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Authors: Carla Federico

Tags: #Romántica, Viajes

En la Tierra del Fuego

BOOK: En la Tierra del Fuego
3.25Mb size Format: txt, pdf, ePub
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1852. En el puerto de Hamburgo se encuentran por primera vez Elisa, una joven ansiosa de aventuras, y Cornelius, un hombre reflexivo y perseguido por su pasado. Allí están también sus familias, que han osado emprender una nueva vida al sur del continente americano. Al llegar a su destino, después de una travesía repleta de contratiempos y peligros, los recibe Konrad Weber, un alemán que ha hecho fortuna y que les ofrece un trabajo prometedor en sus tierras. Sin embargo, Cornelius decide no aceptarlo y marcharse en busca de una vida mejor, no sin antes prometer a Elisa que volverá para casarse con ella.

Tras unos meses, los sueños han mostrado su verdadero rostro y todos los que se quedaron en los dominios de Konrad se han convertido en sus esclavos. La Tierra del Fuego no resulta ser el paraíso que esperaban, y de nuevo tendrán que empezar de cero, trabajar de sol a sol, lidiar con los mapuches iracundos y echarle un pulso a la naturaleza. La única esperanza para Elisa es que Cornelius no haya olvidado su promesa y pronto puedan reunirse para emprender una nueva vida juntos. Sin embargo, se verá obligada a reprimir su amor una y otra vez, y eso la irá convirtiendo año tras año en una mujer decidida que no dejará pasar su última oportunidad.

El lago Llanquihue, en Chile, es el escenario de esta emotiva novela que narra la mayor emigración europea hacia América. Una historia sobre la fuerza irresistible del amor en un marco exótico y virgen maravillosamente documentado y narrado.

Carla Federico

En la Tierra del Fuego

Una saga familiar en el turbulento siglo
de las grandes migraciones a América

ePUB v1.0

Dirdam
11.07.12

Título original:
Im Land Der Feuerblume

Carla Federico, 2010

Traducción: José Aníbal Campos González, 2012

Editorial: Temas de hoy (Planeta), 2012

Mapas: Computerkartographie Carrle

ISBN: 978-84-9998-152-9

Editor original: Dirdam (v1.0
)

ePub base v2.0

Índice de personajes

* Familia Von Graberg

Richard y Annelie

Elisa

* Familia Steiner

Jakob y Christine

Fritz, Lukas, Poldi, Christl, Lenerl, Katherl

* Familia Suckow

El pastor Zacharias

Cornelius

* Familia Mielhahn

Lambert y Emma

Viktor, Greta

* Familia Glöckner

Barbara y Tadeus

Andreas, Resa

Julianne Eiderstett (alias Jule)

* Familia Weber

Konrad

Moritz, Gotthard

* La siguiente generación

Lu, Leo, Ricardo (hijos de Elisa y Lukas Steiner)

Manuel (hijo de Elisa y Cornelius Suckow)

Emilia (hija de Greta y de Viktor Mielhahn)

Frida, Kathi, Theres (hijas de Resa y de Poldi Steiner)

Jacobo (hijo de Christl y de Andreas Glöckner)

* Nativos de Chile

Antimán (de la isla de Chiloé)

Quidel (mapuche)

Prólogo

Chile, 1880

—De modo que te has decidido, Elisa. Amas a Cornelius.

A Poldi las palabras le salieron de los labios en un tono vacilante. Habían andado unos pasos y alcanzado una pequeña elevación desde la cual podía verse un panorama de todo el lago Llanquihue.

Elisa no dijo nada, solo se apartó el pelo de la cara, en silencio. El cabello ya no tenía aquel brillo marrón rojizo de antaño, sino que estaba seco, quebradizo, surcado por mechones grises, aunque todavía bailoteaba al viento, incontrolable, como en aquellos años de juventud, ahora tan distantes.

Sentía que Poldi la estaba observando de soslayo, pero ella no le devolvió la mirada, sino que mantuvo la vista fija en el lago.

Este reposaba ante ellos como un pentágono enorme: en medio de prados y jardines de un color verde jugoso, de franjas de campos de cultivo dorados y de oscuros bosques, en cuyos bordes pantanosos crecían las rojas flores del copihue. El viento que soplaba desde los Andes encrespaba la superficie del agua y allí donde el ardiente sol del atardecer tocaba las olas en la orilla, parpadeaba un brillo dorado. En ciertos puntos, unas lenguas de tierra de formas caprichosas se adentraban en el lago; en otros, el agua reflejaba las paredes de roca, que parecían emerger, escarpadas, de las olas; en otras partes, el verde atuendo de la orilla parecía unirse sin costuras al intenso azul del agua.

A lo lejos se alzaban las montañas: el aire era tan claro que no solo podían verse los volcanes Calbuco y Casa Blanca, sino también la cadena infinita de los Andes, de la que descollaba hacia el cielo, en solitario, el cerro Tronador.

El más elevado de aquellos montes de fuego era, sin embargo, el Osorno, hacia el que en las últimas décadas Elisa había estado alzando la vista con añoranza, con respeto, en busca de consejo. A veces aquel parecía mirarla con rencor y se escondía tras los cerrados bancos de niebla; pero luego volvía a mostrarse en toda su magnificencia, en su grandeza altiva, inquebrantable e inamovible, semejante a la voluntad de ella de adueñarse de aquella tierra, que siempre mostraba su carácter sublime, muy por encima de las penas surgidas del fracaso, de las preocupaciones y del miedo que habían ensombrecido no pocas veces la vida de los colonos alemanes.

Sin embargo, ahora Elisa no sentía nada de eso: solo un profundo respeto ante la belleza y el carácter salvaje de aquella tierra, y también orgullo por todo lo que habían creado.

Su mirada se deslizó entonces hacia las casas de la colonia. A diferencia de los patios chilenos de una sola planta, aquellas casas tenían techos a dos aguas cubiertos con tejas de alerce y balcones. Las paredes, y también los graneros y los establos, las alacenas y los cobertizos de herramientas se habían levantado con madera de araucaria, esos poderosos y gigantescos árboles que orlan el lago hasta hoy y cuya resina despide un aroma penetrante. Elisa aspiró aquel perfume y bajo sus manos encallecidas tiempo atrás creyó estar palpando la dura corteza como antaño, en los esforzados días en que se dedicaban a talar los árboles para ganarle terreno fértil a la selva húmeda y vaporosa.

Lentamente, Elisa se volvió hacia Poldi.

—Hemos conseguido tanto… —dijo ella en voz baja—. Hemos recorrido un camino tan largo…

—¿Te acuerdas de aquel día… en el puerto de Hamburgo, cuando tú y yo…? —Poldi no terminó la frase, sino que soltó una risita. También el tiempo había dejado huellas en su rostro, pero a Elisa el sonido de su voz le recordaba al lozano mozalbete de antaño.

«Él siempre ha estado ahí —fue lo que se le pasó por la cabeza—. Ha estado ahí desde el principio y también cuando me encontré con Cornelius por primera vez…»

Aquel amigo de juventud, que, muchos años atrás, la había animado y divertido durante el largo viaje a Chile, se había convertido más tarde en su cuñado. Muy a menudo habían trabajado hombro con hombro para domesticar aquella tierra virgen, aunque también había habido años en que sus propias carencias y preocupaciones habían agobiado a Elisa de tal modo que apenas le había preguntado a Poldi por las suyas.

Ahora se sentía agradecida de poder estar allí con él, quien muchas veces había sido para ella como un hermano pequeño, y despedirse.

Poldi soltó otra risita.

—¡Estuvimos a punto de perder el barco!

Ella asintió, lo secundó brevemente en su risa, pero de inmediato se puso seria de nuevo.

—No nos hemos parado casi nunca a mirar atrás, a pensar en el pasado.

Algunas imágenes afloraron en ella, imágenes de una vida dura, pero rica y plena de esfuerzos; de una vida de voluntad férrea; llena de renuncias, pero también de logros.

No siempre había obtenido lo que deseaba, su vida estuvo colmada de trabajo y preocupaciones, pero también de triunfos. Y la felicidad que le había faltado era algo que iba a recuperar ahora para retenerla y no soltarla nunca más. Cierto que era tarde, pero no demasiado tarde.

Elisa suspiró con melancolía.

Desde el lago, se elevaban hacia el cielo unos delicados velos de niebla, que rodeaban el pie del Osorno, aunque no su cumbre. El monte descollaba entre la bruma como si flotara por encima del mundo. Los rayos de sol llegaban cada vez a cotas más bajas; el agua del lago, que hasta hacía un momento brillaba con destellos azul turquesa, estaba adquiriendo una tonalidad oscura y abismal mientras que su espuma aún centelleante se tornaba gris. Solo la cumbre del Osorno se bañaba plenamente en la luz y despedía destellos rojizos, como si sangrara.

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