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Authors: John Crowley

Tags: #Fantástico

Pqueño, grande

BOOK: Pqueño, grande
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En una mansión que es un sinuoso laberinto se esconden unas puertas pequeñas que comunican con el parlamento de las hadas. Un libro verdaderamente original en todos los sentidos. Una fantasía tan extraordinariamente bien contada que escapa a cualquier categorización. La escritura es simple y clara: la ventana a través de la cual observamos las cosas asombrosas que pasan en el interior… PEQUEÑO, GRANDE cuestiona la realidad, describe círculos dentro de círculos, mundos dentro de mundos, vidas dentro de vidas.

John Crowley

Pequeño, grande

ePUB v1.0

GONZALEZ
08.05.12

Título original:
Little, big, or The Faeries’ Parliament

© 1981
by
John Crowley

Traducción: Matilde Horne

Diseño gráfico de Joan Pedragosa

Diseño e ilustración de la sobrecubierta: Hannele E. Vanha-aho

© 1989
by
Ediciones Minotauro

ePub base v2.0

Para Lynda,

que lo supo primero,

con el amor del autor

Presentación

Como en
El verano del pequeño San John
, el título de esta nueva novela de
John Crowley
resume para el lector el tema oculto del libro: las relaciones misteriosas y manifiestas de lo Pequeño y lo Grande. La familia de Fumo Barnable y Llana Alice Bebeagua vive en una enorme casona que es un laberinto, pero también una exacta reproducción arquitectónica del Arte de la Memoria renacentista. Dentro de la casa, unas puertas que parecen pequeñas conducen al inmensurable reino de las hadas, el corazón del laberinto, donde todo revela su auténtica e íntima estructura: mundos dentro de mundos, vidas dentro de vidas. Una granja en el estado de New York, una serie de televisión, la resurrección de Federico Barbarroja, un parque diseñado como el Arte de la Memoria, el amor obsesivo de Oberon y Titania, todo se combina y ordena inesperadamente dando al libro nuevos significados que el lector descubre una y otra vez con asombro, admiración y felicidad.

John Crowley
nació en 1942 y trabajó durante un tiempo en la ciudad de New York en documentales para la televisión y el cine. Desde 1977 vive en Massachusetts. Ha publicado entre otras obras:
Deep
(1975),
Bestias
(1976),
El verano del pequeño San John
(1979),
Pequeño, grande
(1981),
Ægypto
(1987).
Pequeño, grande
ganó el World Fantasy Award de 1981.

De esta novela se ha dicho:

«La mejor novela fantástica de todos los tiempos.»
Thomas M. Disch

«Un libro verdaderamente original en todos los sentidos. Una fantasía tan extraordinariamente bien contada que escapa a cualquier categorización... Pequeño, grande cuestiona la realidad, describe círculos dentro de círculos, mundos dentro de mundos, vidas dentro de vidas. Crowley nos hace creer en la sabiduría de una trucha, en la voz de una llama.»
John Gabree, Newsday

«Me he descubierto tomando notas, para así poder volver a las páginas que me parecían importantes, y creo que muchos otros lectores harán lo mismo. La fuerza de Crowley se apoya en las extraordinarias dimensiones de lo que es capaz de poner en palabras.»
Russell Hoban

«Un libro indescriptible: un espléndido delirio, o una deliciosa cordura, o ambas cosas. Hay que advertir a quienes se aventuren en este libro que cuando dejen de leer habrán cambiado de tamaño.»
Ursula K. Le Guin

«Pequeño, grande exuda una fragancia casi tangible de asombro, deleite y maravilla. Entiendo ahora perfectamente los sentimientos del desaparecido Anthony Boucher cuando por vez primera descubrió a Tolkien.»
Rod Serling's Twilight Zone Magazine

Genealogía

Poco después, recordando el origen terrenal del hombre, «polvo eres y en polvo te tornarás», les gustaba imaginar que eran burbujas de tierra. Cuando estaban a solas en los prados, sin nadie que las viese, retozaban, saltaban y brincaban tocando el suelo lo más levemente que podían, y gritando: «¡Somos burbujas de tierra! ¡Burbujas de tierra! ¡Burbujas de tierra!».

Flora Thompson

El despertar de la alondra

Capítulo 1

Los hombres son hombres, pero el Hombre es mujer.

Chesterton

Cierto día de junio de 19..., un hombre joven iba hacia el norte desde la Gran Ciudad a un pueblo o paraje conocido como Bosquedelinde, del que había oído hablar pero que nunca había visitado. Se llamaba Fumo Barnable, e iba a Bosquedelinde a casarse. El hecho de que hiciera el trayecto andando y no de cualquier otra manera, era una de las condiciones que le habían sido impuestas para el viaje.

De un sitio a otro

Aunque había abandonado su alojamiento de la Ciudad muy de mañana, era ya casi mediodía cuando después de cruzar el enorme puente por una pasarela poco transitada desembocó en las poblaciones con nombre pero ilimitadas de la margen septentrional del río. En el correr de la tarde, ante la imposibilidad de tomar el camino directo ocupado por el constante e imperioso ir y venir del tránsito, discurrió de una a otra de esas ciudades con nombre indio, yendo de barrio en barrio y asomándose a curiosear en las callejuelas y los comercios. Veía pocos caminantes, incluso lugareños, pero sí muchachos en bicicleta, y se preguntaba qué vida podrían llevar en esos andurriales que a él se le antojaban melancólicamente periféricos, aunque en verdad aquellos chicos no parecían aburrirse demasiado.

Poco a poco, las manzanas de edificios que flanqueaban las avenidas comerciales y las calles residenciales empezaron a ralear, como los confines de un extenso bosque, para alternar aquí y allá, al igual que claros en la espesura, con solares que había invadido la maleza; de tanto en tanto, una maraña de matorrales polvorientos, un huerto desastrado anunciaban que la zona estaba en vías de convertirse en parque industrial. Fumo rumió la frase mentalmente, pues no otra cosa parecía ser el lugar del mundo en que se encontraba, el parque industrial, entre el desierto y el sembrado.

Se detuvo en un banco desde donde la gente podía tomar autobuses para viajar de Alguna Parte a Otra Parte, se sentó en él, encogió los hombros para descolgar de la espalda la exigua mochila, y sacó de ella un bocadillo que él mismo había preparado —otra condición— y un mapa de estaciones de servicio coloreado con confeti; no podía asegurar que el mapa no estuviese prohibido, pero las instrucciones que le habían dado para el viaje no eran explícitas, de modo que lo abrió.

Veamos. Esa línea azul era al parecer el macadam resquebrajado, flanqueado por fábricas de ladrillo desmanteladas que acababa de dejar atrás. Dio vuelta el mapa para que esa línea quedara, como la carretera, paralela a su banco (no era un gran lector de mapas) y descubrió, allá lejos, el lugar al que iba. El nombre, Bosquedelinde, no figuraba, pero estaba
allá
, en alguna parte, en ese grupo de cinco pueblos acotados con los circulitos más insignificantes de la leyenda. Bien... Una doble línea roja bien marcada llegaba, muy ufana, con entradas y salidas, hasta las cercanías: por esa ruta no podría ir andando. Otra línea azul gruesa (sobre el modelo del sistema vascular, y Fumo imaginó el intenso tráfico que circulaba hacia el sur, hacia la urbe por las líneas azules, y alejándose de ella por las rojas) corría un poco más cerca, abriendo accesos corpusculares a villas y villorrios a lo largo del trayecto. La línea azul mucho menos esclerótica junto a la cual estaba sentado era tributaria de aquélla; hacia esa zona, probablemente, había sido desplazado el comercio: Distrito Ferretero, Emporio Alimentario, Mundo del Mueble, Tapizlandia... Bueno. Pero había además, casi indiscernible, una delgada línea negra, por la cual pronto podría tomar. Le pareció, al principio, que no conducía a ninguna parte, pero no, proseguía, indecisa, como olvidada al comienzo por el autor del mapa, para luego avanzar, cada vez más nítida, hacia los despoblados del norte y llegar a las cercanías de un pueblo que, lo sabía, quedaba en los aledaños de Bosquedelinde. Ésa, entonces. Parecía ser una senda para peatones.

Después de medir, con el pulgar y el índice, la distancia que había recorrido y la (mucho mayor) que aún le quedaba por hacer, cargó la mochila a la espalda, se inclinó el sombrero contra el Sol, y reanudó la marcha.

Un largo trago de agua

Aunque ahora, en camino, no la tuviera demasiado presente, rara vez en los casi dos últimos años, desde que se enamorara de ella, había estado lejos de sus pensamientos; la habitación en que la había conocido era un lugar al que con frecuencia volvía a asomarse en su imaginación, a veces con la misma trepidación que ese día habia sentido, si bien ahora las más de las veces con una agradecida felicidad; se asomaba, para volver a ver a George Ratón mostrándole de lejos un vaso, una pipa y a sus dos altas primas: ella, y detrás de ella su tímida hermana.

Había sido en la residencia urbana de la familia Ratón, la única vivienda todavía habitada de la manzana, en la biblioteca del tercer piso, aquella habitación que tenía los cristales de la ventana remendados con cartulinas, la obscura alfombra blanca de tan raída por las pisadas entre la puerta, el bar y las ventanas. Sí, en esa misma estancia.

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