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Authors: George H. White

Tags: #Ciencia ficción

Cerebros Electronicos

BOOK: Cerebros Electronicos
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Relata los acontecimientos que sucedieron con posterioridad de la partida de Venus del «LANZA», rumbo a la Tierra. Todo parece desarrollarse de forma correcta, pero inopinadamente un astro errante se interpone en su camino atrayéndolos a su superficie. La recepción de unas emisiones de radio en idioma saissai les hace concebir esperanzas de ser auxiliados por una hipotética colonia de hombres azules que, al igual que en la Luna, pudieran habitar allí, razón por la que algunos de ellos deciden realizar una exploración en busca de la misteriosa emisora.

George H. White

CEREBROS ELECTRÓNICOS

La Saga de Los Aznar (Libro 3)

ePUB v1.0

ApacheSp
20.06.12

Título original:
Cerebros Electrónicos

George H. White, 1954.

Editor original: ApacheSp

ePub base v2.0

Capítulo 1.
El vagabundo del espacio

M
iguel Ángel Aznar de Soto alargó la mano hasta el conmutador, encendió la luz y descolgó el teléfono. Despertada por el repiqueteo del timbre Bárbara Watt de Aznar rebulló dentro de su saco de dormir, en la litera inferior.

Todavía con el sueño pegado a los párpados, Miguel Ángel preguntó:

—¿Sí?

Escuchó la voz de George Paiton en el auricular.

—Lo siento, Miguel. Es tu guardia.

—¡Oh, bien, ya voy para allá! —dijo Miguel Ángel. Y amagando un bostezo retornó el teléfono a su enganche especial por presión. En el reloj eléctrico del camarote eran las ocho. Hacía veinte horas que la aeronave despegó del planeta Venus.

—¿Ocurre algo, Miguel? —pregunto Bab.

—Voy a tomar mi guardia, eso es todo. Sigue durmiendo.

La aeronave debía haber parado sus motores, pues al abrir Miguel Ángel la cremallera de su saco de dormir sintió cómo su cuerpo flotaba en el aire, como consecuencia de la falta de gravedad. En estas condiciones de ingravidez, le bastó darse un pequeño impulso con las manos contra el techo para ir a parar de pie en medio del camarote.

Por todo el piso del camarote había dispuestas una serte de asas de cuero, en las cuales Miguel Ángel introdujo las puntas de los pies.

En el armario que abrió, las ropas no colgaban de las perchas, sino que estaban distribuidas en una serie de tableros de material plástico rígido, dispuestos uno sobre otro dejando un pequeño espacio para introducir cada prenda en su estante.

Miguel Ángel se puso unos pantalones ajustados al tobillo, calzándose a continuación unas botas de media caña. Al abrir un cajón inferior del armario salió volando suavemente un jersey negro de cuello alto, el cual capturó en el aire, apresurándose a cerrar el cajón para que no escaparan las restantes prendas.

—¿Quieres que me levante y te preparo café? —preguntó Bab con voz soñolienta.

—Déjalo, ya me las arreglaré.

Miguel Ángel salió del camarote apagando la luz. La puerta era tan baja que le obligó a inclinar la cabeza. Era una puerta de acero, con juntas de caucho y un manubrio por ambos lados, girando el cual se corrían unos recios barrotes de metal que aseguraban un cierre hermético.

Aunque exteriormente la aeronave parecía un gigantesco avión de pasajeros, la disposición interior se parecía más bien a la de un submarino, estando dividido en numerosos compartimentos estancos con puertas de acero aislando unas dependencias de otras. Para una aeronave como el «Lanza», proyectada para volar en el vacío interestelar, el mayor peligro lo constituían los aerolitos. Estos eran en su mayoría de tamaño reducido, simples granos de polvo cósmico errando en él infinito, aunque también los había como garbanzos, y algunos del tamaño de grandes rocas.

Estos aerolitos, aun los más pequeños, iban dotados de gran velocidad a veces de hasta cuarenta kilómetros por segundo, desarrollando su impacto una energía cinética superior a la de una bala de cañón, atravesando fácilmente el casco de la aeronave.

La disposición de la aeronave en compartimentos estancos tenía por finalidad el evitar que el aire escapara por alguno de estos agujeros. Si el impacto tenía lugar en un camarote, un dispositivo electrónico daba la alarma indicando el lugar donde se había producido el percance, y sólo se perdía el aire del compartimiento afectado, en tanto la tripulación acudía rápidamente a reparar el daño y tapar el agujero si estaba en sus posibilidades. En caso contrario, el compartimiento afectado quedaba clausurado, y la cosmonave podía seguir operando. Miguel Ángel salió al pasillo y abrió otra pequeña puerta estanca para entrar en un cuarto de baño. Para lavarse, Miguel Ángel tomó una esponja de gran tamaño, la metió en un pequeño saco de plástico y llenó éste de agua manteniendo la boca plegada en torno del grifo. Una pequeña cantidad fue suficiente para empapar la esponja.

Sacó la esponja del saco, cerrando este rápidamente para que no escapara el agua sobrante, y se pasó la esponja humedecida por la cara y el cuello. Luego volvió a meter la esponja en el saco y cerró la boca de éste echándolo en un cesto provisto de tapadera de resorte.

Algunas gotas habían escapado de la esponja y flotaban en el aire como pequeñas cuentas de cristal. Miguel Ángel las atrapó en la toalla, se secó con ésta, y luego metió la toalla por una anilla haciendo un nudo. A continuación se puso el jersey, se pasó un peine por los negros cabellos húmedos y abandonó el lavabo. Avanzando con-cuidado por el pasillo, metiendo las puntas de los pies en las asas del piso, llegó hasta la puerta estanca. Hizo girar el manubrio, empujó y entró en la cámara de derrota.

La cámara de derrota del Lanza era muy espaciosa; cuatro metros de anchura libre por ocho de longitud. Los cuatro muros aparecían totalmente cubiertos de aparatos.

Los sillones del piloto y el copiloto, separados por una consola central llena de botones de todos los colores del arco iris, tenían un acolchado anatómico para acoger el cuerpo de los ocupantes; nalgas, riñones, espalda y cabeza.

Ante el piloto y el copiloto estaban los mandos de la aeronave. Estos eran de dos tipos: convencionales para el manejo del avión en la atmósfera terrestre, y completamente distintos y a base de botones eléctricos para el vuelo espacial.

Enfrente de los pilotos se extendía una pantalla panorámica de televisión, partida en dos por un junquillo metálico vertical. La aeronave no tenía ventanas al exterior, pero los pilotos podían ver a través de dos cámaras de televisión emplazadas una a cada lado de la proa. Las dos cámaras estaban ajustadas con tanta habilidad, que donde terminaba el campo visual de una comenzaba el de otra, dando la apariencia dé tratarse de una sola pantalla, aunque en realidad eran dos contiguas.

Las pantallas de televisión estaban encendidas, pero lo que mostraban ahora no era el espacio por delante de la proa de la aeronave, sino lo que quedaba por detrás de la popa. En efecto, aparte las dos cámaras emplazadas en la proa, el Lanza llevaba otras en la cola.

En la gran pantalla panorámica aparecía el planeta Venus como un delgado y brillante cuerno, y a u lado, profundo y brillante, el Sol.

Pero no era a la imagen de Venus donde miraban los hombres que se encontraban en la cabina, sino a la pantalla de radar, que era circular de casi un metro de diámetro, y estaba situada en el panel de la derecha, frente al sillón que ocupaba Richard Balmer. Richard Balmer era un muchachote de un metro ochenta de estatura,, con anchas espaldas, cuello corto y robusto, de constitución sanguínea y temperamento exaltado. Aunque tosco en sus maneras, era un estupendo técnico de radio.

George Paiton, que en aquellos momentos estaba ante los mandos de la aeronave, era un muchacho delgado, rubio y espigado, con el cabello ondulado, ojos azules y mirada tranquila. Continuamente mascaba goma, y sus mandíbulas se movían ahora rítmicamente, acusando cierta tensión que no trascendía a sus manos ni a la expresión de su rostro aniñado.

Harry Tierney debía haber llegado poco antes que Miguel Ángel. Era un hombre joven, de veintisiete años, de estatura regular, cabellos ondulados tirando a rojizos, con acusadas entradas en las sienes, y numerosas pecas en la frente ancha e inteligente. Tierney poseía en Cleveland una fábrica de aviones deportivos, la cual en los últimos diez años se había especializado en la construcción de importantes elementos componentes de los motores cohete que utilizaba la N.A.S.A. en sus cápsulas y vehículos espaciales. La experiencia conseguida por los ingenieros de la «Tierney Aircraft Corporation» en la construcción de motores, y la fórmula secreta de un carburante para motores cohete, desarrollada por el sabio Erich von Eicken, había inspirado a Harry Tierney la idea dé construir el «Lanza», un avión gigantesco, el más grande que jamás se había construido, y que durante las pruebas superó todas las metas imaginadas, hasta el punto de resultar capaz de abandonar la atmósfera de la Tierra y adentrarse en el espacio para llegar hasta cualquier planeta próximo.

Tierney volvió la cabeza hacia Miguel Ángel Aznar. Aunque poseía el espíritu aventurero nato de los financieros norteamericanos, Tierney no era en sí un hombre de acción. Capuz de arriesgar su fortuna en la construcción del Lanza, su ánimo solía vacilar frente a cualquier situación imprevista. —Vea esto, Aznar —dijo Tierney con un gesto. Miguel Ángel cerró la puerta, la aseguró con el cierre de manubrio, según estaba ordenado, y avanzó despacio introduciendo las puntas de los pies en la serie de asas que cubría el piso Toda la pantalla del radar estaba cubierta de miríadas de pequeños puntos luminiscentes. Estos se apagaban y volvían a encenderse después de cada barrido de la barra luminosa que giraba como la manecilla grande de un reloj.

—¿Qué es eso?——preguntó Miguel Ángel pegando un respingo. Nadie contestó.

—¿Richard? —insistió Aznar.

—No lo veo claro, Miguel. Para mí es una especie de deslumbramiento producido por algún fenómeno electromagnético. Podría ser una lluvia de aerolitos o, en último caso, como teme el señor Tierney, una gran escuadra de platillos volantes.

—¿A qué distancia está «eso»?

—Dos millones de kilómetros por babor.

—Eso no tiene sentido —dijo Miguel Ángel—. Si nos estuvieran persiguiendo los tendríamos detrás, por la popa.

—A menos que hubieran salido de Venus dando un gran rodeo para sorprendernos —apuntó Tierney.

—¡Por Dios, señor Tierney! ¿Cómo iban a pensar en sorprendernos? De sobra saben que venimos equipados con radar. Cualquier rodeo que dieran no haría más que alargar considerablemente su recorrido antes de poder atacarnos.

—Sabemos que los platillos volantes desarrollan una gran velocidad y también que la constitución física de sus tripulantes les permiten aceleraciones que harían pedazos a un ser humano corriente.

—¿Por qué no le echamos un vistazo a «eso» antes de dejarnos llevar por la histeria? —sugirió Miguel Ángel—. Paiton, pon la proa noventa grados a babor.

—Si son platillos volantes, como si se trata de una lluvia de aerolitos, no podremos verlos a esta distancia —dijo George Paiton.

—Señor Tierney —dijo Miguel Ángel irritado—. Con su permiso, ¿podemos mover el Lanza?

—Haga lo que dice el señor Aznar. George —ordenó el millonario.

George Paiton apretó algunos botones numerados de la consola que estaba a su derecha, introduciendo los datos de la maniobra que deseaba realizar en la computadora. Esta ocupaba todo el muro de la izquierda de la cámara de derrota, desde el piso al techo.

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