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Authors: Denis Johnson

Tags: #Intriga, #Novela negra

Que nadie se mueva (10 page)

BOOK: Que nadie se mueva
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—Yo te diré lo que es amor: Jimmy Luntz ama decir obviedades.

—No te me es en mi filosofía.

—Solo tengo resaca. Y miedo.

—¿De qué?

—De todo.

—No, dime: ¿de qué?

—De ayer, de hoy y de mañana. A todo lo demás… joder, le escupo en la cara.

—¿Qué quieres decir? No hay nada más.

—¿Lo ves? Al chico le encanta decir obviedades.

Cuando un rato más tarde hicieron el amor, él le notó un poco de cerveza en el aliento, pero estaba sobria. Después se quedaron tumbados juntos y ella apoyó la pierna encima de la de él. Vieron por la tele un programa sobre los milagros de la ciencia forense y Anita le dijo que era todo mentira:

—Cada año en este país hay seis mil asesinatos sin resolver.

—Confiemos en que sí —dijo él, y apagó la tele.

—¿Y ahora qué?

—Hagamos lo que hago yo siempre.

—¿El qué?

—Inclínate hacia delante, cariño.

—¿Quieres probarme en una postura distinta?

Lo dijo de tal forma que a él se le hizo un nudo en la garganta y no pudo contestar.

Ella le pidió que se pusiera de rodillas junto a la cama, mientras ella se sentaba en el borde con los pies en el suelo y las piernas abiertas, y que se la metiera de aquella manera.

No funcionó.

—Eres demasiado… —dijo Anita.

—No mido dos metros y medio, no. Es imposible.

Pero a ella le gustó bastante de la forma normal y lo llamó papaíto y gritó «no, no, no» cuando se corrió. Él se tumbó al lado de ella y le secó el sudor que tenía entre los pechos con una punta de la sábana. Luego, para evitar hacer preguntas, se incorporó hasta sentarse y puso los pies en el suelo y encendió un cigarrillo. Pero ella le tocó la espalda con los dedos y la pregunta se hizo sola:

—¿Por qué estás conmigo?

—Me gustan los hombres malos que se odian a sí mismos. Quiero a toda la gente mala que se odia a sí misma.

—¿Tú eres mala, Anita?

—Sí.

—¿Y te odias a ti misma?

—No lo bastante.

Luntz iba contando los días. Hoy era martes. Luntz bajó una vez sobre las tres de la tarde y volvió a subir con hamburguesas, patatas fritas, refrescos y vodka. Ella hizo el amor como una monja borracha y a él le gustó, pero la conversación de después no fue ni intrascendente ni relajada.

—Lo que tú estás buscando en realidad —le dijo él— es venganza.

—Sí. He tenido fantasías de venganza. ¿Quieres oír lo asquerosas que son?

—No.

—El dinero lo tiene el juez. O por lo menos la mitad.

—¿Y Hank?

—Yo me encargo de Hank.

—Dos millones no se esconden en un zapato —dijo Lunz—. Lo deben de tener en alguna cuenta extranjera.

—El juez es un viejo enfermo. Cuando le pongamos dos pistolas en la cara, lo soltará todo. Le obligaremos a hacer una transferencia.

—En ese plan debe de haber once delitos graves.

—Delitos sin denuncia. No se puede robar dinero robado. Si se cae un árbol en medio del bosque y no lo oye nadie, ¿ha hecho ruido en realidad? ¡Joder, no!

—Tú eres la tiradora —dijo Luntz—. Yo he disparado exactamente una bala en toda mi vida.

—Yo puedo pasarme el día dándole a frascos dispuestos encima de una cerca —dijo Anita—. Pero eres tú quien le ha pegado un tiro a un tío.

La rubia estaba sentada en la otomana, ayudándolo a hacer levantamientos de piernas.

—¿Cómo te llamabas?

—Mary.

—¿Cuánto falta de esta mierda?

—Hasta que yo diga. O perderás masa muscular y te pasarás meses cojo.

—Tiene buena pinta. O sea, las suturas y todo eso, un trabajo muy profesional. ¿Has estado en la guerra?

—Estuve en un barco hospital frente a la costa de Panamá durante aquello que pasó, y luego en el hospital que tenía el ejército en Frankfurt durante la primera guerra del Golfo. Y me pasé seis meses en Irak en 2003.

—No me jodas. ¿Y de dónde has sacado todo el equipo?

—Lo he robado. A veces hago trabajos temporales, en distintas clínicas. Y en el hospital.

—¿Lo vendes en el garaje de tu casa o qué?

—No. Simplemente me gusta robar.

Ella lo ayudó a tumbarse boca abajo en el sofá y se puso a hacerle una friega con alcohol entre los omóplatos.

—Nena, no pares nunca —le dijo él.

—Eso es lo que dicen todos.

—Siento haberte estropeado el coche.

—No, hombre, yo ya sé que las heridas de bala sueltan mucha sangre. Ya tenía el coche listo con todo el asiento de atrás y el suelo cubierto de telas de plástico.

Mientras hablaba, tumbado debajo de las agradables manos de ella, Gambol notó que se le movía la cabeza involuntariamente de arriba abajo.

—Imagino que todo este rollo es bastante jodido, ¿no? De repente te aparece un tío con un agujero en la pierna y se te queda a vivir en casa.

—No me importa. Trae un poco de realidad. Como la guerra.

—¿Y cómo te convenció nuestro amigo para esto?

—Me manda dinero todos los meses.

—¿Por qué?

—Porque lo dijo mi abogado.

—¿Estabas casada con Juárez?

—Sé lo que piensas: que me puse gorda y llegué a la mediana edad y él me dejó. Pero no, él me dejó mucho antes. Y entonces me alisté.

Ella lo ayudó a ponerse boca arriba y se aplicó a sus hombros y su pecho.

—¿Eres rubia natural?

—No es asunto tuyo —dijo ella—, pero sí, ya lo creo.

—¿Y cómo terminaste liada con un mexicano?

—Eh, que los mexicanos también son humanos.

—Es por curiosidad, nada más. Espera —dijo él mientras ella le ponía las manos en las piernas—, te estás saltando la parte importante.

—¿Conoces mucho a Juárez?

—De hace mucho tiempo.

—No tanto como yo —dijo ella—. ¿Te has preguntado alguna vez por qué Juárez no tiene amigos mexicanos? ¿Por qué no está en una banda llena de chicanos con cintas en el pelo y tatuajes y toda la pesca? O sea, ¿dónde están sus amigos mexicanos? Es porque no es mexicano. Es jordano. Y parte griego, creo.

—¿Estás diciendo que Juárez es árabe?

—Árabe, sí. Se llama Mohammed Jua-algo.

—¿Es un puto musulmán?

—¿Cómo? Eso no lo sé.

Ella le puso las manos suavemente en la entrepierna. Gambol le apartó las manos bruscamente, agarró el respaldo del asiento y se incorporó hasta sentarse.

—Podría haber llamado a mil tíos distintos por teléfono para que me sacaran de aquella alcantarilla Y ninguno de ellos lo habría hecho. Solo Juárez.

Ella intentó cerrarle la bata, desistió y se fue al extremo del sofá, contrariada.

—Perdón.

—Juárez no es ningún puto musulmán.

—Yo no he dicho que lo fuera. Perdón.

—Ven aquí. Me voy a correr en tu cara.

—Túmbate otra vez y mantén la pierna en alto. —Ella se puso de pie y le hizo un gesto obsceno con el dedo—. Todavía no estás listo para hacer prácticas de tiro.

Era por la mañana y —según Jimmy— miércoles. Con el pintalabios en una mano y la botella en la otra, ella dio dos tragos de Popov y los engulló como si fueran leche materna. Jimmy le arrancó la botella de la mano, le puso el tapón y le dijo:

—Nada de borrachos en los tribunales.

Ella se acercó al espejo y se arregló los labios. Se volvió hacia él.

—Estoy nerviosa.

—Las mujeres preciosas no se ponen nerviosas. —Le apoyó una mano en el hombro—. Cruza los dedos y mantén la calma. Y no hables deprisa.

—Lo he visto hacer.

Él la acompañó escaleras abajo.

Justo antes de que ella entrara en el coche, él sacó la cartera y le dio cinco billetes de cien dólares.

—Eh. No.

—Cógelo. Ahora estás conmigo.

Mientras ella entraba en el Caddy, él le dijo:

—Acuérdate. —Y levantó dos dedos cruzados—. Y no hables deprisa.

Él le cerró la portezuela mientras ella hacía girar la llave.

Pisó el acelerador dos veces. Él le dio unos golpecitos con el dedo en la ventanilla y ella la bajó del todo.

Él apoyó los antebrazos en el antepecho y se inclinó hacia ella y dijo:

—Hagámoslo.

—¿En serio?

—Sí.

—No lo digas si no es en serio.

—Ya he hecho más o menos la parte difícil, que es pegarle un tiro a un miembro de la fuerza policial del hampa. Los declaro a todos una panda de inútiles.

Tenía los ojos como platos y la cara crispada de miedo.

Mary llegó de la tienda y dejó dos bolsas de plástico blancas de la compra sobre la encimera de la cocina. Lo siguiente que hizo fue encender un cigarrillo. Hoy llevaba falda.

Gambol sostuvo en alto los anuncios por palabras y los agitó para que ella los viera.

—Llama a este tipo.

—¿A quién?

—Compra el arma. También ofrece una caja de munición, pero no la cojas. ¿Hay armería en el pueblo?

—¿Cómo lo voy a saber?

—Busca una armería en el listín. Cómprame munición MagSafe para una

Magnum tres cincuenta y siete. Vienen en paquetes de cinco o seis. Cómprame diez paquetes. ¿Te lo apunto?

—No fuerces la mente. —Ella abrió un cajón de la cocina y encontró bolígrafo y papel. Se sentó en la mesilla del café, dejó el cigarrillo en el borde del cenicero y cruzó las piernas como si fuera una secretaria. Tenía buenas piernas—. Vuelve a decirlo.

—MagSafe. Magnum Tres cincuenta y siete. Diez paquetes. Y también una caja de cincuenta balas normales, las más baratas, no importa cuáles. Y tráeme ropa, tres de todo. Camisas extragrandes y camisetas extragrandes. Los pantalones cortos que por lo menos sean una talla cincuenta de cintura. Y los pantalones largos, una cincuenta y dos de cintura y una cuarenta y seis de largo. Te lo pagaré todo más tarde. Y zapatillas de correr. Talla cuarenta y cinco ancho.

—No será lo mismo verte sin esa bata tan mona.

Él se quedó mirándole las piernas.

—Ernest. ¿Qué estás mirando?

—Déjame que te pregunte una cosa: ¿qué pensabas cuando combatías contra los árabes sabiendo que habías estado casada con un puto árabe? ¿Qué uno de ellos se te había follado?

—Eh. Los árabes también son humanos.

Gambol aplastó la brasa encendida del cenicero con el pulgar y la apagó.

—Y cómprate una bata nueva. Que sea corta.

Gambol examinó el arma. Tenía buena pinta. Cuando necesitara probarla, podía llevársela a cinco millas de allí en cualquier dirección y encontrar un sitio donde los disparos no inquietaran a nadie.

Mary se plantó delante de él hasta llamarle la atención.

—¿Es esta la clase de bata que tenías en mente?

Ella cogió la seda con los dedos y se subió los bajos media pulgada.

—Dios bendito —dijo Gambol.

—¿Te parece que a Juárez le quedaría igual de bien una bata cortita?

Él intentó contestar que ni de coña, pero entonces ella se levantó los bajos otras dos pulgadas y se arañó un poco la parte alta del muslo con la uña, y cuando él abrió la boca no le salió nada.

Mary se sentó en el borde de la otomana y le desanudó el cinturón de la bata, y él dijo:

—Ya te lo he dicho, nada de cuña.

—No es eso lo que estoy haciendo —dijo ella, y se arrodilló delante de él.

Él se la quedó mirando. Vio que ella estaba disfrutando de lo que estaba haciendo. Y también olió el desayuno que estaba preparando.

Mary hizo una pausa y levantó la cara para mirarlo.

—No fue Juárez quien te sacó de la alcantarilla. Fui yo.

Y volvió a bajar la cabeza.

Luntz abrió la cremallera del macuto. Dejó la escopeta encima de la cama.

Capra no la tocó.

—La empuñadura de pistola es ilegal en California.

—Y fumar también es ilegal. Todo lo es.

Capra resiguió el cañón con el dedo.

—¿Dónde la conseguiste?

—La gané en una partida de póquer.

—¿Tienes malas intenciones?

—He pensado en venderla o algo así.

—¿Cuánto pides?

—No lo sé. Tal vez me la quede. Si la supiera usar.

Capra levantó el arma.

—Mírame el pulgar. ¿Ves este botón? —Luntz miró cómo Capra movía la corredera hacia atrás y hacia delante varias veces, ¡clic-clac! ¡clic-clac! ¡clic-clac!, y ocho cartuchos rojos caían uno por uno sobre el colchón—. Bueno, para empezar no viajes con el arma cargada. A los polis no les gusta un pelo. En fin — dijo, mientras volvía a pasar la corredera hacia atrás y hacia delante, ¡clic-clac!—, eso es lo único que te hace falta saber. Si oyes ruidos siniestros en el piso de abajo, tú limítate a hacer ¡clic-clac! Para un intruso es el ruido más feo que hay en el mundo.

—¿Cómo se vuelven a meter los cartuchos?

—Por aquí abajo. Si la quieres descargar, pulsa este botón que te he enseñado y hazla correr. Y esto de aquí es el seguro. Si tiene la parte roja hacia fuera es que está quitado. Si lo pulsas, el gatillo ya no se mueve.

Luntz aceptó el arma de sus manos, volvió a meter los cartuchos uno por uno en la recámara y se aseguró de tener el seguro puesto.

—Creo que me estoy planteando un pequeño cambio de carrera.

—Es obvio.

—Estoy dispuesto a aceptar ayuda.

—Jimmy, yo no soy así. Si fuera así, mi ex mujer ya estaría muerta.

Luntz volvió a meter el arma en el macuto y cerró la cremallera; a continuación la empujó todo lo larga que era debajo de la cama.

—Descárgala —dijo Capra—. ¿La vas a descargar?

—No —dijo Luntz.

—No dejes que Sol se entere de que la tienes. Es asustadizo.

—Antes siempre lo llamabas Sally, igual que todo el mundo.

—Las cosas cambian.

—Si hay amor, hay amor.

—Solo estoy diciendo que las cosas cambian, tío.

—Dímelo a mí.

Capra puso la mano en el pomo, pero se quedó quieto.

—Jimmy.

—¿Sí?

—Te has vuelto callado. Me gusta.

Llamó Juárez. Le dijo a Gambol:

—Ha pasado algo muy gracioso.

—No estoy de humor para gracias.

—Esto es muy gracioso. Pero no es para esta clase de teléfonos. Es la típica gracia para contar de cabina a cabina. Llámame dentro de diez minutos. —No llevo pantalones.

—¿Qué?

—No lo pienso repetir.

—¿Qué llevas puesto, cariño?

—Vete a la mierda. Dame dos horas. Solo me hace falta una hora para ponerme los pantalones. Cuenta a las cuatro en punto.

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