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Authors: Linda D. Cirino

Tags: #Drama

La vendedora de huevos

BOOK: La vendedora de huevos
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Eva es una campesina que vive en la Alemania nazi. Su vida da un giro radical cuando decide dar cobijo en su granja a un joven estudiante judío y a una misteriosa niña. Mientras, su marido es obligado a alistarse en el ejército y sus hijos hipnotizados por el movimiento de las Juventudes Hitlerianas. Escrito con una tensión dramática palpable entre líneas,
La vendedora de huevos
es una historia memorable y tierna en la que Eva va tomando conciencia del momento político que le ha tocado vivir.

Linda D. Cirino

La vendedora de huevos

ePUB v1.0

Crubiera
30.01.13

Título original:
Eva's Story

Linda D. Cirino, 1997.

Traducción: Irene Muzas Calpe

Diseño portada: Getty Images

Editor original: Crubiera (v1.0)

ePub base v2.1

Capítulo
1

Suroeste de Alemania, 1936

D
esciendo de un largo linaje de granjeros. Y de esposas de granjeros. Hay un retrato de una granjera dibujado en el saco de pienso que utilizamos en el que la mujer aparece del mismo modo que muchas de las granjeras que he visto: mirando hacia abajo. No sé qué se supone que está haciendo con el saco de pienso, pero bien podría estar con la cabeza gacha realizando alguna tarea del hogar o del campo, remendando, cocinando o atendiendo a los niños. De vez en cuando, sólo para ver qué tiempo hace, miro hacia el cielo, para saber qué me cuenta la puesta de sol sobre el tiempo que hará al día siguiente, para ver si las nubes de tormenta llegarán antes de que se seque la colada. Pero la mayor parte del tiempo mantengo la cabeza gacha, como la suya. Por mucho que nos remontemos en el tiempo, no hemos hecho mucho más que trabajar el campo.

Nuestra granja es pequeña, lo bastante pequeña como para que nos las apañemos los dos y para que no nos quede mucho tras hacer el recuento. No somos grandes propietarios, ni granjeros de grandes recursos. Cuando teníamos mucha faena, solíamos obligar a los niños a quedarse en casa en lugar de ir a la escuela para que nos ayudaran. La mayor parte de lo que cultivamos es para nuestra mesa, de modo que no nos queda mucho para vender en el mercado. Bueno, en los meses de verano podemos conseguir unos cuantos tomates y vegetales, algunas patatas de más, y, de vez en cuando, alguna que otra cebolla, pero nos ocasionaría demasiados problemas agrandar nuestro pequeño huerto a cambio de los pocos ingresos que nos reportaría. He oído decir que en esta zona hay grandes granjas, pero la nuestra no es una de ellas.

Cuando te aproximas a nuestra granja desde cierta distancia, si no conoces esta parte del mundo, es probable que no encuentres nada que la diferencie del resto de las granjas de los alrededores. Ves nuestra pequeña casa, el granero a la izquierda y el patio del granero extendiéndose enfrente y hacia la izquierda limitando con el gallinero. La casa tiene algunas flores que crecen desordenadamente en los peldaños de la entrada y en el huerto de la parte trasera. Cuando te acercas más, te das cuenta de que la casa es pequeña, con sólo cuatro habitaciones, sin contar con la despensa. En el piso superior están los dos dormitorios, cada uno con el suficiente espacio como para albergar las camas; y en el piso de abajo, la cocina, la habitación delantera y, junto a la cocina, la despensa, donde almacenamos cosas. Los peldaños de la puerta de entrada se convierten en un pequeño porche desde donde tocar el timbre. Los que nos visitan suelen tirar demasiado de la campana y se asustan, y también a mí y a las gallinas. Pero necesitamos que suene fuerte, ya que no es propiamente un timbre para la puerta, sino una campana que anuncia la hora de la comida y de la cena, así como las emergencias. La casa es lo bastante grande para nosotros; hay espacio suficiente en cada habitación para nuestras pertenencias. Se parece a la casa donde me crié, así que siempre me ha parecido bien.

Desde el momento en que te acercas a la verja, notas la presencia de los animales. La verja corre paralela a la carretera y al patio cercano al granero. A pesar de que en el interior de la zona delimitada por la verja los animales pueden mezclarse, no lo hacen. Las vacas pacen cerca de la puerta, los cerdos se agachan a la sombra y las gallinas se persiguen unas a otras en el espacio delimitado frente al gallinero. Probablemente, olerás las vacas antes de acercarte a ellas y, cuando lo hagas, tardarás en acostumbrarte. A la larga, como me ha pasado a mí, dejarás de percibirlo, pero sé que al principio es un poco penetrante. Cuando te acercas a ellas, las vacas no arman tanto escándalo como las gallinas, que cacarean y se refugian en el gallinero si creen que quieres echarles una ojeada. Tras cierto tiempo, el ruido y el olor rebajarán su intensidad y te sorprenderá lo desorganizado que en apariencia está todo. Son tantas nuestras ocupaciones que nunca hemos sido capaces de llevar a cabo las mejoras que podrían convertirlo en un lugar más limpio y ordenado. Así que en nuestro corral hay muchos más excrementos de los que nos gustaría, por lo que tienes que caminar con cuidado, como lo harías en la zona de los animales.

La maleza y los hierbajos invaden el huerto y algunas flores rebeldes crecen entre las lechugas y las remolachas, lo que lo convierte en una imagen bastante confusa. Cuando tenemos que preocuparnos del resto de la granja, no podemos centrarnos en los vegetales que plantamos. Mi marido se ocupa del maíz y del trigo en el campo que se extiende al otro lado de la carretera. Yo tengo que ocuparme de la casa, del huerto y de los animales. Mi marido me trae el agua del día por la mañana antes de irse y me dice lo que debo hacer. Le llamo a la hora de la comida y hace lo que yo no he podido. Luego se va a su trabajo en la cantera y, a veces, de camino, entrega algunos huevos en el pueblo. Regresa para cenar y me pregunta si todo ha ido bien y se ocupa de lo que queda por hacer.

Yo me ocupo de los libros de cuentas de la granja, porque mi marido no cursó más que los primeros años de escuela. Como mi familia era numerosa, no les importó que fuera a la escuela hasta que me casé. En casa no me necesitaban y mis hermanos se encargaban de hacer lo necesario. Así que soy capaz de hacer sumas y de llevar las cuentas, aunque mi marido se asoma por encima del hombro y me molesta constantemente. No estoy diciendo que mi marido no sepa leer, de hecho puede escribir su nombre con esmero, pero no es una de sus actividades diarias. Ahora que lo pienso, dudo que haya leído algún libro en serio, es decir, un libro de adultos, de principio a fin. Me gustaba leerles cuentos a mis hijos cuando se iban a la cama y él también los escuchaba. Sé que lo hacía, porque a veces, cuando dejaba de leer antes del final, porque ya se habían quedado dormidos o porque la historia era demasiado larga y me dolía la garganta, me preguntaba cómo acababa. Como ya he dicho, nuestra casa es pequeña, así que podía oírme estirado en nuestra cama en la habitación de al lado, o sentado junto a la estufa en el piso de abajo. Tenía la esperanza de que nuestros hijos pudieran ir a la escuela el máximo tiempo posible. Refunfuñaban cada vez que lo mencionaba, pero creía que les sería de gran ayuda para cuando se casaran, como me había pasado a mí.

La educación de mis hijos siguió un patrón muy diferente al mío. Ellos formaban parte de una aventura a la que se dedicaron con entusiasmo y con emoción. Estaban convencidos de que el éxito de su empresa dependía de su compromiso total y constante, y de su obediencia, que entregaron con un gran sentido del abandono, incluso con alegría. Estaban tan involucrados que las pequeñas preocupaciones personales perdieron todo su significado. Nosotros, más mayores, representábamos todo lo contrario. Para nosotros, no había nada más importante que la granja y la supervivencia entre una cosecha y la siguiente. A eso nos habíamos dedicado toda la vida, y el resto no era más que una distracción.

Desde cierta distancia, podría creerse que la granja es un remanso de paz y tranquilidad, pero eso se debe a que encaja perfectamente en el lugar en el que se ubica. La casa está asentada cómodamente sobre la misma elevación en la que se asienta el huerto trasero, y detrás del granero se extiende un gran prado. Los edificios —la casa, el granero y el gallinero— se funden con los árboles y las colinas que los rodean. La granja encaja perfectamente en ese lugar. Tienes la certeza de que está situada en el lugar al que pertenece, y así es. Los que la ocuparon antes que nosotros, estuvieron aquí durante unos cien años, reduciendo la tierra hasta que sólo quedó la actual parcela. Se habrían quedado, continuando con las tareas propias de la granja, si no hubieran sufrido los efectos de la fiebre. Todos la padecieron, y finalmente tuvieron que vendernos la granja. Éramos jóvenes por aquel entonces, y la granja nos parecía grande y llena de esperanza y de futuras maravillas. Ahora sabemos que la esperanza sólo servía para ayudarnos a superar cada estación y que las maravillas futuras no existían.

Tenía dieciséis años cuando me vine a vivir aquí. Sé lo suficiente de números como para saber que fue hace más de media vida. Supongo que ahora ya estoy en la segunda mitad del resto de mi vida. La casa se me antojaba más grande cuando vine por primera vez. Nunca había limpiado tanto ni había reparado tantas cosas. Me daba la impresión de no tener tiempo suficiente de hacer todas las tareas. Ahora, cuando nuestros hijos ya han empezado sus propias vidas, al menos me las apaño mejor que entonces. Me sentía abrumada. A mi marido sólo lo había visto desde cierta distancia antes de pedirle a mi padre si podía casarse conmigo. Sabía dónde vivía y mi padre hizo averiguaciones y le dijeron que era un buen trabajador y que no era violento. Lo que era verdad. Mi padre vino y me dijo que había llegado mi momento y que había hablado con aquella persona y que me podía cuidar y darme una buena vida. Mi padre me dijo que me había criado hasta entonces y que ahora debía mantenerme Hans. Mi deber consistiría en ser su esposa y, si cumplía con mis obligaciones como tal, me mantendría y estaría a salvo a su lado durante el resto de mi vida. Mi padre se sentía complacido de verme asentada y formando una familia, como debía ser. Le dijo a mi marido que no podía darme gran cosa de dote, pero que haría lo que estuviese en su mano para darnos algo cada año por mi cumpleaños. Mi marido estuvo de acuerdo con aquello, porque mi padre tenía la reputación de ser un hombre decente y porque vio que yo era fuerte y capaz de ayudarle. Sabía que había ido a la escuela, así que creyó que sería fuerte donde él era débil. En cuanto a nuestros asuntos en la cama, resultó que sabía tan poco como yo, a pesar de que había tenido cuatro años de ventaja para descubrir más cosas. Su interés por los asuntos de cama fue esporádico y sólo se preocupó de mi placer durante el primer año. Al cabo de un tiempo, pareció olvidarse. Durante aquel primer año, a veces llegaba a casa antes de que tocara la campana que anunciaba la hora de la comida y me encontraba en el huerto. Nos tumbábamos entre las hileras de cultivos, me desabrochaba el delantal y me levantaba la falda. Si me acariciaba despacio y me besaba en el cuello, yo miraba hacia el cielo y me balanceaba con él hasta que terminaba y entonces sentía placer.

Después de la llegada del bebé, ya no hubo más oportunidades para el placer en el huerto. Nunca me negué a sus proposiciones pero yo jamás le hice ninguna. El bebé acaparaba toda mi atención. Me gustaba el bebé, aunque me dio la impresión de que tendría que ocuparme de él hasta que fuera lo bastante mayor como para hacerlo por sí mismo. Prefería ocuparme del bebé antes que de las otras cosas de las que era responsable, aunque esas cosas también debían hacerse.

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