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Authors: Lois McMaster Bujold

Tags: #Novela, Ciencia ficción

Fronteras del infinito (7 page)

BOOK: Fronteras del infinito
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Dea miró el bultito envuelto en tela y con sumo cuidado lo levantó y lo colocó encima de un material especial extendido sobre el suelo bajo el sol brillante. Los instrumentos de su investigación estaban dispuestos sobre el plástico en un orden preciso.

El doctor desenvolvió las telas de las fundas especiales, todas de colores y dibujos brillantes y Harra se acercó para tomarlas de sus manos, alisarlas y doblarlas. Las preparó para cuando hubiera que volver a usarlas. Después se alejó de nuevo.

Miles jugueteó con el pañuelo, la mano dentro del bolsillo, listo para ponérselo sobre la boca y la nariz y fue a ver lo que hacía Dea por encima de su hombro. Feo, pero no tan feo. Había visto y olido cosas peores. Dea, con una máscara con filtro sobre la cara, dictaba el procedimiento en un grabador que le colgaba del hombro. Primero un examen visual; después, uno táctil; por último, con el detector.

—Aquí, milord —dijo e hizo un gesto para que Miles se le acercara—, es casi seguro que esto fue la causa de la muerte, aunque voy a hacer los exámenes de toxinas de inmediato. Le rompieron el cuello. Ve, ahí, en el detector, ahí es donde está partida la columna y luego hicieron fuerza para volver a poner los huesos en su lugar.

—Karal, Alex. —Miles hizo un gesto para que se acercaran y cumplieran con su papel de testigos.

Los dos obedecieron a regañadientes.

—¿Podría haber sido un accidente? —preguntó Miles.

—Puede, pero es una posibilidad muy remota. El realineamiento de los huesos fue deliberado, eso seguro.

—¿Llevaría mucho tiempo?

—Segundos. La muerte fue instantánea.

—¿Cuánta fuerza física hace falta? Un hombre grande o…

—Cualquier adulto suficientemente motivado.

El estómago de Miles se revolvió al imaginar la escena que conjuraban las palabras de Dea. La cabecita mal sostenida podía caber con facilidad en la mano de un hombre. La torsión, el ruidito del cartílago que se quiebra… si había una cosa que Miles conocía de memoria era la sensación táctil exacta de la rotura de un hueso… ah, sí.

—La motivación —prosiguió Dea— no es mi departamento. —Hizo una pausa—. Quiero que conste que cualquier examen externo cuidadoso pudo haber descubierto todo esto. Yo lo he visto enseguida. Un técnico experimentado, aunque no fuera médico —dijo y lanzó una mirada glacial—, un técnico que estuviera prestando atención a lo que hacía, claro, tendría que haberlo visto.

Miles también miró a Karal a los ojos, esperando.

—Así que murió aplastada… —susurró Harra. Tenía la voz quebrada de rabia y desprecio.

—Milord —dijo Karal, con cuidado—, lo cierto es que sospeché la posibilidad…

Sospechar, una mierda. Lo sabías
.

—Pero creí… y todavía creo… —sus ojos expresaban un desafío cauteloso— que si se armaba revuelo, sólo conseguiríamos causar más dolor. Ya no se podía hacer nada por el bebé. Mis deberes son para con los vivos.

—También los míos, portavoz Karal. Por ejemplo, mi deber para con el próximo pequeño súbdito imperial que se encuentre en peligro mortal por los actos de aquellos que deberían ser sus protectores, y todo por la falta grave de ser —y Miles dejó escapar una sonrisa extraña— físicamente diferente. Desde el punto de vista del conde Vorkosigan, éste no es sólo un caso más. Es un caso testigo, la muestra de miles de casos… Revuelo… —hizo sonar la erre con fuerza. Harra se hamacaba al ritmo de su voz—. Todavía no ha visto nada.

Karal dejó de hablar como si lo hubieran doblado en dos y guardado en un rincón.

Después vino una hora de operaciones que sólo dieron datos negativos; no había más huesos rotos, los pulmones de la criatura estaban limpios, su aparato digestivo y su corriente sanguínea libre de toxinas, excepto las que provenían de la descomposición. El defecto por el que había muerto no se extendía hacia la columna, informó Dea. Una cirugía plástica muy simple habría podido corregir la boca de gato si la niña hubiera podido acceder a ese tipo de operación, claro. Miles se preguntó si esa afirmación consolaba a Harra y pensó que, con toda seguridad, la angustiaría más aún.

Dea volvió a armar su rompecabezas de instrumentos y Harra envolvió el cuerpecito con pliegues pequeños, significativos. Dea limpió los instrumentos y los puso de nuevo en sus fundas y se lavó las manos y los brazos y la cara en el arroyo y se tomó un tiempo demasiado largo para que se tratara simplemente de higiene, pensó Miles. Mientras tanto, el gorila volvió a enterrar el féretro.

Harra hizo un pequeño hueco en la tierra sobre la tumba, colocó ramitas y pedazos de corteza dentro y quemó un mechón de su cabello lacio.

Miles, cogido por sorpresa, buscó en sus bolsillos.

—No tengo nada que pueda quemarse —se disculpó.

Harra levantó la vista, sorprendida por el ofrecimiento que implicaban las palabras del hijo del conde.

—No importa, milord. —Su pequeña pila de ofrendas brilló brevemente y desapareció, como la vida de su niña, Raina.

Pero sí importa
, pensó Miles.

Paz para ti, damita, después de nuestras rudas invasiones. Yo te haré una ofrenda mejor, te lo juro, te doy palabra de Vorkosigan. Y el humo de ese sacrificio se elevará hasta muy arriba, para que lo vean de un extremo a otro de estas montañas
.

Miles encargó a Karal y a Alex que siguieran buscando a Lem Csurik y llevó a Harra Csurik a su casa. Pym iba con ellos.

Pasaron unas cuantas cabañas alejadas unas de otras. En una de ellas había un par de chiquillos sucios jugando en el patio. Corrían alrededor de los caballos, riendo y haciendo signos hacia Miles, desafiándose unos a otros a hacer algo todavía más atrevido, hasta que su madre los vio, saltó hasta ellos y los metió dentro con una mirada atemorizada sobre el hombro. Era extraño, pero Miles se sentía casi aliviado, la bienvenida que había esperado siempre, no como la indiferencia cuidadosa, tensa, consciente de Karal y Alex. La vida de Raina no hubiera sido fácil.

La cabaña de Harra estaba en el extremo de una hondonada larga, justo antes de que se hiciera estrecha y se convirtiera en barranco. Parecía muy silenciosa y aislada bajo las sombras moteadas de la tarde.

—¿Está segura de que no prefiere quedarse con su madre? —preguntó Miles, con un tono de duda en la voz.

Harra negó con la cabeza. Se deslizó al suelo desde el anca de Tonto, y Miles y Pym desmontaron y la siguieron.

La cabaña era como todas, una habitación única con un hogar de piedra y una galería ancha y techada al frente. El agua parecía provenir del riachuelo que corría por la quebrada. Pym extendió una mano y entró primero, detrás de Harra, con los dedos sobre el bloqueador nervioso. Si Lem Csurik había huido, ¿no podría haber ido hacia su casa? Pym había estado metiendo el detector en arbustos de aspecto absolutamente inocente durante todo el camino.

La cabaña estaba desierta. Aunque había estado ocupada no hacía mucho. No tenía el silencio polvoriento, largo, que uno espera después de ocho días de soledad y luto. Sobre el mármol se veían todavía los restos de unas cuantas comidas apresuradas. Alguien había usado la cama: estaba arrugada y sin hacer. Unas cuantas prendas de hombre yacían por el suelo, sin orden. Harra empezó a moverse automáticamente por la habitación, ordenándola, volviendo a imponer su presencia, su existencia, su valor. Si no podía controlar los hechos de su vida, por lo menos controlaría los objetos de una pequeña habitación.

Lo único que nadie había tocado era una cuna junto al hogar con las mantitas dobladas. Harra había corrido a Vorkosigan Surleau justo unas horas después del entierro.

Miles paseó por la habitación, controlando lo que se veía desde las ventanas.

—¿Quiere mostrarme el sitio al que fue a recoger las bayas, Harra?

Ella los llevó por el barranco. Miles calculó el tiempo de la caminata. Pym dividió su atención entre Miles y los arbustos, y estuvo siempre alerta a posibles ruidos que denotaran movimiento. No parecía feliz. Después de rechazar por lo menos tres intentos de aferrarlo para protegerlo, Miles estaba a punto de decirle que se subiera a un árbol. Y, sin embargo, también había algo de comprensible egoísmo en los actos de Pym: si Miles se rompía una pierna, el oficial era el que tendría que cargarlo.

El sendero de las bayas estaba un kilómetro por encima del barranco. Miles sacó algunas bayas rojas y se las comió sin pensar en lo que hacía, mientras Harra y Pym lo esperaban con respeto. El sol de la tarde se deslizaba oblicuo entre las hojas verdes y castañas, pero el fondo del barranco ya estaba gris y refrescado por un crepúsculo prematuro. Las plantas de bayas se colgaban de las rocas y se balanceaban como invitando a los que pasaban a romperse el cuello tratando de alcanzarlas. Miles resistió con facilidad esas tentaciones vegetales porque no le gustaban demasiado las bayas.

—Si alguien la llamara desde su cabaña, usted no podría escucharlo desde aquí, ¿verdad? —preguntó a Harra,

—No, milord.

—¿Cuánto tiempo pasó aquí?

—Más o menos… —dijo Harra y se encogió de hombros—, más o menos el de llenar una canasta.

La mujer no tenía reloj.

—Una hora, digamos. Y veinte minutos de ida y otros tantos de vuelta. Unas dos horas. ¿Su cabaña estaba cerrada con llave?

—Sólo con el pestillo, milord.

—Mmm.

Método, motivo, oportunidad, indicaba el procedimiento del magistrado de distrito. Mierda. El método estaba establecido, y casi cualquiera hubiera podido usarlo. La oportunidad era igualmente mala como ángulo de investigación. Cualquiera pudo haber entrado en esa cabaña, perpetrado el hecho y partido sin que nadie lo viera ni lo oyera. Era demasiado tarde para usar un detector de aura que marcara los movimientos de entrada y salida de la habitación, aunque Miles hubiese traído uno.

Hechos, ja. Estaban otra vez de vuelta en el motivo, el trabajo confuso y complejo de la mente de un hombre. Cualquiera podía adivinarlo.

En cuanto a las instrucciones de procedimiento del magistrado de distrito, Miles había estado tratando de mantener la mente abierta en cuanto al acusado, pero se estaba volviendo cada vez más difícil resistirse a las afirmaciones de Harra. Hasta ahora ella había tenido razón en todo.

Dejaron a Harra reinstalada en su casita trabajando para poner todo en orden y reimplantar la rutina normal de la vida, como si hubiera sido posible recrear esa vida de alguna manera con un acto de magia basado en la repetición.

—¿Está segura de que estará bien? —preguntó Miles, mientras tomaba las riendas de Gordo Tonto y volvía a acomodarse en la silla—. No puedo dejar de pensar que si su esposo todavía está por aquí, tal vez aparezca por la casa. Usted dice que no se llevaron nada, así que no es probable que haya estado aquí y se haya ido antes de que llegáramos. ¿Quiere que alguien se quede con usted?

—No, milord. —Harra se abrazó a la escoba en la galería—. Preferiría, preferiría estar sola un tiempo.

—Bueno… de acuerdo. Le enviaré un mensaje si pasa algo importante.

—Gracias, milord. —Era un tono que no intentaba ejercer presión alguna, realmente quería que la dejaran sola.

Miles entendió.

En una parte ancha del sendero que los llevaba de vuelta hacia la casa del portavoz Karal, Pym, y Miles cabalgaron estribo contra estribo. Pym todavía buscaba acechanzas y monstruos entre los arbustos.

—Milord, ¿puedo sugerir que el próximo paso sea reunir a todos los hombres capaces de esta comunidad y dar caza al tal Csurik? Se ha establecido sin duda alguna que el infanticidio fue un asesinato.

Qué forma interesante de decirlo
, pensó Miles con sequedad.
Ni siquiera Pym encuentra redundante esa frase. Ah, mi pobre Barrayar.

—Parece razonable a primera vista, sargento Pym, pero ¿se le ha ocurrido que la mitad de los hombres capaces de esta comunidad son, con toda probabilidad, parientes de Lem Csurik?

—Tal vez eso pueda tener un efecto psicológico. Creamos un alboroto y tal vez alguien lo entregue para que todo termine.

—Mmm, sí, tal vez. Siempre que no se haya marchado ya. Tal vez cuando terminamos con la autopsia, él ya estaba a medio camino en la ruta de la costa.

—Sólo si tiene acceso a algún tipo de transporte. —Pym miró el cielo vacío.

—Por lo que sabemos, uno de sus primos lejanos tiene un deslizador rápido medio arruinado en un cobertizo en alguna parte. Pero… ese hombre nunca salió del valle Silvy. No estoy seguro de que supiera adónde ir, a quién acudir. Bueno, si ha abandonado el distrito es asunto de la Seguridad Civil del Imperio y yo me libro de todo. —Una idea hermosa—. Pero… hay algo que me molesta, y mucho, y son las inconsistencias en el retrato mental que me estoy formando de él. ¿Las ha observado usted?

—No puedo decir que lo haya hecho, milord.

—Mmm. A propósito, ¿adónde lo llevó Karal cuando fueron a hacer el arresto?

—A un área salvaje, arbustos silvestres y hondonadas. Había media docena de hombres allí, buscando a Harra. Bueno, en realidad, habían pospuesto la búsqueda y para cuando los encontramos, ya estaban de vuelta. Por eso supongo que nuestra llegada no fue una sorpresa para ellos.

—¿Csurik había estado allí y después había escapado o Karal lo estaba llevando en círculos para distraerlo?

—Creo que realmente estuvo allí, milord. Los hombres decían que no, pero como usted dice, tal vez eran parientes y además, bueno… no mentían muy bien. Estaban tensos. Karal tal vez le preste ayuda a regañadientes, pero no creo que quiera desobedecer órdenes directas. Después de todo, fue uno de los veinte, señor.

Como Pym, pensó Miles. La guardia personal del conde Vorkosigan estaba limitada legalmente a veinte hombres, pero dada la posición política del conde, la función de esos hombres incluía seguridad desde un punto de vista muy práctico. Pym era típico en ese sentido, un veterano condecorado del Servicio Imperial que se había retirado a esa fuerza de élite. No tenía la culpa de que al entrar en ella, hubiera tenido que calzarse los zapatos del difunto sargento Bothari. ¿Había alguien en el universo fuera de Miles que extrañara al mortífero, difícil Bothari?, se preguntó Miles.

—Me gustaría interrogar a Karal con pentarrápida —afirmó Miles—. Muestra todos los signos de saber dónde está escondido el acusado.

—¿Y por qué no lo hace? —preguntó Pym con toda lógica.

—Tal vez. Sin embargo, hay cierta degradación inevitable en un interrogatorio bajo pentarrápida. Si el hombre es leal, no sería bueno para nuestros intereses a largo plazo avergonzarlo en público.

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