Read Epidemia Online

Authors: Jeff Carlson

Tags: #Ciencia Ficción

Epidemia (29 page)

BOOK: Epidemia
3.57Mb size Format: txt, pdf, ePub
ads

Las serpientes toro podrían estar evolucionando para comer insectos también, adaptando su dieta a la única fuente de alimento disponible. Igual habían evitado que las colonias de hormigas se extendiesen por aquella área, lo cual sería la razón por la que las chaquetas amarillas habían sobrevivido también a aquella altura, desarrollando una cruda simbiosis con los reptiles.

Cam tenía preguntas más importantes.

—¿Crees que la plaga mental afecta a los animales? —preguntó al silencio—. ¿Ruth? Oye. ¿Crees que la nueva plaga afecta a las serpientes y a las chaquetas amarillas?

—¿Cómo diablos voy a saberlo?

Cam se encrespó ante su tono, pero Ingrid habló primero.

—Hemos conseguido salir de ahí —dijo—. Eso es lo único que importa.

—No, no lo es. Necesitamos saber si vamos a tener problemas también con ellas. Me refiero a si son contagiosas.

Ruth se encogió de hombros. No le miró ni a él ni a Ingrid. Hasta que por fin dijo:

—Los animales no tienen la misma estructura neurológica que los humanos. Ni siquiera se acerca. Imagino que los nanos fallarían o sólo se activarían parcialmente, pero ¿cómo íbamos a saber si una serpiente se comporta de forma anómala?

—Podrían estar paralizadas —respondió Cam—. O quedarse ciegas o tener ataques.

Ella le miró a los ojos.

—Sí.

—Yo no he visto a ninguna serpiente inmóvil —dijo Bobbi.

—Ruth, ¿quieres terminar lo que fuera que estabas haciendo con tu portátil? Después continuaremos —ofreció Ingrid.

—Sí.

Cam no pensaba zanjar el tema.

—Si tuviesen la temperatura suficiente, la plaga podría estar reproduciéndose en su interior incluso sin afectar a su comportamiento —dijo—. Eso significa que será mejor que lo evitemos todo. Que lo matemos todo.

Nadie dijo nada. Ingrid se examinó el pie. Ruth abrió su portátil y Cam observó la pradera en busca de chaquetas amarillas.

—Joder, estoy sedienta —dijo Bobbi.

Él podría haber tenido algo que ver en la salvación de los insectos y las serpientes. Quizá fuese algo perverso, pero la idea le alegró. El mundo necesitaba todas las formas de vida que pudiera encontrar.

Hace tiempo, en Grand Lake, Cam y Allison habían participado en un amplio programa para atrapar y liberar animales con el fin de distribuir la vacuna entre tantas especies como fuera posible. Sobre todo habían tenido éxito con las ratas. Los alces, las marmotas, los urogallos y los pájaros autóctonos de aquella altura se habían cazado hasta la extinción, pero las ratas abundaban en los atestados campos de refugiados y, una vez inmunizadas, hacían el resto de su trabajo por ellos.

Había picos de montañas a los que nadie había ido. Y había otros en los que nadie había sobrevivido demasiado tiempo. Algunos animales habían perdurado en aquellos picos solitarios. Con el tiempo fueron atacados por las ratas vacunadas. Las ratas se reproducían a un ritmo descontrolado por debajo de los tres mil metros, se enfrentaban a los insectos e invadían los nuevos puestos de avanzada construidos por el hombre. En verano, las ratas también regresaban a las montañas, donde acababan con las crías de las pocas marmotas que quedaban y se abalanzaban en masa sobre los alces viejos o heridos. Robaban los huevos de los urogallos y otras aves. Pero también transmitían la vacuna a los animales que atacaban y que no conseguían matar. ¿Serían las chaquetas amarillas inmunes ahora después de un encuentro con las ratas? Cam esperaba que así fuera. «Deberíamos volver si tenemos la oportunidad —pensó—.Deberíamos regresar y hacer todo lo posible para protegerlas y criarlas.»

En su interior sintió una mezcla de soledad y satisfacción porque sabía que la idea habría complacido a Allison. Habría hecho que se sintiese generosa.

«Imagina lo que podríamos hacer con los polinizadores de nuevo», pensó.

Perdieron de vista el horizonte mientras avanzaban hacia Willow Creek, un elevado cañón a dieciséis kilómetros de Grand Lake. Cam habría evitado aquel valle de no estar seguro de que la unidad de artillería estaba parapetada en su interior. Aun así, mantenía a su grupo lo más al norte del cañón posible, cruzando al este sin perder más elevación de la necesaria. No quería tener que escalar de nuevo para salir de allí si se diera el caso de que los artilleros hubieran huido o estuvieran infectados. El riachuelo serpenteaba por el lecho del cañón, discurriendo hacia el suroeste, hacia el único punto bajo, donde finalmente torcía hacia el sur y caía cuesta abajo al lado de una pequeña carretera estatal. La carretera llevaba a la autopista 40, que no estaba muy lejos de la interestatal 70, el paso Loveland, y las carreteras que llevaban al cráter de Leadville. Cam conocía bien la zona. Durante la guerra, su unidad de Rangers había cruzado de la 40 a la 70, bordeando la zona radiactiva. Varios campamentos civiles y pequeñas guarniciones militares habían ocupado la región desde entonces.

El primer cadáver estaba bajo sus pies, al sur. El hombre estaba tumbado boca arriba, con el rostro y el pecho descubierto mucho más claros que la roca y la maleza. Sólo la piel blanca captó la atención de Cam. Después se dio cuenta de que el suelo ahí abajo estaba quemado y destrozado, ocultando lo que había sido un surcado camino de tierra.

—Mirad —dijo.

Ruth e Ingrid se arrodillaron, aprovechando aquella oportunidad para descansar. Bobbi entrecerró los ojos en la dirección que él había señalado. Su vista debía de ser mejor que la de Cam.

—Joder —dijo—. ¿Cuántas personas creéis que hay ahí abajo? ¿Treinta?

Una vez Cam entendió qué era lo que tenía que mirar, sus ojos registraron al menos veinte cuerpos tirados en un área tan grande como un campo de fútbol. La plaga mental debía de haber conducido a algunos de los infectados a seguir a los supervivientes hasta aquellas montañas... Los artilleros habían ido desplazando las armas por la boca de Willow Creek, derribando a todo aquel que les perseguía. Cam estaba contento por partida doble de haberse mantenido fuera del cañón. El campo de batalla estaba al menos a kilómetro y medio de distancia, pero no cabía duda de que sería contagioso.

—Bobbi —dijo de repente—. Dispara dos veces.

—¿Qué? ¿Para qué? Estoy casi sin munición.

A él mismo sólo le quedaban unas cuantas balas, pero tocó su pistolera.

—Tendrán a alguien vigilando por si alguien llega por lo alto de las montañas, como nosotros —dijo—. Nos dispararán si no les hacemos ver que estamos bien.

Ruth se puso en pie como pudo. Descolgó su carabina mientras Bobbi miraba hacia el cañón como si estuviese buscando observadores de artillería. Incluso harapienta, sucia y herida, Ruth procesaba las situaciones más rápido que todos los demás.

Era una luchadora. Era lo que él necesitaba.

¡Pum! ¡Pum! Ruth disparó dos veces al aire, y sobresaltó a alguien que estaba por encima de ellos. Se escuchó el sonido de la gravilla a unos noventa metros cuesta arriba y Cam se giró, agarrando su pistola de nuevo. «¿Tan cerca?», pensó. Entonces alcanzó a ver una pequeña figura que se escabullía. ¿Una ardilla? ¿Ratas? Tal vez aquellas montañas estuviesen volviendo a la vida de verdad. Tal vez hubiese más serpientes o lagartos, o incluso lobos o abejas en lugares extraños, ayudándose los unos a los otros, formando simbiosis inesperadas. «Allison tenía razón», pensó, sintiendo de nuevo esa sensación de soledad y satisfacción. Los disparos de Ruth todavía resonaban en el cañón cuando dos tiros más les respondieron.

—Una vez más —dijo Cam. Ruth obedeció. A los pocos segundos, la señal se repitió de nuevo de manera exacta, y Cam dijo—: Bien. Nos están esperando.

Los supervivientes estaban situados en un área plana, en una especie de península, rodeados por tres lados por una curva del arroyo que utilizaban para potenciar al máximo sus defensas. Ésta los separaba del grupo de Cam, incluso a pesar de que el agua no parecía cubrir más de un palmo, y había dos pasarelas construidas para cruzar de un lado a otro. Habían intentado levantar barricadas en el lecho del cañón. Cam vio cuatro furgonetas y un todoterreno pegados en fila en el camino de tierra. No había ningún árbol alrededor. Se habían talado todos para obtener combustible durante los largos inviernos. Habían cavado algunas zanjas con palas y posiblemente con potentes cargas de explosivos, lo que había reducido el cañón a inequívocos campos de fuego. Por lo que podía advertir sin los prismáticos, menos de media docena de infectados había logrado llegar cerca del campamento. El cuerpo más cercano yacía desparramado a unos ciento ochenta metros de distancia. Su artillería había alcanzado a la mayoría de los infectados en el otro extremo de Willow Creek. Los francotiradores habían derribado al resto.

Su base la conformaban diez largos invernaderos, dos cuarteles más pequeños, dos emplazamientos de cañones Howitzer de 155 milímetros, y unos cuantos camiones y vehículos militares multipropósito, o Humvees, que habían mantenido atrás para evitar contaminar el entorno. El gobierno había estado usando ese cañón para una importante operación agrícola. Estaba protegido de las inclemencias del tiempo y a una altura suficiente como para escapar a la mayoría de las plagas, y ya tenían allí mismo algunos de los recursos necesarios. Por eso estaba allí la artillería, para proteger los cultivos de los asaltantes. Tal vez ahora estuviesen alojando a gente bajo el plástico también. Era imposible saberlo.

Cam detuvo a su grupo a cierta distancia de una trinchera en la pendiente septentrional del cañón. Vio al menos a uno de los soldados. La cabeza del hombre era visible. Llevaba puesta una máscara bioquímica M40 con ojos de plástico ovalados y una capucha hasta los hombros. Aunque era un equipo de camuflaje para el desierto, las manchas de color canela y beis eran demasiado claras para aquel entorno.

—Levantad las manos —dijo Cam a las mujeres—. Dejad que nos vean.

—¡Identificaos! —gritó el hombre.

—¡Cabo Najarro, de la Septuagésimo Quinta! ¡Tengo a tres civiles conmigo!

Probablemente hubiese dado igual lo que hubiese dicho. Sólo querían comprobar que pensaba y hablaba. El hombre se levantó y les hizo gestos para que avanzasen.

—¡De acuerdo! —dijo, levantando un
walkie-talkie
hasta su capucha.

Cuando se encontraban a unos noventa metros, Cam vio a dos soldados más apuntando con sus armas. Y más cerca, ayudó a Ruth y después a Ingrid a subir por un irregular muro de tierra y roca mientras Bobbi escalaba sola. Los soldados se mantuvieron donde estaban.

—Necesitamos agua —dijo Cam—. ¿Tenéis agua embotellada?

Ninguno de ellos señaló al riachuelo. O bien habían llegado a la misma conclusión sobre las cuencas de agua o bien habían visto a alguien infectarse tras haber bebido de ella.

—Hay tanques de almacenamiento —dijo el primer hombre, señalando a los invernaderos—. Pasaréis en un minuto. La teniente quiere hablar con vosotros.

—Llevamos andando toda la noche.

—La teniente hablará con vosotros primero.

Un soldado ya estaba cruzando la pasarela más cercana. Era evidente que era una mujer, a pesar de su anticuada máscara de gas, su vieja chaqueta y el antiguo rifle que llevaba colgado de uno de sus hombros. Era delgada, sin apenas pecho, pero su caminar era femenino y su pelo oscuro caía suelto en una melena desenfadada, que no casaba con su actitud. Su uniforme estaba perfecto; sucio, pero perfecto, mientras que su cabello sugería una veta rebelde. Caía por la parte de atrás de su máscara como una bandera. A Cam le resultaba familiar, y cuando habló, aunque su voz sonaba distorsionada tras la máscara de goma, supo de quién se trataba.

—Najarro —dijo, desviando la vista de él a Ruth—. Tenía que verlo con mis propios ojos, malditos traidores.

Era Sarah Foshtomi.

Ingrid echó mano a su M16. El tono de Foshtomi era amargo, incluso lleno de odio, y la anciana no estaba tan exhausta como para no advertir la amenaza.

—¡No! —exclamó Cam, pero Ingrid se puso delante de Ruth con su rifle de asalto.

—¡No le harás nada! —gritó Ingrid.

Cam agarró el cañón del arma de Ingrid y la desvió hacia arriba. Al mismo tiempo, los hombres de Foshtomi apuntaron con sus propios rifles. Uno de ellos agarró a Bobbi del brazo. Todo el mundo se quedó congelado, y entonces Foshtomi se echó a reír.

—Bajad las armas —dijo—. Hablemos.

El invernadero olía a pimientos y cebollas. Era un olor agradable, y Cam nunca se había alegrado tanto de quitarse la máscara. Su piel desnuda reaccionó al cálido ambiente como si hubiese entrado en una sauna, empapándose de la acre esencia de los cultivos.

Foshtomi les guió a través de filas alternas de espesas plantas de pimientos y de cortos tallos de cebollas. El depósito de trescientos ochenta litros de la parte trasera había sido bombeado hacía tres días, de modo que era seguro. La unidad de Foshtomi había abierto el grifo en la base del depósito para que llenasen las cantimploras y las ollas. El suelo estaba mojado. Cam sólo consiguió dejar que las mujeres bebieran primero por pura fuerza de voluntad, y empezó a quitarse la chaqueta mientras Ruth y Bobbi se tiraban agua con las manos en la boca y en la cara. Ruth tosió, pero no paró. Ingrid bebía más despacio de una de las tazas que había junto al depósito.

—Estás herido —dijo Foshtomi, mirando el ensangrentado costado de Cam—. Deja que vea lo que podemos hacer al respecto.

—Ingrid también está herida. Su pie.

Ella cogió el
walkie-talkie
que llevaba en el cinturón.

—Foshtomi. Necesito un médico en el Edificio Seis.

—Recibido —respondió el aparato.

—Cam —dijo Ruth—. Bebe.

Un rizado y mojado flequillo caía sobre su rostro limpio, lo cual era toda una contradicción. Sus ojos marrones eran suaves y penetrantes. Por un instante, ella se negó a apartar la mirada, aunque podía ver que tenía miedo de lo que él pudiera decir. No habían estado tan cerca y tan desprotegidos desde la muerte de Allison, ni siquiera cuando hacían el amor, ocultos bajo la luz de las estrellas.

Tenían un fuerte vínculo. Cam no quería estar enfadado con ella e intentó demostrárselo. Al pasar le tocó el brazo. Después se inclinó hacia atrás y bebió más agua de la que debía en cinco tragos incontrolados. Su estómago empezó a hacer ruidos. Estuvo a punto de vomitar. Pero era una magnífica sensación. Era bueno estar vivo y perderse en la sensación de la perfección fría y líquida del agua.

BOOK: Epidemia
3.57Mb size Format: txt, pdf, ePub
ads

Other books

Dangerous Temptations by Brooke Cumberland
Traitor's Sun by Marion Zimmer Bradley
The 100 Year Miracle by Ashley Ream
Caravans by James A. Michener
High Impact by Kim Baldwin