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Authors: George MacDonald Fraser

Tags: #Humor, Novela histórica

Flashman y señora (7 page)

BOOK: Flashman y señora
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Lo más extraño de todo, sin embargo, fue la forma en que mi suegro entró en contacto con él. Durante aquel invierno, el viejo Morrison venía de vez en cuando al sur desde su hogar en Paisley para castigarnos con su presencia y quejarse de los gastos. Durante una de esas visitas, Solomon comió con nosotros. Morrison echó un vistazo al elegante corte de su chaqueta y sus patillas Newgate y murmuró algo acerca de «otro perfumado petimetre con más dinero que sentido común», pero antes de que la cena hubiese acabado, Solomon le tenía comiendo de su mano.

El viejo Morrison había iniciado una de sus habituales peroratas acerca del estado de la nación, así que durante el primer plato tuvimos sopa de pollo con puerros, pescado con salsa de ostras e impuesto sobre la renta, todo mezclado con albondiguillas de pollo, costillas de cordero y el Acta de Minería, seguido por un segundo plato de venado al borgoña, fricasé de buey y corredores de bolsa, y por fin helado de uva, tarta de arándanos e Irlanda de postre. Luego las damas (Elspeth y la amante de mi padre, Judy, a quien Elspeth tenía mucho cariño, Dios sabe por qué) se retiraron, y con el oporto tuvimos huelgas de mineros y el declive general del país.

Temas apasionantes todos ellos, y mi viejo se durmió en su silla mientras Morrison peroraba acerca de la iniquidad de esos sinvergüenzas de mineros que ponían pegas a que sus niños arrastrasen vagonetas desnudos por los túneles durante sólo quince horas al día.

—Es la infame Comisión Real —gritaba—. Están haciendo mucho daño... ah, y esto se va a contagiar, ya lo verán. Si los niños por debajo de la edad de diez años no pueden trabajar bajo tierra, ¿cuánto tardarán en prohibirles trabajar en las fábricas?, ¿pueden decírmelo? ¡Maldito sea ese mequetrefe de Ashley! «Educadles», dice. ¡Ya los he educado yo! Y luego vendrá el Acta de Manufactura... eso será lo próximo.

—La enmienda no se aprobará antes de dos años —dijo Solomon tranquilamente, y Morrison le miró ceñudamente.

—¿Cómo lo sabe?

—Es obvio. Tenemos el Acta de la Minería, que es todo lo que el país puede digerir por el momento. Pero el acortamiento de horas llegará... probablemente dentro de dos años, o puede ser que dentro de tres. El informe del señor Horne lo procurará.

Su tranquila certidumbre impresionó a Morrison, que no estaba acostumbrado a que le dieran lecciones sobre negocios. Sin embargo, la mención del nombre de Horne le sacó de quicio de nuevo... Creo que dijo que iba a publicar un documento sobre el empleo infantil que inevitablemente conduciría a la bancarrota a todos los empresarios que se lo merecieran, como mi suegro, con cerveza gratis y vacaciones para los pobres, una rebelión de los trabajadores y la invasión de los franceses.

—No tanto, no tanto —sonrió Solomon—. Pero su informe levantará una tormenta, eso es seguro. Lo he hojeado un poco.

—¿Lo ha visto? —exclamó Morrison—. ¡Pero si no aparecerá hasta Año Nuevo! —le miró furioso durante un momento—. Está muy bien informado, señor —bebió con ansia un trago de oporto—. ¿Y pudo conseguir... quiero decir si tuvo la oportunidad de ver si aparecía alguna mención a Paisley, quizá?

Solomon no estaba seguro, pero dijo que había algunas cosas estremecedoras en el informe: niños atados y azotados sin miramientos por los capataces, enviados desnudos por las calles cuando llegaban tarde; en una fábrica incluso les clavaban clavos en las orejas por trabajar mal.

—¡Eso es mentira! —tronó Morrison, golpeando la mesa con su vaso—. ¡Una maldita mentira! ¡Nunca se le ha puesto la mano encima a un niño en nuestra casa! Dios mío... si tienen rezo a las siete, y se les da un vaso de leche y algo para la cena... ¡todo de mi bolsillo! Incluso un metro de tela, a veces, como regalo, y yo casi me vuelvo loco por la cantidad de robos...

Solomon le calmó diciendo que estaba seguro de que las fábricas de Morrison eran el paraíso terrenal, pero añadió muy serio que entre el informe de Horne
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y la inactividad general de los negocios, él no preveía demasiadas ganancias para los fabricantes en los años venideros. Inversiones en ultramar, ahí estaba el futuro. Los hombres que conocieran sus negocios (como él, por ejemplo) podían ganar millones cada año en Oriente, y aunque Morrison hacía muecas de desprecio, y llamó a aquello charla propagandística, se notaba que estaba interesado a pesar de todo. Empezó a hacer preguntas, y a discutir, y Solomon tenía todas las respuestas prontas; yo encontraba todo aquello mortalmente aburrido y les dejé charlando, con mi viejo roncando y eructando en la cabecera de la mesa: los ruidos más inteligentes que había oído yo en toda la noche. Pero después, el viejo Morrison observó que el joven Solomon tenía la cabeza sobre los hombros y que era bastante rico y un tipo formal, y no como otros que dedicaban su tiempo a vagabundear y emborracharse, y vivían a costa de sus mayores, etc.

Como resultado de estas conversaciones, don Solomon Haslam fue un visitante más asiduo que antes, dividiendo su tiempo entre Elspeth y su padre, que es una variación perversa, me parece a mí. Siempre estaba hablando de comercio con el Lejano Oriente con Morrison, apremiándole a que se metiera en él: incluso sugirió que el viejo bastardo debía hacer un viaje para ver aquello por sí mismo, lo cual yo habría secundado a gusto, sin que nadie indicase lo contrario. Me pregunté si quizá Solomon era algún charlatán que trataba de estafarle al viejo sinvergüenza unos cuantos miles. Me hubiera encantado. De todos modos, ellos se llevaban muy bien, y como Morrison en aquella época estaba expandiendo sus negocios, y Haslam estaba muy bien relacionado en la City, me atrevo a decir que mi querido pariente encontró útil la asociación.

Así pasaron el invierno y la primavera, hasta que en junio recibí dos cartas: Una era de mi tío Bindley, de la Guardia Montada, para decir que estaba negociando procurarme un puesto de lugarteniente en la Caballería Real; este gran honor, se apresuraba a puntualizar, se debía a mi heroicidad afgana, no a mi posición social, que en su opinión era insignificante. Él provenía de la rama Paget de la familia y nos despreciaba a nosotros, los Flashman comunes, con lo cual mostraba que tenía más sentido común que buenos modales. Me sentí bastante halagado por estas noticias, e igualmente entusiasmado por la otra carta, que procedía de Alfred Mynn y me recordaba su invitación para jugar en su equipo informal en Canterbury. Yo había jugado un poco con los Montpeliers en el viejo campo de Beehive y estaba en forma, así que acepté de inmediato. Sin embargo, no fue estrictamente por el críquet. Yo tenía tres buenas razones para querer estar fuera de la ciudad por entonces. Primera, acababa de ser el instrumento del fracaso de Lola Montes en la escena de Londres,
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y tenía razones para creer que la muy zorra me buscaba con una pistola. Ella estaba dispuesta a todo, ya saben, incluyendo el asesinato. En segundo lugar, una mujer acróbata con quien me había acostado pretendía estar embarazada, y pedía compensación con lágrimas y amenazas. Y en tercer lugar, recordé que la señora Lade, la amiguita del duque, iba a estar en Canterbury para la Semana de Críquet.

Así que, como pueden ver, un cambio de escenario era justamente lo que necesitaba el viejo Flashy. Si yo hubiera sabido de qué tipo de cambio se trataba, le habría pagado lo que pedía a la acróbata, habría dejado que la señora Lade se fuera al infierno y habría permitido a la Montes que me disparara por la espalda... Aun así me habría considerado afortunado. Pero no podemos prever el futuro, gracias a Dios.

Intentaba irme a Canterbury yo solo, pero una semana antes se me ocurrió mencionar mi viaje a Haslam, en presencia de Elspeth, e inmediatamente él dijo: «Estupendo». Era muy aficionado al críquet también, y alquilaría una casa durante aquella semana. Teníamos que ser sus invitados, él daría una fiesta y convertiríamos todo aquello en unas estupendas vacaciones. Así era él, los gastos no le importaban en modo alguno. Al punto Elspeth estaba palmoteando y prometiéndoselas muy felices con los picnics y bailes y toda clase de reuniones sociales.

—¡Oh, Don, qué maravilla! —gritó—. Bueno, será divertidísimo, y además Canterbury es un lugar de lo más selecto, creo yo. Sí, allí hay un regimiento; pero, ¿qué me voy a poner? Hay que llevar un estilo diferente fuera de Londres, especialmente si las comidas son al aire libre, y las fiestas nocturnas seguro que serán también fuera... ¡ah!, ¿y qué pasará con el pobre y querido papaíto?

Yo debería haber añadido que otra de las razones de mi partida de Londres era apartarme del viejo Morrison, que todavía estaba infestando nuestra casa. De hecho, se había puesto enfermo en mayo... mortalmente enfermo, por desgracia. Él decía que era por el exceso de trabajo, pero yo sabía que era la comisión del informe del empleo infantil que, como don Solomon había vaticinado, estaba causando una gran conmoción antes incluso de aparecer, porque probaba que nuestras fábricas eran mucho peores que las minas de sal de Siberia. No se daban nombres, pero seguían haciéndose preguntas en los Comunes; Morrison estaba aterrorizado de que en cualquier momento pudiera verse expuesto como el cerdo esclavista que era en realidad. Así que el pequeño villano se había metido en la cama con un complejo de culpabilidad nerviosa, y pasaba el tiempo maldiciendo a los comisionados, regañando a los sirvientes y apagando las velas para ahorrar dinero.

Por supuesto, Haslam dijo que él venía con nosotros; el cambio de aires le haría mucho bien. Yo personalmente creía que lo que necesitaba el viejo pelmazo era un cambio «total» de aires, pero no podía hacer nada al respecto, y como mi primer partido con la gente de Mynn era un lunes por la tarde, se convino en que el grupo emprendería el viaje el día anterior. Me las arreglé para librarme del viaje ese alegando que tenía asuntos que resolver. De hecho, el joven Conyngham había reservado una habitación en el Magpie para una ejecución el lunes por la mañana, pero no se lo conté a Elspeth. Don Solomon escoltó al grupo a la estación para coger el tren especial en el que había reservado asientos. Elspeth llevaba baúles y bolsas de mano suficientes para establecer una nueva colonia, el viejo Morrison iba envuelto en mantas, quejándose sobre la iniquidad de viajar en tren el día del Señor, y Judy, la querida de mi padre, lo miraba todo con una sonrisita maliciosa.

Ella y yo no cambiábamos ni una palabra por aquel entonces. Yo me la había trabajado alguna vez en los viejos tiempos, cuando el viejo no miraba, pero ella se negó y tuvimos una buena bronca, con gritos y todo, en la cual le puse un ojo morado. Desde entonces, estábamos en términos de civilizado desprecio, por bien del viejo, pero como a él lo habíamos llevado de nuevo hacía poco al sanatorio para que le expulsaran del cerebro los bichitos del alcohol, Judy dedicaba su tiempo a hacer compañía a Elspeth. Oh, sí, éramos un grupito de lo más convencional, claro que sí. Ella era una buena pieza, y yo le apreté un poco el muslo para fastidiarla cuando la ayudaba a subir al tren. Obtuve una mirada que helaba la sangre y les dije adiós, prometiéndoles que nos reuniríamos en Canterbury al mediodía del día siguiente.

Ya he olvidado a quién colgaban el lunes, y no importa en absoluto, pero fue el único ahorcamiento de la prisión de Newgate que llegué a presenciar, y después tuve un encuentro que forma parte de mi relato. Cuando llegué al Magpie el domingo por la noche, Conyngham y sus amigos no estaban allí, porque se habían acercado a la capilla de la prisión a ver cómo esperaba el condenado su último servicio. No me perdí gran cosa, al parecer, porque cuando volvieron gritaban que aquello había sido un aburrimiento mortal: el capellán rezaba monótonamente y el asesino estaba sentado en la celda hablando con el carcelero.

—Ni siquiera le obligaron a sentarse en su ataúd —exclamó Conyngham—. Pensaba que siempre les ponían: el ataúd en la celda a su lado... ¡Maldita sea, Beresford, tú me dijiste que lo hacían!

—Bueno, aun así, no se ve todos los días a un tipo que asiste a su propio funeral —dijo otro—. ¿No te gustaría tener un aspecto tan vivaracho en tu funeral, Conners?

Después de esto, se sentaron todos a jugar y beber, con una cena fría que duró toda la noche y, por supuesto, llegaron también las chicas, unas putas de Snow Hill que yo no habría tocado ni con un palo largo. Me divertía ver que Conyngham y los otros tipos jóvenes estaban en un raro frenesí de excitación, algo febril, mientras bebían y se dedicaban a las chicas, y todo porque iban a ver morir a un tipo. Aquello no me afectaba nada a mí, que había visto ahorcamientos, decapitaciones, crucifixiones y Dios sabe cuántas cosas más en mis viajes por esos mundos de Dios; mi interés estaba en ver a un malhechor inglés estirar la pata frente a una multitud inglesa, así que mientras tanto me instalé para jugar al
écarté
con Speedicut, y le embauqué bien hasta desplumarle del todo antes de medianoche.

A esas horas, la mayor parte de la compañía estaba borracha o roncando, pero no hubo mucho tiempo para dormir; precisamente antes de amanecer llegaron los esbirros a levantar el patíbulo, y el follón que armaron en la calle, mientras hacían su trabajo, despertó a todo el mundo. Conyngham recordó entonces que tenía un permiso especial del
sheriff
, así que todos echamos a correr a Newgate para echar un vistazo al tipo en la celda de los condenados, y recuerdo cómo aquel grupo borracho y pendenciero se quedó silencioso una vez que estuvimos en el patio de Newgate, con aquellas blancas y húmedas paredes que se elevaban a cada lado. Nuestros pasos resonaban huecos en los pasadizos de piedra, respirando agitados y susurrando mientras el carcelero sonreía y ponía los ojos en blanco para que Conyngham sintiera que había empleado bien su dinero.

Yo creo que aquellos jóvenes petimetres no se convencieron, sin embargo, porque todo lo que vieron al final fue a un hombre que yacía dormido en su banco de piedra, con el carcelero descansando en un colchón junto a él; uno o dos de nuestro grupo, después de recobrar su ánimo, querían despertarle, con la esperanza de ver si deliraba o se ponía a rezar, supongo; Conyngham, que era el más bruto de todos, rompió una botella en los barrotes y rugió al tipo que se moviera, pero él se volvió del otro lado y un tipo pequeño, como un sacristán, con ropa negra y un alto sombrero, se acercó enfurecido para echarnos.

—¡Sabandijas! —gritó, golpeando con el pie el suelo y con la cara roja—. ¿No tienen decencia? ¡Dios bendito, y éstos figura que son los líderes de nuestra nación! ¡Malditos, malditos sean, váyanse al infierno! —desbarraba por los cuatro costados debido a la furia que le dominaba, y juró al carcelero que perdería su puesto; él echó fuera por las buenas a Conyngham, pero a nuestro chico duro ni le afectó. Cuando se le devolvió insulto por insulto, echó una carrera hacia el cadalso, que ya estaba levantado a esa hora, con sus negras vigas, sus barandillas y todo, y se las arregló para bailar sobre la trampilla antes de que los escandalizados trabajadores le echaran.

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