias de las fotos que le hiciera, dejó la cabaña.

La periodista le había agradado.

—Buenas preguntas —se dijo, mientras acariciaba unas flores—. Debería haberle ofrecido un ramo en compensación a su excelente café.

Pero, como de costumbre, esas cosas no se le ocurrían a su debido tiempo. No cabe duda de que cada vez está más despistado, máxime desde que se aisló en este lugar, bien alejado de los soporíferos discursos de sus colegas.

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