Aprendiz de Jedi 6 Sendero Desconocido

BOOK: Aprendiz de Jedi 6 Sendero Desconocido
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Obi-Wan Kenobi ha dejado de ser un Jedi y ha elegido formar parte de la revolución en el planeta Melida/Daan. Su Maestro, Qui-Gon Jinn, ha regresado a Coruscant para atender asuntos urgentes en el Templo Jedi. Obi-Wan se siente cómodo con sus nuevos amigos, los líderes de la revolución. Juntos han conseguido mucho poder, tal vez demasiado. Mientras la revolución continúa, los amigos se convierten en enemigos, y el sendero por el que camina Obi-Wan se va volviendo más desconocido. Qui-Gon ya no está a su lado para ayudarle. Ahora, Obi-Wan está solo.

Jude Watson

Sendero Desconocido

Aprendiz de Jedi 6

ePUB v1.0

LittleAngel
01.11.11

Título Original:
Jedi Apprentice: The Uncertain Path

Año de publicación: 2002

Editorial: Alberto Santos Editor

Traducción: Pilar Pascual Fraile

ISBN: 84-95070-06-5

Capítulo 1

Obi-Wan Kenobi deambulaba entre las tumbas que se alineaban en uno de los túneles construidos bajo la ciudad de Zehava. En la superficie se desarrollaba una batalla. Hasta él llegaba amortiguado el sonido de las explosiones, pero cada vez que Obi-Wan oía el débil zumbido de un torpedo de protones tenía que controlarse para no sentir escalofríos. Podía imaginar perfectamente lo que estaba ocurriendo. El enemigo tenía cazas de combate, y las fuerzas terrestres de los Jóvenes estaban siendo bombardeadas.

Alrededor de él y en medio de una oscuridad tenebrosa se erguían las sombras de otras tumbas. Los Jóvenes tenían instalados sus cuarteles en los túneles que recorrían el subsuelo de la ciudad, y habían elegido un mausoleo antiguo para que fuese su cuartel general.

—Obi-Wan, siéntate —le dijo su amiga Cerasi—. Me estás poniendo nerviosa.

En momentos de tensión, Cerasi siempre conservaba la calma. Nield, un chico alto y delgado de ojos oscuros, estaba más serio. Obi-Wan veía la preocupación reflejada en la expresión de sus caras. Ya ni se acordaba del tiempo que llevaban sin comer ni dormir. La lucha en la superficie duraba ya catorce días. Ahora estaban esperando noticias sobre lo que ocurría en el exterior, unas noticias que parecían no llegar nunca.

Los tres eran los líderes de los Jóvenes, que luchaban para pacificar el planeta Melida/Daan. Su guerra contra los Mayores era sólo otra batalla en la sangrienta historia del planeta. Melida/Daan sufría un conflicto que duraba ya siglos, y que enfrentaba a dos tribus, los Melida y los Daan, en una lucha para conseguir el poder. Los Jóvenes habían intentado conseguir una paz duradera, pero los Mayores no habían accedido a sus propuestas y, ahora, los Jóvenes luchaban contra ellos para intentar salvar su planeta.

Obi-Wan nunca había creído tanto en una causa y por eso había abandonado su formación de Jedi. Después de haber renunciado a ser el padawan del gran Caballero Jedi Qui-Gon Jinn, había vuelto para luchar en una batalla, gracias a la cual se instauraría la paz en un planeta que a él le resultaba extraño.

A veces no terminaba de creerse que hubiese tomado esa decisión, pero entonces miraba a sus amigos y recordaba por qué lo había hecho. No había tenido nunca unos amigos tan cercanos como Nield y Cerasi.

Los cristalinos ojos de Cerasi brillaban en su rostro, a pesar de que estaba cubierto de suciedad y sudor. La joven, para invitar a Obi-Wan a que se uniera a ellos, dio unas palmaditas en la parte superior de la tumba en la que estaba sentada con Nield.

—Estoy segura de que Mawat ya habrá conseguido despejar el túnel que va hacia el puerto espacial —aseguró Cerasi.

—Es su cometido —dijo Obi-Wan con preocupación mientras se sentaba—. Tenemos que sabotear los cazas cuando vayan a repostar. Es nuestra única esperanza.

Obi-Wan era el único que se había dado cuenta de que toda la flota de cazas había atacado a la vez. La población llevaba tanto tiempo luchando, que el armamento más sofisticado de Melida/Daan había sido destrozado varias veces y había sufrido constantes reparaciones. Los cazas estaban viejos, necesitaban revisiones y tenían que repostar combustible continuamente. El error de los Mayores había sido decidir que toda la flota repostara al mismo tiempo.

Lo que significaba que eran vulnerables.

Obi-Wan había planeado invadir el puerto espacial con un equipo pequeño, en el momento en el que las naves estuviesen repostando. Mientras uno de ellos inutilizaba los transformadores de energía de los cazas, los demás vigilarían. Si eran descubiertos, su primer objetivo era distraer a los guardias.

Era arriesgado, pero si lo lograban se aseguraban la victoria. Recientemente, los Jóvenes habían recibido el apoyo de la Generación de Mediana Edad, que estaban dispuestos a formar parte de una alianza, siempre y cuando los Mayores estuvieran a punto de ser derrotados. Si los Jóvenes conseguían el apoyo de los pocos que quedaban de la Generación de Mediana Edad, los Mayores estarían en inferioridad numérica.

Mawat, el líder de los Jóvenes de los Basureros, estaba en esos momentos trabajando para abrir un túnel que les condujera hacia la zona inferior del puerto espacial. Desde allí podrían acceder al puerto abriendo un agujero en el suelo.

—Todo lo que necesitamos es hacer las cosas a la hora prevista, y un poco de suerte —dijo Cerasi.

Obi-Wan sonrió.

—¿Quién, nosotros? No necesitamos suerte.

—Todo el mundo necesita la suerte de su lado —refutó Nield.

—Nosotros no.

Cada uno extendió las manos hacia las de los demás, colocándolas muy cerca unas de otras, pero sin llegar a tocarse. Era un gesto que se habían acostumbrado a hacer antes de las numerosas batallas en las que habían participado durante las últimas semanas.

De repente, una chica menuda y delgada entró corriendo en la bóveda.

—Mawat dice que tenemos vía libre.

—Gracias, Roenni —dijo Obi-Wan mientras se ponía en pie de un salto—. ¿Estáis preparados?

Roenni asintió y cogió un par de cuchillas láser.

—Estoy preparada.

A Obi-Wan no le gustaba tener que involucrar de lleno a Roenni en la batalla. Era muy joven y no tenía experiencia luchando, pero su padre había sido mecánico de cazas. Había crecido rodeada de todo tipo de naves. Sabía utilizar las cuchillas láser y sabotear un convertidor de combustible. Además, Obi-Wan consideraba una ventaja el hecho de que fuese pequeña y ágil, pues eso le permitía deslizarse dentro de los cazas a través de la escotilla de carga. Con suerte, podría lograrlo sin que nadie la viera.

Obi-Wan, Nield, Cerasi y Roenni corrieron a través de los túneles. Cuando llegaron al pasadizo recién construido, debajo del puerto espacial, comenzaron a moverse con más cuidado. Estaban justo debajo de los guardias.

Mawat se acercó a ellos. Su cara delgada estaba completamente cubierta de barro y musgo, y se había desgarrado la ropa.

—Nos ha costado más de lo esperado porque hemos tenido que trabajar sin hacer mucho ruido —les comentó en un susurro—. Pero ya está. Desde aquí subiréis directamente hacia donde están los tanques de combustible. Hay tres cazas alineados cerca de ellos. Otros dos están situados cerca de la entrada. Además, hay dos androides y seis guardias, pero no se esperan que aparezcáis desde abajo.

Recuerda, padawan, cuando se está en inferioridad numérica, el factor sorpresa es tu mejor aliado.

Recordó la voz serena de Qui-Gon, y sus palabras, como un río de agua fría, se entremezclaron con los pensamientos de preocupación de Obi-Wan. El joven sintió remordimiento. Nunca había participado en una operación como aquélla sin su Maestro.

Obi-Wan convocó a la Fuerza; la necesitaría en esta batalla, pero la Fuerza, como si fuese una criatura marina que se acerca para luego desaparecer, se deslizó y se alejó de él. No podía retenerla, ni sumergirse en ella. Sólo podía acordarse de su enorme poder.

La Fuerza le había abandonado.

Abandonarte la Fuerza no puede. Constante ella es. Si encontrarla no puedes, en tu interior y no fuera deberás mirar.

Sí, Yoda
, pensó Obi-Wan.
Debería mirar en mi interior, pero ¿cómo voy a hacerlo en mitad de una batalla?

—¿Obi-Wan? —Cerasi le tocó en el hombro—. Vamos, es el momento.

Obi-Wan retiró con cuidado a un lado la reja que cubría la entrada de la cueva, alzó a Roenni y, después, subió él mismo. Cerasi subió con facilidad y sin ayuda de nadie gracias a su agilidad innata. Nield ascendió con dificultad, pero sin hacer ni un solo ruido.

El grupo se agachó detrás de los tanques de combustible. Los androides, que estaban muy ocupados en repostar los cazas en el menor tiempo posible, no se dieron cuenta de su presencia. Ni tampoco los guardias que, de espaldas a ellos, custodiaban la entrada del puerto espacial. Obi-Wan señaló con la cabeza hacia la primera nave. Roenni se deslizó hacia ella y se introdujo a través de la escotilla de carga.

Había sólo cinco cazas y estaban situados en fila. Con un poco de suerte, Roenni los sabotearía con rapidez y de forma sigilosa. El mayor problema sería acercarse a los dos últimos, que estaban situados más cerca de la entrada... y de los guardias.

Mientras Roenni iba de un caza a otro, Cerasi, Nield y Obi-Wan vigilaban tensos y con sus armas preparadas. Tras averiar el tercero, la chica asomó la cabeza por la escotilla e hizo un gesto al grupo.
¿Y ahora qué?

Obi-Wan se agachó cerca de Nield y Cerasi.

—Iré con Roenni —susurró. No quería que la chica recorriera sola la explanada al descubierto—. Con suerte, los guardias no se darán la vuelta. Cubridnos.

Sus amigos asintieron. Obi-Wan se movió sigiloso entre los tres cazas y se mantuvo oculto a la vista de los androides. Llegó hasta donde estaba Roenni. Los ojos oscuros de la chica reflejaban miedo al mirar el espacio vacío que había entre ellos y las naves. Obi-Wan la cogió por los hombros para transmitirle confianza, y ella, sintiéndose más segura, asintió. Salieron corriendo a toda velocidad y sin hacer ruido, dispuestos a cruzar el espacio vacío que les separaba de las naves.

Lo habrían logrado si no hubiese sido porque un androide golpeó sin querer un tanque de combustible vacío. El tanque comenzó a rodar por el suelo, provocando un gran estrépito, y fue a detenerse casi a sus pies. Uno de los guardias se dio la vuelta. Obi-Wan percibió la sorpresa que se reflejaba en su rostro al encontrarlos allí.

—¡Eh! —gritó.

En las décimas de segundo que el guardia había tardado en reaccionar, Obi-Wan ya había atacado. El joven dio un empujón a Roenni que la lanzó contra los cazas y, después, se dirigió hacia una pila de cajas de acero. Saltó sobre ellas y utilizó el impulso para caer sobre el guardia. Mientras oía pasar los disparos sobre su cabeza recordó con pesar su sable láser. Se lo había dado a Qui-Gon para que lo devolviese al Templo. Sólo los Jedi podían usarlo.

Obi-Wan saltó con los pies hacia delante y pudo ver cómo se le abría la boca al guardia en un gesto de sorpresa. El joven lo derribó y le quitó el arma.

El segundo guardia se volvió justo en el momento en el que su compañero caía al suelo. Obi-Wan ya se había colocado frente a él y le golpeó en la barbilla. El guardia cayó de espaldas y se golpeó la cabeza contra el duro suelo de piedra. Obi-Wan perdió el rifle láser y se retrasó en su huida. Nield y Cerasi, que ya corrían hacia él, dispararon contra los guardias.

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