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Authors: John Katzenbach

Tags: #Policiaco

Retrato en sangre

BOOK: Retrato en sangre
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No era un viaje normal por carretera…

Miami, Nueva Orleans, Kansas City, Omaha, Chicago, Cleveland. Un hombre, una mujer, un coche y una cámara fotográfica. Él secuestra, mata y después fotografía a sus víctimas. Ella escribe sobre lo ocurrido y se asegura de que ha plasmado correctamente la historia, porque sabe que él lo revisa todo. La detective Mercedes Barren tiene motivos para perseguirlo: su sobrina fue una víctima. Y también el psiquiatra Martin Jeffers, especialista en delitos sexuales. Una odisea. Una expedición. Una pesadilla que se adentra en el día siguiente… con Retrato en sangre.

John Katzenbach

Retrato en sangre

ePUB v1.0

libra_861010
25.05.12

Título original:
The Traveler

John Katzenbach, 1987.

Traducción: Cristina Martin Sanz

Editor original: libra_861010 (v1.0)

Para Maddy

—La verdad es que jamás he oído hablar del diab…, de que usted reclamara la ciudadanía estadounidense —dijo Daniel Webster con sorpresa.

—¿Y quién podría tener más derecho a reclamarla? —replicó el desconocido con una de sus terribles sonrisas—. Cuando se maltrató por primera vez al primer indio, yo estaba presente. Cuando el primer barco esclavista partió hacia el Congo, yo me encontraba en la cubierta. ¿Acaso no estoy en vuestros libros, vuestros relatos y vuestras creencias, desde los albores de la civilización? ¿Acaso no se sigue hablando de mí en todas las iglesias de Nueva Inglaterra? Es cierto que el Norte afirma que soy del Sur, y que el Sur me considera del Norte, pero no soy ni del uno ni del otro; soy simplemente un honrado estadounidense como usted, y del mejor linaje. Porque, a decir verdad, señor Webster, aunque no me agrada alardear de ello, mi apellido goza de más antigüedad en este país que el suyo…

Stephen Vincent Benét

El diablo y Daniel Webster

I
Las razones de la obsesión de la detective Barren
1

Tenía un sueño inquieto.

Veía un bote a la deriva, primero a lo lejos, luego de repente más cerca, hasta que comprendió que ella se encontraba a bordo de dicho bote y que estaba rodeada de agua. Su primera reacción fue de pánico, buscar a su alrededor y encontrar a alguien a quien comunicar la importante información de que no sabía nadar. Pero cada vez que giraba la cabeza para mirar, su posición en la borda del bote se hacía más precaria y la acción de las olas levantaba en vilo la pequeña embarcación, que se sostenía momentáneamente en la cresta y después se precipitaba de nuevo hacia abajo de una forma brutal, haciéndola brincar sin ningún control. En su sueño, buscó algo sólido a que aferrarse; en el momento en que se agarró al mástil del bote con todas sus fuerzas, se disparó una alarma estridente, horrible, y supo que aquél era el ruido que hacía el bote al sufrir una vía de agua y que faltaban escasos instantes para que el agua del mar le lamiera los pies en un terrorífico cosquilleo. La alarma continuó sonando; ella abrió la boca, para gritar de miedo o pedir socorro, luchando mientras el bote se bamboleaba a su alrededor. En su sueño, de improviso la cubierta se inclinó bruscamente y ella lanzó un chillido, como si se dirigiera a su yo dormido: ¡Despierta! ¡Despierta! ¡Sálvate!

Y así lo hizo.

Aspiró una fuerte bocanada de aire y en un instante saltó del sueño a la vigilia. Se incorporó bruscamente entre las sábanas y dirigió rápidamente el brazo derecho hacia la base de la cama para asirse a algo sólido en medio de los vaporosos miedos de la pesadilla. Y entonces cayó en la cuenta de que estaba sonando el teléfono.

Maldijo para sus adentros, se restregó los ojos y encontró el aparato en el suelo, junto a la cama. Se aclaró la garganta antes de contestar:

—Al habla la detective Barren. ¿Qué ocurre?

No le había dado tiempo de evaluar la situación. Vivía sola, sin marido y sin hijos, y sus padres habían fallecido hacía muchos años, de modo que la idea de que sonara el teléfono en mitad de la noche no suponía para ella nada especialmente terrorífico, como habría sido el caso para tantas personas que no estaban acostumbradas a oír el insidioso timbre a horas intempestivas y que al momento habrían tomado aquella llamada nocturna precisamente por lo que era: una noticia terrible. Además, por ser su oficio el de detective, no era insólito que solicitaran sus servicios de noche, ya que el trabajo policial, por necesidad, a menudo se llevaba a cabo fuera de los horarios comerciales. Aquello era exactamente lo que esperaba, que por alguna razón de procedimiento se requiriera su capacidad como técnico de escenas del crimen.

—¿Merce? ¿Está despierta?

—Sí, estoy bien. ¿Quién es?

—Soy Robert Wills, de Homicidios. Yo… —Wills dejó la frase sin terminar.

—¿En qué puedo ayudarlo? —preguntó la detective tras aguardar un momento.

—Merce, siento mucho ser yo el que se lo diga.

De repente se imaginó a Bob Wills sentado a su mesa en la oficina de Homicidios. Era una oficina dura, abierta, nada acogedora, iluminada con una implacable luz fluorescente que siempre estaba encendida, repleta de archivadores metálicos y mesas coloreadas en tono anaranjado; para ella era como si aquella oficina estuviera manchada con todos los horrores que habían pasado por las mesas con tanta naturalidad, en confesiones y conversaciones.

—¿Qué? —Por un instante Barren experimentó una oleada de emoción, una especie de miedo delicioso, muy distinto del pánico que la había inundado durante la pesadilla. Luego, cuando su interlocutor hizo aquella pausa, comenzó a experimentar una sensación de vacío en el estómago, que rápidamente fue reemplazada por una oleada de ansiedad, que no pudo evitar transmitir al preguntar—: ¿Qué ocurre?

—Merce, usted tiene una sobrina…

—Sí, se llama Susan Lewis, está estudiando en la universidad. ¿Qué ha pasado? ¿Ha sufrido un accidente?

En ese instante la golpeó una súbita revelación: Bob Wills trabaja en Homicidios. Homicidios.

Homicidios.

Y entonces comprendió a qué se debía la llamada.

—Lo siento —estaba diciendo él, pero su voz parecía muy distante, y por un segundo ella deseó estar soñando todavía.

La detective Mercedes Barren se vistió a toda prisa y cruzó la noche, negra como el regaliz, típica de finales de verano de Miami, camino de la dirección que había anotado con una mano que se le antojó poseída por las emociones de otra persona; notaba cómo le latía el corazón, pero en cambio su mano permanecía firme, garabateando palabras y números en un cuaderno. Era como si fuese otra persona la que había finalizado la conversación con el detective de Homicidios. Había oído su propia voz, dura y sin inflexiones, solicitando la información disponible, la situación actual, los nombres de los agentes encargados, datos que ya se supieran acerca del crimen, opciones que estaban explorando los detectives. Testigos. Pruebas. Declaraciones. Persistió, procurando no dejarse desinflar por las evasivas y las excusas del detective Wills, pues se dio cuenta de que él no era el encargado del caso pero sabía lo que ella deseaba saber, y pensando todo el tiempo que en su interior estaba gritando, a punto de reventar a causa de algún sentimiento animal que pretendía quebrar su resistencia y disolverla simplemente en un quejido de dolor profundo.

Pero no quería permitirse pensar en su sobrina.

En un momento dado, al girar para tomar la interestatal que atraviesa el centro de la ciudad, cegada momentáneamente por los faros de un camión gigantesco que pasó amenazadoramente cerca y la obligó a hacer sonar la sirena a toda potencia, apartó el súbito temor a sufrir un accidente y descubrió que había sustituido dicha sensación por una imagen de sí misma en compañía de su sobrina, una situación vivida dos semanas antes: estaban tomando el sol junto a la piscina del pequeño edificio de apartamentos en la playa en el que residía ella, y Susan había reparado en el revólver reglamentario de su tía, que sobresalía aparatosamente de una bolsa, de manera tonta e incongruente entre toallas, crema para el sol y una novela de bolsillo. La detective Barren se acordó de la reacción de su sobrina adolescente: había calificado el revólver de «asqueroso», lo cual, para su mentalidad de detective, resultaba una descripción totalmente apropiada.

—¿Y por qué has de llevarlo encima?

—Porque técnicamente nunca dejamos de estar de servicio. Si descubriera un delito, tendría que reaccionar como un policía.

—Pero yo creía que ya no hacías esas cosas, desde lo de…

—Correcto. Desde el tiroteo. No, ahora soy una policía bastante tranquila. Para cuando llego al lugar del delito, el asunto ya está prácticamente zanjado.

—Qué asco. Con cadáveres, ¿no?

—Exacto. Y sí, es un asco.

Las dos rieron.

—Tendría gracia —comentó Susan.

—¿Qué es lo que tendría gracia?

—Que te detuviese una agente de policía en bikini.

Las dos rieron otra vez. La detective Barren contempló a su sobrina levantarse y zambullirse en el agua color azul opaco de la piscina. Luego la observó bucear sin esfuerzo hasta el extremo opuesto y a continuación, sin salir a tomar aire, girar sobre sí misma y regresar serpenteando. Por un instante la detective Barren experimentó un aguijón de envidia por la juventud perdida, pero enseguida lo dejó pasar pensando: «Bueno, tú tampoco estás en tan mala forma.»Susan apoyó los codos en el borde de la piscina y preguntó a su tía:

—Merce, ¿cómo es posible que vivas al lado del mar y no sepas nadar?

—Forma parte de mi misterio —respondió ella.

—A mí me parece una tontería —dijo Susan al tiempo que salía de la piscina con el cuerpo reluciente del agua que se escurría de su delgada figura. Y continuó—: ¿Te he dicho que he decidido que este otoño escogeré como especialidad Oceanografía? Peces babosos, claro. —Rió—. Crustáceos con púas. Mamíferos descomunales. ¡Que se haga a un lado Jacques Cousteau!

—Eso es excelente —dijo la detective—. A ti siempre te ha encantado el agua.

—Pues sí —contestó Susan, y a continuación canturreó—: «Cuánto me gustaría una vida con sol, arena, el profundo mar y pescado para comer.»

Ambas rieron de nuevo.

Susan siempre estaba riendo, pensó la detective, y aceleró a través de la noche. A un costado estalló la explosiva blancura de las luces nocturnas del centro urbano, que iluminaban los bordes de los magníficos edificios que se elevaban hacia el cielo del Sur. Entonces la detective Barren sintió una fuerte oleada de calor en el corazón que la ahogó, y se obligó a concentrarse en conducir intentando borrar de su mente todos los recuerdos y pensando: ya veremos, ya investigaremos, procurando no relacionar la escena hacia la que se dirigía con los recuerdos que albergaba su mente.

La detective Barren salió de la carretera y atravesó una zona residencial. Era tarde, ya bien rebasada la medianoche, y el amanecer se acercaba rápidamente. Había poco tráfico y ella se había dado prisa, apremiada por la sensación de urgencia que acompaña a toda muerte violenta. Pero a pocos kilómetros de su destino aminoró la marcha precipitadamente, hasta que su sedán sin marcas terminó poco más que arrastrándose por las calles vacías. Examinó las filas de casas, cuidadas y de clase alta, en busca de signos de vida; las calles estaban oscuras, igual que las viviendas. Intentó imaginar las vidas de los que dormían detrás de aquella ordenada oscuridad de barrio residencial. Ocasionalmente descubría una luz encendida en una habitación y se preguntaba qué libro, qué programa de televisión, qué discusión o qué preocupación mantendría despierto a su ocupante. Sintió una necesidad imperiosa de detenerse, de llamar a la puerta de una de aquellas casas que mostraban un débil signo de vida para preguntar: «¿Hay algún problema que no le deja a usted dormir? ¿Algo que se le mete en el cerebro y en el corazón y le impide conciliar el sueño? Cuénteme.»

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