La crisis ninja y otros misterios de la economía actual

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Si todavía no te has enterado de lo que está pasando, este es tu libro. En La Crisis Ninja y otros misterios de la economía actual, Leopoldo Abadía te explica de manera clara y positiva que hasta de las peores situaciones se puede salir bien parado y sacarle partido. Todo esto poniendo al mal tiempo buena cara y sin perder nunca el sentido del humor. ¿Cómo es posible que algo que ocurre en Illinois afecte inmediatamente a nuestro bolsillo? ¿En qué se parece la economía de mi casa a los tan lejanos Presupuestos Generales del Estado? ¿Qué tienen que ver en todo esto la ética y la decencia? Desde su San Quirico imaginario, rodeado de una realidad cotidiana, un vecino, un perro y un petirrojo, Abadía, el nuevo gurú de la economía, responde a estas y otras preguntas «a lo Leopoldo».

Leopoldo Abadía

La crisis ninja

y otros misterios de la economía actual

ePUB v1.0

Batera
22.04.12

ESPASA

© Leopoldo Abadía Pocino, 2009

© Espasa Calpe.S. A., 2009

Diseño de cubierta: gráfica

Retrato de cubierta: Javier Tles

Foto del pájaro: Endika Ussía

Primera edición: enero, 2009

Segunda edición: enero, 2009

Tercera edición: enero, 2009

Cuarta edición: enero, 2009

Quinta edición: enero, 2009

Sexta edición: febrero, 2009

Séptima edición: febrero, 2009

Octava edición: marzo, 2009

Novena edición: marzo, 2009

Depósito legal: B. 14.853-2009

ISBN: 978-84-670-3015-0

Editor original: Batera (v1.0)

ePub base v2.0

Nunca pensé escribir un libro. Siempre pensé que si lo
escribiera se lo dedicaría a mi mujer, a mis hijos, a mis
nietos y a mis amigos.

Por esas cosas que pasan en la vida, resulta que antes
tenía muchos amigos, pero ahora tengo más, lo cual es
una bendición.

Por tanto, la dedicatoria cambia ligeramente y va
dirigida a mi mujer, a mis hijos, a mis nietos y a mis
MUCHOS amigos.

A la familia quiero decirle que ya sé que es lo normal,
pero que llegar a casa y que todos te reciban con cariño
es una maravilla.

A mis amigos quiero decirles que desayunar con ellos,
o comer con ellos, o cenar con ellos, o echar risas por
teléfono con ellos es otra maravilla.

Por tantas maravillas, A TODOS, muchísimas gracias.

San Quirico (pueblo imaginario), diciembre de 2008.

1
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engo una casa cerca de Barcelona, en un pueblo muy bonito, San Quirico. Es la casa familiar, a la que mi mujer y yo, nuestros hijos, nuestros nietos, nuestros amigos y todos los que han pasado por ella le tienen un gran cariño.

Es una casa grande, hecha con mucha ilusión. Al arquitecto solo le dimos dos instrucciones: que hubiera muchas camas y muchos cuartos de baño. Veníamos de una casa alquilada por allí cerca, donde las colas en la puerta del único cuarto de baño eran muy frecuentes y muy largas. Salió una casa con veintidós camas y siete cuartos de baño. Como la familia ha seguido creciendo, a veces hay que recorrer varios lavabos antes de encontrar uno libre.

El constructor estuvo dos semanas pensando qué orientación debía tener para aprovechar mejor el sol. Y acertó.

Mi mujer y yo seguimos las obras muy de cerca. Desde el día en que cortaron el primer árbol hasta la primera noche en que dormimos allí, pasó un año.

Nos metimos como pudimos, pero nos metimos.

Luego ha pasado el tiempo. Las paredes están llenas de cosas que hemos ido trayendo todos: recuerdos de nuestros viajes, la colección de campanillas, la colección de botijos, las vírgenes que hemos ido comprando por los anticuarios de la zona para las habitaciones, los muebles de nuestros padres… todo ha hecho que allí se esté muy bien. La casa resulta muy acogedora.

San Quirico está a setecientos metros de altura. En invierno hace frío. La calefacción funciona muy bien. No hay cosa que me guste más que llegar un viernes por la noche allí, que descargue una tormenta fuerte y que llueva todo el fin de semana. Se está en la gloria.  

Mi mujer y yo hemos procurado que nuestra casa estuviese siempre muy abierta a todo el mundo, a nuestra familia cercana y lejana, a nuestros amigos, a los amigos de nuestros amigos y a los amigos de nuestros hijos. Como tenemos muchos, la casa siempre ha estado a rebosar de gente conocida y de algún amigo desconocido. Muchas veces ha dormido en casa gente que no sabíamos ni quién era. Parece que algún hijo sí lo sabía, de manera que más o menos estaba todo controlado.

Cuando llegamos no había Internet. Ni existía. En mi despacho de Barcelona no teníamos ordenador. Me acuerdo del día en que mis dos hijos mayores, que trabajaban conmigo, vinieron a verme con cara seria y me dijeron: «Papá, hay que comprar un ordenador». Yo les contesté: «¡Pero si ya tenemos una máquina de escribir eléctrica!». Y lo dije con muy buena voluntad, pensando que lo del ordenador era un capricho de aquellos chavales. Aún se ríen cuando lo recuerdan.

Ahora tenemos ADSL. Y, además, tenemos tranquilidad, y en San Quirico pensamos, trabajamos, nos reímos, descansamos.

En una casa así tiene que haber un perro. Helmut es nuestro animal de compañía, un bobtail al que no se le ven los ojos por el pelo que tiene y al que le da vergüenza salir a la calle cuando le han lavado y está limpio. Mi mujer dice que «animal de compañía», en el caso de Helmut, quiere decir que es un perro que quiere que le hagan compañía. Por eso nos sigue a todas partes, y cuando cambiamos de sillón él se mueve también para estar cerca y poder dormir tranquilo.

Además, tenemos un petirrojo. Bueno, no lo tenemos, pero como si lo tuviéramos. En San Quirico, normalmente, la puerta de la casa está abierta. A primera hora de la mañana el petirrojo entra y pasea por dentro, haciendo pequeños vuelos para subirse a la lavadora, a la mesa de mi despacho, a la televisión. Mientras desayuno, oigo el ruido que hace al picotear la comida de Helmut. Está todo el día con nosotros, y al caer la tarde se va a su casa a cotillear con los otros petirrojos y supongo que a contarles cosas de nuestra familia.

M
IS
AMIGOS

En San Quirico nos conocemos todos. El pueblo lo forman una plaza y una calle, en lo alto de una montaña. Cuando llegamos la plaza se llamaba «del Generalísimo Franco», y la calle, «José Antonio Primo de Rivera». Los tiempos cambiaron y cambiaron también los nombres. El cura del pueblo, un hombre mayor, con mucho sentido común, dijo a los del Ayuntamiento: «Yo pondría unos nombres que no hubiera que cambiar dentro de unos años». Le hicieron caso: hoy la plaza es «la plaza de la Iglesia», y la calle, «la calle Mayor».

Nosotros tenemos la casa en la montaña de al lado. Se baja a la carretera, se andan trescientos metros y se sube a nuestra casa, que está rodeada por otras lo suficientemente cercanas como para estar acompañado y lo suficientemente lejanas como para no molestarnos.

La gente es majísima. El bilingüismo, una realidad desde siempre. Cada uno habla en el idioma en el que se siente más cómodo y nunca ha habido problemas. Un vecino mío se me quejaba un día: «Yo había leído que a los vecinos se les iba a ver para pedirles huevos y sal, y tú no has venido nunca».

Los vecinos son de dos tipos: los del pueblo y los «veraneantes», que, como es nuestro caso, pasamos medio año allí. A veces, en casa dicen que vivimos en San Quirico y vamos de vez en cuando a Barcelona.

Dos tipos de personas, pero muy mezclados. En el supermercado coincidimos todos, lo mismo que en el bar y en la iglesia, los sábados en misa de ocho de la tarde. «Pasamos lista» sin darnos cuenta: «¿Qué le pasará a fulano? Hace dos semanas que no le vemos».

Por supuesto, y a pesar de las habladurías, el San Quirico real no tiene caja de ahorros. Tiene un cajero automático que con mucha frecuencia no funciona. Aprovechamos la ocasión para ir al pueblo de al lado, a encontrarnos allí con los de San Quirico y seguir hablando de las mismas cosas.

A la salida de misa me encuentro con uno del pueblo. Somos muy amigos. Tiene una empresa en un pueblecito de al lado. Es un poco más joven que yo, y, con una cierta frecuencia, nos vemos y charlamos de cosas. Como dice él, «arreglamos el mundo y luego nos vamos a trabajar». Es un hombre muy generoso. Cuando mis hijos eran pequeños, nos guardaba en su almacén los juguetes de Reyes. Luego los subía él mismo en un camión a nuestra casa. Le queremos todos mucho.

Me dice que quiere hablar conmigo, que está preocupado por cómo va todo. Que lee el periódico y que no entiende muchas cosas, que todo son malas noticias, que no sabe si es que se juntan las malas noticias por casualidad o porque todo está relacionado o porque hay una conspiración global. Leyó hace poco un libro sobre una organización que, dicen, aspira a apoderarse del gobierno mundial: «Al principio me pareció un cuento, pero ahora estoy empezando a dudar», confiesa.

Me pregunta: «Oye, esto de la globalización ¿es bueno o es malo? ¿Qué hago con mi negocio? Y sobre todo, ¿qué hago con mi familia?». Y suelta esa exclamación que a mí me hace mucha gracia por lo que luego explicaré: «¡¿Qué mundo les vamos a dejar a nuestros hijos?!».

Un sábado a las nueve menos cuarto de la noche no es momento de arreglar el mundo y decidimos que el mundo, aunque esté mal, puede esperar a la semana siguiente. Aunque a la velocidad que va todo, esa semana pueden pasar muchas cosas…

L
A LLAMADA DEL LUNES A LAS OCHO Y MEDIA

Parecía que podíamos esperar una semana. Pues no. Porque, por una de esas cosas extrañas que suceden en la vida, hace unos meses se me ocurrió escribir un documentillo o informe que titulé
Crisis 2007-2008
y que ahora he retitulado
La Crisis Ninja
, no por afán de originalidad o de marketing, sino porque pienso que todo esto empezó con los ninjas americanos y porque no veo nada claro cuándo acabará. Enseguida explicaré lo de los ninjas y el porqué no sabemos cuándo llegará el fin.

El método científico que utilicé fue el de entender, cortar y pegar. No hay nada original mío. Utilicé el material que me iba pasando por las manos y fui poniéndolo en orden para entenderlo. Me puse una condición: no escribir nada (no copiar nada, sería más exacto) si no lo entendía. Lo propio, por tanto, es la manera de cortar y pegar que he seguido. Y si se quiere, la forma de ordenarlo. Nada más.

Era un documento para mí, por lo que no me preocupaba nada si era exacto o no, si copiaba literalmente o no, o si era completo o incompleto. Lo único original eran los comentarios que iba poniendo, cuando, al cabo de unos cuantos apuntes, me parecía que ya tenía una opinión formada sobre aquello.

Lo que pasa es que Internet existe y se me escapó de las manos. Después de dar varias vueltas entre Barcelona y algunos sitios cercanos y otros lejanos del globo, llegó a la mesa de mi amigo de San Quirico, que, inquieto, me llamó el lunes a las ocho y media de la mañana: «Leopoldo, ¿es verdad lo que dice esta nota?». Y acto seguido me estropeó el desayuno soltándome un rollo tremendo sobre la globalización, la interacción a todos los niveles, los poderes ocultos, la opacidad fiscal y mi ingenuidad (única cosa a la que asentí sin problemas) al no darme cuenta de lo que estaba pasando. «¡Somos peones en una gran guerra! ¡Esta gente nos maneja a su antojo! ¿Cómo es que no te has dado cuenta?».

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