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Authors: Jean-Christophe Grangé

Tags: #Policíaco, Thriller

Los ríos de color púrpura (27 page)

BOOK: Los ríos de color púrpura
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—¿Esto es todo?

—De momento, sí. Ahora empiezo la autopsia.

—¿Cuánto tiempo emplearás?

—Dos horas, como mínimo.

—Empieza por las órbitas y llámame en cuanto obtengas algo. Estoy seguro de que hay un indicio para nosotros.

—Tengo la impresión de ser un mensajero del infierno, comisario.

Niémans atravesó la sala de la biblioteca. Cerca de la puerta se fijó en el fornido policía inclinado sobre la tesis de Rémy Caillois. Se permitió un pequeño rodeo y se sentó frente a él, en uno de los compartimientos acristalados de lectura.

—¿Cómo va eso?

El OPJ levantó la vista.

—Apechugando.

El comisario sonrió, indicando el grueso documento.

—¿Nada nuevo?

El policía se encogió de hombros.

—Todo sobre Grecia, las Olimpíadas, las pruebas deportivas y esa clase de cosas: carrera, jabalina, pancracio… Caillois habla del carácter sagrado de la prueba física, del récord, ¿sabe? —El oficial frunció los labios en señal de incredulidad—. Una especie de… de comunión con fuerzas superiores. Según él, un récord físico estaba considerado en aquella época como una auténtica pasarela para comunicar con los dioses… Por ejemplo, el
athlon,
el atleta original, al rebasar sus propios límites podía desencadenar las fuerzas de la tierra… la fertilidad, la fecundidad. Fíjese, cuando vemos el frenesí de ciertos partidos de fútbol, cómo el deporte desencadena fuerzas sorprendentes y…

—¿Qué más has observado?

—Según Caillois, los atletas de la antigüedad eran también poetas, músicos, filósofos. El bibliotecario insistía muchísimo sobre esto. Da la sensación de añorar el tiempo en que el espíritu y el cuerpo estaban unidos, soldados en el interior del mismo ser humano. Es el sentido de su título:
La nostalgia de Olimpia.
La nostalgia de la época de los hombres superiores, a la vez cerebrales y poderosos, espirituales y deportivos. Caillois compara aquella época exigente con nuestro siglo actual, en que los intelectuales no levantan pesos y los atletas no tienen nada en la cabeza. Ve en ello el signo de una decadencia, de una división entre el espíritu y el cuerpo.

Niémans volvió a ver de repente a los atletas de su pesadilla. Los ciegos de la realidad mineral. Sophie Caillois le había explicado que, según su marido, los deportistas de Berlín habían renovado esta comunión profunda entre el físico y el pensamiento.

El policía pensó también en los campeones de la universidad: estos hijos de profesores de quienes le había hablado Joisneau, que obtenían los mejores resultados en todas las disciplinas, incluso deportivas. A su manera, estos superdotados se acercaban a la idea del atleta perfecto. Cuando Niémans había contemplado las fotografías de las medallas de la facultad en la antesala del despacho del rector, había sorprendido en esos rostros una inquietante fuerza juvenil. Como la encarnación de una fuerza, pero también de un espíritu aparte. ¿De una filosofía? Sonrió al joven policía que le observaba con aire de preocupación.

—Me parece que no lo has entendido nada mal —concluyó.

—Navego a tientas. Comprendo más o menos una frase de cada dos. —El hombre se dio dos golpecitos en la punta de la nariz—. Pero me fío de mi olfato. Reconozco de lejos a los fachas.

—¿Tú crees que Caillois era un fascista?

—No sabría decirlo exactamente… Esto se me antoja más complejo… No obstante, su mito del superhombre, del atleta de espíritu puro, me recuerda los eternos delirios de raza superior y ese rollo…

Niémans vio otra vez las imágenes de las Olimpíadas de Berlín en el pasillo del apartamento de los Caillois. Existía un secreto detrás de esas imágenes y detrás de los recuerdos deportivos de Guernon. Tal vez todo ello formaba parte de un conjunto, pero ¿cuál?

—¿No hay alusiones a unos ríos? —preguntó por fin—. ¿Ríos de color púrpura?

—¿Qué?

Pierre Niémans se levantó.

—Olvídalo.

El OPJ siguió con la mirada al hombre alto con abrigo azul y dijo:

—Francamente, comisario, podría haber preguntado a un estudiante, a un tipo más cualificado que yo para…

—Quiero la mirada de un profesional. Quiero una lectura que entre en el marco de la investigación.

El oficial hizo una nueva mueca circunspecta.

—¿Cree de verdad que todo este bla-bla puede tener algo que ver con el asunto?

Niémans se agarró al borde del cristal y se inclinó por encima.

—En un caso, cada elemento desempeña un papel. No hay casualidades ni detalles inútiles. Todo funciona como una estructura atómica, ¿comprendes? Continúa tu lectura.

Niémans abandonó al hombre con una expresión de intensa duda.

Fuera, en el campus, vislumbró los relampagueos lejanos de los proyectores de equipos de televisión. Entrecerró los ojos y distinguió la delgada silueta de Vincent Luyse, el rector, que de pie en los escalones del edificio, balbucía una declaración de circunstancias. Se fijó también en los logos característicos de las cadenas de televisión regionales, nacionales e incluso de la Suiza de lengua francesa… Los periodistas se abrían paso a codazos, las preguntas llovían. El proceso había comenzado: los focos de los medios de comunicación convergían en Guernon. La noticia de los asesinatos iba a propagarse por toda Francia y el pánico iba a concentrarse en la pequeña localidad.

Y sólo era el principio.

37

Ya en ruta, Niémans llamó a Antoine Rheims.

—¿Hay novedades del inglés?

—Estoy en el hospital. Aún no ha recobrado el conocimiento. Los médicos son muy pesimistas. La embajada del Reino Unido ha enviado una escuadra de abogados. Vienen directamente de Londres. Los periodistas también están aquí. Imagínate lo peor y te quedarás corto.

La conexión por satélite era perfecta. La voz de Rheims, cristalina.

Niémans imaginó al director en la Ìle de la Cité y volvió a verse a sí mismo en los hospitales, interrogando a prostitutas víctimas de sus chulos, con facciones tumefactas, cejas desgarradas a golpes de sortija. Vio también las caras ensangrentadas de los sospechosos a quienes él mismo había sacudido. Vio las manos atadas a la cama mientras un montón de burdeles luminiscentes parpadeaban y oscilaban en la palidez sepulcral de la habitación.

Vio el atrio de Notre-Dame, cuando salía del hospital, agotado, a las tres de la madrugada, en el claro vacío de la noche. Pierre Niémans era un guerrero. Y sus recuerdos brillaban con un resplandor metálico, de tahalí, de los fuegos del campo de batalla. Experimentó un brutal ataque de melancolía por aquella existencia singular, que muy pocos hombres habrían querido pero que para él constituía su única razón de ser sobre la Tierra.

-¿Y tu investigación? —inquirió Rheims.

El tono era menos agresivo que el de la primera andanada: la solidaridad entre colegas, los años compartidos, el buen fluido del ayer recobraba la ventaja.

—Ahora tenemos dos asesinatos. Y ni la sombra de un indicio. Pero yo sigo mi camino. Y sé que es el acertado.

Rheims no añadió nada, sólo silencio. Niémans lo sintió como un voto de confianza. El policía de gafas metálicas preguntó:

—¿Y para mí?

—¿Cómo que para ti?

—Quiero decir, ¿en el cuartel no hay un procedimiento abierto en relación al
hooligan?

Rheims soltó una risa lúgubre.

—¿Te refieres al IGS? Hace demasiado tiempo que lo esperan. Pueden esperar un poco más.

—¿Esperar a qué?

—A que muera el rosbif. Para inculparte de homicidio.

Niémans llegó a Annecy alrededor de las once de la noche. Eligió arterias largas y claras, bajo las frondas de los árboles. El follaje, embellecido por las luces de los faroles, proyectaba reflejos tornasolados. Al fondo de cada avenida, Niémans distinguía pequeños monumentos, como surgidos de pozos de luz: quioscos, fuentes, estatuas. Minúsculas, a varios centenares de metros, estas construcciones parecían figurillas de cajas de música, estatuillas de radiador de coche. Como si la ciudad, al filo de sus plazas y plazoletas, albergara sus tesoros en joyeros de piedra, de mármol y de hojas.

Pasó a lo largo de los canales de Annecy, que exhibían falsos aires de Ámsterdam abriéndose a lo lejos sobre el lago. Al policía le costaba convencerse de que sólo estaba a varias decenas de kilómetros de Guernon, de sus cuerpos, de su salvaje asesino. Llegó al barrio residencial de la ciudad. Avenida Ormes. Bulevar Vauvert. Callejón Hautes-Brises. Nombres que debían resonar para los habitantes de Annecy como sueños de piedra blanca, signos de poderío.

Estacionó la berlina a la entrada del callejón que hacía bajada. Las altas viviendas estaban apretadas unas contra otras, preciosas y abrumadoras a la vez, entrecortadas por jardines disimulados tras las tapias cubiertas de cardenillo. El número que buscaba correspondía a un hotelito de piedra tallada que ostentaba una marquesina oblonga. El policía pulsó dos veces un timbre en forma de rombo cuyo botón imitaba una pupila. Debajo, la placa de mármol negro indicaba: «Dr. Edmond Chernecé. Oftalmología. Cirugía ocular».

No hubo respuesta. Niémans bajó los ojos. La cerradura no era un problema, ya metidos en harina. Manipuló con destreza el pestillo y los pasadores y penetró en un pasillo embaldosado de mármol. Unos paneles con flechas indicaban la dirección de la sala de espera, a lo largo del pasillo y a la izquierda, pero el policía se fijó en una puerta tapizada de cuero a su derecha.

La consulta. Hizo girar el pomo y descubrió una habitación larga, de hecho una vasta galería cuyo tejado y paredes estaban enteramente hechos con ladrillos de cristal. Un gorgoteo de agua resonaba en alguna parte de la oscuridad.

Niémans necesitó pocos segundos para distinguir, en el fondo de la sala, una silueta que estaba de pie frente a un fregadero.

—¿Doctor Chernecé?

El hombre le miró. Niémans se acercó a él. El primer detalle que percibió con precisión fueron las manos, bronceadas y brillantes bajo el chorro de agua. Viejas raíces, salpicadas de manchas marrones, con venas que subían como redes hacia unas muñecas poderosas.

—¿Quién es usted?

La voz era grave, serena. De baja estatura, pero corpulento, el hombre aparentaba más de sesenta años. Los cabellos blancos brotaban en vigorosos mechones de la frente alta y morena, marcada a su vez por manchas oscuras. Un perfil de acantilado, un torso de dolmen: el hombre parecía un monolito. Una roca misteriosa, tanto más extraña cuanto que el médico vestía solamente una camiseta y un calzoncillo blancos.

—Pierre Niémans, comisario de policía. He llamado pero nadie me ha abierto.

—¿Cómo ha entrado?

Niémans movió los dedos como un mago de circo.

—Con los medios de que dispongo.

El hombre sonrió con elegancia, sin molestarse por los modales poco delicados del policía. Cerró el largo grifo con el codo y cruzó la sala transparente con los antebrazos levantados, en busca de una toalla. Instrumentos binoculares, microscopios, ilustraciones anatómicas que exhibían globos oculares, ojos desollados, aparecieron en la sombra. En un tono neutro, Chernecé dijo:

—Esta tarde ya ha venido un policía. ¿Qué quiere usted?

Niémans se hallaba a pocos metros de distancia del médico. Comprendió que ahora sólo contemplaba el rasgo fundamental del hombre, el que le habría caracterizado entre miles de otros: los ojos. Chernecé poseía una mirada incolora: iris grises que le prestaban una vigilancia de serpiente. Pupilas parecidas a acuarios minúsculos por donde podían pasar criaturas asesinas, con un caparazón de escamas de hierro. Niémans contestó:

—He venido a formularle algunas preguntas respecto a él.

El hombre sonrió con indulgencia.

—Qué original. ¿Es que ahora los policías investigan a los otros policías?

—¿A qué hora ha venido?

—Yo diría que hacia las seis de la tarde.

—¿Tan tarde? ¿Se acuerda de sus preguntas?

—Por supuesto. Me ha interrogado sobre los internos de un instituto situado cerca de Guernon. Un instituto que acoge a niños que sufren problemas oculares, a los que asisto con regularidad.

—¿Qué le ha preguntado?

Chernecé abrió un armario de paredes de caoba. Cogió una camisa clara, de pliegues amplios, y se deslizó en su interior con algunos gestos ligeros.

—Quería conocer el origen de las afecciones infantiles. Le he explicado que se trataba de enfermedades hereditarias. También deseaba saber si era posible imaginar una causa ajena a estas dolencias, como un envenenamiento o un error de prescripción.

—¿Qué le ha contestado usted?

—Que era absurdo. Las afecciones genéticas están relacionadas con el aislamiento de esta ciudad, con cierta consanguinidad en las uniones. Los cónyuges están demasiado emparentados, las enfermedades se repiten, las transmite la sangre. Este tipo de fenómeno es conocido en las comunidades aisladas. La región del lago Saint-Jean, en Quebec, por ejemplo, o las comunidades
amish
en Estados Unidos. También es el caso de Guernon. La gente de este valle no tiene tendencia a emigrar… ¿Por qué buscar otra explicación a tales fenómenos?

Sin la menor incomodidad por la presencia de Niémans, el médico se ponía ahora unos pantalones azul marino. Una tela ligeramente tornasolada. Chernecé era de una elegancia, de un refinamiento raros. El policía continuó:

—¿Le ha formulado otras preguntas?

—También me ha hablado de trasplantes.

—¿De trasplantes?

El hombre se abrochaba la camisa.

—Trasplantes oculares, sí. No he comprendido nada de estas preguntas.

—¿No le ha explicado el contexto del interrogatorio?

—No, Pero le he contestado de buena gana. Quería saber si puede existir un interés en extraer los ojos con vistas a un trasplante de córnea, por ejemplo.

Así pues, Joisneau había pensado en la pista quirúrgica.

—¿Y qué?

Chernecé se detuvo y se pasó el dorso de la mano por el mentón, para comprobar la dureza de su barba incipiente. Las sombras de los árboles bailaban a través de las paredes de cristal.

—Le he explicado que semejantes operaciones no tienen razón de ser. Hoy en día es muy fácil encontrar córneas de otras personas. Y con los materiales artificiales se han realizado grandes progresos. En cuanto a las retinas, no siempre se sabe conservarlas: en fin, que nada de trasplantes… —El médico emitió una leve sonrisa sarcástica—. Verá, esas historias de tráfico de órganos son más bien fantasías populares.

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