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Authors: Didier Van Cauwelaert

Tags: #Ciencia Ficción, Humor, Infantil y juvenil,

El fin del mundo cae en jueves

BOOK: El fin del mundo cae en jueves
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«Tengo 13 años menos cuarto y soy el único que puede salvar el mundo. Si quiero».

En una sociedad bajo control total donde el juego reina como dueño absoluto, un adolescente acaba poseyendo un terrorífico secreto, que desencadena contra él las fuerzas de Mal… y las del Bien.

Dividido entre su primer amor y un viejo sabio paranoico reencarnado en un oso de peluche, Thomas se ve abocado a una carrera contra el reloj en la que descubrirá el peligroso destino de un superhéroe a media jornada, en un universo futurista al que nuestro mundo se va pareciendo peligrosamente.

Primera entrega de las aventuras de Thomas Drimm, llena de suspense y humor, que tiene lo necesario para apasionar a lectores de todas las edades.

Didier Van Cauwelaert

El fin del mundo cae en jueves

Thomas Drimm 1

ePUB v1.0

Fauvar
28.05.12

Título original:
Thomas Drimm. La fin du monde tombe un jeudi

Didier Van Cauwelaert, 2009.

Traducción: Manuel Serrat Crespo

Editor original: Fauvar (v1.0)

ePub base v2.0

A Romain,

cuya energía

continúa alimentando

el mundo de Thomas…

DOMINGO

LA COMETA DE LA MUERTE

1

Tengo trece años menos cuarto, y como quien no quiere la cosa estoy salvando la Tierra. Y no sólo seleccionando mis desechos.

Oficialmente, voy al colegio como un adolescente normal; tengo padres con problemas, kilos de más y soy nulo en todo. Al menos no desconfían de mí.

Y la cosa viene al pelo, porque llevo una doble vida secreta: soy superhéroe a media jornada, con unos poderes increíbles y una ayudante de veintiocho años.

¿Creéis que deliro? También es lo que me dije yo al principio, para intentar tranquilizarme. del tipo «todo esto es sólo un sueño». El problema es que la verdadera pesadilla es la realidad. Lo que uno cree que es la realidad. Y soy el único que puede detener esta pesadilla.

Todo comenzó un domingo, a causa de XR9. Es mi única compañera, una cometa. La más salvaje de toda la playa, con sus colores violeta y rojo, cruzados por franjas negras. Vuela como un relámpago, se encabrita a la menor ráfaga de viento y siento en mi cuerpo todas sus vibraciones a través de los hilos que la unen a mis manijas de control. Es libre como el aire y, sin embargo, soy su dueño. La adoro.

Juntos hemos volado en todo tiempo, en toda nube, hemos desafiado las tormentas y sufrido la calma chicha, hemos embarrancado en la arena, el uno junto al otro, aguardando que la cosa se levantase. Incluso hemos intercambiado nuestra sangre: me escribí con cuchillo «XR9» en la piel de la muñeca, y le grabé «Thomas Drimm» en lo más alto de su velamen. Salvo que tuve que pegar celo sobre mi nombre, porque cogía aire y se desequilibraba. XR9 y yo estamos unidos por la sangre y el celo, y todos los fines de semana somos hermanos de viento.

Cuando vuelo con ella, olvido todos mis problemas. El primero de mis problemas, hasta aquel domingo por la tarde, era mi madre, aunque tenga circunstancias atenuantes. Trabaja como jefa de psicología en el casino de la playa, un oficio horrible. Cuando la gente gana el jackpot en las máquinas tragaperras, al parecer eso les produce un trastorno espantoso. Y entonces ella tiene que subirles la moral, consolarlos por haberse vuelto de pronto millonarios y ayudarles a salir adelante en su nueva vida. Se da un atracón de horas suplementarias para que yo tenga algo que comer. De pronto, en casa, coge una depre, pero, como psicoterapeuta, no tiene derecho a cuidarse a sí misma: la castigaría la justicia si alguna vez la encontraran en su diván haciéndose preguntas. Y entonces soy yo el que recibe. Dice que por mi culpa ha fracasado en la vida. Y es cierto que hay una ley que se llama la Protección de la Infancia: si no se tienen hijos, hay derecho a divorciarse.

Como remedio antimadre, yo tenía Internet, antes, para pensar en otra cosa y chatear con colegas desconocidos. Desde que está prohibido a los menores por razones de salud, ya sólo me queda la cometa en la playa, los fines de semana, mientras mi madre trabaja en el casino. La playa más hermosa del mundo, dicen los carteles encima de los cubos de basura. Salvo que no tengo derecho a bañarme, por culpa del índice de mercurio y de los peces muertos. El océano está en tal estado que, el otro día, al parecer, un surfista fue a entrenarse de todos modos y, cuando salió de la ola, ya sólo quedaba su esqueleto de pie sobre la tabla. Es Richard Zerbag el que lo cuenta. Pero creo que exagera un poco: es el jefe de seguridad. No tengo derecho a bañarme, de modo que vuelo.

La cometa es un regalo de mi padre. Cuando me la dio, tenía un aspecto muy serio. Me dijo: «Es un símbolo, ya verás: la aspiración a la libertad, la ilusión de volar al albur del viento y, al mismo tiempo, la realidad de la cuerda que nos retiene en tierra». Yo tenía la impresión de que estaba identificándose, como profe de letras o marido de mamá, o tal vez ambas cosas. Personalmente, quiero mucho a mi padre. Sé muy bien que soy el único, pero me importa un bledo. Tengo mis razones.

En primer lugar, tiene un terrible secreto: bebe y fuma. Sólo que no es un secreto, porque la jefa de Educación se dio cuenta y, entonces, lo trasladó a un colegio podrido al otro extremo del suburbio. Tuvimos que seguirle, y mi madre no le perdona que hayamos caído así en la escala social. Imaginaos el ambiente, en casa. Sólo mi cometa me hace olvidar qué pesada es la vida que llevo. Me quedan los estudios, diréis, pero como soy nulo, eso no es un alivio.

De todos modos, con un padre que bebe, no tengo porvenir: al parecer es hereditario y el alcoholismo se atrapa en el vientre de la madre. Salvo que comenzó a beber después de mi nacimiento, pero eso no importa: lo han escrito en mi expediente escolar y, con una cosa así, nunca iré muy lejos. Será siempre un hijo de no-bebedor el que obtendrá el puesto de trabajo que yo solicite. A fuerza de verme rechazado por todas partes, yo también acabaré empezando a beber; me convertiré en alcohólico hereditario y así todo estará en orden: no haré ya que mi expediente mienta.

En fin, resumiendo, aquel domingo por la tarde comenzaba como todos los demás y nos sentíamos bien, XR9 y yo, cada cual a un extremo de los cordeles. Pero en menos de cinco minutos iba a sucederme la cosa más terrible del mundo.

2

Tengo la playa para mí solo, a causa de la lluvia y del viento fuerza 8. me pongo las botas, con los brazos absolutamente vibrantes y las manos crispadas en las manijas para mantener el control. A cada ráfaga, tengo la impresión de que XR9 va a arrastrarme con ella por los aires, y de que no volverán a vernos. Pero pese a todo mantengo los pies en el suelo, así es, al parecer eso se llama la ley de la Gravedad. Un niño que vuela es, sin duda, ilegal.

A través de la niebla de lluvia que se pega a mis ojos, adivino una silueta que avanza en mi dirección. La bruma es tan espesa que no ve ya a XR9; sólo la distingo gracias al agudísimo silbido con el que replica el viento, y ella tiene la última palabra. La silueta se acerca, cojeando con un bastón por la arena. Es un anciano.

—¡Pero bueno, no juegues con la cometa con este tiempo! ¡Vas a romperla!

Ha gritado con una voz agridulce. Le respondo buenos días, porque soy cortés, pero como si dijera «Cierra el pico». No me gusta esa gente que se permite dar órdenes a un niño al que no conocen. En primer lugar, no soy un niño, soy un preadolescente, y él me debe respeto. Yo pagaré su jubilación, algún día, si sigue vivo.

Sin embargo, para que me deje en paz, reduzco el velamen y acciono el enrollador que hace bajar a XR9. Pero, de pronto, el viento cambia de dirección, el ala se inclina y corre en picado hacia el suelo. ¡Paf! El viejo se derrumba con el golpe. XR9 ha rebotado y se clava en la arena junto a su cabeza.

—¿Está bien, señor?

Me arrodillo encima de él. Tiene un agujero en el cráneo y las pequeñas olas de la marea diluyen el hilillo de sangre que se le escapa. Tiene los ojos abiertos. Lo sacudo pero no se mueve. O está fingiendo, o está muerto.

—¡Señor! ¡Por favor, no es nada! ¡Lo siento! Señor…

Ni la menor reacción. Está rígido y blando a la vez, con una expresión de asombro en las cejas, por encima de su mirada fija.

Me levanto, escudriño la niebla a nuestro alrededor. Nadie. Recojo la XR9, la limpio en el océano y corro hacia el casino. Es la catástrofe, la megacatrástofe, la catástrofe cósmica. Afortunadamente no hay testigos, gracias al tiempo que hace. Pero, por otro lado, soy el único con cometa de la playa y sabrán que he sido yo. Si el jefe de seguridad compara la herida del viejo con el armazón de XR9, estamos jodidos. Como soy menor, la cosa caerá sobre mi padre y lo meterán en prisión. Conducir una cometa en estado de alcoholismo hereditario. No puedo hacerle eso. No deben encontrar el cuerpo.

Dejo de correr, sin aliento, con el corazón en la garganta. El ruido de un motor me hace dar un respingo. Es la embarcación de David, allí, detrás de mí, en el pequeño puerto al abrigo del dique. Cada marea alta sale a recoger los peces muertos para que la cosa parezca menos contaminada. está loco saliendo con semejante tiempo, pero le obliga la ley de Protección del Litoral.

Miro a XR9. Una idea totalmente chalada me viene a la cabeza. Es horrendo lo que voy a hacer, pero no me queda otra solución. Con lágrimas en los ojos, suplico a mi única compañera que me perdone. Abro mi navaja y corto los cordeles a ras del velamen. Luego entierro a XR9 en la arena, bajo el pontón. Con los cordeles arrollados bajo mi chaquetón, recojo los guijarros más grandes que encuentro alrededor de los postes de sustentación, y regreso hacia el viejo. Sigue muerto. Le meto las piedras en los bolsillos. Luego, le ato los pies y corro hasta el puerto rogando que los cordeles sean lo bastante largos.

—¡Buenos días, Thomas! ¿Qué hay de nuevo?

Nada, nada. Hola, David. ¿No te toca mucho las narices salir con ese tiempo? Te largo las amarras.

—Gracias, majo

Con el rostro bañado por la lluvia, le doy la espalda. El viento zumba en mis oídos, me llena los ojos de salpicaduras y de arena. finjo que me cuesta deshacer el nudo. en realidad, lo aprovecho para atar mis cordeles de nailon a su amarra, con unos lazos lo bastante sueltos para que se deslicen a lo largo de la cuerda cuando se la tire a bordo.

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