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Authors: Arthur Conan Doyle

El regreso de Sherlock Holmes

BOOK: El regreso de Sherlock Holmes
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O también La reaparición de Sherlock Holmes, es una colección de 13 historias escritas por Sir Arthur Conan Doyle en 1903.

Conan Doyle se vio casi obligado a escribir esta colección de historias ya que sus lectores se quejaban de que el protagonista, Sherlock Holmes, hubiera muerto en las cataratas de Reichenbach (Suiza) cuando luchaba con el profesor Moriarty en la historia titulada "El problema final" de la colección Las Memorias de Sherlock Holmes. Los relatos son los siguientes:

 

1. La aventura de la casa vacía

2. La aventura del constructor de Norwood

3. La aventura de los monigotes

4. La aventura de la ciclista solitaria

5. La aventura del colegio Priory

6. La aventura de Peter el Negro

7. La aventura de Charles Augustus Milverton

8. La aventura de los seis napoleones

9. La aventura de los tres estudiantes

10. La aventura de las gafas de oro

11. La aventura del Tres Cuartos desaparecido

12. La aventura de Abbey Grange

13. La aventura de la Segunda Mancha

Arthur Conan Doyle

El regreso de Sherlock Holmes

 

ePUB v1.1

JerGeoKos
12.09.12

Título original:
El título del libro

Arthur Conan Doyle, 1903.

Editor original: JerGeoKos (v1.0 a v1.x)

ePub base v2.0

 

1. La aventura de la casa vacía

En la primavera de 1894, el asesinato del honorable Ronald Adair, ocurrido en las más extrañas e inexplicables circunstancias, tenía interesado a todo Londres y consternado al mundo elegante. El público estaba ya informado de los detalles del crimen que habían salido a la luz durante la investigación policial; pero en aquel entonces se había suprimido mucha información, ya que el ministerio fiscal disponía de pruebas tan abrumadoras que no se consideró necesario dar a conocer todos los hechos. Hasta ahora, después de transcurridos casi diez años, no se me ha permitido aportar los eslabones perdidos que faltaban para completar aquella notable cadena. El crimen tenía interés por sí mismo, pero para mí aquel interés se quedó en nada, comparado con una derivación inimaginable, que me ocasionó el sobresalto y la sorpresa mayores de toda mi vida aventurera. Aun ahora, después de tanto tiempo, me estremezco al pensar en ello y siento de nuevo aquel repentino torrente de alegría, asombro e incredulidad que inundó por completo mi mente. Aquí debo pedir disculpas a ese público que ha mostrado cierto interés por las ocasiones y fugaces visiones que yo le ofrecía de los pensamientos y actos de un hombre excepcional, por no haber compartido con él mis conocimientos. Me habría considerado en el deber de hacerlo de no habérmelo impedido una prohibición terminante, impuesta por su propia boca, que no se levantó hasta el día 3 del mes pasado.

Como podrán imaginarse, mi estrecha relación con Sherlock Holmes había despertado en mí un profundo interés por el delito y, aun después de su desaparición, nunca dejé de leer con atención los diversos misterios que salían a la luz pública e, incluso, intenté más de una vez, por pura satisfacción personal, aplicar sus métodos para tratar de solucionarlos, aunque sin resultados dignos de mención. Sin embargo, ningún suceso me llamó tanto la atención como esta tragedia de Ronald Adair. Cuando leí los resultados de las pesquisas, que condujeron a un veredicto de homicidio intencionado, cometido por persona o personas desconocidas, comprendí con más claridad que nunca la pérdida que había sufrido la sociedad con la muerte de Sherlock Holmes. Aquel extraño caso presentaba detalles que yo estaba seguro de que le habrían atraído muchísimo, y el trabajo de la policía se habría visto reforzado o, más probablemente, superado por las dotes de observación y la agilidad mental del primer detective de Europa. Durante todo el día, mientras hacía mis visitas médicas, no paré de darle vueltas al caso, sin llegar a encontrar una explicación que me pareciera satisfactoria. Aun a riesgo de repetir lo que todos saben, volveré a exponer los hechos que se dieron a conocer al público al concluir la investigación.

El honorable Ronald Adair era el segundo hijo del conde de Maynooth, por aquel entonces gobernador de una de las colonias australianas. La madre de Adair había regresado de Australia para operarse de cataratas, y vivía con su hijo Adair y su hija Hilda en el 427 de Park Lane. El joven se movía en los mejores círculos sociales, no se le conocían enemigos y no parecía tener vicios de importancia. Había estado comprometido con la señorita Edith Woodley, de Carstairs, pero el compromiso se había roto por acuerdo mutuo unos meses antes, sin que se advirtieran señales de que la ruptura hubiera provocado resentimientos. Por lo demás, su vida discurría por cauces estrechos y convencionales, ya que era hombre de costumbres tranquilas y carácter desapasionado. Y sin embargo, este joven e indolente aristócrata halló la muerte de la forma más extraña e inesperada.

A Ronald Adair le gustaba jugar a las cartas y jugaba constantemente, aunque nunca hacía apuestas que pudieran ponerle en apuros. Era miembro de los clubes de jugadores Baldwin, Cavendish y Bagatelle. Quedó demostrado que la noche de su muerte, después de cenar, había jugado unas manos de whist en el último de los clubes citados. También había estado jugando allí por la tarde. Las declaraciones de sus compañeros de partida -el señor Murray, sir John Hardy y el coronel Moran- confirmaron que se jugó al whish y que la suerte estuvo bastante igualada. Puede que Adair perdiera unas cinco libras, pero no más. Puesto que poseía una fortuna considerable, una pérdida así no podía afectarle lo más mínimo. Casi todos los días jugaba en un club o en otro, pero era un jugador prudente y por lo general ganaba. Por estas declaraciones se supo que, unas semanas antes, jugando con el coronel Moran de compañero, les había ganado 420 libras en una sola partida a Godfrey Milner y lord Balmoral. Y esto era todo lo que la investigación reveló sobre su historia reciente.

La noche del crimen, Adair regresó del club a las diez en punto. Su madre y su hermana estaban fuera, pasando la velada en casa de un pariente. La doncella declaró que le oyó entrar en la habitación delantera del segundo piso, que solía utilizar como cuarto de estar. Dicha doncella había encendido la chimenea de esta habitación y, como salía mucho humo, había abierto la ventana. No oyó ningún sonido procedente de la habitación hasta las once y veinte, hora en que regresaron a casa lady Maynooth y su hija. La madre había querido entrar en la habitación de su hijo para darle las buenas noches, pero la puerta estaba cerrada por dentro y nadie respondió a sus gritos y llamadas. Se buscó ayuda y se forzó la puerta. Encontraron al desdichado joven tendido junto a la mesa, con la cabeza horriblemente destrozada por una bala explosiva de revólver, pero no se encontró en la habitación ningún tipo de arma. Sobre la mesa había dos billetes de diez libras, y además 17 libras y 10 chelines en monedas de oro y plata, colocadas en montoncitos que sumaban distintas cantidades. Se encontró también una hoja de papel con una serie de cifras, seguidas por los nombres de algunos compañeros de club, de lo que se dedujo que antes de morir había estado calculando sus pérdidas o ganancias en el juego.

Un minucioso estudio de las circunstancias no sirvió más que para complicar aún más el caso. En primer lugar, no se pudo averiguar la razón de que el joven cerrase la puerta por dentro. Existía la posibilidad de que la hubiera cerrado el asesino, que después habría escapado por la ventana. Sin embargo, ésta se encontraba por lo menos a seis metros de altura y debajo había un macizo de azafrán en flor. Ni las flores ni la tierra presentaban señales de haber sido pisadas y tampoco se observaba huella alguna en la estrecha franja de césped que separaba la casa de la calle. Así pues, parecía que había sido el mismo joven el que cerró la puerta. Pero ¿cómo se había producido la muerte? Nadie pudo haber trepado hasta la ventana sin dejar huellas. Suponiendo que le hubieran disparado desde fuera de la ventana, tendría que haberse tratado de un tirador excepcional para infligir con un revólver una herida tan mortífera. Pero, además, Park Lane es una calle muy concurrida y hay una parada de coches de alquiler a cien metros de la casa. Nadie había oído el disparo. Y, sin embargo, allí estaba el muerto y allí la bala de revólver, que se había abierto como una seta, como hacen las balas de punta blanda, infligiendo así una herida que debió provocar la muerte instantánea. Estas eran las circunstancias del misterio de Park Lane, que se complicaba aún más por la total ausencia de móvil, ya que, como he dicho, al joven Adair no se le conocía ningún enemigo y, por otra parte, nadie había intentado llevarse de la habitación ni dinero ni objetos de valor.

Me pasé todo el día dándole vueltas a estos datos, intentando encontrar alguna teoría que los reconciliase todos y buscando esa línea de mínima resistencia que, según mi pobre amigo, era el punto de partida de toda investigación. Confieso que no avancé mucho. Por la tarde di un paseo por el parque, y a eso de las seis me encontré en el extremo de Park Lane que desemboca en Oxford Street. En la acera había un grupo de desocupados, todos mirando hacia una ventana concreta, que me indicó cuál era la casa que había venido a ver. Un hombre alto y flaco, con gafas oscuras y todo el aspecto de ser un policía de paisano, estaba exponiendo alguna teoría propia, mientras los demás se apretujaban a su alrededor para escuchar lo que decía. Me acerqué todo lo que pude, pero sus comentarios me parecieron tan absurdos que retrocedí con cierto disgusto. Al hacerlo tropecé con un anciano contrahecho que estaba detrás de mí, haciendo caer al suelo varios libros que llevaba. Recuerdo que, al agacharme a recogerlos, me fijé en el título de uno de ellos, El origen del culto a los árboles, lo que me hizo pensar que el tipo debía ser un pobre bibliófilo que, por negocio o por afición, coleccionaba libros raros. Le pedí disculpas por el tropiezo, pero estaba claro que los libros que yo había maltratado tan desconsideradamente eran objetos preciosísimos para su propietario. Dio media vuelta con una mueca de desprecio y vi desaparecer entre la multitud su espalda encorvada y sus patillas blancas.

Mi observación del número 427 de Park Lane contribuyó bien poco a resolver el enigma que me interesaba. La casa estaba separada de la calle por una tapia baja con verja, que en total no pasaban del metro y medio de altura. Así pues, cualquiera podía entrar en el jardín con toda facilidad; sin embargo, la ventana resultaba absolutamente inaccesible, ya que no había tuberías ni nada que sirviera de apoyo al escalador, por ágil que éste fuera. Más desconcertado que nunca, dirigí mis pasos de vuelta hacia Kensington. No llevaba ni cinco minutos en mi estudio cuando entró la doncella, diciendo que una persona deseaba verme. Cuál no sería mi sorpresa al ver que el visitante no era sino el extraño anciano coleccionista de libros, con su rostro afilado y marchito enmarcado por una masa de cabellos blancos, y sus preciosos volúmenes, por lo menos una docena encajados bajo el brazo derecho.

—Parece sorprendido de verme, señor —dijo con voz extraña y cascada.

Reconocí que lo estaba.

—Verá usted, yo soy hombre de conciencia, así que vine cojeando detrás de usted, y cuando le vi entrar en esta casa me dije: voy a pasar a saludar a este caballero tan amable y decirle que aunque me he mostrado un poco grosero no ha sido con mala intención, y que le agradezco mucho que haya recogido mis libros.

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